Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  04 de octubre de 2011
  Eduardo Castro
  Antonio Jara: Caballo de ciudad
  No reconoce patrón al que enojar; no tiene expectativas de destino político y arrastra una cierta dosis de insatisfacción y desajuste con el presente. Una munición más que poderosa para adentrarse en el pasado, en buena parte su propio pasado de alcalde de Granada, sin efectos edulcorantes ni tentaciones de final feliz.

El estudiante.
Después de muchos años, de decenas de horas de conversaciones y entrevistas, me habla por vez primera de su padre y se le nota que contiene la emoción: “Mi padre fue un represaliado, un condenado de la dictadura, casi nunca lo he mencionado. ¿no se trataba de no mirar atrás? ¿no había que decir aquí no ha pasado nada para que la transición fuera posible? Pues yo he cumplido con creces mi parte del trato”. La primera Granada de Jara, la del año 67, no tiene agitaciones ni clandestinidades épicas que relatar. Su pelea es sacar adelante la carrera de Derecho con beca y sin dinero: “Estudié como pude el bachiller, curas, frailes, clases nocturnas, lo que fuera para salir adelante con la beca; a los 20 años, un poquito mayor que la media, me vengo a Granada a estudiar Derecho; me podía haber quedado en mi casa (Alquerías) porque en Murcia  se cursaba también derecho pero necesitaba salir de aquel ambiente asfixiante, cerrado, ultracatólico y conservador. Pasé mis primeros meses en el Zaidín, en casa de un albañil que tuvo la enorme generosidad de alojarme casi por nada. Y me dediqué a estudiar. No recuerdo otra cosa, no había tenido tiempo de meterme en el pellejo de la ciudad, no tenía tiempo para correr delante de los grises. No estoy exagerando si digo que mi primer Corpus fue de alcalde. Mi obsesión era acabar la carrera. Mi primer recuerdo político de la ciudad fue aquella campaña, creo que del 72 de Arturo Moya, aquello de vota futuro; lo recuerdo como algo verdaderamente novedoso. Cuando terminé dudé entre volver a Murcia y montar un despacho laboralista, ya sabes, esa sensación de que les debes algo a los tuyos, hasta que finalmente me decanté por la Universidad, por seguir en el Departamento de Filosofía del Derecho, y fue ahí cuando comencé a vivir la ciudad de otra manera”.

El sindicalista. A diferencia de la mayoría de los dirigentes históricos del socialismo granadino, Jara llega al PSOE a través de la UGT, su primera gran experiencia militante y orgánica: “Me afilié a UGT, me parecía lo más natural dada mi trayectoria familiar. Estamos hablando del año 73, todavía en clandestinidad y además, dentro de UGT estaba en un grupo con Juan Cuenca y otros que se resistía muy mucho a ser simple correa de transmisión del Partido Socialista, que tenía sus recelos, la cosa no era tan simple como pueda pensarse. Fui secretario provincial de formación. Llegaron los tiempos de las movilizaciones sindicales y vecinales inmediatamente posteriores a la muerte de Franco, aquellos tiempos en los que los comunistas estaban en todas partes y los socialistas un poco menos”.

El concejal.
Lejos de regodearse en los meandros, de maquillar sus vivencias, Jara propone una versión hiperrealista y sin adornos dialécticos  de la confección de la lista de candidatos socialistas para las primeras municipales de la democracia: “Tenía bastantes dudas, no estaba convencido de ir. Acababa de sacar el número uno en las oposiciones y tenía la intención de dedicarme a mi trabajo. Las previsiones, demasiado  optimistas como luego se vieron, es que los socialistas podíamos sacar hasta doce concejales y yo quería como mucho apoyar la candidatura en un puesto de no salir pero al final me convencieron y acabé en el sexto, en representación de la Univer-sidad. La verdad es que los primeros espadas del partido estaban ya en la alta política y no se sentían fascinados por la administración local. Jaime Montalvo, Pepe Vida y Juan Tapia fueron los hombres que  cosieron y descosieron el difícil traje de aquella primera lista. La idea era buscar una cara amable, un candidato dulce y fue difícil porque no había demasiada predisposición en los grandes nombres o exigían unas condiciones imposibles de cumplir. Y así fue como dando tumbos se llegó a Antonio Camacho”.

El alcalde.
Si todo hubiera discurrido como estaba previsto, si el pacto de la izquierda se hubiera llevado a efecto en sus términos, la vida política de Jara no hubiera dado un vuelco tan espectacular. Hay en su primera trayectoria política un enorme componente casual y también una enorme capacidad de adaptación para situaciones que antier siquiera habría podido imaginar. Tuvo Rojas Marcos que cambiar Sevilla por Granada, tuvo Antonio Camacho que renunciar ante unos acontecimientos que no sabía/podía controlar y una salud que empezaba a resentirse, tuvo Juan Tapia que ceder el paso  por razones de edad, tuvo que ocurrir casi de todo para que en noviembre del 79, seis meses después de las elecciones, el número seis de la lista socialista accediera a la alcaldía: “He quedado un poco como el que conspiré utilizando el asunto del Híper, pero no es verdad. Ni estaba en mis planes ni yo estaba en los planes de nadie. Yo era el concejal de Urbanismo, que por razones obvias se había convertido en el epicentro de la política municipal; la ciudadanía respiraba por la herida urbanística, las únicas movilizaciones todavía en el franquismo, aparte de las del sector de la construcción, había sido por temas urbanísticos. El Banco de Santander, el Carmen de los Már-tires, la Plaza de la Unidad en La Chana. Había una obsesión urbanística; el PCE, con José Miguel Castillo y su gente, tenía una actitud férrea. Y el híper fue la primera gran embestida que sufre la democracia local. Perder aquella batalla hubiera sido de una enorme trascendencia política. No teníamos dinero pero al menos teníamos disciplina. Hasta entonces, las grandes decisiones urbanística sobre la ciudad no se tomaban en el Ayuntamiento; se tomaban en los consejos de administración de las empresas de las familias que controlaban Granada. Gallego Burín hizo un planeamiento de la ciudad y lejos de dirigirlo se lo entrega, lo pone en manos de intereses privados. Pérez Pire, que quería que le recalificáramos los terrenos de Puleva, se me quejó al poco de tomar posesión como alcalde de que no me ponía al teléfono, que estaba acostumbrado a otro trato por parte de los alcaldes franquistas. Es obvio que las elites estaban acostumbradas a mandar en la ciudad.

El equilibrista. La crisis andalucista, la imposibilidad de componer una mayoría estable de Gobierno, convierten los dos primeros años del alcalde Jara en un verdadero infierno. Varias veces a punto de la dimisión, de nuevo una situación absolutamente atípica, un pacto con UCD, por el que además se mostró rotundamente en contra, alfombraría los años siguientes hasta el gran desembarco del 83. Con la misma rotundidad con la que se opuso al acuerdo, se embutió después en la compleja tarea de conducirlo. Ejercicios prácticos de cintura política para alguien a quien le costaba ceder: “Es verdad, estaba contra aquel pacto. Me parecía que no era natural que nosotros con seis concejales gobernáramos y UCD, con once, no lo hiciera. Pero la verdad es que ellos tampoco estaban muy dispuestos. La fragilidad de la política municipal era tremenda; aquello era un gallinero, a Mariló  García Cotarelo la agreden en las mismas escaleras del Ayuntamiento. Los colectivos más reaccionarios se frotaban las manos; la vieja derecha granadina, que por supuesto no estaba en UCD, esperaban ver pasar pronto nuestros cadáveres políticos. Le mandé un recado a Sánchez Faba para que él pusiera la fecha del pleno de mi dimisión y me contestó una frase que no olvidaré nunca: “Lo habéis dejado inservible para vos y para mí”. Me llevaron a cenar con Alfonso Guerra y me dijo que había que pactar. Negociaron los partidos; Jiménez Blanco y Torres Vela, alcanzaron un acuerdo que nosotros implementamos con el reparto de tareas. Jiménez era un verdadero artista de la negociación. Luego el partido fue generoso conmigo, me dio cancha, capacidad de maniobra; ya no hacía falta que Jesús Quero estuviera en la secretaría particular como se hizo con Camacho. Me dieron esa confianza y hasta es posible que abusara de ella.  Después de las autonómicas, en las que fui cabeza de lista, me sentí fortalecido, las cosas habían cambiado mucho en poco tiempo. Gracias, entre otras cosas, a la lealtad de la mayoría de los concejales de UCD y del PCE, que siempre me vieron como su alcalde. Concejales como Ricardo Avivar o José Miguel Castillo tuvieron una actitud extraordinaria”.

El hiperalcalde. Mayo del 83, 18 concejales, nunca antes y nunca después, a hombros en el Ayuntamiento, Jara amigo Granada está contigo, la transición local prácticamente acaba ahí y comienza la maldita/bendita cotidianeidad, la tarea de dirigir una nueva concepción de la ciudad, el planeamiento: “Fueron los momentos más hermosos de mi vida política y aunque pudiera parecer que controlaba bastante, me sentía desbordado por la emoción. Era la gran oportunidad y había que aprovecharla; gestión, gestión y más gestión. Las cosas empezaron a cambiar, había dinero. Por cierto que en ese sentido, en el del reparto de fondos, guardo mejor recuerdo como alcalde de Abril Martorell que de Carlos Solchaga. No había tiempo que perder, ahí arranca una nueva concepción, desde los funcionarios, que no había más que leerse la lista de apellidos para saber de donde venían, hasta la creación de la empresa de aguas, los patronatos, la Gerencia de Urbanismo. Procuré a lo largo de mi gestión que nadie se sintiera demasiado cómodo en el sillón. Los primeros espadas, insisto, no estaban en el Ayuntamiento, luego la mejor manera de garantizarme una atención plena era mantener tensión, en política es fundamental la tensión, zarandear a los equipos para evitar cualquier tentación acomodaticia. De ahí los reajustes; algunos veranos, antes de marcharme de vacaciones, dejaba caer que estaba dándole vueltas a posibles cambios y eso hacía imposible la relajación. En cuanto al Plan General de Ordenación Urbana mi  valoración global es muy positiva, es más, creo que todavía estamos viviendo de él. Se trataba de recuperar la iniciativa, de hacer un planeamiento equilibrado, de frenar la especulación desaforada, resolver las gravísimas deficiencias en equipamientos y redistribuir las plusvalías. Y a todas luces lo consiguió; fue un PGOU que nunca tuvo, por ejemplo, el apoyo de los empresarios.
 
El científico
. En un excelente trabajo sobre la etapa granadina de Fernando de los Ríos, que la ha permitido bucear en la secuencia genética de la ciudad y armar un brillante cuerpo teórico sobre la misma, Lorca o Ganivet, dos polos, dos modelos, dos ciudades, apertura o resignación, progresismo o tardoromanticismo, Jara encaja su etapa, la visión del político con sólidos fundamentos científicos: “Quise recuperar la Granada de Lorca, la Granada que en torno al crecimiento de la industria azucarera había conseguido romper una estructura casi medieval y crear un clima asociativo y emprendedor que propició el diseño de una ciudad abierta, la Granada de la Facultad de Medicina, del Clínico, del Palace, del Tranvía de la Sierra, de una intensa vida cultural. Es la Granada humana, histórica y viva de Lorca frente a la Granada bella, eterna y muerta de Ganivet. Dos muertes que hay que interpretar de manera bien distinta: la de Ganivet incorpora el desprecio y la renuncia de un hombre a una sociedad; la de Lorca es el desprecio y la renuncia de una sociedad a un hombre. La ciudad de la que yo fui alcalde, el modelo social, económico y cultural en el que se desenvolvió, estaba acercándose a Lorca y estaba desapuntándose de una forma muy clara de la Granada de Ganivet. Había que salir de “ese bellísimo agujero”, que decía don Fernando de los Ríos. Por eso me metí en el Corpus, en la Virgen de las Angustias; el Ayuntamiento democrático no podía vivir de espaldas, dejar en otras manos la responsabilidad de adecuar sus tradiciones a la realidad democrática. Por  eso hice aquel discurso en el Día de las Fuerzas Armadas, a dos meses escasos del golpe de Estado. El Ayuntamiento no podía dejar espacios que legítimamente le correspondían, tenía que liderar el nuevo momento de la ciudad”.

El municipalista. Toda una generación de alcaldes y Jara entre ellos que, en los primeros tiempos, hicieron del municipalismo su religión política. Una actitud que, por cierto, contrajo serias tensiones políticas con algunas administraciones coetáneas, especialmente la Junta de Andalucía: “La Constitución del 78 intentó resolver tres grandes dilemas : el debate de monarquía o república parece resuelto; el del Estado aconfesional ahí está, con tendencia a reaparecer; pero el que todavía no se ha resuelto es el del modelo de organización territorial, ahí están lamentablemente las evidencias. Hubo una generación, la llamada generación de alcaldes del 79 que estuvimos plenamente convencidos, porque es un modelo además muy extendido en Europa, que la mejor vacuna, el mejor remedio contra el nacionalismo es el municipalismo. Pero el título octavo de la Constitución se lo llevó por delante. El poder local es la gran víctima, ha sido sacrificado. Era inevitable que se produjeran tensiones entre los ayuntamientos y la Junta, cada uno tenía especial celo en defender sus competencias. Yo aquello me lo tomé muy en serio y está claro que la Junta, también.

El militante.
Pese a ser una de las piezas claves de la segunda parte de la transición granadina, Jara nunca ha estado en la nómina de los socialistas, casi todos universitarios y afincados en la capital (Angel Díaz, Rafael Estrella, Javier Torres, Pepe Vida, María Izquierdo, Antonio Claret, Curro Valls)  que tenían las claves del poder orgánico. Una relación de mutuos recelos que ha permanecido casi inalterada en el tiempo. A pesar de ello hubo un momento, después de las generales de octubre del 82, en las que parecía que el alcalde podía volar políticamente más alto: “ Es verdad que yo nunca formé parte de esa nidada inicial por mucho que lo intenté, quise ser uno más. Incluso llegué a ser presidente del partido en el Congreso de Maracena, con Angel Díaz como secretario general, y creo que hice correctamente mi trabajo, pero no hubo manera de que me siguieran viendo como a alguien “adoptado”. Y eso que mis convicciones militantes son muy profundas y que jamás se me ha pasado por la cabeza ni se me pasará ningún tipo de veleidad, entre otras razones, por respeto a la memoria de mi padre, a mi origen, a lo que soy. Siempre ha habido algo que no ha cuajado, así que me moriré estando en esa órbita de “periférico a palos” lleno de cicatrices por todas partes. En cuanto a aquellos rumores de nombramiento, incluso de posible ministro, a mi nunca nadie me dijo nada. Se publicó algo en un periódico de Barcelona, mis relaciones con Guerra en esa época eran fluidas pero la estricta verdad es que no pasó de un simple rumor al que no convenía darle importancia alguna, como se vio después”.

El ciudadano. Después de unos años, bastantes, de nuevo en la Universidad y en las tertulias radiofónicas, y tras varios fallidos intentos, siempre misteriosamente vanos, de recuperarle para misiones institucionales, Jara se siente muy cómodo en su reciente pellejo del Consejo Consultivo de Andalucía, desde donde contempla el pasado con dosis crecientes de desconfianza en el presente y preocupación por el futuro: “Fue un esfuerzo magnífico, épico, formidable; fuera de coñas, Granada está mejor que nunca en su historia, una ciudad que se parece bastante a la que queríamos. Pero también es verdad que creíamos haber hecho más cosas de las que en realidad hemos hecho. De alguna manera fuimos cerrando capítulos antes de tiempo, tanto los ideológicos como los de gestión, aquello de 25 años a 25.000 millones al año; ahora es una ciudad más desmovilizada. Ha fallado la continuidad, los esfuerzos han sido muy intermitentes y se ha producido una caída de la tensión. Los cambios no han sido tan profundos como creíamos. Hay síntomas de anemia; las viejas familias siguen teniendo bastante poder. Hubo una Granada que venció y que se impuso violentamente a otra. Nuestro presente histórico es deudor de ese hecho. La fagilidad de nuestro actual tejido social bien pudiera estar inducida y ser consecuencia de la persistencia de dos actitudes intelectuales, vitales y también sociales, irreconciliables. Bueno pues, cuando creíamos que estábamos con la Granada viva y humana de Lorca, aparece la eterna y muerta de Ganivet, aparece como lo que fue y como, lo que es peor, la amenaza de seguir siendo".
   
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