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04 de octubre de 2011 |
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C&T |
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Jerónimo Páez: Permiso para disentir |
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Sostiene Páez que lo del Club Larra fue su pasión, mejor dicho, una pasión. Paéz es un hombre de pasiones. Su vida se emboca en los agujeros negros de la pasión con la misma facilidad que otros huyen de ella.
En los años setenta y ochenta (y, por supuesto ahora) no era raro encontrarse a Páez emocionado, indignado, enamorado, cabreado, eufórico, enemistado y/o procaz en las páginas de opinión de los periódicos, en la pizzería del Paseo de la Estación, en la barra del Cunini, en la cueva del Juanillo, en la Trastienda de Fernando Miranda, entrando y saliendo del despacho, su despacho, en el que todos los pollos licenciados en derecho de Granada y sus provincias universitarias (entonces Murcia, Jaén, Almería, Málaga y Córdoba) querían quedarse de pasantes por ver si se les pegaba algo. Paéz siempre está reunido consigo mismo y siempre habla consigo mismo, lo que la mayoría de las veces, el común mortal no lo entienda y hasta es posible que no lo oiga. Sólo aquellos elegidos que han tenido la inmensa fortuna y la impagable paciencia de seguir su rastro son capaces de traducirle de corrido. Pero cuando Páez actúa/escribe/gestiona nada ni nadie permanece ajeno. Incapaz de la moderación y de cualquier variable de urbanidad pequeño-burguesa, el paso de Páez por sus pasiones arroja saldos contundentes: enemigos de por vida que le citan a duelo, corazones rotos imposibles de emparejar, empleados pidiendo un convenio colectivo y, por supuesto, con todos y cada uno de sus objetivos, sean cosa, animal o vegetal, consumados. Aún a estas alturas y precisamente por ello, sólo desde la pasión resulta explicable que el hijo de don Evaristo, primer varón de diez hermanos, especialista en derecho fiscal como su padre y apenas desembarcado en la treintena, sin otra adscripción conocida que su necesaria vanidad, perdiera clientes, bastante dinero y la consideración de la Granada eterna en el empeño del Club Larra, referencia universal de la transición democrática granadina. Para unos, un comunista agazapado; para otros, un radical rabioso; para los más, un ambicioso abogado con ínfulas de urbanista intelectual. La camaradería barbuda y con trenca que se sacudía los miedos del interminable franquismo, no acababa de entender aquel andar por libre y, mucho menos, aquel compromiso sin compromisos, militante sin militancias. Explica Páez que los partidos siempre le parecieron limitativos, que necesitaba moverse en opciones más abiertas. Se le ríen los ojos cuando saca de su memoria permiso para disentir, un concepto que cuadraba mal con los férreos, casi policíacos parámetros de afiliación leninista de entonces. Recuerda Páez una Granada maniatada por una élite reaccionaria sin poder económico, nada que ver con esa burguesía próspera de otros territorios que llegó a la democracia a través del liberalismo mercantilista. Intenta Páez , a media voz, soslayar el discurso en primera persona, la transición la hizo toda la sociedad, dice, pertenecí a una generación que estaba constreñida, que tenía la obligación de transformarse y aportar algo a la sociedad civil. Una Granada en la que la censura social, la fuerte huella del nacional-catolicismo, era aún más fuerte que la represión política. Para que conste, modulando el nombre y los adjetivos, cita Páez a Jiménez Blanco, el hombre abierto, el único de toda aquella presunta derecha liberal que miró más lejos y entendió la profunda huella y el enorme servicio (hasta su legalización, la sede oficiosa del Partido Comunista) que el Club Larra prestaba a los emergentes y temerosos titubeos políticos del aquel 75. Ironiza Páez acerca de la curiosa connivencia entre el profesional y el político: Al fin y al cabo, cuanto más agitaba políticamente, cuanto más avanzaba hacia la democracia real, más cerca estaba de mis intereses profesionales; fue a partir de la reforma fiscal que los abogados fiscalistas tienen posibilidades de crecer en el negocio. Porque antes, lo que se decía antes aquí no pagaba nadie.
Sostiene Páez que su pasión por el urbanismo viene de un inevitable impulso estético, de un modelo, y lo dice con todas sus consecuencia y algo de maldad, de urbanismo exquisito. La fiebre especulativa de los sesenta, setenta, primeros ochenta, ha condicionado definitivamente una ciudad que perdió su oportunidad de crecer hacia el norte, hacia la carretera de Murcia, con un modelo de parcelas ajardinadas para la Vega que hubiera evitado la fealdad y el caos.
Confiesa Páez, sin vacilación y sin pasión, que Antonio Jara es el político de la ciudad que mejor recuerdo le merece, si bien como gestor también lo saca de la lista, en realidad, enfatiza, no ha conocido a ninguno. Y abre las manos y dibuja con los dedos el cerro de San Miguel, entonces suelo intocable, y traza el proyecto de un gran hotel de gran lujo, como La Mamunia, majestuoso sobre la ciudad. Y vuelve al urbanismo exquisito y al maldecir de los técnicos.
Sus certidumbres siguen intactas. No vacila Páez, más bien todo lo contrario, al revisar su implacable dedo acusador sobre la corrupción en Salobreña y Almuñécar en los tiempos catetos que tanto nos darían que escribir: aquello era, carraspea Páez, una corrupción absoluta; más de los técnicos que de los políticos; los políticos: probablemente no se llevaron nada pero consintieron, miraron para otro lado y ahí está el resultado; comparativamente, nada que ver con el mimo de otras concepciones de urbanismo en la Costa andaluza. Dice Páez que es Granada, sin matices, la gran pasión; como escribió Neruda, la tierra donde tiene clavadas sus raíces. Y que no se hace en ningún otro lugar ni a otro mundo. Por eso regresa pronto de todos los viajes; por eso está volviendo antes de irse. Desde la Catedral hasta el final del Paseo de los Tristes tiene contados los pasos: Le pertenezco y me pertenece; Granada se hizo para mirar a la Sierra que de alguna manera ya le estaba esperando. Aborigen de Sierra Nevada le titularon los periódicos por esquiar contra el Duque de Cádiz y ganarle, cita textualmente Páez y, esta vez sí, dejando escapar una maliciosa sonrisa. Atrapado por la ciudad que ama pero que no deja de ser, tal vez más que nunca, mezquina y provinciana, en cualquier caso, nada que ver con aquella Granada ceniza y clausurada de la oligarquía que veló el cadáver de Franco. Sostiene por fin Páez, mirando hacía adentro, que hubo un tiempo en que se creyó, y a veces lo sigue haciendo, capaz de romper cualquier muralla, que la alegría estaba en hacer las cosas, que, reconoce, he tenido un peso específico, un relativo poder, una buena relación con la gente que mandaba, que ha sido leal, que nunca ha puesto ni pondrá la otra mejilla y que el Rey don Juan Carlos, (de cuya amistad que no pregona se enorgullece) tiene claro lo que ha hecho, en lo que se ha dejado el alma y cuáles han sido los resultados. Confiesa Páez que en el insomnio de algunas noches su plusquamperfecta biblioteca le sigue ofreciendo la memoria esteta y amarga de Koestler, alguien que, curiosamente, nunca tuvo permiso para disentir.
Paéz sigue haciendo que sus pasiones fluyan por las laderas de la vida; convincente, implacable, constante, resultadista y notablemente incorrecto, con el más granadino de los tacos siempre entre los labios. Nunca nadie ¡sólo! con su ego, ¡sólo! con su vanidad, ¡sólo! con sus convicciones, ¡sólo! con sus afectos, solo con sus obsesiones, tuvo tanto coraje, tanto empuje, tanta capacidad, tanta fortaleza para marcar de manera tan considerable la vida de los últimos decenios de una ciudad sin dejar que el paso del tiempo, el maldito tiempo, oxide su pasión por las pasiones. |
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