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11 de octubre de 2011 |
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Aida R Graso |
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Duquesa de Medina Sidonia: "Tuve que firmar una pila de amnistías porque tenía procesos por todo" |
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La prensa le puso el nombre de La Duquesa Roja, pero Isabel Álvarez de Toledo nunca alardeó de dicho apodo. Casi al contrario. A pesar de su pedigrí rebelde, no aprovechó su leyenda, salvo para defender a capa y espada el archivo de la Casa Ducal de Medina Sidonia, en su palacio sanluqueño. Desde allí, a lo largo de los años, ha seguido escribiendo, a veces obras tan controvertidas como la que puso en solfa la versión oficial del Descubrimiento de América. Es aristócrata por sangre, pero desde antiguo cuestionó el concepto tradicional de monarquía: Al principio de la transición, hubo muchas divisiones de opinión en torno a monarquía, sí, monarquía no. Finalmente, hubo monarquía.
"La Constitución Española es muy americana", reflexiona la Duquesa, que ha ido viendo cómo pasaban las décadas y los rostros del poder: UCD desapareció y al PSOE le está costando levantar cabeza y cuando pase esta gente del PP, no quedará de ella ni el recuerdo.
PREGUNTA: ¿Por qué se exilió usted? RESPUESTA: Porque después de cumplir un año de cárcel que me había caído por lo de Palomares yo tenía en el Supremo un juicio en el que se juntaban Tribunal Militar, Tribunal de Orden Público y Tribunal Especial de Delitos de Prensa: es decir, 24 años que pedían. Entonces, tenía muy claro lo que iba a hacer; cuando haya sentencia, me dije, oigo la sentencia desde París, porque tenía pasaporte, y si no me gusta pues no vuelvo. Pero entre tanto yo publiqué una serie de artículos en Sábado gráfico sobre la cárcel. Y salieron sin ningún problema --el editor muy bien--, y un día me viene y me dice que había visto que me iban a procesar por aquellos artículos. Le dije: ¡Pero si ya han salido, si no ha pasado nada! Me acusaban de haber violado el secreto profesional, cuando mi profesión no es la de preso, así que no sabía qué secreto había violado, pero en fin
Total, que la idea era: a esta la metemos ahora, la empapelamos, y aunque eso queda en agua de borrajas porque insisto en que mi profesión no era la de preso, pero le coge en la cárcel la sentencia del Supremo. Y esta no sale en su vida. De España, me fui el sábado. El lunes, me vienen a buscar. Me buscaron en todas las casas donde yo había estado. Y ya, cuando me enteré, mandé una carta al tribunal diciéndole es que estoy en París, cítenme a través del consulado. Y fui a declarar al consulado. Lo que sé es que cuando volví, por fin, tuve que firmar una pila de amnistías, porque tenía procesos por todo, incluso uno, muy divertido, por unas declaraciones hechas en Suiza ¡a un periódico de derechas! ¡El periódico de más derechas de toda Suiza! Bueno, ¡pues esas declaraciones estaban! Y pensé: Éstos se pasan, si es el periódico de más derechas de Suiza. Tenía de todo. Saqué una novela y también tenía un proceso abierto contra ella, como es natural. Pero, además, es que la novela se publicó en Francia... Bueno, los artículos míos tenían, cada uno, un proceso distinto. Y ya la última amnistía dije mira, ya no firmo más. Y la sobreseyeron.
P.: ¿Cómo fue el exilio en Francia? R.: Pues, mire usted, primero viví en París. Tuve suerte, porquestaba a punto de salir, porque ya lo tenía todo firmado, una edición de La Huelga en francés. Tuvo muchísimo éxito, y me pagaban derechos de autor. No tenía mucho dinero, vivía en una buhardilla, eso sí, con mi retrete y mi duchita --un lujo en París--, y nada, escribía, daba conferencias, que todas no se cobraban, y así
P.: ¿Lo recuerda con agrado? R.: Hombre, no lo pasé mal y además fue una época muy bonita. Era la época de la libertad. Desde entonces, hemos ido para atrás como los cangrejos. Pero había una gran actividad, se podía escribir lo que se quisiera, además hubo un incidente, que Cabu cogía los cuentos de Caperucita y tal y los pervertía y los publicaba. A mí ni lo leía ni me interesaba. Pero se le ocurre al gobierno francés prohibir la venta en librerías. Entonces, él los vendía en su casa. Íbamos todos los días, se formaban unas colas, nos citábamos una manifestación para comprar el periódico para demostrar que la censura no se podía permitir. Era otro ambiente. Yo vivía más con los franceses que con los españoles. Luego fui al País Vasco. Estuve un año en el País Vasco, luego se murió Franco y me cogió la tercera o la cuarta amnistía, porque no se crea usted que hubo una amnistía total fulminante, se dieron con cuentagotas. Y, cuando volví, me encontré con la censura; no con la censura del lápiz rojo, pero sí con la censura que se está aplicando de decir si escribes esto te vas a la calle. Es decir, que me quedé sin profesión. Pero como tenía esto (se refiere al archivo del Palacio Ducal de Medina Sidonia en Sanlúcar) y había un gran interés en controlarlo --que lo hay todavía en controlarlo e impedir que se difunda la historia--, comprendí que me tenía que quedar aquí.
P.: ¿Militó entonces en algún partido político? R.: Nunca quise.
P.: ¿Por qué? R.: Porque algunas veces se les ocurrían buenas ideas y otras se les ocurrían unas estupideces... La última pelea, porque más que una discusión fue una pelea, fue cuando hubo un momento dado en que se me pidió que como la oposición sabía correr delante de los guardias, pero no se intuía que le podía suceder el día que le tocase gobernar, entonces nos encargan a varios que cada cual haga un análisis concienzudo de todo, de todo: tanto de España como de la situación intelectual de los españoles, como de economía, de política, de cultura, de todo. Y que se iban a reunir todos e iban a sacar las ideas. Con este motivo hay unas reuniones, y claro, yo incidía mucho en que había de dejarse de preparar agitadores y había que empezar a preparar contables, administradores, gente que tuviese una menor idea de arte, idea de cómo se administra una sociedad y cómo se deben administrar los recursos. Otros decían que primero había que dar de comer y después ocuparse de la cultura. Yo insistía en que una cosa no estaba reñida con otra, que con hambre se podían aprender mucho y, a lo mejor, así, la gente se dejaba engañar menos. Y que, en cambio, dar de comer sin saber nada del resto de las cosas, eso se podía comer cuatro días y luego... pues ya digo, no quise. Quisieron hasta meterme en un partido que prácticamente no existió, para que fuese en cabeza de ese partido. Dije que no.
P.: ¿Cómo era la sociedad de aquella época? R.: Recuerdo a la gente de entonces, con una gran curiosidad intelectual, con pocas cosas a su alcance pero las que tenían las aprovechaban. Era gente muy incauta, tan incauta que cayó la primera en la estupidez de la movida. |
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