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11 de octubre de 2011 |
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Juan José Téllez |
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Paco Casero: "Huelgas como rosquillas" |
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Francisco Casero emigró con su familia a Menorca, cuando apenas tenía 12 años y empezaba a compaginar el trabajo con los estudios. Allí, sintió que era andaluz y que debía volver. Lo hizo, tras organizar las Comisiones Obreras de la isla y tras un breve año en Cataluña, donde logró ser despedido de tres empresas distintas por su compromiso sindical. Durante un largo verano juvenil, volvió a sus orígenes, recogiendo arroz a orillas del Guadalquivir y entrando en relación con el Partido Comunista Internacional que posteriormente constituiría el núcleo originario del PTE.
En mi pueblo, me entero que en el antiguo empleo comunitario no se le da trabajo a la gente. Había 84 en esa situación, que no iban a poder trabajar ni por lo tanto a cobrar, y les dije: ¿por qué no nos encerramos en la iglesia? Fue de los primeros encierros que hubo en Andalucía. Con tan buena suerte que vino la Guardia Civil desesperada porque no había sucedido nunca en la vida eso y vino el alcalde en funciones y yo no sé que tenía los esquemas cambiados o qué, pero nos dijo: trabajáis todos. Aquello me dio la oportunidad de que la gente me aceptara, porque no era lo mismo hablar en teoría que hablar con la práctica. Ya tenía un movimiento detrás. PREGUNTA: ¿Dónde germina ese nuevo movimiento jornalero y qué papel tuvo la provincia de Cádiz en dicho proceso? RESPUESTA: La zona de Lebrija, de Morón, la Sierra Sur y Posada, en Sevilla, fueron donde se originaron las comisiones de jornaleros. El 1 de agosto creamos el Sindicato de Obreros del Campo (SOC). Yo no sé por qué siempre organizativamente pertenecí a Cádiz, quizá porque Lebrija aunque sea de Sevilla es zona de infuencia de Cádiz y próxima a la zona de la campiña, lo que era Bornos, Villamartín, Puerto Serrano, Algodonales. A pesar de que era secretario general del SOC, yo estaba más en Cádiz; empezamos a organizar todo aquello y precisamente en Cádiz fue donde se produjeron las primeras ocupaciones de fincas. El 28 de febrero de 1978, se produjo allí la ocupación central, en Bornos. Ahí fue donde vino Edward Malefakis, estaba Isidoro Moreno y planteamos de nuevo la reforma agraria. Hay fotos en la que estamos comiendo con Malefakis. Vino porque se enteró. La expectación fue impresionante porque era la primera vez que se hablaba de reforma agraria después de la República y era la primera vez, también, que se ocupaban fincas. Estaba toda la prensa internacional. Fue impresionante. Malefakis escribió sobre aquello. P.: Después, vinieron las huelgas de hambre. ¿Y qué más? R.: Yo, la primera huelga de hambre la hice en Marchena, en septiembre de 1978. Había unas mujeres en huelga general, desde hacía varios meses, encerradas en el Ayuntamiento y decidí inventarme algo para apoyarlas, y me puse en huelga de hambre. Estuvimos catorce días y fue un éxito, porque terminamos con 3.000 personas apoyándolas. En Cádiz, hubo varias huelgas de hambre. En Bornos, de más 20 días. En el 78, fue muy sonada la de Arcos. En Arcos, hicimos un encierro en la iglesia que está arriba del todo y había problemas con el empleo comunitario. Varias personas nos pusimos en huelga de hambre, entre ellas, Gonzalo Sánchez, El Bizco Patota. Ahí sucedió una cosa curiosa, porque hubo negociaciones con Madrid y se llegó a una especie de acuerdo, que desde el punto de vista sindical no lo veíamos correcto pero desde el punto de vista político,como el PTE estaba detrás, sí lo veía correcto. A mí, no me gustó. Aunque yo era del PTE, siempre tuve muy claro que los principios del sindicalismo no tienen por qué coincidir con los del partido político. Dije podéis firmar lo que sea, pero yo voy a continuar. La huelga de hambre terminó en Arcos y eso supuso que el PSOE tuviera mayoría, porque los socialistas se sumaron a nosotros y ahí tuvo mucho auge Jesús Ruiz, que fue luego presidente de la Diputación y antes de todo aquello no era conocido. Así que me fui a Puerto Serrano, a continuar la huelga, porque yo insistía en que no se había conseguido lo que queríamos. Estuvimos 11 o 12 días en huelga de hambre y fue entonces cuando conseguimos lo que nosotros pretendíamos. Ya hubo después varias huelgas de hambre, pero la más importante fue la del 81, que fueron 35 días en Villamartín donde estuvieron varios jornaleros y supuso que por primera vez el Gobierno central y el autonómico se pusieran a negociar. Tanto Rafael Escuredo como Leopoldo Calvo Sotelo se reunieron y fue cuando se aprobó cuatro días de trabajo a la semana para todos los jornaleros en paro. Por aquel entonces, se programó una marcha desde allí hasta Arcos de la Frontera en la que me acompañaba Carlos Cano. Pero cuando fuimos a salir de Villamartín, nos dijeron que el problema ya se había resuelto y no hacía falta que marcháramos hacia allí. Carlos Cano, en aquellos tiempos, era muy sensible. Pasó una época, más tarde, en que estaba un poco desanimado hasta con la blanquiverde. En el 81, cuando me dieron el Premio Juan XXIII, que yo elegí que me lo diesen en Granada, Carlos Cano estuvo cantando la blanquiverde en el Ayuntamiento. El jugó un papel interesante en todo aquello. P.: ¿Y nunca acariciastéis la idea de resucitar la Mano Negra? R.: No, en eso fuimos muy tajantes. El movimiento jornalero, encabezado por el SOC, asumió perfectamente la lucha no violenta. Y la prueba está en que después de muchas acciones, de tantas movilizaciones, muy pocas veces ha habido enfrentamientos. La ocupación del Indiano, dentro de las ocupaciones de fincas, fue la de mayor resonancia. Tras bastantes días, fueron unos 400 guardias civiles a echarnos, y fue la primera vez que a los jornaleros se les cogía en brazos y les llevaban a la furgoneta, que la foto salió a nivel mundial. Pero nunca hubo incidentes. A pesar de los enfrentamientos, había un gran respeto hacia nosotros. P.: ¿Por qué no se emprendió nunca la reforma agraria? R.: Por una razón muy sencilla, porque Rafael Escuredo no quería hacer la reforma agraria. En mayo del 83, hubo un debate en el Parlamento Andaluz, cuando estaba en la plaza de San Francisco de Sevilla, en el que Miguel Manaute, consejero de Agricultura y Pesca, había dicho tajantemente que no a la reforma agraria. Yo estaba ese día escuchándole y le dije a los periodistas: grabad lo que se está diciendo porque, el día 30, Rafael Escuredo va a estar en Ronda y va a decir precisamente lo contrario. ¿Por qué cambió de opinión? Yo estuve con él, entonces, en su despacho de Monsalves y allí me dijo que la reforma agraria era la asignatura pendiente de Andalucía y que quien abordase eso y le diese respuesta iba a resolverlo, independientemente de que se pusiera o no en práctica. Ellos no plantearon la reforma agraria como el reparto de la propiedad o entrar en otra dinámica, sino que simplemente hablaban de fincas manifiestamente mejorables. Esto es, las fincas que no estuvieran suficientemente explotadas y repartirlas. Pero siempre habíamos estado hablando de las fincas en peores condicones, pero no de una reforma con todas las consecuencias. Efectivamente, a 30 de mayo, nosotros estábamos ocupando El Indiano, una finca de Rumasa que reivindicamos que pasara a la cooperativa. Y Rafael Escuredo planteó entonces, en Ronda, su propuesta de reforma agraria pero se trataba simplemente de hablar de ello, para aprobar la asignatura pendiente y no hacerla. En el fondo, la clase política en general no estaba por la labor en absoluto. P.: ¿Resultó un fiasco la expropiación de La Almoraima o el modelo de gestión que se puso en marcha en Las Lomas?. R.: El problema de La Almoraima es que todavía no está integrada en el patrimonio andaluz. Es de las pocas fincas de Rumasa que no pasaron. Y no ha servido absolutamente para nada como referencia de cómo se puede abordar su gestión desde el punto de vista social y económico para la gente de esa Andalucía. Aquello fue una esperanza que se depositó y que no sirvió para desarrollar planteamientos novedosos. Por otra parte, la reforma agraria que se planteó no servía para nada porque ni siquiera se podía abordar el tema de Las Lomas. Las Lomas podía haber sido un símbolo porque es una finca modelo desde el punto de vista de condiciones de terreno, de producción. Nunca se hizo nada, a pesar de que denunciamos que había sido una apropiación por parte de un sistema dárselo a los intereses de un señor. Y la Junta de Andalucía, en aquel momento, no estaba dispuesta a ir con todas sus consecuencias. Fue una demostración de que la reforma agraria no sirvió para nada. P.: ¿Por qué Cádiz adquirió tanto protagonismo en el movimiento jornalero? R.: En los años setenta, Trebujena y Sanlúcar fueron los principales referentes. La provincia de Cádiz marcaba la pauta del movimiento jornalero en todo el proceso de transición y el movimiento de la autonomía. Hubo un año que se hicieron 14 huelgas generales en el campo gaditano. Pero no sólo hubo tensiones sino anécdotas. Tan curiosas como cuando ocupábamos El Indiano, en Puerto Serrano, y vino un capitán de la Guardia Civil para plantearme una tregua porque estaban ya cansadísimos de tantos días de conflicto. Ocupamos una vez una finca en Algodonales, que después se expropió y pasó a manos de la Administración y ahora sirve para el turismo. Nos llevaban detenidos en el Land-Rover. Se paró. Nosotros nos bajamos y empujamos el coche para que arrancara. Había que ver la escena. Nosotros, los detenidos, y un puñado de guardias civiles empujando el coche que nos llevaba presos. P.: ¿Qué opina de lo que vino luego, del PER? R.: Tiene una parte positiva, porque ha mitigado una situación de necesidad, pero por otro lado ha cambiado una mentalidad de necesidades. Yo creo que, en este momento, no hay mucha conciencia del trabajo en el campo y creo que eso es nefasto. Desde hace un montón de años, se habla siempre de subsidios y de dinero para obras en el Ayuntamiento o en el pueblo, pero no se habla de la dignidad. Y yo creo que eso es bastante negativo. Si lo único que interesa es comprar la paz social, es lo que se está haciendo, pero se están perdiendo las señas de identidad. Todavía no he visto, en los últimos tiempos, programas donde se hable del trabajo en el campo. Se da la paradoja que hay zonas donde hay falta de gente para trabajar y, al mismo tiempo y en el mismo sitio, gente que está reivindicando el subsidio. |
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