Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  11 de octubre de 2011
  Juan José Téllez
  Carlos Díaz: "Cuando dio la vuelta la tortilla"
  La década de los setenta fue realmente apasionante, se puede calificar, sin exagerar, como un periodo crucial de nuestra historia. Agonizaba un régimen dictatorial, que había condicionado fuertemente la vida de la sociedad española, y se adivinaba  un futuro más  esperanzador para los españoles. Desde hacía años era habitual la frase “cuando dé la vuelta la tortilla”, frase que podía encerrar diversos significados pero que expresa muy bien lo que en aquel tiempo pensaba la inmensa mayoría de los ciudadanos. Se avecinaban cambios políticos y sociales importantes pero no se conocía con exactitud el cómo y el cuándo y, sobre todo, el alcance de esos cambios. Ante esta situación había que posicionarse y por lo que a mí respecta puedo decir que sentía remordimiento de conciencia por no participar de forma activa en ese proceso de transformación política que inevitablemente se tenía que iniciar y que, en mi opinión, exigía un compromiso activo de todos aquellos que no querían permanecer insensibles frente a la situación política que atravesaba el país.

Ya en mis años de universitario sentí el atractivo de la política. Siempre me pareció una de las actividades más dignas que puede desarrollar el ser humano. En los años que pasé en la facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla fui elegido por mis compañeros  delegado de curso al margen de la organización sindical oficial representada por el SEU (Sindicato Español Universitario). La actividad sindical y el ejemplo de aquellos magníficos catedráticos, Jiménez Fernández, de Derecho Canónico; Aguilar Navarro, de Derecho Internacional, y de Carande, de Economía y Hacienda, fueron moldeando mis convicciones políticas e ideológicas hacía posiciones de progreso, solidaridad, libertad y justicia.
A mediados de los setenta milité en el Partido Socialista Popular aunque no tomé la decisión de afiliarme hasta que se integró en el PSOE. Me pareció totalmente carente de sentido la existencia de dos partidos de izquierda que compartían el mismo proyecto político, pero que, sin embargo, actuaban bajo el paraguas de siglas diferentes. Recuerdo que reclamé para mí el primer carné de socialista que se expidiera después de la fusión de ambos partidos.

Mi primer contacto con el PSP se produjo gracias a los buenos oficios de un familiar mío, Alfonso Lazo Díaz, (17 años diputado socialista por Sevilla) que conociendo mi interés por relacionarme con este partido me facilitó un encuentro con quien en aquel entonces lo lideraba, José Manuel Duarte Cerdán, inspector médico de la Seguridad Social. Recuerdo que una tarde recibí una discreta llamada telefónica de José Manuel para invitarme a una de las “reuniones informativas” del PSP que habitualmente se celebraban en el Centro de Cultura Popular Andaluza, situado en la plaza Topete, que servía de tapadera de las actividades del partido. Prácticamente asistí a casi todas las reuniones convocadas y participé en muchas de sus actividades.
Más tarde el PSP trasladó su sede a la calle Veedor. En esta ocasión la tapadera que amparaba las actividades ilegales se  denominaba Ediciones Tucan. En  aquellas reuniones se debatía sobre la situación política con verdadero entusiasmo y al mismo tiempo se procuraba programar las actividades partidarias. En cualquier caso, y es una opinión muy personal, me parecía que las circunstancias por las que atravesaba el  país se analizaban desde un plano excesivamente teórico.

Por aquellas fechas también tuve la oportunidad de asistir a las  sesiones informativas, a veces con carácter proselitista, organizadas por los miembros del PSOE, que en su conjunto eran más jóvenes que los del PSP, pero transmitían la impresión de estar  más apegado al terreno de la realidad política. No sin cierto eufemismo proclamaban que su partido era un partido de masas aunque de momento el número de afiliados en Cádiz era muy reducido. Sin duda , eran exageraciones  propias de la juventud. Las actividades partidistas las simultaneaba con las del Grupo Drago que desarrolló una buena labor pedagógica, facilitando a los gaditanos el conocimiento, de primera mano, de las diversas opciones políticas que en un futuro inmediato formarían parte integrante del panorama político español. La ideología de los miembros del Grupo Drago era muy heterogénea, si bien predominaban los demócratascristianos sobre los militantes o simpatizantes de otros partidos. Las relaciones entre los miembros del Grupo siempre fueron cordiales. Se acertó en la elección de los conferenciantes porque todos ellos, sin excepción, ocuparon, poco tiempo más tarde, puestos de relevancia política. Eran tantas las ganas que tenían los gaditanos de conocer las corrientes políticas existentes en los países democráticos que las conferencias organizadas por el Grupo Drago constituyeron un verdadero éxito de publico. El escenario elegido para el desarrollo de sus actividades fue el salón de actos de la Caja de Ahorro de Cádiz en el barrio de San José. Por allí pasaron Luis Uruñuela, más tarde primer alcalde de la democracia en Sevilla; Jiménez de Parga, posteriormente ministro de Trabajo y en la actualidad presidente del Tribunal Constitucional; Garrigues Walker, Ignacio Camuñas, Arias Salgado, Clavero Arévalo, todos ellos fueron ministros de la UCD, etcétera.

ASA (Alianza Socialista de Andalucía) se presentó en Jerez a mediados de los setenta por Luis Uruñuela que ya en su época de universitario mantenía posiciones regionalistas cuando no autonomistas. La presentación de su programa consiguió, como entonces venía siendo habitual en este tipo de actos, una notable asistencia de público. Al finalizar el acto, Pedro Pacheco, al que no conocía, me comentó que habían pensado contar conmigo para su proyecto político pero como a lo largo del coloquio me decanté por un partido de implantación estatal desistieron de su propósito. Probablemente nunca existieron tantas manifestaciones en Cádiz como a mediados de los años setenta. Los trabajadores de la Bahía y en particular los de Astilleros se manifestaron en numerosas ocasiones en defensa de sus intereses, sobre todo reclamando libertad sindical. La manifestación por la liberación del peaje del puente Carranza, con pocos asistentes pero muy significativa, terminó disuelta a palos por la policía en la Plaza de San Juan de Dios. Disuelto por la policía finalizó también el acto pro amnistía celebrado en el colegio San Felipe Neri. Por cierto que allí conocí a Pepe Mena, ejemplo de militancia política, que me vendió una insignia en plata de la paloma diseñada por Picasso. Espectacular fue la manifestación celebrada el 4 de diciembre de 1976 exigiendo la autonomía para Andalucía.
En esta situación de semitolerancia y semiclandestinidad, los partidos políticos y los sindicatos iniciaban una especie de carrera contrarreloj para darse a conocer, incluso la USO fue presentada en Cadíz por Zufiaur en una acto celebrado en la residencia de Chaminade. En aquellos años, las dos centrales sindicales más conocidas, UGT y CC OO, eran consideradas como correa de transmisión del PSOE y el PCE, respectivamente. Eso explica que dos lideres socialistas con responsabilidad en la UGT, Rafael Román y Ramón  Vargas-Machuca, pidieran mi colaboración para poner en marcha la asesoría jurídica de esta central en Cádiz Aunque mi disponibilidad para trabajar por el proyecto socialista era indiscutible no disponía del tiempo necesario para satisfacer su pretensión puesto que mi jornada de trabajo era de mañana y tarde, pero como al parecer no les fue posible encontrar otro letrado que quisiera comprometerse, un buen día nos desplazamos a Sevilla en un dos caballos para conocer la organización y funcionamiento del bufete laboralista donde trabajaba Felipe González. Allí me entrevisté con Manuel del Valle, más tarde alcalde de la ciudad; con Rafael Escuredo, primer presidente de la Autonomía andaluza (Fernández-Viagas fue presidente de la Preautonomía), y con Ana María Ruiz Tagle, que algunos años después seria diputada por la provincia de Sevilla.
A los pocos días de mi visita a Sevilla y con muy escasos recursos materiales y personales, por no decir ninguno, se montó  la asesoría jurídica de la UGT en un piso de la calle Pelota que al mismo tiempo servia de sede al PSOE gaditano. En este local de pequeñas dimensiones, tenían lugar las asambleas y reuniones del partido en una habitación y en otra, a pocos metros, se despachaban las consultas de los trasbajadores. Por allí desfilaron numerosos trabajadores en demanda de asesoramiento jurídico-laboral y aunque las condiciones de trabajo eran pésimas, las deficiencias se suplían con nuestro celo y entusiasmo; menos mal que al poco tiempo se trasladó la sede de UGT a un local de la calle Vea Murguía, con  una capacidad algo mayor, y lo que es más importante, se sumaron al despacho otros letrados: Teresa Agudo, Ramón Dávila, Juan Carlos Sánchez Enríquez y María Dolores Moreno. El elevado número de trabajadores que frecuentaban el local de Vea  Murguía obliga a un segundo traslado a la calle de Veedor donde al mismo tiempo se estableció el PSOE local y provincial abandonando su sede de  la calle Pelotas. Más tarde se efectuó un tercer traslado a la calle José del Toro. Con unos cuantos compañeros, logramos introducir la UGT en la Seguridad Social, creando la correspondiente sección sindical, ganándoles todas las batallas, en  las asambleas de funcionarios, al Sindicato Vertical, entonces muy potente y por supuesto el  que contaba con más afiliados.

Los años 1976, 77, 78 y 79 fueron de una actividad frenética. Había periodos durante los cuales dormía cuatro ó cinco horas diarias  porque con independencia de mi dedicación al trabajo cotidiano tenía que buscar tiempo para emplearlo en la asesoría jurídica de UGT que  desarrollaba su actividad no sólo en Cadíz sino también en Puerto Real, Arcos, San Fernando, El Puerto, Medina Sidonia, Benalup, Barbate, Chiclana e incluso en La Línea y Ubrique. Por lo menos una o dos veces a la semana me desplazaba por las tardes a algunos de estos municipios para despachar las consultas en las respectivas Casas del Pueblo. Las cosas se complicaron aún más cuando tuve que compatibilizar todo este trabajo con el derivado de la representación legal del PSOE durante los procesos electorales de 1977 y 1979.

El proyecto de ley de la Reforma Política fue muy discutido en el seno del PSOE pero al no tenerse en cuenta, en su elaboración, a los representantes de los partidos tradicionales se acordó mantener una postura abstencionista. Así, pues, y a pesar de formar parte de una mesa electoral no pude ejercer, por primera vez en mi vida, el derecho al voto, cosa que lógicamente hice en las elecciones generales de 1977. La postura del PSOE, puramente testimonial, en modo alguno influyó en el resultado del referéndum que salió aprobado por la inmensa mayoría de los electores. La aprobación de la Ley para la Reforma Política puso en marcha un proceso electoral que desembocó en la convocatoria de elecciones generales para Cortes Constituyentes. Los partidos de izquierda: PSOE, PC, PSP e Izquierda Democrática crearon una candidatura para el Senado denominada “Por un Senado democrático”. Esta candidatura estuvo integrada por José Manuel Duarte, del PSP; Guillermo Alonso del Real, del PSOE, y Patricio Gutiérrez Cano, de ID. Los partidos promotores de la candidatura me nombraron su representante legal. Tanto desde el punto de vista político como jurídico fue para mí fue una experiencia inolvidable. Casi me convertí en un experto en Derecho Electoral. La presentación de la candidatura a los medios de comunicación tuvo lugar en la cafetería de La Camelia de la calle San Francisco. Se puede decir que entonces inicié mi primer contacto con los periodistas al presentar a los candidatos. La campaña y precampaña electorales de 1977 movilizó, como nunca, a los militantes y simpatizantes de todos los partidos. Nunca se habló tanto de política en Cádiz, y supongo que en el resto de España, como en el transcurso de  los meses que antecedieron al 15 de junio del 77. Tanta eran las ganas que tenían las gentes de conocer a los líderes políticos y sus respectivas ideologías que todos los mítines tenían asegurado una gran afluencia de público. Tierno Galvan, Alberti, Fraga, Carrillo, Felipe González, entre otros muchos,  provocaron, con sus intervenciones, el entusiasmo de sus seguidores y el interés de la mayoría de los gaditanos. Hasta el URA de Luis Jáudenes consiguió una notable  asistencia de público. Particularmente emotiva fue la intervención del profesor Tierno Galván en el pabellón polideportivo Fernando Portillo. Aunque he asistido a muchos actos electorales ninguno ha  superado en asistencia, en ardiente y fervorosa admiración del público como la originada por la magnífica y magistral intervención del profesor Tierno Galván.
Por cierto que en el año anterior, el Ayuntamiento de Cádiz le denegó al PSP, pretextando motivos de seguridad, la utilización del Falla para que el ilustre profesor diera a conocer el proyecto socialista. Sin embargo, no tuvo inconveniente en cederlo, meses antes, a los representantes de la Democracia Cristiana con el fin de que Gil Robles expusiera su pensamiento político. Este trato discriminatorio e intolerable motivó que escribiera una carta al director del Diario de Cádiz expresando mi indignación.

Durante aquellos días se empapelaron con carteles electorales, una y otra vez, las fachadas de la ciudad, sobre todo aquellas que se consideraban estratégicas, como la de la Fábrica de Tabacos; la casa de Pemán, en San Antonio; La Camelia, en la calle Ancha; la fachada del cine Municipal, etcétera. Yo me preguntaba de dónde obtenían el dinero los partidos minoritarios como el PTE, la ORT, la Liga Comunista Revolucionaria, para financiar tanto alarde tipográfico. El espectáculo de la ciudad empapelada con carteles de todos los colores (incluido los políticos), muchos de ellos con un cierto contenido  artístico, presagiaba un “estallido democrático”. Por sí esta situación no se volvía a repetir, decidí reflejar con mi cámara fotográfica todo ese ambiente desconocido para casi todo los españoles. La verdad es que con el golpe de Tejero, tres años y medio más tarde, a punto estuvo de ser así y de convertir nuestra democracia, como diría Suárez, en una paréntesis de nuestra historia. El resultado de las elecciones fue un claro triunfo para la candidatura “Por un Senado Democrático”.  Los votos obtenidos por cada uno de los miembros de la candidatura llegaron a duplicar a los alcanzados por el único candidato de la UCD que salió elegido para el Senado.

Aprobada la Constitución en Diciembre del 1978, los partidos políticos emprenden una intensa actividad para preparar las elecciones  generales y municipales convocadas para el año siguiente. En  ese corto periodo de tiempo tienen lugar numerosas reuniones en el seno del partido socialista con objeto de configurar las correspondientes listas de candidatos. Los responsables del partido me ofrecieron ocupar el número siete de la lista. Acepté encantado y reclamé para mí, en el supuesto de ganar las elecciones, la delegación de Urbanismo o la de Parques y Jardines porque con poco presupuesto se podía hacer una buena gestión. Como posibles  candidatos a la alcaldía se barajaban los nombres de Ramón Vargas, Jaime Pérez Llorca, Fernando Suárez e incluso se llego a hablar, con el carácter de independiente, de Juan Jiménez Mata. Sorprendentemente, fui yo el elegido para encabezar la lista. Con Gregorio López Martínez, entonces cargo orgánico del partido, tuve una entrevista con la pretensión  de averiguar las razones de esta elección. Entendía que había otros compañeros con más experiencia política y con más antigüedad en el partido que yo y que, en mi opinión, reunían las condiciones adecuadas para asumir esa responsabilidad. La única respuesta que me dio, no muy convincente, dicho sea de paso, es que me habían considerado el candidato idóneo. Le repliqué que a lo mejor se llevaban conmigo una sorpresa porque no me sentía vinculado a nadie.

Desde luego los problemas que afectaban a la ciudad no me dejaban indiferente. La prueba es que en 1976 escribí dos cartas al Diario de Cádiz criticando la política urbanística –si es que se puede llamar así– que se desarrollaba en la ciudad. Sin pretenderlo, una de esas cartas suscitó un vivo debate sobre el llamado Cádiz Tres en el que intervino Juan Jiménez Mata que por aquella fecha aún no tuve el gusto de conocer. Aunque en las elecciones municipales el partido socialista consiguió 1.400 votos más que en la generales celebradas el mes anterior, lo que  suponía un porcentaje del 32,54% con respecto al 24,15% de las generales (1) constituyó para mí una verdadera sorpresa salir elegido alcalde de Cádiz. Como es sabido  fue la UCD el partido más votado aunque en su conjunto los partidos de izquierda sumaban más voto. El caso es que hasta aproximadamente las cuatro de la madrugada del día 19 de abril de 1979 no tuve conocimiento del resultado de  las negociaciones llevada a cabo en Sevilla  por los representantes de  los partidos de izquierda. En esa extraña y tensa situación estuve preparando en el local de la UGT de la calle Veedor el discurso de toma de posesión que tendría lugar unas horas más tarde en el salón de plenos del Ayuntamiento.

No fue un camino de rosas el que tuvo que recorrer aquella Corporación que salió de las urnas en la primavera de 1979. Tampoco recibió como herencia los terrenos ociosos de Astilleros con todos los problemas administrativos y urbanísticos resueltos; ni un palacio de congreso casi  a punto de inaugurarse; ni un plan Urban que contribuyera al desarrollo del barrio del Pópulo y parte del barrio de Santa María; ni el complejo náutico de Elcano casi terminado; ni un acuerdo con Campsa con la financiación asegurada para eliminar los depósitos de combustible de Puntales; ni los terrenos de Varela negociados con Defensa sin que le costara a la ciudad una sola peseta y puestos a disposición del Ayuntamiento para construir de inmediato viviendas y el mayor parque de Cádiz; etcétera, etcétera. No, aquella Corporación municipal no recibió una buena herencia de sus antecesoras, tal vez porque les fue imposible o porque carecían de un proyecto de ciudad. Tuvo que conformarse con un par de semáforos que se inauguraron al poco tiempo de iniciar su andadura. El grueso de la herencia recibida lo constituía una ciudad físicamente muy deteriorada, sin apenas equipamientos públicos en buenas condiciones y al mismo tiempo afectada por una profunda crisis económica y social que tenía sus raíces en el declive del sector naval del que dependía casi en exclusividad. Todo ello agravado por la fuerte inflación que padecía el país y por una red viaria tercermundista  que nos unía con el resto de la provincia. El humillante peaje del puente Carranza podría simbolizar muy bien este estado de nuestras comunicaciones con el exterior. El deterioro de Cádiz era comparable al de Beirut o al de esa hermosa ciudad que es La Habana. No en balde unos cuantos directores de cine escogieron Cádiz para recrear esas ciudades.

La presión de la gente sobre el Ayuntamiento era considerable, se notaba que los gaditanos lo consideraban como algún suyo; por primera vez percibían que Administración municipal era la más cercana a las necesidades de la población. Esas percepción de los ciudadanos me producía una intima satisfacción pero al mismo tiempo me inquietaba porque apenas se podía responder a las demandas más acuciantes de muchos ciudadanos: empleo y vivienda.


(1) Desde 1979 hasta 1991 se consiguió de manera ininterrumpida un mayor porcentaje de voto en las locales que en las generales y las autonómicas. En ninguna otra población de importancia alcanzó el PSOE este resultado.
   
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