Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  11 de octubre de 2011
  Juan José Téllez
  Paco Esteban: "El PCE nos dio la consigna de derribar el Sindicato Vertical, desde dentro"
  Nació en Algeciras, en 1937, y alternó los estudios con el trabajo: del Garaje Hispano, pasó a Bodegas La Bahía, entró luego en Renault como jefe administrativo y pasó a la Cooperativa Virgen de la Palma, antes de asumir la dirección del Servicio Municipalizado de Aguas en Algeciras. Paco Esteban fue alcalde comunista de Algeciras, entre 1979 y 1983. Luego, se fue del Partido y se presentaría como independiente a las municipales de 1987, al frente de una candidatura que avalaban las siglas del Frente Andaluz de Liberación, de Abderrahmán Medina, quien se apresuró a proclamarle “portavoz mundial del movimiento andalusí”, extremos que inmediatamente rehusó ese viejo fundador de Comisiones Obreras que, a la postre y calmas las aguas, vuelve a estar ideológicamente donde empezó.


Su etapa al frente de la alcaldía sigue siendo recordada, por la ilusión que despertó en una población de aluvión cuyo censo se disparaba y cuyo urbanismo había rozado, durante años, la más pura especulación. Pero desde la Casa Consistorial, eso afirma Esteban, no se podían hacer milagros: “Había un corsé legal, que era la antigua Ley de Régimen Local, y dificultades de orden político grave, que se reflejaban en la administración municipal. También nos encontramos con un Gobierno central de la UCD, que no llevaba una política de ayuda a los municipios y no se potenciaban para nada los entes locales. Habíamos heredado una organización inadecuada del Ayuntamiento, que hizo más difícil la gestión municipal. El principal problema que recibimos del Ayuntamiento anterior fue el económico. Faltaba una Ley de Financiación de las Haciendas Locales”.
PREGUNTA: ¿Cómo fue su incorporación al antiguo sindicato?
RESPUESTA: Yo estaba en el PCE desde que tenía uso de razón, desde que tenía 18 o 20 años. Yo entré a través de Cádiz, por los contactos que teníamos a través del Sindicato Vertical y las reuniones que teníamos las secciones sociales en Cádiz; allí iba conociendo yo a gente, como Horacio Lara, que era del partido y yo no lo sabía. Como él no sabía que yo lo era. No nos conocíamos, pero escuchaba a uno, escuchaba a otros, y más o menos, comprendías por dónde iban los tiros. Nosotros nos incorporamos al Sindicato Vertical como una consigna del partido para derribar al Sindicato Vertical desde dentro. Lo hicimos casi todos los comunistas de la época. Aquí, en Algeciras, había un macrosindicato que era el sindicato mixto, donde empezamos a hacer sindicatos pequeñitos y fuimos colocando a gente más o menos democrática. Yo entré a trabajar en la Renault, fui presidente de la sección social y del sindicato, de la parte social y de la económica, que se llamaba entonces. Yo fui el primer presidente del Sindicato del Metal, en Algeciras. Además, luego, hubo unas elecciones y los trabajadores del Campo de Gibraltar me eligieron su representante en la Comisión Comarcal de Servicios Técnicos. Hubo una cosa muy graciosa. Como no sabían de qué pie cojeaba yo, José Luis Gómez Cansinos, que fue el primer secretario comarcal de CC OO pidió mi dimisión porque ignoraba que yo fuera comunista. El no pertenecía al PCE, trabajaba en Refinería y le llamó la atención que los trabajadores eligieran para dicha misión a un tío que había estado en el Sindicato Vertical siempre. Por ahí, yo fui concejal, por el tercio sindical. También era una consigna del partido, la de ocupar parcelas de poder, donde pudiéramos arañar algo. Hicimos una candidatura social en la que nos presentemos Manolo Moya, Antonio Larguero y yo. La de la parte económica, la presidía Emilio Buch. Nos presentamos a las elecciones y salimos como concejales Moya, Buch y yo, mucho antes de las primeras municipales democráticas. En ese follón, se murió Franco. Yo entré de concejal con Valdés, estuve con el alcalde Lledó y con José Ángel Cadelo, donde obtuve la tenencia de alcaldía de Festejos.
P.: ¿Qué recuerda de las primera elecciones municipales democráticas, las del 79?
R.: Fueron las más bonitas que recuerdo. Por ser las primeras, era la que todo el mundo iba con mucha ilusión. A lo largo del tiempo, esa ilusión se ha ido diluyendo. Cuando yo fui alcalde, aquí nos encontramos con que había un gobernador militar, con poderes totalmente civiles, al que todos los alcaldes anteriores iban a rendirle pleitesía. Aquí no se movía nadie, como no fuera el gobernador militar. Yo tuve que romper con eso. Fui a presentarle mis respetos y él me devolvió la visita, pero nunca más fui a hacerle una visita institucional, porque yo me negaba a ello. Tuvimos la suerte de que tuvimos un gobernador militar aquí, bastante demócrata diremos, entre comillas pero que sí. Se llamaba Carlos Cortezo. Nos reuníamos con él todos los alcaldes, porque entonces creíamos en la fuerza que iba a darnos la unidad de la comarca. Por ejemplo,  mi idea era que el Campo de Gibraltar llegara a ser novena provincia y mi eslogan durante la campaña electoral había sido el de Cádiz está lejos, Algeciras, capital. Todos los alcaldes del Campo de Gibraltar teníamos una reunión casi todos los meses. Cada una, en un pueblo distinto. Era bueno porque los socialistas estaban en todos los ayuntamientos del Campo de Gibraltar, menos en Tarifa que estaba UCD, y en Algeciras, el PCE. Al gobernador militar, lo invitábamos a nuestras reuniones y hubo un día que la hicimos en Tarifa y nos venimos a jugar al bingo. ¡Con el gobernador militar, en el bingo, figúrese cómo cambiaron las cosas! ¡Los siete alcaldes y el gobernador, con sus respectivas esposas! Eso fue una forma de ir quitando la crispación que había. De la noche a la mañana, de ser todos fachas a ser todos demócratas, eso no había por donde cogerlo. Hasta el mismo Rey lo puso Franco. Eso es lo que había. Ese clima había que cambiarlo sin grandes enfrentamientos. A cualquier acto del Ayuntamiento, invitaba al gobernador militar, al juez decano, al comandante militar de Marina, al de la guarnición, a la Guardia Civil, al de la Policía Nacional. Y los hacía mis amigos. Yo recuerdo que, al principio, la Policía Nacional me miraba como bicho raro y terminé consiguiendo que la Policía Nacional me saludara por la calle y me diera la novedad. ¿Qué hacía yo? Yo me iba a desayunar a la cantina de la Policía Nacional, y llamaba al capitán, al teniente, al que fuera: que voy a tomar café con ustedes. A mí, me veían los policías con sus oficiales, si me llevaba bien con ellos, no tenía por qué llevarme mal con el resto. En la feria, en la tribuna, ponía a todos los alcaldes del Campo de Gibraltar conmigo, y a todas las autoridades militares, para que no nos vieran como bichos raros.
P.: Pero lo de Algeciras, capital, no pudo ser.
R.: No, pero no es nada descabellado. Sigue sin serlo. El Campo de Gibraltar tiene entidad para ello. Llámale provincia o llámale como te de la gana, pero que podamos tener diputados elegidos por los campogibraltareños, ¿por qué, no? Tener nosotros una autonomía administrativa, ¿por qué no? Yo no quiero crear más burocracia que suponga más gasto, pero tener una cierta autonomía, ¿por qué no? Y si eso se demuestra que es bueno, ¿por qué no una provincia? ¿Quién ha dicho que hay que tener sólo un número exacto de provincias? La territorialidad de España está todavía por definir. Si se me pregunta lo que quiero para España, digo que quiero una República. El Rey lo estará haciendo bien, pero yo soy republicano y eso es lo que quiero para mi país.
P.: ¿Qué pasó el 23 de febrero en Algeciras?
R.: ¡Qué va a pasar! Recuerdo que estábamos reunidos en una junta de portavoces, en el Ayuntamiento y, de golpe a porrazo, me llama Santiago Fernández, el secretario, y me dice: Paco, ¿tenéis puesta la radio? La pusimos y fue la desbandada. Me quedé en el Ayuntamiento con los comunistas que había allí. El resto se daba patadas en el culo. Me acuerdo que el 23 de febrero llamé a mi esposa y le dije: Sagra, está ocurriendo esto. Todavía tengo una pistola que me regaló la Policía Municipal y que me autorizó Gobernación porque yo estaba amenazado por la Triple A. Ya está inutilizada pero, entonces, le pedí a mi mujer que me mandara la pistola con unos cargadores, que estaban en tal sitio. Y me mandas el pasaporte. En aquel momento, no sabíamos qué iba a pasar. Coge a los niños y te lo llevas a casa de tu madre. Y el coche, quítalo de la puerta y ponlo en un sitio donde no lo puedan ver. Yo me quedé en el Ayuntamiento. Vino la gente del partido, vino Santiago, mi hermano Manuel y el periodista Paco Prieto, que era facha pero estaba con nosotros. Concejales del partido y militantes, como Ricardo Casas, se vinieron. Me acuerdo que yo entonces fumaba y, de vez en cuando, me asomaba a la puerta del Ayuntamiento para que la gente que pasara viese que yo estaba allí, que no nos habíamos ido. A la Policía Municipal, yo le había dado armamento a una serie de agentes: a los cabos, al sargento... Pero dije que esa noche no me fiaba de nadie y reclamé que todo ese armamento lo depositara en el Ayuntamiento. Todos lo hicieron menos dos, que se negaron a ello y a quienes indiqué que las entregaran a la Guardia Civil. Al día siguiente, ya se podían estar jubilando. No se tomaron medidas contra ellos pero no eran personas de confianza. Eran mayores y se retiraron. Un grupo facha estaba a las puertas del bar Coruña, pero no ocurrió nada. Ni tampoco con la gente que fue al Gobierno Militar, que creo que fueron aunque tampoco lo sé con seguridad, pero esa fue la noticia que tuve. Las fuerzas del Ejército estuvieron acuarteladas, esperando tal vez tomar el Ayuntamiento si triunfaba el golpe. Pero, quizá, la moderación de Bartolomé Domínguez Gómez-Planas, el jefe local de Fuerza Nueva, contribuyó a que no hubiera incidentes.
P.: Durante aquellos cuatro años, ¿variaron muchos los sueños con la realidad?
R.: En aquellos cuatro años, el presupuesto ascendía a 300 millones de pesetas, incluyendo el presupuesto del agua. Entonces, costaba el metro cúbico dos o tres pesetas. Ahora, ha subido desproporcionadamente todos los impuestos. Pero tampoco tienen punto de comparación los ingresos que tú tenías entonces con los que tienes ahora. Entonces, nosotros, lo que hicimos, y eso lo teníamos de siempre muy claro, era desempeñar una labor social. Y nos íbamos a las barriadas. Intentábamos dotarlas de los servicios mínimos: como era el agua, el alumbrado que no tenían. Eso no existía, ni en El Cobre, ni en Los Guijos, ni en Pajarete. Peatonalizamos la calle Ancha y pusimos unas losetas con unos peces rojos. Y claro, la gente decía que como yo era rojo, las losetas eran rojas. Y como éramos del PCE, por eso, lo de los peces. En esos cuatro años, nos dedicamos a abrir colegios que estaban cerrados desde tiempo inmemorial, barriadas que no se entregaban...
P.: ¿Es verdad lo de la patada en la puerta? ¿Dio usted una patada en la puerta para abrir los pisos de la barriada de El Saladillo, cuyas viviendas sociales no terminaban de entregarse?
R.: Sí, lo de la patada fue cierto, pero no fue a los pisos del Saladillo. Se la di a una guardería en la barriada del Liang Sham-Pó. Y se la dí porque realmente tenía un candado de mala muerte. Vamos a abrirla, dijimos, con la presencia de los papás, las mamás, los niños y yo el primero. Como estaban los mismos fachas de siempre en los altos cargos, había que tomar esas posturas. Esto lo hago así, porque sí. Los maestros estaban con nosotros. Los niños se metieron, les colocamos los bancos. En fin, se hicieron cosas. Se inauguró la actual estación, se puso en funcionamiento la Escuela de Ingenieros Técnicos y la de Formación Profesional. Se revisó el Plan de Ordenación Urbana y se redactó el proyecto de la carretera de circunvalación. También se cambiaron los nombres a varias calles y se quitó la lápida de los caídos, que estaba en la fachada de la iglesia de La Palma. Nuestro Ayuntamiento despertó gran curiosidad a nivel diplomático y por aquí pasaron los embajadores de la Unión Soviética, el de Estados Unidos, Alemania Federal, Reino Unido o Países Bajos. Hasta miembros del Frente Sandinista de Nicaragua, o los niños saharauis que venían a España por primera vez y que en la recepción que les dieron en Refinería decían que el jamón de pata negra no era jalufo.
P.: El gobernador civil, José María Sanz Pastor, llegó a procesar al Ayuntamiento.
R.: Consideraba gastos ilegales los que no estaban consignados. Darle una subvención a la revista Cucarrete y a la Agrupación de Cultura y Arte era una ilegalidad. Lo cierto es que teníamos una fuerte dependencia del Gobierno Civil de Cádiz y Sanz Pastor se permitía el lujo de anular acuerdos municipales y hasta llegó a prohibir la entrada al Ayuntamiento a miembros de la Corporación, después de una manifestación, como le ocurrió al primer teniente de alcalde, el socialista Manuel Aguilar Olivencia, que en paz descanse.  No había otras soluciones y lo de la barriada del Saladillo fue cierto. Yo antes de ser alcalde, había sido delegado de una especie de patronato de la vivienda que no servía para nada, pero tenía a mi cargo la barriada de San José, que no era la de San José Artesano sino una de chabolas que había por El Cobre. Cuando se iban dos chabolistas, de las dos hacía una sola y les ponía agua para que las ocuparan otros. Les había prometido que si alguna vez tenía mando y se pudiera hacer un colegio allí, yo lo haría. Se dio la circunstancia y así fue. Hoy, hay un colegio donde antes hubo chabolas. Cuando construyeron El Saladillo, yo cogí a gente que no podía pagar las cantidades que pedían entonces por las casas y que todavía no pagan. Con Manolo Natera, de la Comisión Comarcal de Servicios Técnicos, que me ayudó mucho, logramos que dos de las torres del Saladillo fueran en alquiler. Las casas estaban adjudicadas. Todo el mundo sabía cuál era su casa, pero no se daban. Así que fui a las chabolas de San José y les dije que, al día siguiente, cogieran todos los enseres que tuviesen y cada uno, como sabía cuál era la casa, se metieran en ellas. Pero cuando yo diga os tenéis que salir, tenéis que hacerlo, les avisé. Yo me llevaba estupendamente con ellos. Un día, ocuparon las casas y durmieron esa noche. Al día siguiente, estuve negociando la situación con Manolo Natera y el delegado de la Vivienda de Cádiz. Y conseguimos que esos dos bloques se dieran en alquiler y que, inmediatamente, se dieran las casas. La Policía Nacional tenía acordonado aquello pero no hubo enfrentamientos. En cuanto se alcanzó el acuerdo, todo el mundo volvió a la barriada y esperaron a la concesión. ¿Por qué la gente no paga veintitantos años más tarde? Yo fui quien se lo dije. Antes, habíamos entregado la barriada de La Reconquista y a sus ocupantes les habían dado una amortización de 50 años; y para los del Saladillo, cuyo baremo era que el que menos ganara tenía más puntos, la amortización era de 25 años, el doble de los de La Reconquista. Así que yo reclamé que no, que se les diera el mismo tratamiento que las viviendas que habíamos entregado años antes, a pesar de que esa gente tenía menor poder adquisitivo. No pagad, hasta que no se consiga esto. No pagad, no pagad y así están muchos todavía porque no se llegó a un acuerdo.
P.: En Algeciras, su partido gobernó en coalición con PSOE y con PSA, pero también ofreció delegaciones municipales a UCD. ¿Qué era peor, gobernar con los socios o con los adversarios?
R.: En aquellas fechas, todos teníamos una visión de las cosas diferentes. Nosotros teníamos un acuerdo firmado con los partidos de izquierda, por el que teníamos que gobernar conjuntamente. Pero yo lo amplié hasta UCD. Yo le di una delegación a cada uno de los concejales, sin distinguir si eran de UCD, o del PSA o del PSOE, a quienes por obligación tenía que dárselas. A UCD, nadie me obligaba, pero yo creía que como cierto sector del pueblo había votado a esos señores, para que ese sector no se sintiera marginado, que trabajaran. Ahora bien, que trabajaran controlados por nosotros. Tú eres autónomo en la delegación, pero todos los meses me da cuenta de lo que cada uno había hecho. Así trabajábamos. Yo no tenía un duro para repartir por la alcaldía. Todo tenía que ser fiscalizado a través de las delegaciones. Yo ganaba 50.000 pesetas como alcalde, que le tenía que dar al partido y ya el partido repartía. No tenía ni Seguridad Social. Y hubo momentos duros
   
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