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18 de octubre de 2011 |
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Juan de Dios Mellado y Antonio Ramos |
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Felipe González: El hijo del vaquero |
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En el Círculo Ganadero sevillano, o algo parecido recuerda Felipe González, nunca pudieron entender que el hijo de un vaquero llegara a ser presidente del Gobierno español. Y menos aún que saliera de una barriada marginal como era entonces Bellavista, a pocos kilómetros de Sevilla. Ni él mismo lo podía imaginar. Aquí empieza la historia de un político que llega a tener todo el poder sin que fuera su objetivo llegar tan alto.
Isidoro. Es su nombre de lucha en la clandestinidad. Vuelve de Suresnes donde había sido elegido secretario general del PSOE y pasa la noche en la comisaría de Sevilla. Le acompaña el periodista de El Correo de Andalucía Juan Holgado Mejías, que le había hecho previamente una entrevista revelando la identidad de Isidoro. En octubre de 1974, Felipe González tiene 32 años. Fue una noche para recordar. Nos dieron mantas, hasta una estufa para calentarnos y, no sé cómo, hasta tenían un Cambio 16. Antes, el líder sevillano había sufrido otras detenciones y había conocido de cerca al archifamoso comisario Yagüe.
Los sevillanos descubren que Isidoro es en realidad un joven sevillano, que vive en la barriada de Bellavista, que su padre tiene una vaquería y que de todos sus hermanos es el único en hacer carrera universitaria. Y es en esta barriada, que marca la frontera entre las esencias pueblerinas y las urbanas de la capital, donde Felipe toma conciencia social de la necesidad de luchar contra la dictadura: Creo que el entorno social de mi juventud ayudó en gran manera a encauzar la lógica rebeldía. La verdad es que no fue un ejercicio difícil; quizás, la única dificultad estribó en romper la barrera del compromiso, un problema que nos afectaba a todos los jóvenes. Había que dar el paso entre vivir tranquilo, despreocupado, o comprometerse. Una vez que lo superas, ya todo parece más fácil. Vivía en Bellavista, un barrio de aluvión, sin urbanizar y un núcleo de reclusos que trabajaban en el Canal de los Presos, o sea el Guadalquivir, y que cuando cumplían la condena de trabajos forzados, una parte no volvía a sus pueblos y se quedaba en este entorno. Era un ambiente de resistencia social a todo lo que significaba el franquismo y la dictadura. Por tanto, eso me facilitó mucho la cosa. Había a mi alrededor una inclinación no sólo a ser antifranquista, sino a serlo desde la izquierda militante. Creo mucho en la experiencia vital que se comparte y esa experiencia social que yo compartía me hizo entender la solidaridad como un instrumento de lucha.
Cuando llega a la universidad, Felipe González se siente un privilegiado y empieza a volcarse en actividades sociales, adquiriendo compromisos cada vez más intensos frente a la dictadura. Primero quiere hacer Filosofía, pero se inclina por Derecho. Prefiere acercarse al mundo del trabajo antes que al universitario. Se siente más cómodo y con un mayor nivel de compromiso. Las primeras reuniones las teníamos en los sótanos del Palacio Episcopal; estábamos más seguros. Una parte de la Iglesia, adelantándose a lo que se veía venir, ya tomaba posiciones para estar en la alternativa al franquismo. Bueno Monreal creo que lo sabía, pero nos dejaban hacer. Allí estaban los activos militantes de las Juventudes Obreras Católicas (JOC), las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), que venían de Málaga, Comisiones Obreras, sindicalistas de la UGT emergente y, como siempre, comunistas, muy bien organizados. La Iglesia ya se había dado cuenta de que la dictadura estaba agotada, olfateó nuevos tiempos, y una parte de la Iglesia juega a adelantarse a la transición.
El partido socialista. Son años en los que se va configurando el círculo más estrecho de Felipe González y que años más tarde serían personas claves en el socialismo español. Conoce a Alfonso Guerra en 1962, con motivo de que Fraga, entonces ministro de Franco, va a pronunciar una conferencia y preparan una estrategia para abortar la intervención. Lo hacen cantando Asturias, patria querida. Son años de represión en la minería. De ese tiempo de juventud mantiene dos amigos entrañables, Nacho Quintana y Juan Alarcón, presente en la conversación con Felipe González, posiblemente una de las personas que mejor conoce la vida de Felipe hasta que llega a La Moncloa.
Luego vendrían Luis Yáñez, Guillermo Galeote, Ana María Ruiz Tagle, Rafael Escuredo, Antonio Gutiérrez, Manuel del Valle, Concha Romero, Carmen Romero, Carmen Hermosín, Pablo Juliá, Isabel Pozuelo, Carmen Reina, Amores, Barragán, parte de los cuales están en la famosa y casi mítica Foto de la tortilla, cuando en realidad lo que está pelando Felipe González en esa imagen es una naranja. Los socialistas no están organizados. Carmen Hermosín recuerda que no eran tantos. Manuel Chaves lo tiene más claro: era más la fuerza cualitativa que cuantitativa. El germen de aquel PSOE está en todos los nombres anteriormente reseñados. Surge después el llamado Pacto del Betis, Suresnes, y la posibilidad de hacerse con el control del partido en el interior. Hubo un hombre serio, amable, templado, muy positivo que nos ayudó mucho, y que en aquellos difíciles años merecía todo nuestro respeto, como fue Alfonso Fernández Torres, de quien yo fui en ocasiones su chófer. Llegué a él a través de su hijo, Fernández Malo, con quien me relacionaba en la universidad.
Los comunistas. Felipe González recuerda los primeros años de la década de los setenta y le asalta la memoria de los comunistas. La hegemonía, en aquel momento, y la presencia comunista era muy notable, muy bien organizados y con la retroalimentación que siempre se produce porque cualquiera que estuviera contra el franquismo no podía ser socialdemócrata o socialista al estilo europeo. Los comunistas tenían esta ventaja pero es que además, con los sindicalistas de las Comisiones Obreras tenían mucho adelantado.
No tiene muchos contactos con los máximos representantes del PCE en Sevilla y Andalucía, aunque sí recuerda los encuentros con Benítez Rufo, los hermanos Pérez Royo, Tomás García. Mi relación fue mayor con los dirigentes de Comisiones como Saborido, Fernando Soto. Ya en aquellos años me di cuenta de que era necesario, junto con otros compañeros socialistas, recrear la UGT. No se podía dejar todo el terreno social y laboral a las Comisiones. Respetaba a la gente comunista, pero por otro lado mantenía la distancia, porque pensaba que el futuro no pasaba por la dictadura del proletariado. No era fácil mantener esta actitud, pero cuando me eligen en Suresnes, en el 74, de lo primero que hago es reunirme con Santiago Carrillo en París. Digamos que repartimos las distancias. En aquel entonces Carrillo se sentía como el dios del antifranquismo.
La derecha. La mirada del hijo del vaquero se mantiene en Bellavista. Es la fidelidad a unas raíces. Felipe González se siente del pueblo. Sevilla está en la otra frontera, en otra parte del alma. Y así se mantiene. La verdad es que en aquellos años apenas si tuve contactos con quienes, desde la derecha, ya empezaban a intuir que el régimen de Franco estaba al final. Soy poco de ciudad, contorneo la ciudad y me encontraba mejor en la periferia. No tenía relaciones con esa parte de Sevilla, ni la tengo, por cierto. Siempre, como ahora, había un montón de especialistas en no hacer nada, pero que siempre estaban en primera fila. No pertenezco a ese mundo. Me desplazaba de Bellavista a la universidad, ayudaba a mi padre y sólo me acercaba a Sevilla cuando era por otras cuestiones. Por eso, cuando llegué a ser presidente del Gobierno de España, en el Círculo Ganadero de Sevilla creo que así se llama se preguntaban cómo el hijo de un vaquero había llegado tan lejos. Cuando Benjumea se reunía con Soto, Saborido y otros comunistas, yo era ajeno a todo eso y no me rozaba con la burguesía sevillana.
Los andalucistas. Alejandro y yo nos conocíamos de muy jóvenes. Tenía bastante relación con él porque el padre de Rojas Marcos le compraba vacas a mi padre. Era muy activo, tenía muchas ideas, muchas iniciativas. Lo que ahora se dice un emprendedor. Pero ni él ni yo hablábamos de política. Creo que fue a principios de los años setenta cuando me enteré que Rojas Marcos era el referente del andalucismo, pero nunca hubo una química especial. Él, por ejemplo, se ofrecía como patrimonio de inestimable valor cuando había que optar políticamente. Él decía, «bueno, una de mis opciones podría ser el PSOE». Yo creo que aquello fue un error. Yo le decía: «a lo mejor no eres tú una de las opciones del PSOE», en tono de broma, claro.
Con el paso del tiempo, el distanciamiento abre un trecho aún más profundo. Raúl Morodo tenía el encargo de Fernando Abril de apoyar al máximo al PSA para que nosotros no tuviéramos tantos votos en Andalucía en las primeras elecciones de 1977 y no me gustó la forma de prestarse a favorecer a la UCD, a la derecha en contra de la izquierda, con el anagrama de Socialistas Andaluces. Pretendían frenar el ascenso del Partido Socialista. Probablemente pocos son conscientes de este hecho en el Partido Andalucista, ni el propio Luis Uruñuela creo que lo conociera. Es una breve pero intensa historia de desencuentros, sobre todo cuando Rojas Marcos utiliza la palabra socialista para definir al partido que crea. No sé si le pedí que no usara la palabra socialista; aquello fue gran error de los andalucistas.
La sintonía con Luis Uruñuela es distinta. Una relación entrañable, un gran amigo mío, un amigo del alma. Entró tarde en la política y se molestó conmigo, y con razón, porque desconocía el grado de compromiso político que yo tenía. Pero es que yo no quería comprometerlo. Su sorpresa fue mayúscula y hasta desagradable cuando mi madre le dijo que estaba detenido en la Dirección General de Seguridad; no sabía nada.
Laboralista. Su ejercicio del derecho como abogado laboralista dura poco tiempo; el suficiente para acercarse al mundo laboral desde una óptica distinta. Otros jóvenes socialistas trabajan en el despacho de Capitán Vigueras, como Rafael Escuredo, Ana María Ruiz Tagle, Manuel del Valle. Fueron unos años únicos por nuestra proximidad a los temas laborales. Tenía un compromiso muy intenso pero no sectario y, por tanto, nuestras puertas estaban abiertas a todo el mundo y hacía frente a todos los conflictos independientemente de quien fuera el protagonista. Lo que quería era ayudar. Por ejemplo, estaba llevando el conflicto de Los Cercales en el momento que me detuvieron en Madrid y eran de Comisiones Obreras los dirigentes que tenía que defender. Para mí el despacho era un instrumento de lucha y procuraba hacerlo de la forma más rigurosa posible. Eran los tiempos en los que se llevaba poca corbata y muchos vaqueros. Para los trabajadores un abogado en vaqueros era garantía.
Se siente ufano de algunas sentencias de la Magistratura de Sevilla, que despachaba algunos fallos con dos folios, y conseguí sentencias de hasta 14 folios, todo un éxito; o cuando defendiendo a Nicolás Redondo y Zuero, del movimiento sindical de Vizcaya, conseguí la primera sentencia de no admitirse el despido por participación en una huelga; una sentencia que duró poquísimo porque la anuló la Magistratura central.
Escuredo y la autonomía. Para mí nunca fue un problema el andalucismo, como tampoco para Plácido Fernández Viagas; sí, para Rafael Escuredo. No he sido andalucista, no he pasado nunca de ser andaluz, con una convicción profunda porque la gran contradicción del andalucismo está en el propio himno de Andalucía: o se es andaluz sin ser andalucista o no se puede ser andaluz siendo andalucista. El discurso del andalucismo no es nacionalista y mucho menos excluyente, y esto se ha entendido suficientemente bien.
Esta es una tierra de una fuerte personalidad, con una dimensión más oriental que la del resto de las comunidades desde el punto de vista de filosofía de la vida, y eso es suficiente. La gente se siente andaluza y tiene un sentimiento de universalismo, de no fronteras, muchísimo más arraigado que en otras comunidades, siendo como es ésta la comunidad más agraria, pero no agrarista.
Rafa (Rafael Escuredo) era una persona muy imaginativa; es decir, más imaginativo que trabajador. Era muy tratable, muy capaz de conectar, muy sensible al estado de ánimo de la gente y eso le sirvió de mucho. Plácido era distinto; un hombre de los que no hay. Tenía una especial admiración por Plácido
Recuerdo que en plena transición me dijo: «Si el 90% de la justicia, hablo en términos humanos, no cambia, nunca tendremos seguridad de que el funcionamiento de la democracia va a ser como deseamos». Fueron unas palabras inteligentes y llenas de premoniciones que me hicieron pensar bastante.
La apuesta por la autonomía plena para Andalucía nos dio más de un quebradero de cabeza. Había quien lo tenía muy claro, como Rafael Escuredo. Lo cierto es que la apuesta la hice con preocupación, no alegremente. No sabía si el efecto estabilizador para el modelo de Estado iba a superar al desestabilizador. Ahora se ven las cosas desde otra perspectiva, pero entonces era una operación muy arriesgada que Andalucía iniciara su andadura con el mismo techo competencial que las históricas. El que Andalucía accediera por la vía rápida abría una caja de sorpresas. Era una apuesta histórica y, por tanto, con todos los riesgos del mundo y no clara. Pero había que optar y lo hicimos. Ahora se puede decir que el proceso autonómico andaluz coadyuvó de manera increíble a la estabilización del país, al decir que nadie es más que nadie.
No es fácil entender todo lo que pasó, sobre todo para quienes estuvieron en otras batallas. La campaña de la derecha para que Andalucía no tuviera autonomía plena está ahí y hay que decir que muchos protagonistas actuales de la política andaluza no eran partidarios del proceso autonómico.
Felipe respira el aire de sus raíces. Todavía quedan ganaderos de aquellos que se reunían en los cenáculos de la capital que siguen perplejos con la estrella política del hijo del vaquero. Y a él mismo se le nota sorprendido cuando enciende un puro en este jardín de Bellavista después de hurgar durante unos momentos en la memoria de esos años que forman ya parte de la historia de un estadista andaluz. |
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