Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  18 de octubre de 2011
  Rosa Luque
  Carlos Castilla del Pino: El psiquiatra rebelde
  Además de ser uno de los psiquiatras más prestigiosos de España, y quizá el más conocido fuera del ámbito estrictamente científico, Carlos Castilla del Pino aún arrastra 15 años después de su jubilación  –tan activa en la medicina y en su otra pasión, la escritura, que vive pendiente del reloj– aquella legendaria aureola que durante el franquismo le convirtió en un símbolo de libertad. Aunque, si al reciente académico de la Lengua se le pregunta por su papel de intelectual comprometido en aquel tiempo de silencio, este gaditano de San Roque, cordobés de adopción y vocación desde hace más de medio siglo, niega tajantemente haber sido símbolo de nada. “Para ello tendría que haber sido ejemplar –explica con sonrisa irónica-, y los hombres ejemplares son siempre muy sospechosos de ocultación”.

Antifranquismo.
Lo único que Carlos Castilla asume con orgullo es ese antifranquismo que le valió ser llamado ‘el psiquiatra rojo’. Un sobrenombre heroico con el que nunca se identificó, pues, formado en la Institución Libre de Enseñanza, se considera ante todo un demócrata liberal de izquierda al que las injusticias del régimen echaron en brazos del comunismo. “Yo no me recato en decir que he odiado a Franco por someter a este país a cuarenta años de opresión. Fue Franco quien me hizo comunista –proclama–. De hecho, restablecida la democracia, la política, como actividad específica, dejó de interesarme”.

Su actitud contra el franquismo se remonta a 1937 y a aquella sanguinaria guerra civil que él narra con un curioso sentido de lo pequeño como espejo de lo grande en la primera parte de su autobiografía, Pretérito imperfecto, en la que asegura que la contienda dejó en él una huella jamás superada. “Una guerra civil es lo peor que puede pasar, hermanos odiando y matando a hermanos. Todavía me llegan casos sobrecogedores a la consulta –confiesa–. El otro día una señora muy anciana, mujer religiosa y muy conservadora, pero moralmente excelente, me contaba que en la guerra recogió a una muchacha a la que le habían fusilado al marido, y que, como desde julio de 1936 al final de aquel año se fusilaba todas las noches en Córdoba, la pobre viuda se refugiaba muerta de miedo en la cama de su señorita, que tenía que ponerle algodones en los oídos para que no oyera los tiros”.

Castilla del Pino, perteneciente a una familia de derechas, y pese a que los anarquistas asesinaron a cuatro de sus familiares, tomó desde niño partido por el bando perdedor. Aquella postura habría de ocasionarle problemas, “pero era el precio que había que pagar”, reconoce. Quizá el mayor de todos sus sinsabores fue el retraso de más de treinta años con que le llegó una Cátedra de Psiquiatría que la Universidad le negó hasta 1983, cuatro años antes de su jubilación. “Mi vocación era la universidad, y con mi entusiasmo por la psiquiatría hubiera podido ser catedrático con 30 años. Pero la cátedra me fue birlada –lamenta– y con ella la posibilidad de formar precozmente una escuela que hice más tarde con muchos obstáculos en el Dispensario; eso ha sido para mí una gran frustración”. Pero eso le sucedía en el plano más íntimo. A cambio, iba creciendo el mito entre susurros, traspasando pronto las fronteras de aquella ciudad de oscuridades: en los años duros, los estudiantes de todo el país se pasaban sus libros (ha escrito cerca de 40, entre ensayos y narrativa) como en una especie de ritual; fue considerado adalid de un movimiento clínico que luchaba por humanizar el tratamiento del enfermo mental, y hasta se le tuvo por pionero en la asistencia psicológica de la sexualidad, cuando él lo único que hacía, comenta ahora desmitificando su apoyo posterior a los incipientes movimientos homosexuales, “era aplicar sentido común a los casos que me llegaban y aconsejar que si tenían deseos homosexuales, ¿a santo de qué no podían ser satisfechos? [...] Durante el franquismo no había libertad, pero uno se la podía tomar en cierta forma, siempre sabiendo hasta dónde se podía llegar –puntualiza–. Yo le pude a la policía, los puse de pie en una conferencia: era un homenaje a la muerte de Bertrand Russell; pedí un minuto de silencio y, claro, como todos se pusieron de pie, los policías, que estaban sentados en la primera fila, no tuvieron más remedio que hacerlo también. Dije cosas tremendas aquel día. Sólo al final del régimen, cuando éste se endureció mucho al ver que se acababa, recibí amenazas directas, y fue en Salamanca, donde me prohibieron terminantemente salirme del tema”.

La Córdoba de los silencios.
Pero volvamos a Córdoba, concretamente a 1949, en que un joven psiquiatra que procedía de Madrid, en cuya Universidad Complutense se había doctorado y donde trabajó cinco años en el Instituto Ramón y Cajal, llegó a una ciudad en pleno rigor de la posguerra para hacerse cargo del Dispensario y el Departamento de Psiquiatría. Así recuerda Carlos Castilla la Córdoba que le saltó a la mirada: “Era la Córdoba del silencio, por dos razones: primero porque sus calles eran tan silenciosas que sobrecogían, y luego por otro silencio terrible: la gente no podía hablar, le tirabas de la lengua y no había manera. Era una Córdoba inmóvil. Una de las primeras cosas que hice fue dar seis conferencias sobre Freud, con amplia repercusión, porque había gente joven sedienta de saber”.

En el terreno profesional, aquel Dispensario habría de llevarle a trabajar codo con codo con otro prestigioso psiquiatra ya fallecido, José Aumente, un cordobés que más adelante, durante la Transición, acabaría convirtiéndose en el ideólogo del andalucismo. “A Aumente lo traje yo en el 52; nos conocíamos de Madrid y éramos de la misma edad –recuerda–. El estaba de médico interno en el manicomio de Los Prados, en Jaén, y le dije ‘Oye, ¿por qué no te vienes conmigo, que tengo una cantidad tan enorme de trabajo que no puedo con él?’ Le daba la mitad de mi sueldo; yo ganaba 800 pesetas y le daba 400. Estuvo trabajando conmigo hasta el 59”. Describe a quien llegó a ser concejal del PSA (Partido Socialista Andaluz) durante la primera legislatura democrática como alguien que “sabía psiquiatría, una persona estudiosa y sobre todo muy responsable”, un compañero con quien compartía trabajo e ideales de izquierdas. “Aumente militó en el FELIPE (Frente de Liberación Nacional); luego pasó al PCE, aunque la militancia de entonces no era de carné. Dejó de ser del partido a raíz de la publicación de un libro suyo de artículos que se llamaba Diálogo, concentración y compromiso. Yo tuve en el 66 una entrevista en París con Santiago Carrillo y llevaba un mensaje de Aumente para él. Al poco tiempo se salió del PCE”.

Comunista ‘a su manera’. En cuanto a su ingreso en el partido, Carlos Castilla advierte que en aquella época “uno no se hacía comunista, sino que se reunía con la gente que pensaba más o menos igual”. El empezó relacionándose con personas que hacían la revista Praxis, fundada por Aumente, “en la que había comunistas y otros que no lo eran”. Castilla del Pino insiste en que no lo fue, en el sentido ortodoxo del término, cosa que se le reprochaba desde la propia organización. Al menos no respondía a la clase de comunista que mandaban los inflexibles cánones soviéticos, sino que, “desde mi condición de demócrata” vio en aquella formación de izquierdas la única oposición seria contra la represión imperante, “y por eso me honro en haber formado parte de ella”. “Fue el único partido que funcionaba aquí en la clandestinidad –asegura–, porque, hasta que se creó la Plataforma Democrática y vinieron Galeote y cuatro o cinco más, en Córdoba sólo había un socialista que era Matías Camacho, y eso le costó que al comienzo de la Transición los Guerrilleros de Cristo Rey le quemaran el quiosco de prensa que tenía en Las Tendillas. Martínez Bjorkman fue un hombre de izquierdas, pero socialista tardío”.

Sin someterse al decálogo del PCE, los servicios que este intelectual marxista prestó a la causa fueron importantes. El mismo Ernesto Caballero, tal vez el más histórico comunista cordobés, ha recordado en alguna ocasión que, a falta de algo remotamente parecido a una sede, Castilla del Pino cedía para aquellas reuniones bajo cuerda, en las que a veces participaban miembros del Comité Central, su propio consultorio –no éste del bulevar del Gran Capitán, en el que conversamos rodeados de libros y relojes colgados en la pared, sino el que tenía en la calle Fernando de Córdoba-. “Yo he recibido dinero del Partido Comunista para socorrer a las familias de los encarcelados. Me llegaron de Francia 50.000 pesetas, que escondí entre los libros, y venían las mujeres de los detenidos, teóricamente como si fueran pacientes. Repartí 1.500 pesetas entre cada familia, hasta que se acabó el dinero –rememora–. Era gente maravillosa, jornaleros de los pueblos con una fe tremenda en hacer una España justa. Sus mujeres a veces se hospedaban en casa de los Amil, en el Campo de la Verdad. La madre de los Amil, Marina, era admirable”. Recuerda también sus conversaciones con braceros de los cortijos de Posadas, a los que conoció en torno a 1960 cuando pescaba por la zona. “Se reunían por las noches para oír Radio Pirenaica en un aparato con unas pilas enormes, y eso trajo graves problemas –advierte serio–. Porque la emisora dijo que en España había una especie de huelga general, y entonces se levantaron en Puente Genil, en Palma del Río y Posadas y hubo muchos detenidos. Y a los familiares de esos detenidos era a los que luego yo daba las 1.500 pesetas mensuales. Fue una estupidez del Partido Comunista que llevó a la cárcel a mucha gente”.

Pero la anécdota más singular, que Castilla de Pino piensa detallar en el segundo tomo de memorias que prepara, está protagonizada por una de aquellas compañeras de presos políticos que acudían a su consulta en busca de ayuda económica. “Era una mujer de treinta y tantos años, casada con un honrado luchador que había estado a punto de ser fusilado en Málaga (la que no se libró fue su primera mujer, que asesinaron allí estando embarazada). La pobre pasaba el quinario para sacar adelante sola a hijos, algunos enfermos, que tenía; quedó embarazada de alguien que le ofreció dinero y ella transigió. Un día me confió su secreto, pidiéndome opinión de si se lo debía decir a su marido, preso en Cáceres. Yo le aconsejé que lo hiciera. Cuando volvió me contó la respuesta del marido. «Eso te ha pasado por culpa de Franco –le dijo–, y ese hijo que vas a tener es tuyo y mío». Hay historias magníficas”.

El ‘círculo’ intocable. Como a tantas otras personas que se sentían asfixiadas por una atmósfera opresora, su compromiso político y social le llevó a participar activamente en las reuniones del Círculo Juan XXIII, aquel oasis de libertad que allanó en Córdoba el camino de la Transición. “En su primera etapa, fundada por católicos progresistas, había cierta reticencia para admitir a los no creyentes, sobre todo si éramos comunistas o filocomunistas. Pero ahí intervino Aumente para que no se hiciera esa distinción, y entonces ya nos incorporamos al Juan XXIII, círculo que llevaba el nombre de una figura respetada por todos –refiere–. Luego, como el Partido Comunista estaba tan bien organizado, hubo un momento en que prácticamente nos quedamos con aquello, pero también es que los fundadores se echaron un poco para atrás”. Recuerda divertido las visitas “de gente que no tenía pelos en la lengua, a los que todo lo más que se les pagaba era el viaje y la estancia; y lo pasábamos muy bien al ver la impotencia de la policía. Porque a pesar de ser notoriamente un club de militantes de izquierda no se atrevían a cerrarlo, temían la resonancia que pudiera tener algo así”.

Daba conferencias en la universidad vigilado por los grises; también le controlaban a la puerta de la consulta las entradas y salidas en días de seminarios. Han sido tantas las veces que la policía ha seguido sus pasos que Carlos Castilla es capaz de recitar de corrido los nombres de todos sus cancerberos. Señores circunspectos que luego, al llegar la democracia y cambiar las tornas, comenta el psiquiatra con sorna, le empezaron a saludar con algo parecido a la cortesía. “Un platero amigo mío de siempre, Rafael (y su hermana Pepita) Aguilar Fernández, que cuando el atentado de Carrero Blanco me ofrecieron esconderme en su casa, me vaticinó: «El día que muera Franco a don Carlos Castilla le van a salir amigos por todos lados», recuerda. Y me pasaron cosas curiosas. Un día me paró un señor en la calle, me abrazó y me elogió ante unos cuantos estudiantes que me acompañaban el que yo hubiera sido fiel a mis ideales, etc... etc. Cuando se marchó me preguntaron quién era. Se quedaron de una pieza cuando les dije que era un capitán de los grises que quince días antes me había aporreado. Minutos después pasó un policía que me saludó con una gran reverencia: era un miserable que logramos procesar por apagar sus cigarrillos en los pezones de una amiga nuestra a la que detuvo”.

Los puntos sobre las íes de la historia.
Cuando la democracia se asienta, Castilla del Pino, sin olvidar los viejos ideales, dice adiós a todo eso y se centra en el ejercicio profesional y las publicaciones, en las que ha venido alternando el ensayo con la literatura. “La derecha pensó que yo abrigaba ambiciones políticas, que soñaba poco menos que con ser presidente del Gobierno el día que muriera Franco –señala– pero eso era estúpido. Nunca me interesó la política profesional. Aquí vino una comisión del PCE para presentarme para alcalde de Córdoba y me negué. Luego, Santiago Carrillo, que tampoco se creía mi falta de aspiraciones políticas, me propuso ser candidato a diputado, y me negué. A pesar de lo cual, al volver de un congreso en el extranjero, me encontré con que había aparecido en el periódico mi candidatura. Obligué a Carrillo a desmentir aquello”.

Todos estos recuerdos y más quedarán desgranados en la segunda parte de su autobiografía, según anuncia. Y es que Carlos Castilla está convencido de que aún queda mucho por decir . “Fue un grave error el pacto de silencio de la democracia –sentencia–. Hay que saber quién es quién. Por fortuna ahora empiezan a ponerse los puntos sobre las íes de la historia”
   
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