Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  18 de octubre de 2011
  Rosa Luque
  Julio Anguita: Un soñador para un pueblo
  Coordinó desde octubre de 1989 hasta octubre de 2000 Izquierda Unida, formación de la que fue candidato en las elecciones generales de 1989, 1993 y 1996, y lo hubiera sido en las del 2000 si no lo retiran sus problemas cardiacos. Ocupó la secretaría general del Partido Comunista de España (PCE) entre 1988 y 1998, y antes de saltar a Madrid se había empleado a fondo en la política autonómica, como parlamentario y padre de Convocatoria por Andalucía, una iniciativa que después habría de extenderse a todo el paisaje nacional bajo la sigla de IU. Pero, ante todo, Julio Anguita González ha sido alcalde de Córdoba, el primero tras la llegada de la democracia. En Córdoba se forjó la leyenda de este profesor carismático y polémico al que aún hoy, jubilado de la política de cartel –aunque sigue haciendo labor de zapa con su foro de opinión Prometeo– y de la enseñanza, le persigue el sobrenombre de el califa rojo. Aquí se rastrearán de su propia voz los orígenes de aquel reinado, y las luces y sombras que lo perfilaron.


Desde Nueva Carteya.
Es mucho lo que se ha dicho y escrito sobre el Julio Anguita surgido de las municipales de 1979, pero muy poco lo trascendido sobre su vida hasta esa fecha. Reconstruirlo es tanto como tomar el pulso a la Córdoba de izquierdas que sobrevivió en la clandestinidad y más tarde se destaparía con la Transición. Partimos de 1965, año en que ejerce como maestro en Nueva Carteya “y que, abiertamente opuesto al régimen, votó ‘no’ en el referéndum sobre la Ley de Sucesión”.

En 1969, año de su boda con Antonia Parrado, colabora con grupos cristianos de base. “Había una cosa que se llamaba la Plataforma de Enseñantes, de carácter libertario, que se reunía con cristianos de base y trabajaba de manera clandestina, muy ligada a la Comuna Revolucionaria de Acción Social (CRAS), del profesor García Rúa; ahí estaban Álvarez Sotomayor, María José Moruno y unos cuantos más ya militando de manera activa”, recuerda. Crearon una plataforma, formada por profesores en su inmensa mayoría, cuya primera acción organizada fue repartir por los buzones un panfleto contra Franco y el entonces príncipe Juan Carlos. “Lo redacté yo y María José Moruno [maestra y portavoz en los noventa de IU en el Ayuntamiento] lo imprimió en el colegio sin que sus compañeros se dieran cuenta”.

Hijo de militar y comunista. Sus primeros contactos con el Partido Comunista se remontan a finales de 1969. Ese año muere su padre, un militar “con quien mantuve muchas discusiones (luego supe que un policía de la Brigada Político-Social, don Vicente Díaz Iñiguez, le contaba mis andanzas), pero nuestros choques no impedían que nos quisiéramos mucho. Eran escenas que con el correr de los años volvería yo a repetir con mi hijo mayor”, confiesa emocionado al recordar a Julio Anguita Parrado, periodista muerto el 7 de abril de 2003 a los 32 años –apenas un mes antes de esta conversación–, aplastado por un misil cuando cubría la guerra de Irak. Pero estábamos en las postrimerías de 1969, a comienzos de los setenta, cuando Julio Anguita mantiene encuentros con militantes del PCE (su misma cuñada lo es) y colabora en debates sobre el denominado Manifiesto Programa.

En septiembre de 1972 entra en la organización, aunque su opción, matiza, estaba hecha de antes y respondía a dos motivaciones: “Una, la lucha contra el régimen de Franco; la otra, el convencimiento ideológico, quiero decir que no me afilié como otros pensando que el PCE era sólo la bandera antifranquista más eficaz , por lo que al llegar la democracia se fueron. Lo mío fue una apuesta ideológica y filosófica”. Le dieron instrucciones de cómo reaccionar en caso de ser detenido, “lo cual demuestra que las perspectivas no eran muy halagüeñas”, subraya. Fueron años de trabajo a través de células –queda adscrito a la de enseñantes– que se ignoraban entre sí (“No tenía ni idea de que Ernesto Caballero fuera el secretario político, lo conocía porque yo daba clases en el barrio del Naranjo y él vivía allí”). Tiempos aquellos en que los encuentros clandestinos se celebraban en sitios inverosímiles, como cuevas cercanas a Posadas y Palma del Río. “Disimulábamos haciendo un arroz o lo que fuera, como si estuviésemos de perol –bromea–. Una vez, en Montemayor, tuvimos que salir corriendo porque la Guardia Civil andaba por allí”.

Ver las orejas al lobo. Llegamos a mayo de 1975, en torno a la fecha en que murió Juan Sánchez de Miguel, abogado laboralista que durante un tiempo había sido secretario del partido y cuya temprana desaparición a causa de una enfermedad fulminante causó honda conmoción entre la progresía cordobesa. Por entonces Anguita es cooptado, según expresión de la época, por la dirección clandestina del partido en Córdoba, es decir, que se le reclama para formar parte de ella. “¿Que a qué comprometía aquello? Pues a tener una responsabilidad penal mayor –responde–, comportaba una carga tremenda, y miedo ¿eh? Porque había una mujer y unos hijos”. De todas formas, se apresura a aclarar que en aquella época “romántica, aunque las hostias que podían darte no lo eran tanto”, él no fue de los que más en peligro se sintieron. Sólo una vez vio de cerca las orejas al lobo, a raíz de unas detenciones que se practicaron creada ya la Junta Democrática, plataforma anti-régimen que habían fundado en París Santiago Carrillo, el miembro del Opus Dei Rafael Calvo Serel, García Trevijano y Juan Vidal Beneyto, entre otros, y que andando el tiempo acabaría uniéndose a una iniciativa similar creada por el PSOE. “Yo tenía alquilada una casa en Trassierra, cuyas llaves ya daba al partido antes de formar parte de su dirección, y allí guardaba documentos que me hubieran costado muchos años de cárcel –dice–. No recuerdo el año exacto pero era Navidad, y por suerte no hablaron los detenidos, porque si hablan aquella Nochebuena la paso yo en otro sitio”.

Su primera reunión, ya como miembro de la dirección, que le asigna la zona de Peñarroya y Belmez, fue en el despacho de Filomeno Aparicio. “Entro en la Junta Democrática, donde llevaba el sector de enseñanza, y una noche de verano nos reunimos y conozco que el secretario político del PCE en Córdoba es Ernesto Caballero”. Añade que los distintos sectores de la Junta Democrática en su inmensa mayoría eran del partido, lo que les lleva a esforzarse por incorporar a no comunistas. “A mí se me encargó que hablase con José Luis Fernández Castillejo, al que cariñosamente llamábamos el viejo y que había sido decano del Colegio de Abogados –comenta–. Era aquí la figura más señera del Partido Liberal de Garrigues Walker, y yo incluso llegué a repartir sus Cuadernos Libra, porque había que intentar abrir la Junta a personas de derechas”. Fue también la Junta Democrática la organizadora de la primera gran manifestación que hubo en Córdoba (septiembre de 1976). Salió de la Facultad de Filosofía y Letras y discurrió hasta el centro sin más incidentes que la tensión entre los participantes y el amplio aparato policial desplegado por las calles, como había ocurrido con otras marchas del PCE. “La noche anterior nos estuvieron calentado con su canciones Carlos Cano, que cantaba aquello de A la calle, a la calle, a la calle, y Benito Pavón en el Círculo Juan XXIII –rememora–. El Juan XXIII lo formaba fundamentalmente el PCE, que además hasta tenía su propia caseta en la Feria, Los Naranjitos”.

Preparación para la democracia
. El aire cada vez trae más olor a democracia, y se intuye próxima la anhelada legalización del PCE. Se crea la Fundación Estudios y Programas como tapadera del partido, en una casa que alquila a éste uno de sus militantes, el pintor Aguilera Amate, en la calle Leiva Aguilar. Hacia el otoño de 1976, poco antes de ser detenido Carrillo, se perfila ya como la figura del partido en Córdoba para las primeras elecciones democráticas el histórico Ignacio Gallego, en torno al que se había montado “un enorme follón de palos y demás” cuando poco antes estuvo en Jaén. “Una noche se nos presentó en Almodóvar, en un cortijo de Paco Natera (se refiere al jesuita posteriormente secularizado que daría nombre a otra fundación, muy activa hasta mediados de los ochenta) adonde nos habíamos trasladado para preparar todo aquello –señala–. Como suponíamos que al salir de la clandestinidad nos iban a preguntar por las iglesias quemadas y esas cosas, nos empleamos a fondo en una argumentación histórica rigurosa. Yo hice incluyo después, formadas las Cortes Constituyentes, un catecismo de la Constitución, siguiendo la tradición de los catecismos políticos del siglo XIX, que se repartió entre la militancia”.

En el año 1977, aquel en que Santiago Carrillo protagoniza el famoso episodio de la peluca y se produce con gran sorpresa de toda España la legalización del PCE un Sábado de Gloria, la candidatura cordobesa estaba cerrada, a falta tan sólo de que se pusiera fecha a la convocatoria de las primeras elecciones generales que habrían de celebrarse en libertad después de cuatro décadas. Encabezaba la lista, como estaba previsto, Ignacio Gallego, y Anguita iba en quinto puesto. Figuraban también en ella Ernesto Caballero, Filomeno Aparicio, Ildefonso Jiménez, Elena Castrillo, Antonio Luna y, para senador, José López Gavilán. La maquinaria electoral funcionaba a tope en la sede de Leiva Aguilar, ya sin necesidad de tapaderas. “Se programa la campaña electoral, que era de 21 días entonces, y me dan ocho mítines –relata–. Me encierro en mi casa una semana y los preparo como un profesor prepara las lecciones, buscando el impacto pero a su vez la realidad histórica y la interpretación de los hechos. Jamás he improvisado”.
Acude con Ildefonso Jiménez, hombre curtido en la lucha sindical, a un teatro en Castro del Río, donde se abren paso entre un impresionante mar de banderas rojas, y el maestro Anguita empieza a explicar su lección con estilo tan subyugante que aquellos primeros ocho mítines se convierten en 32. Se estaba gestando el mito. Poco a poco Anguita va cimentando su fama de buen orador y su carisma personal. Una imagen que, aunque pueda parecer frívolo –no lo es, pues contribuiría a ese perfil del califa rojo que desde Córdoba se lanzó a la política nacional– irá ya para siempre asociada a un empaque de rey sabio oriental y, sobre todo, a una barba. “Me la dejo exactamente el 8 de diciembre de 1977, y fue por una decisión personal, para contentar a Juana”, apunta refiriéndose a la que habría de ser luego su segunda mujer.

Noche de entusiasmo y hundimiento.
Estamos ya en 1979, en plenos preparativos de la campaña municipal. El partido piensa en un principio en el abogado Rafael Sarazá como cabeza de cartel “y yo estoy de acuerdo con eso –puntualiza–. Sarazá era persona muy conocida y yo no, y además siempre he sido tímido, aunque, como los actores, me crezco en el escenario”. Pero la lista será liderada finalmente por Anguita, quien se mantuvo “ajeno por compelo a su elaboración”. Llegan las elecciones del 3 de abril y sus resultados: de 27 concejales electos, 8 son del Partido Comunista de Andalucía (PCA), 7 de UCD, 7 del PSOE y 5 del PSA. Un reparto que, en función del pacto previo PSOE-PCE firmado  por Alfonso Guerra y Carrillo, más la adhesión del PSA con la abstención de UCD, convierte a Julio Anguita en el primer alcalde de Córdoba  en democracia. “Aquella noche se produce la gran eclosión de entusiasmo  y mi hundimiento –confiesa–, porque intuyo que aquello es un cambio en mi vida, pues aspiraba a ser profesor universitario. La fama ha sido como una especie de maldición, porque lo que me gusta es observar, no ser observado”.

Toma posesión el 19 de abril, en un discurso “contemporizador” que prepara en casa de Herminio Trigo (su primer teniente de alcalde, luego alcalde en la segunda legislatura, cuando Anguita deja la Alcaldía para pasar al Parlamento andaluz). “Cuajó la idea de un gobierno de todos, gobernamos durante dos años las cuatro fuerzas políticas a pesar de las tensiones”. Las hubo y fuertes. Desde el principio estuvieron definidos dos bloques: PCE-PSA (“La labor de Paco Martín en Cultura fue ejemplar”, elogia) frente a PSOE-UCD. Hasta que llega la ruptura. ¿Razones? Por un lado “la UCD arguye que me he enfrentado al obispo” [hubo dos pulsos entre Anguita y José Antonio Infantes Florido: uno, en 1981, giró en torno a la polémica cesión municipal de la abandonada mezquita de Santa Clara al consejero real saudí Ali Kettani y en su nombre a una asociación musulmana que se comprometía a restaurar el monumento, operación frustrada a la postre. El otro transcurrió en su segundo mandato, coincidiendo con el inicio de la celebración del XII Centenario de la Mezquita a principios de 1985, al exigir el alcalde que la visita de los Reyes, pospuesta por la Casa Real ante el ambiente enrarecido hasta la clausura de la conmemoración, en mayo del 86, incluyera la inauguración de la recién estrenada sede municipal de la calle Capitulares].

“Por otro lado, el PSOE rompe porque yo le he cesado a su primer teniente de alcalde, Antonio Zurita, y a su delegado de Mercados, Enrique Rivas, como consecuencia de nuestras confrontaciones –prosigue–. Eran unos aliados que votaban una cosa en la Comisión Permanente y otra en las empresas municipales. El primer gran debate que nos enfrenta es la municipalización de Aucorsa”, recuerda quien, en materia de enfrentamientos, se siente maltratado por la prensa. “El que quiera documentarse verá que Anguita nunca dio el primer golpe, siempre he pretendido no llegar a mayores –se defiende–. Ahora, si hay que desenvainar el acero se desenvaina”.

Años dorados. En fin, el caso es que se rompe la coalición y a partir de ese momento gobierna una minoría formada por PCE-PSA, 13 votos frente a 14, y empieza una etapa municipal que el ex alcalde recuerda como “brillante, audaz y, para mí, con un solo punto negro: que el PSA, que fue leal al pacto, no sacara ni un solo concejal en las segundas elecciones. Fue una injusticia”. La describe como una legislatura “entrañable, una de las mejores épocas de mi vida”. Una época marcada por el aprendizaje, puesto que todo era nuevo para todos, y Anguita es de los que se crecen en el desafío. “Salíamos a explicar, se encauzó la participación ciudadana y se trabajó en la configuración del diseño de la nueva España municipalista”, esto último a través de una asamblea itinerante de 20 alcaldes a la que él pertenecía.

Corren los tiempos de la lucha por la autonomía, sobre la que no faltan bandos del alcalde a favor del famoso artículo 151 de la Constitución, momentos en que la ciudad juega un papel determinante acudiendo en masa a una primera manifestación que se saldó con incidentes y dando un fuerte empuje con su voto en el referéndum. “Hicimos política de Estado en temas como la Europa de los municipios, impuestos y urbanismo. Las grandes obras que después se han ido realizando beben de esa fuente –reivindica–. Se habla ya de remodelar La Corredera, se plantea en el Plan General de Ordenación Urbana las dos heridas: la de la Estación, sobre la que ya había un plan que venía de la época de Alarcón, es justo decirlo, y el río, cuya canalización se proyecta. Creímos con vehemencia en lo que hacíamos”.

El segundo mandato es ya otra cosa. Con 17 concejales, se convierte para el alcalde en un periodo “cómodo pero aburrido”. (“Las mayorías absolutas hay que usarlas para casos de emergencias –aconseja-, y de hecho se empezó cediendo al PSOE una delegación, a cargo de Ana Sánchez de Miguel”). En cualquier caso, es un aburrimiento relativo, porque no falta otra sonada polémica ciudadana: la que gira en torno al aparcamiento que Anguita quiere construir en Gran Capitán (hubo quien lo calificó como “su tumba política”), un proyecto empantanado ante la aparición de restos arqueológicos y finalmente enterrado tras un larguísimo tira y afloja con la Junta de Andalucía. Pero sobre todo, en lo que a Anguita se refiere, ésta es una legislatura corta, ya que dimite el 12  de febrero de 1986. “En el otoño del 84 llevo a Sevilla un escrito, conocido como Documento Cero, que pone en marcha Convocatoria por Andalucía, luego viene el avance de las autonómicas y como consecuencia Madrid”. Desde entonces, Anguita dice haberse sentido “como los geos, utilizado para misiones especiales”. Pero ésa es ya otra historia que, anuncia, algún día dejará escrita para todo el que desee conocerla al detalle.

   
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