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18 de octubre de 2011 |
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Antonio Galán |
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Diego Romero Marín: Un centrista en La Merced |
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Nacido políticamente de las elecciones municipales de 1979, Diego Romero, de UCD, es el primer presidente de la Diputación de la etapa democrática. Un tiempo, el de este presidente, marcado por el consenso y por el trabajo, sin más problemas que los propios de una joven democracia. Su prudencia y su discreción, junto con una visión clara del cargo público como gestión, marcan su corta pero intensa carrera política, en la que hubo de revitalizar la institución del Palacio de la Merced, anclada en el pasado y esclerotizada por la rutina.
Jurista dialogante. Diego Romero, casado, con cuatro hijos tres de ellos, abogados como él, es un centrista próximo a las tesis socialdemócratas de Paco Ordóñez. Quizás por su condición de jurista, ha convertido la negociación y el diálogo en sus principales armas tanto en política como en su vida privada. Romero nace en 1937 en Bailén circunstancialmente porque su familia, de Castro del Río, tiene que abandonar el pueblo poco antes de ser tomado por las fuerzas nacionales. Al terminar la contienda, regresa a Castro, donde pasa los años de su niñez, hasta que a los 11 años se traslada a Córdoba a estudiar en el colegio Salesianos. Posteriormente, cursa en Sevilla la carrera de Derecho, que acaba en 1958.
Ese mismo año regresa a Córdoba y, desde entonces, ejerce la profesión de abogado ininterrumpidamente desde hace 45 años, exceptuando el paréntesis de su corta carrera política. Muy pronto se convierte en asesor jurídico de la Compañía Sevillana de Electricidad (actual Endesa), donde ha trabajado hasta su jubilación, los últimos diez años, como coordinador de todos los abogados de esta empresa en Andalucía y Badajoz. Aún hoy sigue ejerciendo la abogacía en un despacho que mantiene desde hace 20 años con sus amigos Diego Molina y Paco Sánchez.
El perol de los falteros. Mi entrada en política afirma Diego Romero se produce como consecuencia de la inquietud que tenemos muchas personas en aquellos años por aportar algo a aquel momento trascendental que se estaba viviendo. En el Colegio de Abogados había cierto movimiento. Recuerdo muchas charlas políticas con Joaquín Martínez Bjorkman, con Filomeno Aparicio y otros muchos compañeros. Con esas inquietudes, cuando me propusieron en UCD encabezar la lista a las elecciones municipales, la verdad es que no lo dudé. Enrique Garrido Poole y Fernando Sillero de la Rosa fueron quienes me lo plantearon en un perol que hacíamos todos los meses en la finca de Benito Gálvez los falteros, los abogados que hacíamos muchos juicios de faltas. Tras consultarlo con Paco Sánchez, la respuesta fue rápida y di el paso al frente.
Así, Diego Romero ingresa en UCD a finales de 1978 y pocos meses después es designado cabeza de lista de esta formación para intentar ser alcalde en las primeras municipales de la democracia, aunque las posibilidades de obtener la Alcaldía dice- eran pocas debido a que ya se conocía de antemano el pacto entre el PCE y el PSOE. Las elecciones las gana Anguita con ocho concejales, mientras que UCD y PSOE se quedan muy cerca con siete concejales cada uno y el PSA obtiene cinco. Pese al intenso momento político, el ambiente es de consenso. Así, Anguita forma un gobierno de concentración, como él lo llamaba, en el que participan las cuatro fuerzas políticas. Yo tenía claro asegura Diego Romero que la misión de UCD era conseguir sellar de una vez las dos Españas. Esto era una idea clarísima y creo que lo hicimos bien. Había muchos odios políticos. La izquierda y la derecha eran dos conceptos antagónicos y aquello había que superarlo. Y creo que lo conseguimos.
Un presidente viajero. Pero UCD sí gana en la provincia y Diego Romero se convierte en el primer presidente de la Diputación de la etapa democrática, sustituyendo a Manuel Santolalla. Pese a que goza de mayoría absoluta con 14 diputados, frente los 13 que suman PSOE y el PCE, Diego Romero da entrada también en su gobierno a las otras dos fuerzas políticas, de forma señala que nunca tuve que hacer uso de la mayoría absoluta, ya que todos los acuerdos salían consensuados de las distintas comisiones y de la comisión de gobierno antes de ser presentados al Pleno para su ratificación. Esta forma de actuar en política está íntimamente relacionada con su carácter personal, siempre en la búsqueda de consenso y diálogo. Yo soy un hombre de Derecho, fundamentalmente, y siempre he intentado resolver los asuntos sin llegar a la contienda judicial. Y esta máxima también he intentado aplicarla a mi vida particular y a la institución que presidía.
Al acceder al suntuoso Palacio de la Merced, se encuentra con un foco de poder lejano al ciudadano, que vive de rutinas y con unos modos y costumbres ancladas en el pasado. Al llegar, mi principal objetivo rememora Diego Romero era remozar la Diputación y resaltar que su existencia era necesaria, fundamentalmente desde su conceptuación como ayuntamiento de ayuntamientos. Al principio me encuentro mucha expectación. Empezamos a trabajar de inmediato y los funcionarios se adaptan enseguida sin ningún tipo de reticencias. Las necesidades de los pueblos eran ingentes, por lo que desde el principio viajo mucho por toda la provincia para verlas sobre el terreno. Entendía que lo primero que tenía que hacer era conocer todas las corporaciones municipales y que me explicaran las principales carencias. En este periodo la Diputación se vuelca en obras para los pueblos, de su presupuesto y de lo que podía arrancarle a la Administración central.
Yo me percaté enseguida dice de que para sacar dinero en Madrid había que llevar proyectos hechos y así lo hicimos. Una de mis prioridades era adecentar las Casas Consistoriales, algunas de las cuales presentaban un estado deplorable, pese a ser la sede del gobierno municipal. Junto a ello, también se ejecutó un intenso trabajo en instalación de depuradoras, canalización de aguas fecales, suministro de agua potable a través de los consorcios del norte y del sur y arreglo de caminos provinciales y algunos locales. Pero algunos de los logros de más grato recuerdo para Diego Romero son el Palacio de Congresos, que encargó a Lahoz; la creación de la Facultad de Derecho, que culminó una larga aspiración provincial y supuso, mediante la entrega al Ministerio del uso de un edificio provincial, rehabilitado y adaptado a tal fin, la liberación para Ayuntamiento y Diputación cordobeses de la carga económica del antiguo Colegio Universitario de Derecho; y la promoción y mejora de una red provincial asistencial de residencias de ancianos.
Recuerdo especialmente el caso de Castro del Río, donde había un viejo hospital del siglo XVI en ruinas. Acordamos con la propiedad, las hermanas de Jesús Nazareno, la ejecución de una residencia de unas cien plazas, que aún hoy se conserva muy bien, y que se hizo con un bajo presupuesto, de 133 millones para unos 6.000 metros cuadrados de edificación, y con la colaboración entusiasta de trabajadores locales de todos los oficios. La sombra de Anguita. Los hombres de confianza de Diego Romero son Práxedes Cañete, Jesús Cubero, Manolo Marín, el vicepresidente de la Corporación, José Luis Fernández de Castillejo, Ramón Santiburcio y Paco Sánchez, que le cubría las espaldas en el Ayuntamiento y llevaba la política del partido en el gobierno de Anguita, aunque Romero acude puntualmente a casi todos los plenos municipales. Me encontré la ayuda de todos los concejales y diputados de mi partido cuando los necesité, lo que ocurre es que me gusta controlar el trabajo y más que repartir, cargué sobre mis espaldas toda la tarea, con lo que echaba todos los días catorce horas en la Diputación. El mandato de Diego Romero coincide en sus cuatro años con Julio Anguita al frente del Ayuntamiento. Sin embargo, el presidente de la Diputación afirma que nunca se sintió eclipsado por el califa rojo.
Desde el primer día de la campaña electoral subraya con satisfacción hubo una gran confianza entre ambos y, posteriormente, tuvimos un respeto recíproco permanente. Julio jamás me hizo una mala jugada ni yo le planteé ningún problema sin que lo hubiéramos hablado antes. Teníamos estilos diferentes. A Julio le gustaba más la alta política, la política con mayúsculas, pero un alcalde tiene que pisar suelo. Recuerdo que en una ocasión, el día de la inauguración del nuevo Ayuntamiento, le dije que llegaría a ser secretario general del PCE, como así ocurrió posteriormente. Sin embargo, mi estilo era de gestión, pisando los caminos, que es donde se conoce la realidad. La Diputación era una institución que había que gestionar bien, con trabajo, con ilusión y aprovechando todos los recursos.
Pese al buen entendimiento inicial entre PCE y UCD, las relaciones en el Ayuntamiento se van deteriorando y los centristas abandonan el gobierno de Anguita. Diego Romero, que también dirigía los hilos de la política municipal de su partido como cabeza de lista, señala que hubo un episodio lamentable que nos dejó en una posición incómoda, como fue la cesión de las llaves del convento de Santa Clara a un grupo musulmán y se nos quiso implicar en aquello. Entonces creímos que era mejor marcar distancias y dejamos el gobierno municipal, porque tampoco las áreas que se nos habían asignado eran trascendentes (Tráfico y Personal). Sin embargo, este divorcio político no se traslada a la Diputación.
Vuelta al anonimato político. Una vez acabada su etapa de cuatro años en la Corporación Provincial, Diego Romero cede el bastón de mando al socialista José Miguel Salinas y desaparece para siempre de la escena política. Aquella etapa de política gestión me encantó evoca Diego Romero , pero UCD desaparece y me quedo sin partido. Luego recibo propuestas concretas de varias formaciones políticas para las siguientes elecciones. Pero las rechazo porque yo había ido de la mano de UCD y entiendo que ese partido tenía una misión que cumplir, que era facilitar la Transición y consolidar la democracia y, una vez conseguido ese objetivo, yo asumí que mi papel era el de volver a mi profesión y estar en el banquillo por si otra vez surgía la ocasión.
También tuvo ofertas del Gobierno de su partido para ocupar altos cargos de la Administración y algún que otro Gobierno Civil, pero nada de esto le seduce. También ocurrió que yo acabé muy cansado afirma. Mis jornadas eran agotadoras. Empezaba a las ocho de la mañana y acababa muy tarde por la noche. Y la mayoría de las comidas también las hacía fuera por motivos de trabajo. Este tren de vida llegó incluso a afectarme a la salud y cuando mi mujer me vio tomando pastillas, siendo yo tan joven, se asustó y no quería que siguiera en política cuando acabara en la Diputación. Otro factor que influyó fue el deseo de recuperar su brillante carrera de abogado. Él tenía claro que, en aquel momento, con 46 años, se encontraba ante dos opciones excluyentes: la abogacía o la política. Después de cuatro años opina era fácil para mí reengancharme con mi actividad profesional, porque no había pasado mucho tiempo y porque en la presidencia de la Diputación se tiene mucho contacto con el mundo del Derecho. Por otra parte, yo me planteaba que si me convertía en un profesional de la política, algún día quizá tendría que hacer algo que repugnara a mi propia conciencia, con lo cual me sentiría mal conmigo mismo y tendría que abandonar. Y si esto ocurriera después de muchos años ¿cómo me reintegro a una profesión en la que, indefectiblemente, hay que estar actualizado? En política siempre he hecho lo que entendí que debía hacer, jamás me han impuesto algo con lo que no estuviera de acuerdo |
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