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25 de octubre de 2011 |
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Rosa Luque |
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J. A. Infantes Florido |
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Este obispo de vocación sacerdotal tardía, hombre dialogante y cordial, ha trazado una de las etapas más tranquilas de la diócesis de Córdoba, marcada por su dedicación a la conservación y restauración del patrimonio histórico-artístico de la Iglesia. Aquel joven de talante liberal que con su título de doctor en Derecho Civil bajo el brazo decidió meterse a cura, alentado por el ambiente de solidaridad y entusiasmo democristiano que latía bajo el férreo manto de la dictadura, no ha querido pronunciarse nunca sobre temas que se salieran del más estricto campo de su pontificado, y eso que, sin quererlo, tuvo sus más y sus menos con el alcalde Julio Anguita. Los casi 20 años de prelatura de José Antonio Infantes Florido estuvieron caracterizados por la discreción y un silencio en muchos aspectos no sólo eclesiales que acabó pesándole. Yo creo que ser tan diplomático no ha sido bueno para mí, reconocía allá por mayo de 1996, en vísperas de la llegada de su sucesor, Javier Martínez. Hoy, el obispo emérito de Córdoba, que comparte sus visitas pastorales con estancias en Sevilla junto a la familia, se dedica a leer, rezar y esperar. Y cada vez cuesta más trabajo arrancarlo de sus silencios.
El despertar a una nueva era. Monseñor Infantes Florido, que había tomado posesión del cargo por poderes, llegaba a Córdoba un mes de julio de 1978, tras haber permanecido 11 años al frente de la diócesis de Canarias. Fue una entrada llena de discreción, que él recuerda como un encuentro muy grato que habría de marcar su vida e incluso su muerte, pues sabido es que este sevillano de pura cepa se enamoró tanto de la ciudad califal que ha escogido como última morada su corazón mismo, la Mezquita-Catedral. Me sentí acogido por una ciudad que sabe muy bien qué es un pastor, y comprobé que su recibimiento no era protocolario. San Rafael me condujo desde ese momento, comenta refiriéndose a aquellos primeros pasos en una Córdoba que él intuyó majestuosa, tranquila, con la seguridad de quien lleva sobre sí una gran historia dice. Ya se hacía presente de alguna manera la cercanía del cambio socio-político de España, y encontré ciertas inquietudes, sanas y prometedoras, que más tarde entraron en el río fuerte de los acontecimientos nacionales y andaluces.
Aquella Córdoba que despertaba a tantos cambios políticos como habrían de venir vivía por entonces una religiosidad que su obispo define como variada, múltiple, con una tónica acentuada de fe y tradición, preocupaciones eclesiales y sociales, en las que el presente llevaba dentro la levadura de una gran paciencia y esperanza. Era la Córdoba cuya cristiandad lloraba aquel año la muerte de dos papas (Pablo VI a primeros de agosto y el efímero Juan Pablo I a finales de septiembre) y la de un personaje cercano y entrañable, el Hermano Bonifacio, apodado desde los titulares de prensa el sablazo de Dios, por aquel empeño suyo de pedir a los pudientes para dárselo a los pobres. Infantes Florido se encuentra con una diócesis heredada del pontificado de José María Cirarda, quien a primeros de febrero de 1978 había sido elevado al Arzobispado de Pamplona tras seis años de permanencia en la silla de Osio. Una herencia pastoral que José Antonio Infantes, deshecho en elogios hacia su antecesor (Agradecí mucho a monseñor Cirarda su trabajo, su interés por ayudarme en lo que necesitara, afirma) describe como fecunda, con muchas obras realizadas y programas pastorales muy activos.
Un prelado andaluz. El nombramiento de Cirarda, que más tarde se haría querer y respetar por todos, había sido acogido con recelo por los sectores más conservadores. Su sucesor, que desde los tiempos de la universidad había dado muestras de ser un demócrata convencido, sostiene que nada ni nadie le impidió actuar tal como era y sentía: Mi talante liberal, bien conocido, se mantuvo en su línea, sin titubeos a la hora de definirme en las distintas cuestiones diocesanas que se me presentaron. En realidad, puede decirse que el prelado que había destacado en Canarias por su espíritu ecuménico lo que le llevó a mantener excelentes relaciones con los ministros de otras religiones establecidas en las islas pisó Córdoba con el pie derecho, y muy pronto supo coger el tono al alma ciudadana, tan resbaladiza como entregada cuando se la descubre a través de la verdad. Además, su perfil encajaba como anillo al dedo de las demandas eclesiales del momento, pues la intrahistoria de aquellos años habla de que tras la marcha de monseñor Cirarda (en aquel interín de cuatro meses que tardó en producirse el relevo), desde dentro de la Iglesia provincial se clamaba por un obispo andaluz, y nadie mejor que el hispalense que ya se había mostrado en anteriores mandatos pastorales como un prelado cercano a los más débiles y haciendo valer una concienciación social despertada en él desde sus tiempos de párroco del Salvador en Sevilla. Siempre llega todo a un obispo electo admite Infantes Florido haciéndose eco de aquellos deseos diocesanos que se respiraban a su llegada. Había un sentimiento común en Andalucía que presionaba de alguna manera para que el pastor fuese un andaluz y así sucedió. Lo que no sé es cómo respondí a aquellos anhelos andaluces a los que quise ser fiel.
Templos para la libertad. En aquellos primeros pasos temblorosos de la Transición, por toda España se ponían los ojos en los templos como refugio y altavoces de las reivindicaciones sociales y políticas. Cirarda, a quien le tocó vivir los últimos tiempos del franquismo y las primeras elecciones en democracia, se había mostrado dispuesto a cobijar en algunas iglesias ocurrió sobre todo en la de la Compañía, bajo el manto protector del párroco, Joaquín Canalejo Cantero varias reuniones obreras, llegando incluso a referirse a ello en una pastoral. En cuanto a Infantes Florido, había sido en Las Palmas el primer obispo que tuvo encerrados a obreros y líderes políticos en la catedral. Los acogí con la vista puesta en el futuro que traía estas auras, unas veces acertadas, otras interesadas o manipuladas comenta. Pero lo hice consciente de que prestaba un servicio a la libertad, tan necesaria, y al respeto ante la causa de los derechos humanos. Lo vi con claridad y hoy me alegro de haber recibido aquel golpe de consecuencias negativas para mi persona. Para Córdoba tuve el mismo trato.
Preguntado sobre si se vio envuelto en situaciones políticamente incómodas, el hoy obispo emérito señala que no vivió momentos especialmente comprometidos. El curso político seguía sus cauces añade y no me tocó en concreto ninguna marea de ese tipo, al menos no lo percibí como algo consciente en mi trato con todas las personas y grupos, cualquiera que fuese su ideología. Los momentos duros de Córdoba eran los mismos de todas las diócesis. Yo los viví con la gran ayuda de los sacerdotes, los religiosos, los movimientos, las hermandades (la Semana Santa cordobesa experimentó un gran auge bajo su mandato) y el pueblo fiel, que siempre estuvo al lado del obispo. Mi papel fue impulsor y moderador, nunca un freno.
Tampoco recuerda, o no quiere recordar la discreción del prelado, lejos de diluirse ahora que ya todo lo ve desde la barrera, parece haberse agrandado tras la jubilación si hubo algún cura obrero o cura rojo que le diera quebraderos de cabeza. Infantes Florido, padre amantísimo y protector de su clero, a quien no escatimó alabanzas y apoyo, opina que éste se mantuvo, en general, en la sensatez, y muy fiel a su vocación, entre la apertura y las expectativas que se asomaban por todas partes. Un espíritu de novedad y de Evangelio impulsaba sus actividades pastorales prosigue, con muchos aciertos sin duda, aunque con algunos errores, explicables por el momento que se vivía en la Iglesia y en España. Personas, grupos y asociaciones marcaron un rumbo atrayente, a tono con lo que iba a ser el desarrollo del Concilio. En tal sentido recuerda que las Hermandades del Trabajo, como los movimientos apostólicos de Acción Católica, llevaron a cabo una gran misión concienciadora, digna de ser recordada y agradecida.
A la sombra de Juan XXIII. Desde el comienzo de su mandato se propuso desarrollar la doctrina del Concilio Vaticano II, sin ocultar nunca su admiración por Juan XXIII. A la sombra del Papa Bueno halló monseñor Infantes la confirmación en esa fe sencilla y auténtica que lo había llevado a abandonar una prometedora carrera y una vida aburguesada para ponerse en manos de Dios. En cierta ocasión recordaba que, cuando el cardenal Bueno Monreal lo envió a Roma, donde obtuvo la licenciatura en Derecho Canónico, llegué al Vaticano, ese lugar en que se te tambalean tantas cosas, y al lado de eso vi a Juan XXIII, al que escuché en una homilía apoteósica un día de San José. Y vi a los taxistas santiguarse a su paso y decir Si todos fueran como él.... Su pensamiento está activo en la cultura de hoy, en la conciencia de los hombres de buena voluntad. Cada año que pasa, cada acontecimiento del mundo y de la Iglesia recuerdan su persona y su impronta. Por todo ello, es lógico que José Antonio Infantes guarde un buen recuerdo de aquel Círculo Cultural que, precisamente bajo el nombre del admirado Pontífice, resguardó los primeros aires de libertad y humanismo cristiano que respiró una Córdoba deseosa de acogerse a los nuevos tiempos, si bien esos aires derivaron luego hacia una militancia izquierdista de carnet, según algunos, por la pérdida de fuelle que sufrió el entusiasmo de aquellos fundadores. Córdoba, los cordobeses, su cultura y su apertura deben mucho a ese memorable Círculo admite, aunque la historia, como tantas veces, tiene que poner muchas cosas en su sitio, y otras interpretarlas adecuadamente para que el mérito, el esfuerzo y las ilusiones de tantos queden reconocidos.
Las primeras decepciones. Monárquico tenaz, aunque nadie ha arrancado jamás de boca del obispo un pronunciamiento político, Infantes Florido adquirió desde su época universitaria la certeza de que la política sólo puede ser acertada y auténtica en una democracia. Luego está la variedad de opciones, que conoció en su propia casa, porque unos hermanos eran de unos partidos y otros de otros confesaba en una entrevista publicada en el diario Córdoba en 1996, con motivo de su jubilación. Yo, claro, descartaba las opciones de la izquierda radical, siempre me he decantado hacia las de carácter liberal dentro del ideario cristiano. En cualquier caso, sus convicciones democráticas le han impulsado en más de una ocasión a advertir que cuando un pueblo, manipulado o no, en su mayoría designa a unos gobernantes de un partido u otro, a mí me merecen todo el respeto.
Como tampoco ha ocultado algunas de las decepciones que esa confianza puesta en la democracia le ha ocasionado en determinados momentos. Me ha molestado que luego, cuando llegan al poder, no hagan lo que han prometido ni el bien para la sociedad lamentaba monseñor en la citada entrevista, si bien ahora, cansado y encerrado en un mundo mucho más cercano ya a Dios que a los hombres, considera que todo eso es un capítulo zanjado sobre el que no quiere volver. Con la esperanza que habíamos puesto a la muerte de Franco, y luego hay una transición y la Iglesia, tan ingenua, tan ansiosa de servir, no se percata de que no todo era honesto. Las propias organizaciones cristianas que habían colaborado en esa transición luego vieron que no pintaban nada.
Esa frustración la había presentido ya en Sevilla, siendo párroco de El Salvador, tarea que compaginaba con la enseñanza universitaria. Las famosas Semanas de Pensamiento Actual que propició en la parroquia, considerada en la época un núcleo de progresismo como en Córdoba lo era la ya mencionada iglesia de La Compañía, fueron testigos del origen del Partido Andalucista, a cuyo nacimiento Infantes Florido, que siempre vio con buenos ojos una opción netamente andaluza que resolviera los problemas desde esta tierra, asistió en primera fila. De aquella época guardo el recuerdo imborrable de un hito del ecumenismo, la venida del hermano Roger Shuts, de Taizé, primer acto de su presencia en España del que ha hablado tantas veces a través de charlas y reuniones. Por su parte, el Partido Andalucista pudo ser el gran partido de Andalucía, su gran esperanza social y política evoca cambiando el tono alegre por el del desencanto, pues nunca le gustó que el PA añadiera a su sigla la S de socialista. Pero las circunstancias trajeron otra cosa.
Obispo y alcalde comunista. Al año siguiente de su llegada a Córdoba se celebran las primeras elecciones municipales en democracia, y toma posesión del gobierno local un alcalde comunista. Los resultados electorales me encontraron preparado asegura, no tuve sorpresa alguna. Los acepté con semblante cristiano, dispuesto a colaborar desde mi papel religioso y espiritual. Lo hizo desplegando grandes dotes diplomáticas a lo largo de toda su prelatura, que llevó de principio a fin el sello de la tolerancia, sin que haya que destacar más roces institucionales que los que mantuvo con aquel primer alcalde, Julio Anguita, que fue la única persona a la que Infantes Florido se enfrentó públicamente en 18 años. El primer encontronazo se produjo en enero de 1981, cuando Anguita pretendió ceder la abandonada mezquita de Santa Clara, cerrada al culto desde mucho tiempo atrás, a una asociación musulmana presidida por un tal Ali Kettani, consejero real saudí, que a cambio se comprometía a restaurarla.
La segunda polémica se originó en 1984, concretamente en los meses anteriores a la magna conmemoración del XII Centenario de la Mezquita que había sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco el 2 de noviembre, y resultó muy sonada al tener a la Casa Real por medio. El conflicto surge cuando las autoridades civiles quieren participar en la elaboración del programa para tan importante evento, a lo que la Iglesia responde que la efemérides habrá de tener un carácter fundamentalmente religioso, de hermanamiento entre el mundo árabe y el cristiano. Así las cosas, el Ayuntamiento que a través de su alcalde había intentado sin éxito que los Reyes inauguraran la recién estrenada Casa Consistorial de la calle Capitulares aprovechando su visita a la ciudad como pórtico de la celebración- se descuelga de la organización de los actos y emprende un programa paralelo al del Cabildo Catedralicio. Este ambiente enrarecido de la ciudad, como llegó a definirlo la propia Zarzuela, hace que el 4 de febrero de 1985 se inaugure el 1.200 Aniversario de la Mezquita sin la presencia real. Ésta quedó pospuesta hasta el 28 de mayo del siguiente año, en la que los monarcas visitaron el monumento, siendo ya Herminio Trigo alcalde de la ciudad.
Nadie pudo arrancar al prelado un pronunciamiento en todo aquel conflicto (Anguita, mucho más locuaz y envarado, llegó a decir más o menos que Este no es mi obispo, pero yo sí soy su alcalde). La Casa Real estuvo, como siempre, a su altura manifiesta don José Antonio. Y en cuanto a la anécdota, habla por sí sola; el tiempo ha puesto los puntos sobre las íes. Una anécdota que Infantes había resumido tiempo atrás del siguiente modo: El problema de fondo era si venía el Rey o no a la Mezquita, y yo estaba en medio. Y no era bueno ni lo será nunca dar motivo para dejar en mal lugar al Rey, que es lo único que tenemos que puede dar unidad a esta diversidad y a veces a esta lucha que hay en la política española. |
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