Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  25 de octubre de 2011
  Antonio Galán
  José Miguel Salinas: Un líder precoz
  La historia personal de José Miguel Salinas es la historia del socialismo cordobés en la Transición. Desde 1978 hasta 1985 como secretario general y luego, hasta 1989, como presidente de la Ejecutiva, es el líder de referencia en el PSOE cordobés. Nacido en 1952, casado, con dos hijas, licenciado en Derecho y Economista, es un caso como pocos de precocidad política. A los 26 años ya es secretario provincial del partido y ocupa un escaño en el Congreso, a los 30 años se convierte en el presidente de la Diputación más joven y un año más tarde su fulgurante carrera política lo sitúa de vicepresidente de la Junta de Andalucía.

Un joven entre veteranos.
El currículum de José Miguel Salinas concentra una veintena de cargos políticos e institucionales en sus 15 años de actividad en primera línea de la política. Junto con Rafael Vallejo –primero, como aliado y luego como antagonista suyo desde las filas del guerrismo– y Manuel Gracia, forman la tríada de nombres que más suena en el socialismo cordobés de finales de los años setenta y la década de los ochenta, aunque tal vez haya que apuntar también el nombre de Joaquín Martínez Bjorkman como uno de los socialistas más conocidos a nivel popular en la ciudad. Salinas entra en la política a través de la reflexión ideológica, o lo que él denomina atracón ideológico, es decir, por debates y contactos con gente que pertenecía ya a la política de forma clandestina.

“Mi primer contacto –afirma– se produce en otoño de 1975 a través de Eduardo Rejón, que me presenta a Rafael Vallejo, entonces responsable político del PSOE cordobés y ahí entré casi directamente en el núcleo organizativo, porque había pocos militantes activos en los partidos. Entré también con Diego Alonso y con Guillermo Galeote, que se acababa de ir a vivir a Madrid, a trabajar con Felipe González. Contaba yo en ese momento 23 años. Hasta entonces no había tenido mucha actividad extra universitaria porque había estudiado Derecho y Económicas simultáneamente y mi relación con la política había sido tangencial”

Esta precocidad política es el comienzo de una fulgurante carrera política que empieza a cimentarse en 1976 cuando, recién estrenado políticamente, ya asiste por Córdoba al Congreso Federal socialista y dos años más tarde, en 1978, se convierte en el primer secretario general del PSOE de Córdoba. Hasta entonces, la cabeza del partido estaba representada por el secretario de Organización, Rafael Vallejo. “Salvo el PCE –recuerda Salinas–, los partidos tenían una estructura muy débil, los partidos se iban nutriendo de los jóvenes que nos incorporábamos y de la recuperación de los viejos militantes históricos. Uno de los más reconocidos y que ejercía un liderazgo sobre estos veteranos militantes era Juan Sánchez Castro. Iba todas las mañanas a la primera sede del partido que abrimos en Las Tendillas. Era el líder natural de los veteranos. Otros históricos entrañables eran Ramón Toledano, Paco Mármol, Alonso Macías y Matías Camacho, entre otros muchos. Había un debate muy interesante, porque en aquella época en que yo entro en el PSOE son los años de la Junta Democrática y de la Plataforma de Convergencia, que dio lugar luego a la Platajunta. El debate interno entonces en el PSOE era que los militantes históricos eran absolutamente contrarios a ningún acuerdo con el Partido Comunista porque tenían una sensación negativa de la alianza con el PCE en el Frente Popular y luego en la Guerra Civil.

En Córdoba también se produce este debate. Por un lado, están los veteranos, por otro, los jóvenes universitarios y, en medio, una pequeña franja de militantes donde estábamos Vallejo, Vicente Jiménez Marín y yo. A principios del 76 se nos incorpora un nutrido bloque de militantes procedentes del mundo de la enseñanza, entre los que se cuentan Manolo Gracia, Pepe Millán, Manuel Arenas y los hermanos Monge y otro bloque del mundo obrero: Germán Toledo, Rafael de la Peña y Emilio Fernández Cruz un poco más adelante. Nosotros mirábamos a la parte obrera del partido para tener una conexión potente con UGT y, por otro lado, al mundo de los profesionales y de los enseñantes. Pero en realidad éramos muy pocos los dedicados a la actividad política directa y diaria, por lo que enseguida ocupábamos cargos de dirección”.
Salinas dice rememorar con agrado aquella época de movimiento unitario de las fuerzas de izquierda para luchar contra la falta de libertades, “donde para elaborar un documento de pocos folios, nos tirábamos horas y horas, cada uno de los partidos intentábamos colar nuestros latiguillos y que no se notaran demasiado los de las otras fuerzas. Recuerdo de aquella época con especial afecto a Ernesto Caballero. Para mí, ha sido el ejemplo de líder político convencido de lo que hacía, de lo que pensaba y con una trayectoria ejemplar”.

El doctorado en política. En 1977, Salinas coordina la primera campaña electoral de la democracia, en la que el PSOE coloca en el Congreso a Guillermo Galeote, Rafael Vallejo y Emilio Fernández Cruz. Salinas, testimonialmente, va en el número 5 de las lista. Pero en las elecciones generales de 1979 sí da ya el salto a la alta política tras obtener un escaño de parlamentario en el Congreso de los Diputados cuando aún no había cumplido los 27 años. “Esta experiencia de entrar en el Congreso fue absolutamente impactante. Para mí fue un periodo extraordinario de aprendizaje, de analizar los hechos y de interpretar la realidad. Fueron años muy duros del terrorismo de ETA, del asentamiento de la Constitución y de declaraciones fuera de tono de algunos mandos militares”.

Luego vendría la dimisión de Suárez y el 28-F. Es decir, una legislatura muy intensa y fue en aquellos años cuando yo me doctoro políticamente”. Un mes después, Salinas coordina también la campaña electoral de las municipales del 79 en Córdoba. En aquel momento el PSOE arrastra la depresión de no haber ganado las generales, que creía tenerlas al alcance; por el contrario la UCD está pletórica en toda España con su triunfo. Los resultados de las municipales reflejan en toda España una caída de los socialistas y un ascenso del Partido Comunista y de los andalucistas. Esta tendencia se traduce en un triunfo del PCE por un concejal de diferencia sobre el PSOE, que sitúa a Anguita en la Alcaldía por el pacto de izquierdas. Pero el PSOE no tiene feeling alguno con aquel gobierno municipal.

En 1980 se produce una crisis en el PSOE de Córdoba que desemboca en un congreso extraordinario. Salinas sale reelegido secretario general, pero con Rafael Vallejo de presidente. El año 1982 es el momento más dulce del PSOE a nivel nacional y provincial. En mayo gana las elecciones autonómicas con mayoría absoluta. El PSOE obtiene siete diputados de los trece de la provincia con una campaña espectacular. Posteriormente, a la vuelta del verano, el PSOE arrasa en las generales y el PSOE logra en Córdoba cinco de los siete diputados. Salinas repite como diputado. A nivel personal, Salinas vive también un momento dulce en su carrera política, hasta el punto de que su amigo Gregorio Peces Barba lo propone para secretario primero de la Mesa del Congreso, pero Alfonso Guerra veta esta opción para que Salinas no desatendiera sus responsabilidades orgánicas como secretario provincial. “Pero yo me planteo –dice– un giro en mi carrera política para no encasillarme como hombre del aparato provincial, siempre resolviendo conflictos internos”. Por ello, decide abandonar el Congreso de los Diputados para optar a la presidencia de la Diputación Provincial varios meses después.

Entre la Diputación y la Junta. En las elecciones municipales del 83 arrasa Anguita con 17 de los 27 concejales. Salinas va de número dos y candidato a la Diputación, en una lista encabezada por Martínez Bjorkman. Pese a la debacle en Córdoba capital, el PSOE obtiene mayoría en la provincia, arrebatando a UCD la Diputación Provincial. La etapa de Salinas al frente de la Corporación Provincial, aunque corta, pues sólo dura unos meses, es una de las más intensas de su vida política y la que le da una proyección pública como gestor político, de la que carecía hasta entonces. Es un periodo en el que imprime un nuevo talante a la institución, sacándola a la calle y dando una imagen de modernidad que llegó a rivalizar con el propio Ayuntamiento en muchos aspectos. “La Diputación había sido hasta entonces –afirma– una especie de administración subsidiaria a la que se le encasquetaba todo aquello que no encajaba en otro sitio y con un abanico variopinto de competencias que desarrollaba según el talante del presidente de turno. Hasta ese momento el PSOE no había tenido la responsabilidad del Ayuntamiento ni de la Diputación y yo sabía que tenía que marcar las diferencias con una política de ruptura con lo anterior.

Así, por ejemplo, en Cultura pasamos de la política anterior de las subvenciones a una actividad cultural absolutamente innovadora en Andalucía, de grandes congresos nacionales e internacionales. En el área de Fomento también rompemos moldes. Un ejemplo es la celebración en el Palacio de la Merced de la Feria Joyacor. También nos inventamos los agostos cinematográficos, con colas que daban la vuelta al edificio. Fue una acción política espectacular”. Le acompañan de vicepresidentes Julián Díaz y Manuel Melero.

Sin embargo, poco antes de cumplir un año en la Diputación, Salinas sorprende a todos y da el salto a Sevilla, atraído por la oferta del nuevo presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, que sustituye al dimitido Escuredo, para que sea su vicepresidente. Una oferta demasiado tentadora para un joven político inconformista, que ahora veía una oportunidad sin igual para proyectarse en la vida política andaluza. “Yo podía haber estado tranquilamente cuatro años en la Diputación, pero en tan poco tiempo yo había trazado las líneas maestras de gobierno, había abierto las puertas de la institución y me fui con Pepe Rodríguez de la Borbolla, un gran amigo mío y con quien  había estado trabajando estrechamente en la organización del partido en Andalucía. Y, por otra parte, me apasionaba la tarea de la construcción autonómica después de la lucha del 28-F”.

Misión imposible.
En 1985 es nombrado vicesecretario general del PSOE andaluz y deja la secretaría general del PSOE cordobés en manos de Manuel Gracia, un compañero inseparable en política, para seguir controlando Salinas la línea estratégica desde la presidencia del partido. Tras muchos años de saborear las mieles de la alta política, en 1987,  José Miguel Salinas baja de nuevo a la arena electoral, muchos dicen que obligado por Alfonso Guerra, para encabezar la lista de las municipales por Córdoba, en una misión casi imposible. Recordemos que era la época del Califato Rojo, donde Anguita exhibía sus 17 concejales frente a los 4 del PSOE. Por aquella época se produce una conjunción de circunstancias.

Ya ha comenzado la guerra entre el borbollismo y el guerrismo, abanderado éste en Andalucía por los Yáñez, Sanjuán, Navarrete y Vallejo, quienes, desde sus escaños en Madrid , se habían quedado fuera del proceso autonómico. En el frente borbollista se encuentra una generación más joven: Borbolla, Torres Vela, Perales, Zarrías, Pizarro y Salinas. En ese clima, la conquista de la Alcaldía de Córdoba se presenta como un elemento fundamental en la estrategia del partido en Córdoba. Señala Salinas que “en lo sondeos era yo el político socialista más conocido. Entonces me pide Alfonso Guerra que encabece la lista. Yo he sido siempre muy disciplinado con la organización, soy en ese momento el candidato mejor situado y tengo pocos argumentos personales para decirle que no. También debo reconocer que desde el momento en que supe que iba a ser el candidato, cuando me lo pide Alfonso en una comida en La Moncloa, tuve todo su apoyo y recuperé una relación fluida con él. Preparando la campaña, me pregunta que cuál es la obra emblemática que sea competencia del Estado que quiero llevar en mi programa electoral. Entonces estaba aprobado un plan parcial de Renfe con las vías a la vista y en trinchera por el centro de la ciudad, que era la fórmula más económica. Entonces yo le propongo el soterramiento de las vías para unir la ciudad, que era el proyecto primitivo pero que se descartó por ser más caro. Alfonso habla con el ministro de Transportes, Abel Caballero, para que apoye este proyecto emblemático. Sin haber ganado después la Alcaldía, el Gobierno cumple su compromiso y firma el convenio con la Junta y el Ayuntamiento y fruto de ello es el actual Plan Renfe”.
Se celebran las elecciones municipales y, pese a ser un reto casi imposible por la diferencia de concejales, Salinas toca la Alcaldía con la punta de los dedos: obtiene 9 concejales (sube 5), frente a los 10 de IU que lidera Herminio Trigo (baja 7), los 7 de AP y 1 del CDS. Las fotos de la noche electoral reflejan un ambiente de euforia en al sede del PSOE y de abatimiento en la de IU. Salinas es el vencedor moral de las elecciones. Sin embargo, el pacto de izquierdas le impide negociar con CDS y AP para obtener la Alcaldía. Ese momento marca el punto de inflexión de la carrera política de José Miguel Salinas. “Yo me di cuenta entonces –explica– de que el hecho de no haber tomado la Alcaldía después de tenerla prácticamente en las manos iba a costar no menos de 12 o 16 años, nos suponía una falta de crédito en la ciudad para tres o cuatro legislaturas como mínimo y así se ha cumplido. Aquella vez ganamos políticamente las elecciones. El PP y el CDS estaban dispuestos a apoyarme en el Pleno de investidura para desbancar a IU. Pero IU y PSOE llegan a un acuerdo para apoyar la lista más votada dentro de la izquierda en toda España. Yo podía haberme rebelado contra esa decisión y haber sido alcalde. Sin embargo, una vez más, acaté la disciplina del partido, pero yo no me sentía ya con crédito ante los ciudadanos que me habían votado”.

Se apaga la estrella política.
A partir de esta decepción con su propio partido, la estrella política rutilante de Salinas comienza a apagarse poco a poco. Dimite como portavoz de su grupo, aunque se mantiene de concejal toda la legislatura y pasa a la esfera privada del mundo de los negocios. “Yo considero que cuando se ha estado en altos cargos de la política no hay marcha atrás para, por ejemplo, ocupar un cargo medio y permanecer ahí por necesidad. Yo tenía claro que ya no iba a aceptar ningún puesto de parlamentario ni nada similar y estaba dispuesto a irme a mi casa.” Aunque preside el Consejo Social de la Universidad desde 1989 a 1996, Salinas desaparece ya de la escena política y se vuelca en la actividad privada como economista. Posee una consultora en Sevilla dedicada a elaborar planes y estudios para España, Iberoamérica y Marruecos. En la distancia, Salinas afirma que “ese liderazgo institucional y orgánico que vivió a una edad tan temprana fue una extraordinaria fuente de aprendizaje y de vivencias, pero también tenía claro que la retirada de la política exige hacerlo a una edad en que profesionalmente se puedan reemprender nuevos caminos para no depender de la política para toda la vida”.
   
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