Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  25 de octubre de 2011
  Antonio Checa
  Jaime Montaner Roselló: Un refugio junto al estadio
  Jaime Montaner Roselló (Huelva, 1946), arquitecto, dirigente socialista, senador en 1979, consejero de la Junta de Andalucía desde 1979 a 1994, diputado en el Parlamento andaluz, es una de las figuras más representativas de la Transición en Huelva, que tras un largo paso por la política vuelve al ejercicio de su profesión.

Arquitecto de servicio.
Yo me incorporé a la profesión en Huelva, en noviembre de 1970, recién titulado por la Escuela de Arquitectura de Sevilla. El estudio lo constituíamos José Ramón Moreno, Andrés Romero y yo, que poco a poco lo convertimos en una especie de plataforma democrática de asesoramiento a vecinos: alegaciones contra construcciones dentro del parque de Doñana, toda la documentación contra la carretera costera Huelva-Cádiz, las primeras actuaciones contra la contaminación de las industrias del Polo, campaña contra aquel auténtico guetto que fue la barriada de El Torrejón, todo lo trabajábamos allí.

El estudio vino a ser lo que en otras ciudades algún despacho de abogados laboralistas. En Huelva estaba el despacho de Carlos Navarrete, que era entonces funcionario del Ministerio de la Vivienda, y estábamos nosotros. En el estudio comenzaron a reunirse profesionales progresistas y más adelante incluso la Junta Democrática. El 11 de septiembre de 1973, en la esquina de Alfonso XII con la que entonces era la calle 18 de Julio, Juan Manuel Seisdedos y Manuel Garrido Palacios me contaron que habían matado a Salvador Allende en Chile. Ese mismo día me afilié a UGT, con la que ya venía colaborando, estuve en la ejecutiva de la UGT hasta 1976. En el PSOE entré algo más tarde, en aquella época había que realizar una especie de transición, pero entré en la ejecutiva del partido ya en 1974, no fui al congreso de Suresnes, donde hubo  representación de Huelva, pero sí estuve en el congreso de los socialistas portugueses en abril de 1975, con una delegación del PSOE donde la mayoría –ocho o nueve– éramos de Huelva. Recuerdo que lo abandonamos como protesta por el protagonismo que allí se le dio a Santiago Carrillo.

Vocación política. La vocación política me llega en la Escuela de Arquitectura, yo fue  delegado de curso en segundo, tercero y cuarto, me coge toda la revuelta del 68, cuando expedientan a varios estudiantes de la Universidad, aunque el foco principal de la protesta estaba en Derecho y Filosofía en Arquitectura había también un núcleo interesante. En esa época hice algunos contactos con socialistas, aunque el contacto sólo fue intenso desde 1974. Por entonces la UGT lanzo un periódico, lógicamente clandestino, Opinión Obrera, que se imprimía en Sevilla, en Prensa y Copistería, algunos números se redactaron en mi casa, entre Juan Manuel Seisdedos y yo. Luego se convirtió en La Palmera, cuando pasó a editarlo el PSOE.

Vivimos muy de cerca, muy intensamente, la creación de plataformas políticas, no sólo la Junta Democrática. Nos reuníamos en nuestro despacho de 18 de Julio, en el despacho que tenían en Ginés Martín Carlos Navarrete y José Antonio Marín Rite, participaban muchos profesionales, grupos democristianos afines a Ruiz Jiménez, alrededor de personas como Jaime Madruga, Juan Ron Serrano y Luis Manzano, además de profesionales progresistas como Juan José Domínguez, aunque la gran pantalla eran los profesionales del PCE, que se multiplicaban, aparecían como representantes de Comisiones Obreras, de Cristianos por el Socialismo, de sectores profesionales.

En la clandestinidad.
En la clandestinidad Huelva tenía a mi modo de ver dos núcleos de oposición importantes, uno el sindical, que estaba nucleado por el Sindicato Unificado, que tenía mucha fuerza en el sector del metal, en la banca y en la pesca, incluía mucha gente de LCR y de grupos cristianos; Stella Maris, marineros de Isla Cristina y Ayamonte. Aparte estaban Comisiones Obreras y UGT, ésta metida en el Polo, sobre todo en Celulosas, pero en general era más importante CC OO. De Celulosas salieron la mayoría de nuestros líderes sindicales, empezando por Tomás Seisdedos.
Nosotros conseguimos que se firmara el primer convenio de la pesca, que hizo Carlos Navarrete con Fernando González Vila, eso nos permitió entrar en el sector de la pesca y asumir cierto liderazgo, como UGT, en la Costa. Fue importante. Teníamos gente muy buena en la pesca, como el propio González Vila, que fue diputado en Cortes varias veces –1977, 1979, 1982– y luego director general de Pesca en la Junta con Miguel Manaute durante unos diez años. Ese pie sindical en la Costa fue una operación muy bien diseñada por Navarrete, González Vila y Seisdedos. Captamos al cura Ignacio Palacios, a otro cura muy popular, León Vea, el uno de Ayamonte, el otro del Stella Maris, y conseguimos crear una estructura contrarrestando al Sindicato Unificado, incluso captamos a algún líder del propio Sindicato Unificado, como Ignacio Simón. En aquellas ejecutivas yo era secretario de formación y llevaba propaganda. En el interior sólo teníamos presencia en las minas, Riotinto y Nerva, y, por otra parte, Alosno y Cala. En las minas teníamos sobre todo sacerdotes afines.

Políticamente la gran plataforma externa era, como señalaba, la de los profesionales. El PCE tenía diez veces más profesionales que el PSOE, los atraía mejor cultural y profesionalmente. Creo que durante mucho tiempo fui el único arquitecto del partido socialista en Huelva. En el partido había dos corrientes, hablo de 1973-1974, una corriente estaba por la ruptura y otra, más moderada, por la reforma, en la que obviamente estaba yo, que no planteaba las cosas con la urgencia de otros compañeros más radicales, sino desde un conocimiento más profundo de la sociedad y las instituciones. Yo era arquitecto y lo mismo hacía una piscina en Encinasola para la Obra Sindical del Hogar, que unas viviendas en Zalamea o unas instalaciones deportivas en La Palma para la Secretaría General del Movimiento. Trabajaba para las cooperativas y las instituciones. Y me llamaban los ayuntamientos.

Esas diferencias, ruptura o reforma, tuvo su coste. Recuerdo una reunión muy difícil en 1976, una asamblea en el despacho de Carlos Navarrete a la que asistió Alfonso Guerra, estábamos casi 100 personas y nos quedamos veintitantos, porque Alfonso planteó en la reunión que había que ir por la reforma, por caminos sensatos, a través de la Plataforma Democrática; la dirección del partido estaba evidentemente en una posición más moderada que parte de las bases. La agrupación de Valverde se salió. Alguien apagó la luz. Hubo mucha tensión.

¿Represión? En esos años, ya inicio de la Transición, no fue intensa. Hubo detenciones en la huelga de Hugui, una empresa del metal. Detuvieron, recuerdo, a Luis Ramos. Episodios puntuales hubo muchos, en Rociana estábamos repartiendo propaganda y metieron en el cuartelillo a todos menos a mí, yo fui a que me detuvieran también, y conseguí que salieran todos. Recuerdo una carga fuerte cuando Nicolás Sartorius presentó un libro sobre sindicalismo y Comisiones Obreras, algunos acabamos en la comisaría del puerto, donde nos mantuvieron unas horas. En Huelva tuvieron bastante repercusión unos incidentes en Asturias, con varios muertos; hubo un encierro en la iglesia del Rocío, donde había un fuerte núcleo de sacerdotes progresistas. La información que tenía la policía no era muy correcta. Según me enteré después en mi ficha figuraba como dirigente de una célula del PCE.

Las primeras elecciones. En las elecciones de 1977, me presenté al Congreso por el PSOE, pero no salí. En aquellas elecciones presentamos a Curro López Real, que vivía ya en Madrid, hice campaña con Miguel Rodríguez Piñero. Intentamos incluir en aquella candidatura a José Jiménez Villarejo, que por entonces vivía en Huelva, y a otro juez, José Álvarez Blanco, sin éxito.

La formación de las candidaturas fue casi de manual, el partido dio unas instrucciones muy precisas: la lista tenía que incluir un joven, un jubilado, un profesional libre, una mujer, alguien del exilio, algún trabajador manual... y nos atuvimos a ellas. Del exilio, González Gaztañaga; trabajador manual, Vera; profesional, Montaner... Recuerdo el gran mítin en el Colombino, lleno, precioso. ¿Miedo? Yo creo que, desaparecido Franco, desaparece el miedo, al menos en la organización, yo no percibí miedo en aquella campaña. Había en Huelva algunas familias clásicas, que aparentemente daban estabilidad al sistema, pero se demostró que, aparte de que algunas de ellas tomasen rumbos de signo liberal o progresista, como los Zarandieta, cuando desaparecieron personas como Felipe Martínez de Acuña o Francisco Zorrero Bolaños, que habían controlado la provincia, la gente perdió el miedo.

También hay que decir que la Transición la llevaron muy bien algunas autoridades del momento. El primer Plan General de Urbanismo, que yo aprobé en la Consejería de Obras Publicas en 1979, fue precisamente el de Huelva, que había sido redactado bajo el mandato de Carmelo Romero. La tensión creo que estaba, más que en las ciudades, en los pueblos, en las minas y la sierra por las posibles represalias, ya que no todas las heridas estaban cicatrizadas. En Huelva en esos años hay una nueva clase media, muchos profesionales que se incorporan al mundo del trabajo, al Polo, con inquietudes culturales, creamos la librería Saltés, que fue una revolución. Era una apertura que la sociedad iba encajando bien.
Repetí como candidato al Senado en las elecciones de 1979, y esta vez sí salí elegido. Y de inmediato, la experiencia de consejero preautonómico, con Rafael Escuredo. Cuando estábamos en la oposición yo decía que también se gobierna desde ella, pero ahora, tras realizar en la oposición esfuerzos ímprobos para resultados modestos, creo que se gobierna desde el Gobierno, aunque desde fuera se pueden conseguir cosas si tienes capacidad de seducción ante el Gobierno y no le das un perfil ideológico a peticiones. Yo siempre he sido una persona pragmática, más un gobernante que un ideólogo.

Para las elecciones municipales de 1979 yo dirigía entonces, en la ejecutiva provincial la política municipal, hicimos una Escuela Municipal Socialista, se editó un programa para cada una de las 79 candidaturas y hubo que explicar a cada candidato qué era un interventor, un presupuesto, una norma subsidiaria, un pleno, un policía municipal. En ella estaban Alfonso Garrido, Luis Manzano, Gaztañaga. Conseguir las 79 listas fue una inyección de optimismo porque sabíamos que en 15 pueblos éramos la única lista, teníamos la Alcaldía asegurada.

De 1973 a 1977 fue la euforia de ir abandonando la clandestinidad, la presencia en la calle, manifestaciones contra la contaminación, debates sobre la carretera costera, conseguir echar atrás un plan para construir bloques de hasta 12 plantas en El Rompido, o el proyecto de hotel dentro del Parque de Doñana. En esos años, desde el punto de vista urbanístico, el que a mí más directamente me afectaba, se hicieron muchas cosas, estábamos con los problemas de la gente, asesorábamos a las asociaciones de vecinos, construíamos viviendas. Más que discursos teóricos, más que hablar de amnistía o autonomía, generamos mucha conciencia ciudadana.

En 1979 fue otra cosa. Para mi fue un gran año, primero me recorrí la provincia entera, hicimos aquellos programas y luego dejé la vida onubense, porque salí senador y comencé a trabajar en la Junta de Andalucía. Luego, en las primeras elecciones autonómicas, las de 1982, volví a ir en la lista de Huelva con José Antonio Marín Rite.

En la Junta de Andalucía. Cuando llegamos a la Junta no teníamos una idea muy precisa de qué era la autonomía. No había un modelo que implantar, teníamos lecturas, la experiencia de los gobiernos provisionales catalán y vasco... De pronto te hacen consejero y te preguntas ¿qué es esto? Pues el equivalente a ministro de Andalucía, tú vas a llevar carreteras, urbanismo, obras hidráulicas, transportes, vivienda, y entonces superas el shock y comienzas a encajar las piezas. Cuando yo llego la consejería –que había desempeñado durante unos meses Rafael Escuredo– eran seis personas y un archivo con veinte carpetas, algunas peticiones de alcaldes, algún episodio de contaminación de ríos, poco más. Partí por tanto de cero, hubo que crear la Secretaría General Técnica, servicios de legislación, de recursos, áreas sectoriales, arquitectura y vivienda, urbanismo y territorio, tienes que gobernar sin dinero y, sobre todo –pues el dinero poco a poco va llegando–, sin cultura de planificación. Fue incluso más duro negociar con el Gobierno central socialista desde 1982 que con UCD, se consiguieron tantos traspasos de 1979 a 1982 como de 1982 en adelante. Así fueron surgiendo un primer Plan Andaluz de Vivienda, de restauración de teatros, el primer plan de obras hidráulicas... Empezamos a planificar la mejora de la vida en ciudades y pueblo, los primeros planes de urgencia con fondos externos.

La campaña del referéndum de 1980 la viví muy intensamente. No me costó mucho tener que explicar lo que pensaba, aunque en los pueblos era más fácil. Las campañas electorales suelen ser en la vida política lo más satisfactorio, el que diga que no le gustan las campañas es porque no es político. Si no tienes el sentimiento de subir a una tribuna a expresar lo que quieres decir es que no eres político, la política se hace trabajando y hablando.

El 23 de febrero me pilla en Málaga firmando un convenio con Enrique Linde, presidente de la Diputación, un convenio de ayuda a municipios. Nos dicen que hay un golpe de Estado y salgo para Sevilla. Entonces no teníamos ni la A-92 ni los móviles, de forma que fui parando y llamando cada poco desde cabinas en los pueblos. Tres horas y media de angustia. Llego a la Junta, estaban Rafael Román, consejero de Cultura, y Antonio Ojeda, y me dicen que no hay problema, que el Pabellón Real –donde estaba entonces la presidencia– está custodiado, que se ha hablado con los militares de la Plaza de España. Me aconsejan que me vaya a Huelva. Llamo a Huelva y me dicen que el equipo de García Arreciado, de Seisdedos, de Navarrete ya había organizado la salida de los archivos y habían escondido a quien había que esconder, me dicen que no vaya a casa, y así lo hago, de forma que paso la noche con mi mujer –con la que me comunico sin llamarla directamente, por si estaban pinchados los teléfonos– en casa de un familiar. Pasamos miedo. Aquella noche la gente de Fuerza Nueva en Huelva salió con una lista de personas que había que cargarse –diputados, concejales–, alardeando de pistolas en la Gran Vía, frente al Ayuntamiento. Consiguieron frenarlos y controlarlos. El Partido Socialista tenía una especie de refugio, en la zona del estadio, pero cuya ubicación prácticamente no conocía nadie. Allí se quedaron los archivos, por cierto guardados en un frigorífico. Hubo quien salió para Ayamonte, pensando en cruzar a Portugal. Mi casa era un objetivo porque era un bloque donde vivíamos muchas personas de izquierda, muy conocidos.

Todavía hasta 1982 éramos “los rojos”. Yo creo que hubo un cambio notable en las listas de 1982 respecto a las de 1977 o 1979, más profesionales, menos trabajadores manuales, era otro perfil, había que ocupar el espacio de centro, y eso se consiguió. En el éxito de las primeras elecciones autonómicas influyó sin duda el atractivo de Rafael Escuredo que no sólo vendía socialismo y renovación, también un cierto andalucismo distante del federalismo del partido a nivel estatal, algo que nunca pudieron entender Felipe González o Alfonso Guerra y que le costó en 1984 la salida del Gobierno. El partido entonces exigía mucha fidelidad, o estabas con el secretario general o estabas con el Presidente de la Junta.
Yo he sido y soy socialista sin apellido, he convivido con tres presidentes y cuatro secretarios generales. La euforia 1982, la ilusión por la construcción de Andalucía, se vio frenada por la pelea interna del partido, esa pelea entre Madrid y Sevilla, que fue una batalla enorme por las competencias. Escuredo sufrió mucho de 1982 a 1984. Hubo un desgarro interno y perdimos energías.

Creo que la Transición aportó a Huelva –y hablo de la capital– conciencia ciudadana. Era una ciudad autista, que ignoraba sus barrios. Se logró articular la ciudad con los barrios, culturalmente hubo focos muy dinámicos, a base de mucho esfuerzo personal, sin recursos económicos y un régimen que no dejaba que te movieras. Me siento orgulloso de la Avenida de Andalucía, a la que vía Epsa ayudé desde la Consejería, esa avenida supuso verdaderamente unir Huelva. Ya estaba contemplada en el Plan Urbanístico de 1964, realizado por un arquitecto republicano vuelto del exilio, Alejandro Herrero. Hasta entonces Huelva era una ciudad inconexa. Esa avenida era algo que yo tenía en la cabeza desde antes de la Transición.
   
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