Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  25 de octubre de 2011
  Rafael J. Terán
  Jaime Madruga: "Tuvimos muchos novios"
  Jaime Madruga fue el primer presidente de la democracia en la Diputación Provincial de Huelva. Como integrante del denominado Grupo de los Doce, este abogado apostó por la democratización de la sociedad onubense y desde la UCD participó activamente en política. No era su intención inicial. El éxito de su gestión como presidente del Puerto Autónomo de Huelva le había dado una popularidad que los dirigentes del partido quisieron aprovechar para proponerlo como alcalde de la capital. Casi lo consigue. Fue el más votado, pero los pactos de los partidos de izquierda se lo impidieron. Su experiencia política fue breve, intensa y fructífera. Es de los pocos que no hicieron de la política el fin principal de su vida desde aquellos años.

El urbanismo como preocupación.
Yo no había tenido nunca una afición política, pero sí tenía una preocupación social. A finales de los años setenta solía participar con frecuencia en los debates y jornadas que organizaban los Colegios de Arquitectos y de Aparejadores. En el de Arquitectos estaban Carlos Navarrete y José Antonio Marín, también estaban Jaime Montaner y José Ramón Moreno y en el mismo ámbito estaban Ladislao Lara, Manolo Pérez, del Colegio de Aparejadores, y otros. Además todos a la vez estábamos vinculados a las actividades que programaba la Librería Saltés, donde por esa relación que tenía con ellos y con Carlos Navarrete, con el que hice mucha amistad cuando los dos coincidimos en la Delegación Provincial de la Vivienda (siendo él jefe de Servicio y yo secretario de la Delegación).

Este ambiente me hizo ver un poco la preocupación política que todos estaban teniendo; también influyó el que al empezar a estudiar Urbanismo desde principios de los años setenta, me impliqué con el proceso de crecimiento y la problemática de la ciudad de Huelva, su Plan General, lo que hizo que me llamasen al Ayuntamiento para que en el año 1975 les lleve la Asesoría Jurídica. Pues bien. A partir de ahí voy trasladando mis inquietudes a los medios de comunicación donde con bastante frecuencia publico artículos sobre política municipal y urbanismo. Cuando se acercan las elecciones del año 1977 se va preparando todo el mundo, y en Huelva, un grupo de gentes que vemos que estamos preocupados por la situación y creemos que podemos estar en una línea de poder trabajar para los ciudadanos desde el Ayuntamiento, nos reunimos y formamos el llamado Grupo de los doce, con el que ante las proximidad de las elecciones todos los grupos políticos que después se agruparon en la UCD liderados por Camuñas, Garrigues y otros, tienen contactos con nosotros. Después de meditarlo mucho y de bastantes debates, nosotros nos decidimos por integrarnos en la Democracia Cristiana de Joaquín Ruiz Jiménez, por Izquierda Democrática y así concurrimos a las elecciones integrados en la Federación de la Democracia Cristiana.

El Grupo de los doce no tenía aspiraciones políticas. Aspiraciones políticas de cargo, ninguna. Lo que queríamos era formar un grupo de gente que hiciésemos aportaciones –cada uno desde nuestro conocimiento personal o profesional– a las personas que pudieran encabezar alguna candidatura política. Lo que pasa es que, al final, todo el mundo tenía familia, todo el mundo tenía ocupaciones y los que nos vimos metidos en el lío pues no tuvimos más remedio que dar la cara y cumplir con el compromiso. Hoy de todos ellos no queda nadie en la política activa. Jesús Fuentes de Blas pasó al Puerto Autónomo y en la política activa estuvo en UCD, José Luis Ruiz militó en el CDS durante una corta etapa, y poco más. Los demás nada, no participaron.

Tentaciones.
Como dato curioso, tengo que decir que en las fechas previas a las primeras elecciones democráticas tuvimos ofrecimientos, tanto de la UCD a través de Félix Manuel Pérez Miyares (que iba a ser su cabeza visible en Huelva), como del Partido Socialista. Tanto uno como otro querían que fuésemos con ellos; incluso UCD nos propone que vayamos en conjunto, pero eso no sale porque habíamos decidido que debía ser una candidatura la que apoyáramos –fuéramos o no  políticos que después se agruparon en la UCD liderados por Camuñas, Garrigues y otros, tienen contactos con nosotros. Después de meditarlo mucho y de bastantes debates, nosotros nos decidimos por integrarnos en la Democracia Cristiana de Joaquín Ruiz Jiménez, por Izquierda Democrática y así concurrimos a las elecciones integrados en la Federación de la Democracia Cristiana.

El Grupo de los doce no tenía aspiraciones políticas. Aspiraciones políticas de cargo, ninguna. Lo que queríamos era formar un grupo de gente que hiciésemos aportaciones –cada uno desde nuestro conocimiento personal o profesional– a las personas que pudieran encabezar alguna candidatura política. Lo que pasa es que, al final, todo el mundo tenía familia, todo el mundo tenía ocupaciones y los que nos vimos metidos en el lío pues no tuvimos más remedio que dar la cara y cumplir con el compromiso. Hoy de todos ellos no queda nadie en la política activa. Jesús Fuentes de Blas pasó al Puerto Autónomo y en la política activa estuvo en UCD, José Luis Ruiz militó en el CDS durante una corta etapa, y poco más. Los demás nada, no participaron.

Tentaciones. Como dato curioso, tengo que decir que en las fechas previas a las primeras elecciones democráticas tuvimos ofrecimientos, tanto de la UCD a través de Félix Manuel Pérez Miyares (que iba a ser su cabeza visible en Huelva), como del Partido Socialista. Tanto uno como otro querían que fuésemos con ellos; incluso UCD nos propone que vayamos en conjunto, pero eso no sale porque habíamos decidido que debía ser una candidatura la que apoyáramos –fuéramos o no nosotros– aunque en principio no era nuestra idea ir, sino apoyarla simplemente.

Lo que pasa es que resultó que todo el mundo tenía trabajo y familia y a mí no me gusta tanto la política, así que como los que habíamos destacado en el Grupo y en Izquierda Democrática ya estábamos metidos en el carro pues tuvimos que seguir en él; pero la idea que teníamos era la de formar un grupo de gente que fuese de aquí, que viviese y supiese los problemas de aquí, así que nos vino la propuesta de Félix Pérez Miyares para que nos integrásemos en UCD siendo él el número uno de la candidatura al Congreso pero nosotros le decíamos: “Mira, hemos luchado por ser gente de aquí, tú eres de aquí, procedes de aquí, pero hace mucho tiempo que no estás aquí y creemos que no conoces suficientemente la situación, que no das la figura, el modelo que nosotros nos hemos marcado”.

En el resto de puestos creo que no habría habido problema, pero no llegamos a un acuerdo y cuando eso ya no tuvo arreglo, el Partido Socialista, a través de Carlos Navarrete, hizo también gestiones con nosotros para que fuéramos con ellos integrados en la lista para el Senado. Su propuesta era que fueran dos por el PSOE y luego uno, que en el caso nuestro hubiera sido Juan José Domínguez, pero tampoco nos parecía que hubiéramos vendido una idea de centro, claramente de no izquierda y de no derecha, y aunque en el caso de UCD coincidíamos en la ideología en el espectro, en la banda, pero había esos matices que he citado. Así que todos esos contactos quedaron en nada.

La primera campaña de las elecciones generales de 1977 fue de una ilusión absoluta. Yo iba de cabeza de lista para el Congreso de los Diputados y fue de locos, pero llena de ilusión. Lo pasamos en grande. Era la primera vez que participábamos, estábamos desinhibidos, no teníamos amarres, no pasaba nada si no ganábamos, no teníamos que ganar por ganar, éramos un poco raros, e incluso la campaña la hicimos nosotros mismos con nuestros propios medios, participando absolutamente en todo.

Yo mismo iba con el megáfono por la provincia diciendo “Vota Jaime Madruga que es mejor”, haciendo el engrudo. Fue ilusionante también porque hicieron que así lo estuviéramos. Joaquín Ruiz Jiménez nos engañó totalmente; todos los días teníamos contacto con él y nos decía que la campaña iba perfecta, que íbamos a sacar 20, 30, o 40 diputados, y así nos tuvo hasta la noche de las elecciones en que nos cayó el chaparrón que nos cayó; chaparrón lógico por otra parte, porque íbamos por la misma banda, cubriendo el mismo frente, pretendiendo el voto del mismo electorado que UCD, cuando UCD y con ella Adolfo Suárez había acreditado que tenía tablas, que sabía hacerlo, que era un líder.
El barrigazo. Las elecciones generales pasaron, dimos el barrigazo que dimos en la Democracia Cristiana y a partir de ese momento, Félix Pérez Miyares, Antonio Hernández Caire, José Luis García Palacios y Agustín Jiménez Puente, empiezan a tocarnos a algunos y a mí en concreto, pensando en las elecciones municipales que se iban a convocar en tres o cuatro meses como mucho. En principio, mi idea era colaborar, en echar una mano a los que fueran y mis cálculos no iban más allá, así que en principio les dije que no, aunque luego volvieron a insistir ofreciéndome incluso ir de candidato a la Diputación o a la Alcaldía de Huelva, y como yo seguía resistiéndome, me ofrecen la presidencia del Puerto Autónomo que también la rechacé en principio aunque  luego la acepté porque era una propuesta que creí que me cerraba la puerta a las elecciones municipales.

Tuve la mala fortuna, dicho simbólicamente, de que en vez de convocarse las elecciones en pocos meses, a causa de los atentados tan graves que hubo en aquellos días, la convocatoria se prolongó más de lo que se pensaba y resultó que durante el tiempo que estuve en el Puerto me signifiqué más todavía y al final, cuando se van a convocar las listas municipales, Emiliano Sanz en el número dos y Manuel Flores Caballero también situado en los primeros puestos, vuelven a hacerme una oferta para integrarme en la candidatura de UCD al Ayuntamiento de Huelva, en la que si no iba en un puesto iría en otro.  Así que bueno, me  lío la manta a la cabeza y acepto.

La campaña de las elecciones municipales fue en un clima de compañerismo, de camaradería, de mucha ilusión. Ya era otra cosa porque UCD era un partido que había hecho otras elecciones, tenía infraestructura y permitía que te dedicaras a lo que te tenías que dedicar, que era a dar el mensaje, lo que nos dio la ocasión de recorrer Huelva entera y, aunque ya conocía bastante bien la ciudad por mis vínculos con el urbanismo, pude de tratar con la gente, ver sus necesidades y proyectar cosas. Fue muy bien. La gente de la candidatura era muy competente y, salvo alguno que tuviese experiencia municipal anterior, casi todos sin perjuicio del desconocimiento en política, eran personas con una trayectoria más que acreditada dentro de su profesión, de su oficio, o de su ocupación, hasta el punto de que José Antonio Marín, en algún caso concreto, contó con la colaboración como concejal delegado en algún área de algunos de la UCD que eran de la oposición.

Perdimos el Ayuntamiento de Huelva como consecuencia del pacto de izquierdas y como Emiliano Sanz tenía en aquellos momentos una plaza en el Senado (que después perdió porque le impugnaron unas mesas electorales que dieron por unos pocos votos el escaño a Jaime Montaner) y yo había sido la cabeza del cartel de la UCD y había pivotado la campaña en buena medida sobre mí, decidieron que yo fuese a Diputación y allí estuve como presidente once meses.

También influyó en la decisión el que yo había hecho un gran esfuerzo dejando el Puerto, aunque me ofrecieron seguir hasta que pasaran las municipales para mantener la presidencia si no ganaba la alcaldía, pero me negué porque quería hacer las cosas desde mi ética y quería intervenir en la campaña igual que todos los demás.

La Diputación. En aquella época yo tenía mi despacho profesional de abogado compartido con un compañero con el que empecé la carrera; llevábamos 12 años juntos y mi mujer Pilar había pedido excedencia en la Administración y se había venido al despacho, pero a poco de llegar yo a la Diputación, el otro compañero (Enrique López Márquez)  que también había sido presidente de la Diputación, me dice “oye, tú te vas a dedicar ya de por vida a la política, así que yo me voy a mi casa que llevo tres asuntos, así que ahí te quedas con el despacho”. Así que se queda mi mujer recién llegada y yo anclado en la ilusión de trabajar por el despacho, aunque en Diputación estoy en una situación envidiable porque tengo mayoría absoluta, soy amigo de todos los que están allí, no tenemos problemas porque todos los grupos políticos están integrados en todas las Comisiones y funcionamos en absoluta armonía, hasta el punto de que aprobamos el Plan Provincial de Obras y Servicios por unanimidad y con el beneplácito de absolutamente todos los Ayuntamientos afectados en la provincia. Dentro de Diputación fui representante de la provincia en bastantes sitios –demasiados– que poco a poco tengo que ir dejando para encajarlos en mi tiempo disponible; uno de ellos es el Patronato de Doñana, donde nunca me llegué a enterrar de quién mandaba allí. También formo parte de la Comisión Provincial de Urbanismo; soy consejero sin cartera del Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía en la etapa preautonómica y también del Pleno de la Junta de Andalucía.

Sabía que si se daba la situación que se dio, sumando mayoría la izquierda, ocurriría lo que pasó. Eso es evidente, pero dolerme desde el punto de vista personal, no me dolió. Además, la caída fue amortiguada porque perdí la Alcaldía pero gané la Diputación. En la Alcaldía no sé cómo habría sido la situación. El grado de amistad, de colaboración, que había tenido hasta esos momentos con algunos que estaban comandando en el equipo de Gobierno me da pie a pensar que podría haber medio funcionado, pero después esa misma relación me ha reafirmado en esta opinión porque, lo cierto es que cuando yo salgo de la Diputación en 1982, José Antonio Marín Rite como alcalde es el que me llama para que yo lleve todos los asuntos jurídicos del Ayuntamiento, y cuando Juan Ceada también es alcalde años después, exactamente igual y colaboro con ellos desde el punto de vista profesional con una profundidad, cordialidad y confianza mutua absoluta.
Lo que pasa es que pierdo la alcaldía y si la hubiese ocupado en minoría en aquel momento, evidentemente no habría tenido las cosas tan fáciles como las tuve en Diputación teniendo mayoría absoluta, porque el Ayuntamiento de Huelva tenía entonces poquito dinero y la Diputación manejaba perras y se podían hacer cosas. No me dio tiempo a la desilusión.

El abandono.
Mi decisión de marcharme coincide con los días inmediatamente posteriores al Referéndum de Andalucía por el artículo 151, en el que primero dijimos que sí y luego tuvimos que decir que no, en una situación que viví muy en primera línea al formar parte del Consejo de Gobierno de la Junta, cuando Rafael Escuredo asumió aquella bandera que había levantado el Ayuntamiento de Los Corrales. El PSA no permitió que un ayuntamiento pequeñito y un partido de extremos levantara aquella bandera y Rafael Escuredo no quiso permitir que el PSA se hiciera dueño de aquella situación. Viví esta situación como otra angustiosa en el Pleno de Almería, donde UCD a través de Manuel Clavero dijo que no se apoyaba el 151...

A los pocos días me fui pero mi marcha no tenía nada que ver con aquello. Yo llevaba un tiempo con el ancla echada casi diciendo “a ver cuando pasan los tres años que quedan” y surgió una circunstancia que me hizo decidirme: se iba a constituir la Mancomunidad de Diputaciones, que era el equivalente a lo que hoy es la Federación de Municipios y Provincias, y UCD tenía 36 Diputaciones frente a 12 del PSOE y desde Madrid se me propuso como presidente de la Mancomunidad. Faltaban diez días y, en ese momento, pensé que eso ya es un puesto político de verdad que supondría olvidarse del despacho, pero como estaba con el ancla echada y con la ilusión puesta en trabajar con mi mujer en ese despacho, tomé una decisión y digo que “hasta aquí llegamos”. Lo hice con muy buenos recuerdos, con un recuerdo imborrable de la relación no sólo entrañable con todos los diputados provinciales, empezando por José Antonio Marín, que era jefe de la oposición; con el apoyo inestimable de Pilar Pulgar, y con el magnífico recuerdo de las relaciones que mantuve con todos los ayuntamientos de la provincia, que incluso hoy se mantienen con muchas de aquellas personas.

De aquella época viví muchas cosas importantes: el proyecto del Espigón (financiado por el Banco Mundial) y el Muelle Juan Gonzalo Vara; tengo la satisfacción de sacar de la zona de servicios del Puerto (lo que hoy es Pescadería); desde la Diputación constituimos la empresa Gestión Urbanística de Huelva, de la que formamos parte el Ministerio de Obras Públicas, la Diputación y El Monte, y pusimos en el mercado entre los pequeños y medianos promotores de Huelva los terrenos de La Morana, en Huelva, y colaboramos con el Ayuntamiento de Huelva al que incluimos en el Plan Provincial de Obras y Servicios para ejecutar proyectos en La Alqueria y La Ribera, que consideramos núcleos rurales. También se terminaron dos estructuras que entonces eran fundamentales como son la carretera de Lepe a Villablanca y la de Castaño del Robledo a Fuenteheridos. Se hicieron innumerables obras en colaboración con el PER, con las que muchos pueblos tuvieron agua domiciliaria, saneamiento, pavimentación de calles, acerado, depósitos de agua.

En mi época otra de las cosas que se hizo fue el nuevo hospital y el trasvase del hospital viejo al nuevo. Las relaciones con la Universidad –básicamente a través de Manuel Flores Caballero– para plantar los cimientos de lo que iba a ser en el futuro, inicialmente con las Facultades de Filosofía y Letras (Rama de Letras), Geografía e Historia, Empresariales, y Graduados Sociales se gestó en aquellos primeros años de la Transición.

Funcionamiento.
De forma muy directa no sabía cómo era porque, aunque hacía tiempo ya de eso, el compañero con el que abrí mi despacho profesional había sido presidente de la Diputación y él seguía teniendo muchísima amistad con el secretario general, José Cruz Millana, con el que yo también tenía muy buena relación profesional, y había muchas ocasiones en las que los tres charlábamos. También mi experiencia en la Administración habiendo trabajado en la Delegación de la Vivienda, me hizo conocer más o menos su funcionamiento administrativo y la relación con los pueblos; lo que pasa es que no tenía nada que ver la Diputación que yo podía haber conocido antes de entrar a la que había después porque allí no había debate político, no había diferencias políticas; en aquellos momentos la gente (el funcionariado) eran muy llana, muy sincera, te ayudaba, e incluso en principio encontré una colaboración absoluta del presidente al que sustituí, Felipe Martínez de Acuña, como también la tuve del secretario y de compañeros que eran abogados... desde el primer momento aquello cambió de una manera natural. Se asumió perfectamente que la Diputación debía tener otra forma, y la gente normalmente lo agradeció.

Antes ya me había encontrado, en cierto modo, una situación similar a la Diputación (como organismo oscuro, cerrado, alejado de los ciudadanos) en el Puerto Autónomo. Su estructura era cerrada a la apertura, de una manera incomprensible, porque era un organismo que estaba haciendo muchísimas cosas, tenía mucho dinero, y era una parte muy importante de la provincia y de la propia ciudad de Huelva, pero sin embargo, nadie sabía nada del Puerto. A mí me tocó el primer año –por eso fue quizás mi promoción– abrir aquello y creo que con la ayuda de los medios de comunicación, igual que en la Diputación, conseguimos que la gente supiera qué se estaba haciendo y cómo se estaba haciendo.

Después tuve un intento de volver, un intento brevísimo con el Partido Reformista, que tampoco es que con él hubiese tenido una apetencia de ningún tipo, pero en aquellos momentos yo no tenía a quien votar, el centro político que había entonces era el que formaban exclusivamente como personas Adolfo Suárez y Agustín Rodríguez Sahagún, y veíamos que no podía dar juego de ninguna manera, así que en esa creencia, Florentino Pérez y Luis Marín Sicilia, con los que tenía muchísima amistad desde la época de los Consejos Políticos de UCD, me llamaron y me ilusionaron con la propuesta, ocurriendo algo similar a cuando me llaman para formar el Grupo de los Doce en las primeras elecciones generales, con la idea de ayudar a que haya una vía enmedio que es la que yo quería votar, y que en cada uno de esos momentos no existía. Lo que yo quería no es ser diputado en el Congreso, porque no me atraía tener que viajar a Madrid y tener que dejar el despacho, pero quería participar en la apertura de esa nueva vía política.
En las elecciones, con el resultado en las urnas pasó también exactamente igual que con la Democracia Cristina, y al día siguiente de las elecciones yo estaba la mar de tranquilo, haciendo mi vida normal y corriente. Lo que teníamos básicamente era una aportación a nivel de infraestructura mínima. Pero en absoluto había una relación de conocimiento y de decisiones. En aquellos momentos la Junta de Andalucía tuvo un desprecio olímpico a las Diputaciones porque la mayoría de ellas estaba en manos de UCD. Creo que lo que les interesaba tácticamente al PSOE era acabar con las Diputaciones, olvidarlas, y que fuera la Junta de Andalucía la que tuviera protagonismo provincial. Aprovecharon infraestructuras nuestras y, por ejemplo, cuando Jaime Montaner era consejero de Obras Públicas tuvo a su disposición un coche de la Diputación, pero no había otro tipo de colaboraciones.

El referéndum.
La campaña del referéndum se montó con nosotros. Nosotros hicimos el Pleno de adhesión a la convocatoria, para lo que estuvo en Huelva Rafael Escuredo, e hicimos un manifiesto que materialmente fabriqué yo, pero que fue consensuado; me tocó acompañarlo por toda la provincia para pedir la adhesión de los Ayuntamientos, y la campaña que hicimos fue muy importante. Por eso, después, cuando hubo que variar el rumbo porque UCD se mantuvo en la defensa del artículo 143, nos dolió –a unos más y a otros menos– porque aquello fue un poco frustrante, sin perjuicio de que si personalmente tengo que hablar de frustración en aquel momento, al margen de la simpleza de que algunos decían: “Los del 151 quieren a Andalucía y los del 143 no quieren a Andalucía”, si algo pudo frustrarme en política en aquel momento no fue la actitud de UCD, sino la del PSOE porque UCD tenía pactado que fuese el 143 y quien incumplió su palabra fue el PSOE. UCD no la incumplió, en parte quizá porque no quiso y en parte porque era el partido responsable de la Nación; el responsable de dar la cara ante los demás frente a los que se había comprometido exactamente igual que con Andalucía. Aquí estuvo mi malestar, no causado desde luego por la actitud de UCD, que no compartí tácticamente en aquel momento, pero que entendí perfectamente.
Las personas que reconozco que estaban en esa postura eran –porque nos reuníamos en Sevilla cada día– Manuel Clavero; Diego Romero, presidente de la Diputación de Córdoba, Pepe Fernández, presidente de la Diputación de Almería, y yo. Los que estábamos en Huelva pensábamos que Pérez Miyares estaba en la línea de Suárez, aunque no sé qué haría en Madrid, era claramente un hombre de Suárez y de Martín Villa y ambos habían pactado el 143.
La Transición fue ilusionante, tranquila. No creo que hubiera afán de venganza entre los que ya estaban metidos en organizaciones políticas, tanto en la clandestinidad como a la luz; fue constructiva en comandita; yo era abogado, había estado de secretario de la Comisión Provincial de Urbanismo y de la Delegación del Ministerio de la Vivienda, había sido funcionario de Urbanismo del Ayuntamiento de Huelva, venía del Puerto y algo sabía, pero vamos, quizá fuera una de las rara avis.

Colaboración. Como todo el mundo sabía poco y por otra parte todo el mundo tenía ilusión porque se hicieran cosas y había muchísimas cosas por hacer, –sobre todo respecto de la provincia– el ambiente de colaboración de acuerdos y de concordia que había era muy agradable. Además, la relación entre los distintos grupos políticos, tanto los que había como los que ya estábamos en marcha, era excelente. Yo nací del Grupo de los Doce que no era una agrupación política en sí, pero que, sin embargo, fue bien acogido por todos los demás, con los que tuvimos unas relaciones cordiales sin perjuicio de la reivindicación que hacían algunos, e incluso de la bronca que después se montó a UCD con motivo de alguna de estas reivindicaciones, pero todo estaba dentro de la normalidad. Era parte del juego para hacer la crítica a la institución, pero a nivel personal había mucha cordialidad y colaboración.

En aquella época de la Transición hubo una cordialísima relación, bondad y llaneza por parte de los medios de comunicación. Sentía que todos éramos amigos, que cuando se decía algo se decía de veras; incluso te daban consejos desinteresadamente. Creo que se funcionaba con la misma ilusión que nosotros teníamos. Los medios te trasladaban su ilusión y nosotros, a la vez, trasladábamos la que teníamos y ellos se la hacían ver al electorado. Esa fusión fue importante para que los ciudadanos se sintieran ilusionados en aquella tarea que, a veces, se ha calificado con desmesura como “la etapa de la concordia”, pero es verdad. Difícilmente pasará España, la provincia de Huelva, por una situación de concordia y consenso como fue aquella.
   
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