| |
|
|
|
INICIO > PROVINCIAS > > CONVERSACIONES |
| |
25 de octubre de 2011 |
| |
Rafael J. Terán |
| |
Emiliano Sanz Escalera; Unos idealistas |
| |
Emiliano Sanz Escalera, uno de los abogados más prestigiosos de Huelva, fue portavoz de UCD en el Ayuntamiento onubense, presidente de la Diputación, senador, parlamentario y presidente de UCD. Inasequible al desaliento, torbellino humano, tuvo en la Diputación los momentos de mayor disfrute y satisfacciones en su actividad pública. Llegó a la política casi por azar, aunque con el paso de los años el Derecho pudo más que el hemiciclo.
Una visita de Pérez Miyares. En aquella época yo estaba interesado por la vida política como un espectador más. Recuerdo que en una ocasión el entonces gobernador civil de Huelva, el notario Matías Valdecantos, nos llamó a muchos, y entre ellos a mí, para que nos adscribiéramos a un invento que se había hecho con carácter de asociación política, no de partido político (le daba miedo el nombre de partido político) y le dije mira Matías, eso es como invitarme a montar en un tren que va disparado para el descarrilamiento, así que no lo voy a hacer y no me afilié a aquellas asociaciones.
Cuando comenzó la Transición, con la legislatura constituyente, me visitó Félix Manuel Pérez Miyares y me dijo que quería reunir a un grupo de personas con cierta relevancia, con juventud y ganas de trabajar y que estuvieran interesados por la política. Me contó que había hablado con Jaime Madruga y que él le había hablado de mí, por lo que me invitaba a participar en el proyecto si quería integrarme en lo que se iba a llamar Unión de Centro Democrático, un partido que se creía necesario para sustituir los esquemas existentes en aquella época, los residuos del franquismo.
Yo en aquella época apoyaba a un amigo de Gibraleón, Antonio Parralo, al que ayudaba o hacía las respuestas de entrevistas para el periódico o cosas así. Estaba interesado por él como amigo y por Gibraleón, que era mi pueblo. En aquellas fechas hubo un Pleno en el Ayuntamiento que fue el que de verdad me decidió a meterme en política: fue un Pleno tremendo en el que también estuvo Jaime Montaner, igual que yo, como espectador, y en el que la agresividad de algunos elementos de la izquierda hizo pensar que aquello había que moderarlo porque no podía ser así. Entonces, al salir, hablé con Antonio Parralo y quedamos en que un grupo de gentes del pueblo que coincidíamos en esto iríamos a hablar con Pérez Miyares, quien me dijo que estaba abierto a adhesiones... Nos recibió un hombre que se nos ha olvidado a muchos: Pepe Asensio, secretario provincial de UCD y primo de Félix, y nos afiliamos de golpe 17 exclusivamente para que UCD nos ayudara en las inmediatas elecciones municipales porque suponíamos que la estructura de un partido nos podía ayudar a ganarlas, como efectivamente sucedió.
En el ayuntamiento y en la diputación. Félix Pérez Miyares me preguntó un día por qué no participaba también en la lista de las municipales de Huelva capital, porque el presidente del Puerto Autónomo, Jaime Madruga, iba en cabeza y hacía falta gente que tuviese un cierto prestigio y fuera conocida. Así que yo, con una inconsciencia absoluta, accedí y le dije: pues bueno, ponme.
Meses más tarde también me pide que vaya en la lista al Senado y también acepto y me encuentro, de la noche a la mañana, como candidato en dos elecciones... ¡Hombre!, me dijeron que no me preocupara, que al Senado habría que ir una vez a Madrid y que mi preocupación por el bufete al que yo me dedicaba no estaba justificada. Así comencé la vida política.
Estuve sólo dos meses con el escaño, ya que perdimos un recurso contencioso electoral y tuve que cederlo a Jaime Montaner, del PSOE, que oficialmente me ganó por 115 votos. Entonces me quedé como portavoz y jefe de la oposición en el Ayuntamiento de Huelva, dirigiendo el Grupo de concejales de UCD, en un consistorio multicolor en el que estábamos la UCD, el PSOE, el PSA, la ORT, el PCE y los de derecha, que eran los del Partido Independiente, Carmelo García Laguna y Juan Ortiz. Había un grupo de diez concejales y otro de 17, que eran los que lógicamente ganaban todas las votaciones. Fue una experiencia extraordinaria porque aquello se convirtió, de verdad, en una escuela de democracia y una escuela para hacer una carrera política que, hasta entonces, yo la había visto nada más que de lejos y sin implicarme en ella. Estuve un año como concejal. En este tiempo también fui secretario provincial del partido y después, Jaime Madruga, que ya había hecho una intentona de marcharse de la presidencia de la Diputación en el mes de diciembre, en marzo me lo volvió a plantear en unos términos irreversibles. Recuerdo que el secretario nacional de UCD me llamó muy alarmado porque se había enterado por la radio de que Jaime se iba y dejaba de ser presidente de la Diputación, y yo le tranquilicé asegurándole que no había problema ninguno, que no se iba a ninguna parte, sino que abandonaba la política y se iba a su casa; así que más tarde fui yo quien se quedó como presidente de la Diputación, ocupando un cargo para el que inicialmente estaba destinado al ir como número dos en la lista de las elecciones municipales. Después, cuando perdimos las elecciones y para que Jaime no se quedara de nada, y yo estuviera como senador y presidente de la UCD, renuncié a lo que podía renunciar en aquellas fechas, que era a ser candidato a la presidencia de la Diputación, pero más tarde perdí el cargo de senador y me quedé sin una cosa y sin la otra.
No me importó. No teníamos sentimiento de acaparar puestos ni de obtener prebendas, sino que estábamos participando en un invento nuevo: la democracia, que nosotros no habíamos vivido nunca y esa participación en algo tan apasionante como era la política democrática nos hacía estar en ella generosamente; la mayoría de todos los concejales que estaba con nosotros en el Ayuntamiento de Huelva era gente idealista. Los de izquierda por unos ideales obreristas y de izquierda; los de derecha por los suyos propios del orden y la tranquilidad, y los de la UCD porque creíamos que éramos un puente entre unos y otros; creíamos que por nuestra condición mixta éramos los que de verdad podíamos gobernar España en aquellos momentos porque el temor de la involución siempre gravitaba sobre nosotros. Para los políticos de la época estaba muy reciente el franquismo. Las estructuras aún estaban vivas y la gente aún estaba allí... Así que nos instalamos en la Diputación y empezamos una carrera, el puesto más bonito que he tenido en política, donde he sido casi de todo: parlamentario andaluz, concejal, presidente de la Diputación, senador, y diputado, pero el puesto más apasionante, el que me hizo de verdad abandonar la abogacía la única época en que lo he hecho fueron los tres años en los que estuve en la Diputación. Aquello era una especie de desafío porque se trataba de saber si éramos capaces de dirigir la Diputación y mantenerla bien, me hizo zambullirme por completo en ella.
La muerte de Franco. La muerte de Franco me cogió a mí en Zúrich; yo había ido a Alemania invitado por una cadena de hoteles, como integrante de su grupo de abogados, y en cada ciudad nos recibía alguien que nos acompañaba como cicerone. Ya en Múnich, donde estuvimos antes de marchar a Zúrich, los abogados que veían conmigo se marcharon a la ópera y yo me quedé escuchando la radio porque sabía que Franco estaba muy mal y se iba a morir de un día para otro. Cuando llegamos a Zúrich un señor nos estaba esperando con un periódico con la cara de Franco y yo nada más que leía murder, el resto no, así que estaba claro: Franco había muerto y entonces decidimos volver a casa, a España, porque la sensación que teníamos es que aquí se iba a montar una zapatiesta de caballo; llegamos a Madrid y sólo había cadenetas y luces por las calles porque estábamos cerca de Navidad y yo no vi ni un soldado, ni un carro de combate, ni ná, así que dijimos esto está bien, aquí hay una normalidad absoluta. Ya en Huelva nos dimos cuenta de que la gente había asimilado aquello, no sé si como una cuestión de supervivencia, pero todo el mundo lo admitió extraordinariamente bien, como un hecho biológico necesario, y así admitieron también el cambio político que llevaba aparejado. La muerte de Carrero Blanco sí fue peligrosa. Aquel día yo fui a ver a Jaime Montaner, que me estaba haciendo los planos de mi casa del campo, y yo estaba muy alterado y él me dijo que no creía que fuese a pasar nada. Me sorprendió su tranquilidad frente a mi preocupación, pero con el paso del tiempo me di cuenta de que, efectivamente, la gente comprendía que lo que no podíamos hacer era suicidarnos otra vez.
Comenzó un periodo de actividad política que serenó mucho los ánimos, y el nombramiento de Adolfo Suárez fue definitivo. No salió Silva Muñoz ni ninguno de los grandes gurus de la política de aquella época, sino que salió un muchacho joven que significaba una cosa nueva y, efectivamente, no nos defraudó la presencia de Suárez, que tuvo la valentía de legalizar el PCE en una época difícil; sí pasé miedo con el asesinato de los abogados de Atocha, ahí también me preocupé mucho porque creí que eso podía significar un revulsivo social tremendo, aquello fue una cosa salvaje y tremenda, increíble que lo pudieran hacer. En ese momento tuve una grave preocupación, después ya no, cuando vi que en el Colegio de Abogados de Huelva todos se volcaron en condenar aquello; significaba que esto no lo tumbaba nadie, ni siquiera el salvaje asesinato en masa de un grupo de abogados laboralistas. Y así ocurrió, nadie fue capaz de tumbar a un gigante que emergía de las profundidades de la dictadura, y que era una democracia robusta.
Presidente de la Diputación. Ocupo la presidencia de la Diputa ción de Huelva entre los años 1981 y 1983, una época preciosa. El año 1981 estuvo lleno de circunstancias y de momentos importantes. Recuerdo que al entrar en la Diputación hicimos una encuesta para que la gente nos dijera qué era la Diputación y para qué servía. Aquello fue catastrófico; nadie sabía dónde estaba y, ni mucho menos, para qué servía, y yo me empeñé, porque creí que era una labor importante, en darle una personalidad a aquella entidad que entonces sí que era importante, porque teníamos una Preautonomía y la Diputación tenía entonces una fuerza extraordinaria que hoy no tiene porque es otra cosa. Pues bien, emitimos una deuda pública, iniciamos dos grandes aspiraciones de la provincia de Huelva como eran el puente del Terrón y el pantano del Corumbel, y nos dedicamos a dar luz y teléfono público a todas las aldeas y pueblos más remotos de la provincia... Recuerdo como una cosa verdaderamente emocionante una de las veces que estuvimos en la Sierra de Alájar, donde en una de sus aldeas, inaugurando la energía eléctrica, una mujer me dijo que no había dormido aquella noche, que se la había pasando dándole a la perilla de la cabecera de la cama para ver cómo se encendía la bombilla. En la aldea tiraron cohetes, en fin, esas cosas tan entrañables. Era muy reconfortante ir solucionado problemas que nunca se habían acometido.
Cuando se produce el intento de Golpe del 23-F yo estaba en la Diputación firmando, me llaman por teléfono para decirme que algo estaba pasando en Madrid, que si yo tenía la televisión que la pusiera, la puse y salió el cuento de caperucita roja, así que le pedí a mi secretario un aparato de radio y claro ya nos dimos cuenta de que lo que estaba pasando era algo alarmante por completo. Salimos a la calle porque me llamaron del Gobierno Civil donde se había constituido la Junta de Defensa, que yo ni sabía que clase de organismo era. No había nadie por la Gran Vía. Fui de la Diputación al Gobierno Civil y allí estaban los miembros de la Junta de Defensa, que nos estuvieron diciendo como iba evolucionando aquello, que parecía que la cosa iba bien, que no se movía de momento, hasta que por fin fue evolucionando favorablemente, pero aquello fue tremendo.
Recuerdo que llamé por teléfono a un amigo de izquierdas y no me cogió el teléfono, así que le dejé un recado en el contestador solidarizándome con él y le decía que yo creía que no iba a pasar nada... Lo del intento de golpe lo viví como una película y recuerdo que, entre los que estábamos en el Gobierno Civil, excepto un cargo de la Guardia Civil que estaba muy severo, el gobernador, Jesús Posada, estuvo todo el tiempo intentando suavizar el ambiente y minimizar el problema.
El Quinto Centenario. En el año 1981 empezamos a pensar en 1992. Creamos un Consejo Asesor de Cultura, empezamos a hablar de las celebraciones y acometimos la remodelación de la Rábida con obras como la avenida de los Descubridores, donde colocamos un azulejo con un calendario azteca.
Los Plenos eran de una acritud tremenda. Yo entonces fumaba muchísimo en ellos y decidí cambiar del negro al rubio, pero fue peor. Los Plenos eran terribles, agotadores, pero después del 23-F la cosa cambió radicalmente. Los socialistas, que eran el grupo mayoritario de la oposición, comprendieron que no podían acosarnos de aquella manera y bajaron el tono de su acritud sin dejar de ser oposición. También descendió el nivel de enfrentamiento que teníamos en la Diputación sin motivo ninguno. Recuerdo que el PCE tenía un representante muy notable, Sebastián Martín Recio, que todavía está en política y es alcalde de Carmona, que el día que se despidió, se levantó y en su intervención dijo varias frases a las que añadía la muletilla: como dice don Santiago. Todos pensábamos que siendo comunista se refería a Santiago Carrillo, pero para nuestra sorpresa, al final de sus palabras dice: Me he estado refiriendo como es natural, y ustedes se habrán dado cuenta, a don Santiago Ramón y Cajal. Eso fue genial y de las cosas más bonitas que yo recuerdo en política. Los Plenos eran muy tensos, entre otras razones, porque teníamos dos diputados de la Costa que siempre llegaban tarde y nunca sabíamos al empezar si íbamos a tener mayoría suficiente para aprobar las votaciones.
La campaña del 28-F. Como dirigente provincial de UCD tuve que participar en la campaña del Estatuto de Autonomía. Participé defendiendo el artículo 143. Abril Martorell, Martín Villa y Fernández Ordóñez nos habían anunciado en una reunión a todos los secretarios provinciales de UCD que si Andalucía entraba por el articulo 151 eso significaba la desintegración de todo el Estado y nos veríamos abocados en España a una situación poco menos que cantonalista. Aquello a mí me impresionó y creí que existía el riesgo de desintegración del Estado, así que decidimos defender el 143. Entre las cosas que me pidieron fue que acudiera a Nerva, donde había una reunión para hablar del 143. Así que me fui con mi mujer y un compañero de Gibraleón, Vicente Rodríguez. Cuando llegamos allí vimos que la reunión no era tal, sino un mitin en el casino, que estaba abarrotado de gente que no cabía y estaba hasta en la puerta de la calle y en las ventanas. En la mesa estaban el representante del PCE, otro de la LCR, uno de Izquierda Comunista y otro de la UCD. No había del PSOE y allí me encontré rodeado de gente muy afín a mí defendiendo el 143 y todos los demás el 151. Aquello fue tremendo, no era una conferencia, ni un coloquio, era un mitin.... Nosotros perdimos. No nos votó ni la familia. Recuerdo que una de las veces que fui a Madrid, en un pueblo de la provincia de Sevilla, estaba absolutamente lleno de banderas verdiblancas. Aquellas banderas defendiendo el 151 eran una demostración clara y palpable del error que cometió la UCD, un error increíble en personas que estaban en la política de toda la vida, ¿cómo pudieron hacer eso? ¿cómo nos metieron en un lío de ese que nos destrozó por completo?.
Eso le costó la salida del partido a Manolo Clavero. Lo perdimos con motivo de esa historia y no se ha desintegrado España. Puñeta, qué visión más apocalíptica y catastrofista tenían.
La crisis nacional de UCD afectó al partido en Huelva. Sí que se notó. Pero, vamos, yo tenía claro que me iba, que no iba a pasarme de la UCD a AP. Sí lo hice en el Parlamento de Andalucía, pero por otra razón, porque en él se había disuelto la UCD y teníamos dos alternativas: o me quedaba como parlamentario no adscrito o me iba a un partido político; en esa situación indeterminada de parlamentario no adscrito se quedó Pilar Pulgar, pero yo pensé que lo coherente era que, si se había terminado UCD, me iba con AP y entré en el Grupo de AP y aparezco en un maldito libro como el primer tránsfuga, ¿pero qué tránsfuga si se había muerto mi partido? Además, tengo una carta que me envió Arenas del Buey en la que me da las gracias por mi caballerosidad y lealtad, indicándome en que hacía bien en marcharme a AP, de modo que de eso de tránsfuga nada.
Un buen trabajo. Creo que la Diputación, que siempre había sido una entidad oscura y elitista, se convirtió en una entidad democrática. Hicimos un papel extraordinario en la provincia y asumió sus responsabilidades. Lo hizo bien y para ello tuvimos un equipo de personas que, tanto en el Gobierno como en la oposición, vio la necesidad de volcarse en la provincia y mejorar sus infraestructuras con planes como los de telefonía y electrificación rural o el de Carreteras.... Hicimos bastantes cosas con tan poco dinero como teníamos. Compramos el Gran Teatro en asociación con el Ayuntamiento, con el que también compramos la Clínica de Sanz de Frutos; impulsamos mucho la cultura, celebramos el centenario de Juan Ramón Jiménez; La Rábida dio un gran salto, la gente se concienció de que 1992 era una fecha paradigmática para España sobre la que no podíamos pasar vanamente; creo que hicimos un buen trabajo.
En aquella época la provincia tenía unos niveles de dotación muy malos y nosotros les comenzamos a dar un empujón importante. En esos años los diputados no paraban. Yo tampoco.
La visita de un presidente. Nos trajimos a Huelva al presidente de la República Portuguesa, Ramalho Eanes. Aquello fue gracioso. Aunque me llamaron la atención de Madrid. No lo hacíamos para birlarle una competencia al Estado, sino sencillamente porque habíamos construido un puesto fronterizo para la Guardia Civil en Encinasola, donde antes no tenían ni agua ni luz, y como el agua y la luz más próximas estaban en Portugal pues dijimos vamos a pedirla a Portugal. Por el alcalde nos enteramos de que el presidente iba a ir al pueblo de al lado a Barrancos que lo había votado íntegramente y en agradecimiento iba a venir, así que pensamos en verle ese día y pedírselo. Allí nos presentamos unos cuantos diputados y yo con nuestros fajines, la medalla al cuello y pedimos hablar con él, cosa para la que no hubo ningún problema. Le contamos la historia, nos escuchó, nos dijo que no había problema ninguno, que tiraran la línea eléctrica y el agua. Claro, salió en todos los periódicos. Me llamaron de Madrid y me dijeron que las competencias de asuntos exteriores no eran de la Diputación sino del Ministerio y yo dije amén, tiene usted razón
En aquella época las relaciones con los partidos no eran malas; se negociaba bastante, se llegaba a acuerdos... Nosotros nunca arrollamos al adversario o al oponente, sino que planteábamos las cuestiones, las discutíamos y admitíamos muchísimas veces sus opiniones e incluso dejábamos sobre la mesa cuestiones sobre las que no había acuerdo en esos momentos
Mis relaciones con el alcalde de Huelva, José Antonio Marín Rite, fueron siempre buenas. Él me pedía mucho la colaboración de la Diputación porque decía que sólo ayudábamos a los pueblos, y prueba de esta colaboración fue el Paseo Marítimo de Huelva. Colaborábamos en la medida en que podíamos porque también es cierto que la Diputación estaba dedicaba a atender a los pueblos que estaban más necesitados desde el punto de vista económico, pero a la capital también la ayudamos.
El problema de Astilleros, recuerdo, fue angustioso. En aquella época los problemas laborales se sucedían, pero lo de Astilleros fue tremendo, una angustia perpetua, y aunque en la Diputación era mayoría el partido que estaba en el Gobierno Central nosotros no podíamos hacer nada para solucionar el problema por mucho que nos presionaran los sindicatos. Era un problema empresarial que aún hoy colea periódicamente... Bien poco pudimos hacer más allá de realizar gestiones, llamar y pedir que el Ministerio nos ayudase. Creo que por ayudar a Astilleros, Pérez Miyares perdió el Ministerio de Trabajo. Se enfadó mucho Calvo Sotelo, porque, según dicen, las ayudas que les concedió no pasaron por la Comisión de Asuntos Económicos del Gobierno; esta es una especie de antesala por la que pasan los temas antes de ir a Consejo y aprobó estas ayudas directamente desde el ministerio, y esa forma de actuar enfadó tanto a Calvo Sotelo que lo cesó.
La Transición fue una época de una enorme ilusión. Yo la viví con ilusión y seguridad. La gente estaba totalmente convencida de que lo que se había puesto en marcha era irreversible Lo pasé muy bien en la Diputación. Me marche de ella sin amargura alguna. Tuve ocasión de conocer y trabajar con mucha gente a la que yo no pedía el carnet, sino que consideraba que eran personas válidas que colaboraban con nosotros y respetábamos que la información no fuese estrictamente política, sino que tuviera otros ribetes, aunque salíamos muchísimo en la prensa en comparación con otras épocas.
En la Comisión de Gobierno estaban por el PSOE José González Gastañaga y Paco Rodríguez Cermeño, aunque teníamos mayoría absoluta, y es que nosotros nunca arrollábamos al adversario. Nosotros éramos un partido político que pretendía gobernar la Diputación y hacerlo bien, así que yo decidí ser presidente de la Diputación y sólo eso. Aunque también fui presidente de la Caja de Ahorros. |
| |
|
|
|
|