Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  04 de octubre de 2011
  Antonio Ramos Espejo
  Antonio Quitián: Aquellos curas tiratapias
  Los tiratapias formaron una generación de sacerdotes que quisieron cambiar Granada. Encarnaban el espíritu rebelde del Evangelio en los años del nacional-catolicismo. Antonio Quitián representó ese espíritu con todas sus consecuencias. Trabajó con los más pobres, ayudó a crear escuelas, se hizo cura obrero, y abrió las puertas de las Iglesias de La Virgencica y el Polígono de Cartuja para organizar los movimientos vecinales y obreros en una época en la que cristianos y comunistas íban todos a una. Junto a todos ellos, por donde ha pasado, incluida la cárcel, le ha dado sentido a su vida de hombre profundamente comprometido.

“Nací en Güejar Sierra y mis padres eran labradores en los cortijos que había en plena sierra; hasta los ocho años recuerdo el cortijo donde sólo sembrábamos patatas. Era lo único que había. Yo me crié en un ambiente de derechas. Después de la guerra pasamos muchas penurias. De tal manera que mi padre se tuvo que venir a Granada, se colocó en la fábrica de pólvora de El Fargue y nos instalamos, cerca del colegio del Ave María de la calle Molinos. Estando yo en el colegio nuestro profesor se puso malo y el capellán encargado de toda la colonia del Ave María se quedó sustituyéndolo. Al hombre se le hizo muy larga la mañana y nos sacó al patio debajo de un nogal grande y una de las cosas que se le ocurrió fue preguntarnos qué queríamos ser el día de mañana. Mi compañeros contestaron... y cuando me tocó a mi, que era el último, contesté, quizá por originalidad, que quería ser cura. Al poco tiempo llamó este hombre a mis padres y les planteó el tema. Ése fue el origen de mi entrada en el seminario en 1949. Y allí empecé a estudiar sin saber dónde estaba. Tuve a dos o tres profesores  que han influido en el plano profesional a lo largo de mi vida. Uno fue el padre Gómez, jesuita, que me hizo ver la figura de Jesucristo y la idea de que merecía la pena ser sacerdote. Al final de los estudios tuve un profesor de pastoral que influyó también en mi vida. Fue don Miguel Peinado. Este hombre grabó en mi varias cosas fundamentales: una de ellas fue la independencia de los caciques. Pero, claro, visto desde el punto de vista religioso. A mí me pasaron casos curiosos de ese tipo, como el del señorito que quería cambiar una misa un domingo en función de las cacerías que tuviese. Y este hombre me dejó claro la independencia que tenía que tener con respecto a ese tema. Otra de las cosas que yo vi en él  y que me animó mucho fue el que el cura tenía que ser un hombre pobre”.

Entre Tózar y Limones. Con ese bagaje, con las reglas más simples y nobles del sacerdocio, sale Antonio Quitián a desempeñar su primer destino a los 23 años a las aldeas del municipio de Moclín. Pasa el primer año en Tiena y Olivares. Y al año siguiente se traslada a llevar otros dos pueblos, Tiena y Olivares, en los que dominan los malos modos del caciquismo, intentando dominar a una población con bajísimos niveles de renta. “Me encontré con braceros que no tenían nada más que cuatro meses  de trabajo al año en la aceituna. Aquella situación me venía, lo que son las cosas, como anillo al dedo para mis deseos de realización sacerdotal. Yo ganaba por entonces 400 pesetas al mes. No tenía casa parroquial ni dinero para pagarme una pensión y terminé durmiendo en la sacristía. Allí pasé 14 años”.
Dice Quitián que otra de las cosas que le inculcó don Miguel Peinado fue que se iban a encontrar con una religiosidad muy desfasada y poco profunda. “Este hombre nos enseñó que había que romper con lo tradicional. Hubo gente en el seminario que no veía bien eso”. Pero Antonio pertenecía a un grupo avanzado, que lo conocían de seminaristas como los tiratapias. El nombre se lo pusieron porque uno de ellos, Joaquín Navarro Izquierdo, que, por cierto, murió muy joven, dijo en una de las reuniones que llamaban sabatinas, que la Iglesia tenía que ser más abierta y puso como ejemplo que había que tirar la tapia que nos separaba de los soldados del cuartel de la carretera de Pulianas que se asomaban para vernos. Los que salieron de auténticos tiratapias se lo tomaron en serio. Quitián, por ejemplo, dejó sin salir a San José, que era el patrón de Tózar. Había que poner algunas tradiciones patas arriba. Luis Mellado predicaba ese cambio radical. Así, por ejemplo, convenció al cura Vallecillos, que tenía un chiringuito organizado con el Santo Cristo en su iglesia de Moclín, para ejercer de tiratapias de manera tan radical, que rajó el lienzo del Cristo para acabar con aquella farsa, que inspiró la obra de José Martín Recuerda. Pero los tiratapias tenían mucho trabajo por delante. En Tozar, Quitián se encontró con un problema grande de pobreza y con doscientos niños que necesitaban tener su escuela en el pueblo. La Administración se encargó de pagar al maestro. Y gracias al impulso del cura y a la colaboración de los vecinos se levantó el grupo escolar. “Ésta ha sido una de las cosas que a mí me ha animado durante toda la vida. La fuerza que tiene el pueblo y cualquier persona cuando está convencida de unas ideas”. Cuando ahora ve que uno de aquellos niños de la nueva escuela de Tózar es un reputado médico en Málaga o a muchos de aquellos niños y niñas, que se liberaron de la lacra del analfabetismo, el cura que los dejó un año, como simple experimento, sin ver a su santo patrón desfilar por sus calles, se siente extraordinariamente feliz. Esos son los pequeños y grandes triunfos de este sacerdote.

Cristianos y comunistas en La Virgencica.
En 1966 trasladan al cura Quitián a la nueva parroquia que se organiza para atender al nuevo barrio de casas prefabricadas, donde quedan instaladas las familias de damnificados de las inundaciones, que se habían quedado sin casa o sin cueva. Aquello era La Virgencica. Al cura le dieron también un minúsculo piso.
“Me dolió mucho que me trasladaran de Tózar, pero cuando supe que me mandaban a La Virgencica, con gente pobre, necesitada, me alegré mucho. Me encontré con un barrio muy pobre, de trabajadores y me tropecé con el mismo problema. Habían construido casas y una iglesia, pero se habían olvidado otra vez de hacer una escuela. También hubo que reaccionar de la misma forma: construir un grupo escolar. Allí me encuentro con tres chicas (Mari Paz Millán, María de los Angeles Manterolas y otras que se llama Mari Carmen), que pertenecían a las Hermandades Obreras Católicas, la HOAC, y me di cuenta también que tenían los mismos planteamientos que los trabajadores, con ciertas diferencias, claro, que estaban ya instalados allí, y que pertenecían al PCE y a lo que después serían las Comisiones Obreras (El Abuelito, los hermanos Cervilla, Juan Gálvez, Pedro Girón...).  Entre todos me hicieron ver que yo estaba haciendo un trabajo paternalista y que había que actuar de otra manera. En mi casa, que era minúscula, en la sacristía o en la iglesia empezamos con las reuniones. Entonces se vino a vivir a mi casa Paco Lara, que todavía no era sacerdote, y se metió a trabajar también en la construcción. En 1967, yo también me puse a trabajar con la gente del barrio. Las empresas recelaban porque no entendía que un cura quisiera trabajar. Después tendría problemas para encontrar trabajo y gracias a los amigos albañiles de CC OO. y a la cooperativa que montamos, podía colocarme. Organizamos la primera asociación de vecinos de Granada, la segunda de España, que nos servía también de tapadera para poder reunirnos, para formar a la gente. La idea que yo tenía en el seminario sobre el comunismo era totalmente negativa; y sin embargo, yo me encontraba a gusto con aquella gente extraordinaria. Una noche organizamos un primero de mayo. Creíamos que iba a ir poca gente. Y nos encontramos con la iglesia llena y que, curiosamente, no había llegado la policía. Luego se preparó allí aquella huelga de la construcción de 1970 que, desgraciadamente, se saldó con tres muertos”.

Del Polígono, a la cárcel. De La Virgencica, que se fue derribandopor fases, el párroco siguió a sus feligreses al nuevo barrio del Polígono de Cartuja. Antonio Quitián es también el nuevo párroco de la iglesia de La Paz, y tiene como coadjutor a otro nuevo cura obrero, Ángel Aguado. Allí confluyen otra vez todos los que siguieron ese amplio movimiento de cristianos, independientes progresistas, comunistas, sindicalistas, vecinos concienciados, entre aquel aluvión de gente, que se iba incorporando a la gran barriada obrera.
“Allí creamos también la asociación de vecinos. Y una de las cosas que yo recuerdo con más agrado fue el movimiento de mujeres, entre las que estaba Encarnación Olmedo, que entonces era monja. Cuando llegamos se creó una guardería y desde entonces las mujeres se concienciaron de tal manera que ellas siempre estaban dispuestas a tirar de aquel carro. De allí surgió también aquel movimiento de parados y el encierro en la Curia... Y luego, después del desalojo, nos llevaron a Comisaría y nos metieron en la cárcel. Recuerdo que cuando se celebró el juicio me acusaban de ser del PCE. Yo nunca he sido del partido, aunque me lo propusieron muchas veces. La cárcel fue para mí casi una de las mejoras vacaciones que yo he tenido. Porque fue un tiempo en el que no teníamos preocupaciones y fueron unos días que se me hicieron cortos. Estuvimos primero diez días en Carabanchel y allí me hubiera gustado haber seguido. Luego nos trajeron a un convento de monjas y fue cuando sacaron aquella propaganda maliciosa sobre curas y monjas y nos trasladaron a los Agustinos. Conmigo estaban Ángel Aguado, mi compañero de parroquia, y Pope, que se declaró en huelga de hambre y lo pasó muy mal. Los demás que sufrieron prisión se quedaron en la cárcel de Granada. Nos hubiera gustado estar todos en la misma cárcel, pero por el Concordato se establecía esa diferencia. Es curioso que a mí la policía no me molestara en aquellos años, antes de los setenta, porque había una compenetración muy fuerte entre la Iglesia y el Estado, aunque ya había curas que empezaban a predicar contra la Dictadura. Luego las cosas cambiaron radicalmente e incluso tuve muchas dificultades, como he dicho antes, para encontrar trabajo. Yo estaba incluido por doble motivo en las listas negras de la construcción”.

La verdad del mundo obrero.  “El fundamento mío es el Evangelio y creo que esto tiene base para cualquier situación. Veo en las circunstancias actuales que es más difícil. Entiendo que lo que nos falta es adaptarnos a esta situación actual y seguir trabajando en la misma línea de promoción. A mi, lo que me ha hecho feliz realmente no son las cosas materiales. Lo que más me satisface es pacificar a la gente, cultivar los valores de la amistad, de la convivencia, de compartir lo que tienes. Lo más importante para mí, de esta etapa de cura obrero, fue que aprendí más de lo que yo pude dar. Aprendí a ver que la verdad no la tenemos nosotros, sino que esa verdad la tiene el mundo obrero... Ahora cuando voy al Polígono... me da pena, porque algunos de aquellos buenos hombres y mujeres se han muerto, otros están muy mayores y recordamos aquellos tiempos... Y vemos que el eje que teníamos se ha desvirtuado, que las subvenciones están mal repartidas, que han cambiado tantos las cosas... Cuando veo que se ha creado un clima de gente, que se ha deseducado, porque ya no trabajan ni nada por culpa de la droga. Eso es terrible... ¡Cómo se ha podido llegar a esos extremos!”.

Antonio Quitián ha sido cura obrero hasta el día de la jubilación. Pero en el fondo de su alma nunca dejará de serlo. Siempre viajó con su motillo y su bolsa de la merienda. A sus 73, años está en plena forma, de cuerpo y de espíritu, y ejerce su sacerdocio comprometido en Pinos Puente, en la misma parroquia que regenta Antonio Hérnández, compañero también en el tajo del trabajo, dirigente activo que fue de la HOAC. El niño de Güejar Sierra, que se creyó de verdad que ser cura era una cosa muy seria, imprime carácter, contagia serenidad y coherencia por donde pasa; volvería a hacer las mismas cosas, incluso por los mismos motivos y por otros más y “estaría con la misma gente”. Con aquellos que compartió la pobreza, la cárcel y las ganas de tirar tapias para levantar otras nuevas.
   
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