Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
18 de marzo de 2026
 

 
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  1974
  Antonio Ramos Espejo
  El último tranvía
 
  Granada pierde su último tranvía. Y los nuevos militantes de la oposición aprenden a correr de los grises mandados por un nuevo gobernador. A Alberto Leyva Rey lo trasladan a Sevilla. Granada se libra de Carateja; pero le envían a José Manuel Sánchez Manjón y Sancho-Miñano, un camisa azul, que sube aún más alto el listón de la represión. Los comunistas se hacen fuertes y los socialistas buscan el espíritu de don Fernando de los Ríos sobre Las Ruinas de Palmira, resurgen los sindicatos de clase y los partidos más izquierdistas en el año de la Revolución de los Claveles, mientras el Grupo 32 de los boys scouts ficha por los andalucistas.

Ya lo dice Pilar del Río: “El año empezó en abril”. Es el acontecimiento más emblemático para otorgar identidad a un año histórico: nosotros también, como recuerda esta periodista granadina de Castril, quizá con la nostalgia de una utopía perdida, miramos a la vecina Portugal con su fulgurante Revolución de los Claveles. Y después de eso, el Espíritu del 12 de Febrero, que había anunciado Arias Navarro para camuflar una pretendida apertura del régimen, es agua de borrajas llamada a evaporarse. Caen en el espíritu los que ya viven de ese espíritu del Movimiento, algunos incautos falangistas, socialmente más avanzados, como Manuel Cantarero del Castillo, con su Reforma Social, o algún político con visión de futuro, que utiliza esa vía como plataforma para canalizar sus inquietudes, que no puede desarrollar en los partidos de la izquierda. Es el caso de Arturo Moya Moreno, que retorna con su Causa Ciudadana. También participan de esa estrategia grupos católicos, con la pretensión de resucitar la democracia cristiana, que gobierna en Italia. Pero España quiere otra historia. Pide amnistía y libertad. Y siente los primeros pellizcos en el alma con la ejecución, el dos de marzo, del revolucionario Salvador Puig Antich en Barcelona. No será la última pena de muerte. Y son otros tiempos, como para saludar triunfalmente la visita a las estancias de la Alhambra de Sadan Hussein, vicepresidente del Consejo del Mando Revolucionario de la República de Irak, que llega  a Granada después de darse un abrazo con Franco. Para seguir con el orgullo patrio, desde este año Granada será más que Granada, porque la isla antillana es ya un estado independiente con el nombre de Granada.  La Dama de Baza aparecerá en los sellos de Correos. Antonio Gallego Morell y Luis Rosales son premios nacionales de Literatura; también es premio nacional de Flamenco, Alfredo Arrebola. Muere el pintor Gabriel Morcillo y también, después de una larguísima enfermedad, el arzobispo de Granada, García y García de Castro, dejando la sede libre a Emilio Benavent Escuín. El doctor Miguel Guirao Pérez es el nuevo presidente de la Diputación de Granada. Un periódico vale ya ocho pesetas. Lo que cuesta informarse en estos periódicos que tienen que pasar antes de ponerse a la venta por la censura de la Delegación Provincial de Información y Turismo.

La obra pictórica de Rafael Alberti se puede ver, sorprendentemente, en la Fundación Rodríguez Acosta, mientras caen detenidos como moscas camaradas comunistas del poeta en la Granada de Federico: Manuel Monereo, uno de los ideólogos del partido,  José Guardia, Araceli Ortiz Arteaga, José María Alfaya, Pedro Limiñana, Ana Ortega Serrano, Dolores Parra Chica... En París se constituye la Junta Democrática de España (JDE), una iniciativa del PCE de Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri, La Pasionaria, que tiene de compañeros de viaje a CC OO., a pequeños partidos –el PSP del viejo profesor Enrique Tierno Galván; la Alianza Socialista de Andalucía (ASA), de Alejandro Rojas Marcos, carlistas, liberales...– y dos personajes singulares en la jungla de la clandestinidad: Rafael Calvo Serer, miembro numerario de la Obra (fundador y editor del Diario Madrid) y el notario Antonio García Trevijano. No me es, personalmente, ajeno el nombre del notario que se entrega activamente al antifranquismo. Un día de 1971, en el Club de Prensa de Roma, Luis Blanco Vila, corresponsal del Ya, días antes de irse como director al Ideal Gallego, me presentó a Antonio García Trevijano, que ya buscaba por allí estrategias y contactos políticos. El encuentro discurrió en los siguientes términos: Español..., español. Granadino..., granadino... Alhameño..., alhameño,  replicaba él y nos quedamos perplejos. Y ya me dijo que había nacido (1927) en la casa de la Parra de la calle Enciso. Y le contesté que yo también. Y la perplejidad subió de tono. Aunque la familia García Trevijano era de Órgiva, Antonio nació circunstancialmente en Alhama porque su padre estuvo durante una breve estancia como registrador en aquella plaza. Años después, le comenté a una de mis primas mayores de la Parra, a Carmen Jiménez Espejo, la coincidencia y ella me aclaró que la familia Trevijano había vivido en la misma planta de la casa, que años más tarde ocuparían durante un tiempo mi familia y que yo había nacido justamente en la misma habitación que Antonio García Trevijano. Son pequeñas historias de aquella crónica de la transición personal y colectiva. Desde entonces seguí los pasos de mi paisano, que tuvo un papel destacado en la transición hasta que Alfonso Guerra le sacó una extraña historia en Guinea y le frenó el ascenso.
Si las despedidas son tristes por las arboledas de Granada, hay momentos que se impregnan aún más de esas emociones. El 19 de enero de este año se despide de la circulación el último tranvía. Ya se le veía palidecer de muerte por las calles de Granada al medio de transporte más querido y sentimental. Se le da el último adiós en La Zubia y en Cájar al transporte más útil de la historia granadina, desde que echó a andar el 7 de julio de 1904. Había subido al pie de Sierra Nevada, a los pueblos de la Vega, por las viejas y nuevas calles de Granada. Fue un error eliminarlo; de la misma de la misma manera que fue un atropello la construcción del edificio del Banco de Santander, con su inmensa cristalera colocada como un muro para impedir la vista de Sierra Nevada desde la Gran Vía. Fue un atentado sin bombas; el terrorismo urbanístico de nuevo cuño.

Despreciamos los tranvías, cuando están aún por llegar el progreso, las nuevas carreteras, las aguas, las viviendas sociales, a pueblos y aldeas olvidadas. En Loja hace veinte años que no se construye una sola vivienda social, y en Zagra, que pide su segregación, es donde se sufren más estos efectos; hay quinientos niños que están sin escolarizar y otros quinientos que tienen que padecer las incomodidades y riesgos de un transporte, por carreteras peligrosas,  por donde se las ven a diario con el peligro estos pequeños héroes de la escuela. De Loja surgen muchas voces de denuncia, que molestan a los cacicones del pueblo. Pero la que más duele es la que retumba en la iglesia de la Encarnación, la del arcipreste José Viciana, uno de los más brillantes curas de la provincia, frenados en seco por su condición progresista. A su lado, se forma Manuel Martín, que más tarde saltaría de las filas cristianas a liderar a los socialistas lojeños.

La huella de Fernando de los Ríos.  En Suresnes, al Sur de Francia, el grupo de jóvenes socialistas andaluces, aliados con los compañeros vascos y madrileños, vencen el pulso a los veteranos del socialismo que se mantenían en el exterior: Llopis es relevado por el joven sevillano Felipe González, con su lugarteniente y estratega Alfonso Guerra, que dirige por entonces la librería Antonio Machado de Sevilla. González trabaja en un despacho de abogados laboralistas, en el que también están Rafael Escuredo, Ana María Ruiz Tagle, Manuel del Valle, Manuel Chaves... El nuevo secretario general responde al nombre clandestino de Isidoro hasta que se quita la máscara en una entrevista, publicada en El Correo de Andalucía por Juan Holgado Mejías. Entrevistador y entrevistado tienen que pasar después una noche fría en las dependencias policiales de la Gavidia. A esas fechas corresponde la famosa foto de la tortilla, en la que aparecen de pic-nic algunos de los nombres más sobresalientes del futuro socialismo. Nadie, o casi nadie, se moverá de la foto fija del socialismo español. Hay acontecimientos que imprimen carácter: Suresnes y la tortilla. Los socialistas jóvenes del resto de Andalucía  tendrán que hacer más méritos para situarse en el cogollo.

En Granada apenas si quedan socialistas de cierta relevancia, o estaban escondidos o se los llevó la muerte o el exilio. Pero hay socialistas callados, esperando la oportunidad, el buzón de enlace, impacientes ya por despertar la memoria del líder más importante, que ha tenido el socialismo granadino: don Fernando de los Ríos. Nacido en Ronda, su paso como catedrático en Granada dejó una huella imborrable. Su hija Laura de los Ríos vivía ya en Madrid, desde 1951, con su marido, Francisco García Lorca. Manuel Fernández-Montesinos García Lorca recoge, a su manera, la huella de su padre. El rescoldo está ahí, manteniendo el fuego. Había que despertar aquella fuerza política, tan mermada desde la guerra civil. El miedo había impedido además que los hijos de los socialistas granadinos no fueran precisamente los que reconstruyeran en la clandestinidad el legado de sus mayores. Aunque en 1973 Alfonso Guerra había intentado organizarlos a través de un contacto de los movimientos cristianos y más directamente con Cayetano Hernández y Gregorio Peces Barba, del ala cristiana del socialismo, que se desplazaron a Granada a hablar con el joven Daniel Maldonado, que reunía todos los ingredientes para hacerlo:
“A los diez años, al morir mi padre, entré de botones en el Liceo Cultural (Casino) de Santa Fe, y al poco tiempo, por exigir cuáles eran mis derechos, me despidieron. Desde entonces sé cómo la injusticia se ha cebado siempre con los más débiles. Después trabajé de carpintero, de panero, oficio en el que con catorce años conseguí el primer contrato laboral que se hacía en Santa Fe a un aprendiz, y me volvieron a echar de allí por plantear reivindicaciones para los aprendices. Volví a entrar en otra panadería y a plantear los mismos problemas: vacaciones, horario, seguridad social, salario justo. Aquel patrón me castigó a estar durante todo un año en un turno de noche. Cuando le pedí explicaciones de por qué hacía aquello conmigo, me dijo: “El que todo lo quiere, todo lo pierde”. “Todas estas cosas, por sufrimientos propios y los de las personas de mi clase, me fueron acercando a la lucha política y sindical”.
Daniel se había formado en la JOC y en la HOAC, una buena escuela, que le permitió después conectar en Barcelona y tomar aún más conciencia sobre sus compromisos sociales y políticos. También está en ese grupo otro hombre fundamental, de la misma procedencia que Daniel: Luis Mochón, una persona íntegra, con una trayectoria honrosa, fraguada también en los movimientos cristianos. La operación no salió: Daniel tardaría años en llegar al PSOE a través de UGT; y Mochón siguió con su línea independiente de coherencia y compromiso.
En esta primera reunión para reorganizar a los socialistas, cuenta Daniel Maldonado, dedicado a la venta de chocolates y otros derivados, que  Gregorio Peces Barba le ofreció entonces el carne´número uno, y recuerda que el compromiso es más vinculante, en el restaurante Bienvenido, con Juan Sainz Guerra, profesor de Derecho, y su mujer, Carmen Pérez Chamorro, enfermera. Pero hasta 1974 no consigue Alfonso Guerra su propósito. Lo hace primero con la confluencia de varios contactos: con una pareja de valencianos que habían montado la Tiempos Nuevos, que conectan, a su vez, con los anteriores, y con los fichajes en la  Facultad de Letras de Juan de Dios Luque, que procedía del PCE,  y María Izquierdo Rojo, asturiana, profesora en la misma facultad; también son de esa época, aunque sujetos después a otras disciplinas, Juan Luis Castellano, Juan M. Azpitarte, Margarita Saiz (de Medi-cina), María Teresa López Beltrán... Entran también otros profesores procedentes de un grupo, que se ha separado del FRAP, cuando esta organización revolucionaria abandona el debate ideológico para pasar a acciones más contundentes. De ahí surge otra pareja fundamental para entender los orígenes de este partido en Granada: Ángel Díaz Sol, madrileño, profesor de Medicina, y Mariló García Cotarelo, asturiana. Al irse Juan de Dios Luque, quedan María, Ángel y Mariló como los tres nuevos pilares sobre los que se levantará el partido. Casi por las mismas fechas, se incorpora Rafael Estrella, que ya militaba en Almería; y otros jóvenes que entran a través de Sainz Guerra, que durarán poco tiempo, debido a aquellos debates ideológicos y vecinales entre tribus ante los que ponía paz Alfonso Guerra cortando por lo sano.
 
Cuesta un enorme trabajo atraer a los jóvenes granadinos, quizá porque los más comprometidos entonces están ya en la órbita comunista, y porque hacía falta romper primero con ese frente para filtrar los primeros miedos en las familias granadinas. Falta también conectar con los veteranos. A Pedro Fornell le llega, al fin, el buzón que esperaba; como a Ángel Gómez Vilches, que puso su local comercial a disposición del partido, en un gesto impagable para aquellos tiempos... Se acerca el almeriense Juan Tapia y sus enigmas, su voz ronca y sus conexiones con los Cursillos de Cristiandad; Matilde Cantos, Pedro Jiménez Tenorio (emigrante de Esfiliana), Pepe Villafranca (de la fábrica de pólvora de El Fargue). No tardarán en llegar nuevos refuerzos: Enriqueta Cózar, Antonio María Claret, Antonio India, estudiante de Farmacia, que no necesita de enlaces, porque directamente va a la sede del partido a afiliarse... Y en Ciencias aparece el joven estudiante  Javier Torres Vela, de Pozo Halcón, con ganas de organizarse, que pregunta a su buzón político, Sainz Guerra, por el responsable de su célula en su facultad y obtiene por respuesta: “Tu célula eres tú”.

En los pueblos, Baza es una pieza clave para unir a los históricos de Llopis con los renovados de Felipe González, y ahí está el taxista Diego Hurtado y sus dos hijos maestros, Diego y Juan, además de Sebastián Pérez; y en Motril, Juan Carlos Benavides, Juan Cuenca, que entrará por la vía sindical, y le siguen la pista a Enrique Cobo, pero el profesor motrileño está ya embarcado en las aventuras más testimoniales de los cristianos de base con compromisos más revolucionarios.
 
“Ya tenéis un obrero”. 
En paralelo, pero con los mismos impulsores del partido, se organiza la Unión General de Trabajadores, en su versión renovada, que tiene como primer hombre público y después secretario general a Daniel Maldonado, que comenta en aquellos momentos a los jóvenes profesores socialistas: “Ya tenéis un obrero”. Alquilan entonces un local en Cristo de Medinaceli, donde, en un gesto de generosidad, se le da cobijo provisional a los desamparados militantes de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), y posteriormente en la calle Ángel, donde empieza el fuerte crecimiento de la organización y, desde entonces, serán cientos, miles los obreros que se acercan al histórico sindicato fundado por Pablo Iglesias, que tiene de líder en esta nueva etapa del sindicalismo español a Nicolás Redondo y viene a la sierra de La Alfaguara a reunirse clandestinamente con sus leales. Se incorporan  militantes históricos y después nuevos y cualificados refuerzos procedentes de la Universidad, como Antonio Jara, que viaja con Daniel a organizar la UGT de Guadix, con los hermanos Miguel y Manuel Lahoz; de Motril, con Antonio Gallegos Figueras, Manuel Estévez (Celulosa), Juan Cuenca... También de la Universidad, entran José Olea, Juan Francisco Casanova...

Ambas organizaciones socialistas empiezan a contrarrestar, aunque todavía bajo mínimos, el peso de las homólogas comunistas, que cuentan además con más simpatías en las organizaciones cristianas. En adelante, en las asociaciones de vecinos, en los barrios, en colectivos profesionales, en la Universidad... se desarrollará una intensa labor de captación. Hay otros socialistas, que se sumarán posteriormente al partido del viejo profesor Enrique Tierno Galván, el PSP, que tendría a Pepe Guevara como su referente más sólido y al estudiante Jesús Quero, como imberbe organizador. Otra rama socialista tiene su punto de referencia en el antiguo FELIPE... La FPS, liderada por Enrique Barón, con escasa representación en Granada. Con diversos colectivos socialistas y cristianos se organiza el sindicato Unión Sindical Obrera (USO), que lidera durante algún tiempo Carmen Medina.

Y los anarquistas, que habían quedado prácticamente aniquilados desde la Guerra Civil, esperaban también su momento para aparecer, quizá demasiado tarde y encuentran en José Luis García Rúa el buzón más activo que estaban esperando. Los cenetistas, con el espíritu ético y sobrio que les caracteriza, que habían aprendido en su familia, se reúnen en la plaza de la Pescadería y clandestinamente en sus casas. Han quedado demasiado diezmados en la guerra, muchos de ellos escaparon al exilio o se enrolaron con el maquis. Ahora se sienten solos, aunque sin desfallecer con esos destellos de utopía que los mantiene unidos. Así viven Carlos Soriano, un ferroviario de una exquisita sensibilidad literaria, el matrimonio de vendedores ambulantes Adela Fernández y Manuel Fructuoso, José Barcojo Arcadia, Manolo Mendiluce, Pedro Peralta, José Ferrer... Profesor de Filosofía, asturiano de Gijón, Rúa es un activista revolucionario de largo recorrido. Militante del Grupo Comunista Revolucionario de Acción Social y CNT, lleva la rebeldía ya organizada desde su tierra natal, pasando por Alemania en los años cincuenta, profesor en los colegios universitarios de Córdoba y Jaén, siempre engrosando el expediente policial que arrastra, que es el que en 1975, ya en la Universidad de Granada, llega a la comisaría de la Plaza del Campillo. Después de estar acogidos en la sede de los socialistas, con los que tuvieron siempre buena armonía, los libertarios tuvieron sede propia, primero en la calle Joaquín Costa y después en la calle Molinos.

Adela Fernández, a la que el tiempo le ha borrado el entusiasmo, cuenta desde la perspectiva libertaria de una mujer, que tenía 17 años en la guerra, cuando se le cortaron radicalmente las ilusiones: “Hemos tenido tantos problemas... en los años cuarenta, en los sesenta, en los setenta... Mira, es mejor no recordar. ¿Para qué? Porque esta noche, si seguimos, no voy a dormir. Y ya me he pasado demasiadas noches, sin dormir, esperando siempre que tocaran a tu puerta y llegara lo peor. Así es... Claro que nos alegramos cuando pudimos levantar cabeza, cuando ya nos legalizaron y vino Federica Montseny. Pero, qué te voy a contar... Porque después, con la democracia.... Esto ha sido un fracaso, qué pena... Con la ilusión que habíamos puesto... Y después, na, naica... Y no sigo, porque si no, bastantes noches me he pasado en vela, madre mía, qué mala suerte”.

El clandestino Roberto.
A la izquierda de los comunistas, o sea, más comunistas, aparece bien implantado en Granada el Partido de los Trabajadores de España (PTE) y toda su parafernalia (la Joven Guardia Roja, las mujeres de la Asociación Mariana Pineda, la organización sindical CSUT...), que tiene de líder nacional al gaditano Eladio García Castro; y como líderes andaluces actúan Isidoro Moreno, Antonio Zoido y Pina López Gay, estrechamente vinculados también a sectores progresistas cristianos, de donde saldrá el Sindicato de Obreros del Campo (SOC), de mayor implantación en la Andalucía Occidental, en cuyos orígenes intervine el cura Diamantino García, un líder excepcional que dejará su impronta en el campesinado andaluz, además de Gonzalo Sánchez, Francisco Casero..., con una rama puesta en el PTE y la otra en el nuevo andalucismo.

De todas esas familias peteneras es en Granada su cabeza visible el estudiante maño, Roberto Mayoral. Roberto, procedente de Zaragoza, de donde trae su experiencia del sindicato clandestino de estudiantes, se matricula en Biológicas en 1969. Procede además del PC-ML, de los partidos revolucionarios a la izquierda del PCE, y de los que el partido de Carrillo no quería ni oir hablar, en esta Universidad conecta con Antonio Cruz, en Ciencias, y vive los años revueltos de Sabina, Terriente... Desde entonces, el nombre de Roberto, como el de Portillo, como el de Joaquín Bosque, quedará grabado en la lista de los más perseguidos por la policía. En 1971, durante el estado de excepción, se le detiene y encarcela por colgar una bandera comunista en el Banco de Bilbao. Al salir de la cárcel, se convierte en un personaje clandestino, escondido en un piso, de donde tiene que salir disfrazado o, a veces, haciéndose pasar por su hermano gemelo, que vive en Zaragoza. En 1973, viaja a Sevilla a retirar propaganda de un piso, le falla el contacto y es detenido y conducido a la cárcel, donde convive con El Lute, que acaban de detenerlo y llevaba aún la herida del balazo recibido en una mandíbula, y sus hermanos El Toto y El Lolo. “Allí sí recibí torturas psicológicas y físicas por el famoso Beltrán”, recuerda. Ya en libertad, Roberto escapa a su tierra. Es un clandestino total, hasta el punto de que “nos casamos en un barrio obrero de Pamplona, por un cura de CC OO., y pasamos la noche de bodas en un piso de unos seminaristas de ETA”. Después vive con otra identidad en Barcelona, trabaja de mecanógrafo, agente comercial y sigue siendo estudiante como coartada para sus actividades revolucionarias. Así vuelve a Granada, donde le espera un intenso trabajo con la transformación de su partido en el PTE. Primero empieza reorganizando la Joven Guardia Roja, que Pina López Gay había impregnado de chocante estilo camboyano y, evidentemente, esto no era Camboya. Ya tiene 25 años, y pasa a organizar a los peteneros mayores, como secretario general del partido, desplegando una frenética actividad. Es un trabajador infatigable, un luchador ardoroso, una pieza clave para interpretar la oposición que se hace contra el franquismo. Sufre hasta doce detenciones, palizas, cárcel, multas... Es carne de clandestinidad. Antes de desaparecer más tarde de la escena política, Roberto podrá sentirse políticamente compensado al ver a algunos de sus principales colaboradores, como Enrique Cobo, de Motril, ser reconocido por las urnas. Había cumplido con su deber.

Pero este aragonés, con las heridas marcadas en el cuerpo, en el alma, en el cerebro, elegiría después el silencio de los héroes. Pero le quedará la marca de un pasado, que se ha llevado su juventud, de once años pensando en consignas, “como un zombi, una máquina andante, cambiando de opinión constantemente, según marcaba la línea estalinista del momento... Y estaba harto de ser un liberado y de no pensar yo mismo. Quería respirar el aire de la calle, ser un ciudadano normal, regar las plantas, oír música, reconstruir mi vida personal. Yo soy una persona muy ética y no podía ya seguir. Lo abandoné cuando se aprobó la Constitución. Y desde el referéndum de la OTAN dejé de votar”. Roberto mantiene ahora sus distancias. Profesor de la Facultad de Traducción e Interpretación, la herencia que le ha quedado se resume en pocas, pero profundas palabras: “Me queda, el estar siempre de parte del más jodido”.
Cada partido presume de fichajes, de personajes excepcionales que ha recogido su carné y tienen la valentía de seguir su compromiso: el profesor Carlos Villarreal, pieza clave de la transición en Granada en el ambiente universitario, y Antonio Carvajal, que es ya uno de los más importantes poetas del panorama español. Y la rama sindical (CSUT), que tiene en Rafael Navarrete su líder natural y el militante gemelo de Roberto Mayoral, del que recoge el testigo; como lo es en el movimiento vecinal Miguel Arenas, de La Chana, tan eficaz en la estrategia política como lo que sería su futuro en la empresa familiar del pollo y sus derivados.


Coreografía revolucionaria.
En el ala aún más radical, que los dinámicos peteneros, se sitúan partidos minoritarios, de los que en las manifestaciones y en las asambleas ponen la coreografía más revolucionaria, los políticamente más incorrectos en las formas y más ortodoxos en el fondo, los que aguan muchas veces la estrategia a la izquierda moderada, los que se dedican más directa u osadamente a abrir los frentes, por donde sus hermanos mayores tendrían más tarde que pasar. En sus filas abundan profesores y estudiantes, algún que otro obrero, algún que otro cura... Ese espacio se lo disputan, además de los peteneros, dos partidos, que al final de varios procesos acabarán siendo la misma cosa: El Movimiento Comunista de España (MCE; MCA, en su versión andaluza), que tiene de líder a Miguel Gómez Oliver, con Miguel Benlloch, Antonio Córdoba... y la Organización de Izquierda Comunista de España (OICE), con Cándida Martínez, Francisco Muñoz, Margarita Birriel, José Antonio Parra (cura de Arenas del Rey), José Vicente Pascual, Rafael Villegas, Juan Miguel Ortigosa (de Zafarraya)...

Y está también la activa Liga Comunista Revolucionaria, con Gaspar Esteban, Arturo Serrano... Bandera Roja, con Roberto Rivas, camarada de la madrileña Pilar del Castillo –que sería, cómo pasa el tiempo y corren las posiciones, ministra de Educación y Ciencia en el Gobierno de la derecha de José María Aznar, como la malagueña Celia Villalobos, ministra de Sanidad, e igualmente militante de la izquierdísima–, como otras minoritarias formaciones y plataformas, entre las que se encuentra la Organización Revolucionaria de los Trabajadores (ORT), representada únicamente por una pareja de militantes liberados, que habían sido enviados en comisión de servicio desde su principal base andaluza de operaciones en Huelva, pero que eran unos artistas llenando Granada de comunicados como si fueran un ejército. Jóvenes revolucionarios que las urnas y el tiempo moderarían sus inquietudes para convertirse en excelentes abogados, médicos, escritores y gestores públicos.

Aquellos ambientes clandestinos, de aulas, pintadas, panfletos vietnamitas y nocturnidades, rebeldes con causas y arrepentidos hijos de papá, seminaristas expertos en marxismo, obreros y estudiantes revueltos en la misma causa, parejas de hecho y de derecho, civiles y canónicas, amores de clandestinidad, está descrita en La autodestrucción de Granada y otros efectos de un apasionado profesor y político, Felipe Alcaraz Massat, que había empezado a aproximarse a los socialistas en Granada y se pasa al comunismo en Jaén –fichado por Manuel Monereo–, donde, en contacto con Ignacio Gallego, se dedica a reconstruir el partido en la provincia de los olivareros altivos.

El Polígono de Cartuja. La situación económica en la provincia es inquietante. El salario mínimo se ha fijado para este año en 225 pesetas diarias. El Polígono de Cartuja sería el principal foco de atención de las protestas vecinales y sindicales. La barriada había sido construida para albergar a los damnificados que malvivieron en hogares provisionales hasta recalar en este último emplazamiento. El profesor Fernando Gutiérrez, del Departamento de Geografía de la Universidad de Granada, lo había vaticinado en su tesis sobre el Polígono: “Se convertirá en un habitáculo más cerrado, se incrementarán sus fronteras, se creará una cosa aislada, marginada, será un barrio del subproletariado granadino que corre el peligro de ser un auténtico gueto... Todo un subproletariado desposeído en su mayoría de los elementos fundamentales que integran a la persona”.

Una enorme barriada, de casi tres mil viviendas sociales que, junto con otros núcleos de población cercanos, llega a los 25.000 habitantes. Todavía faltan viviendas por entregar. Allí se han trasladado prácticamente toda la estructura social, asistencial, religiosa y política que había surgido de La Virgencica, barriada ya en fase de extinción: Antonio Quitián y Ángel Aguado se trasladan también, como párroco y coadjutor, respectivamente, a la nueva iglesia de La Paz y siguen asistiendo a los últimos vecinos de La Virgencia. De la nueva Asociación de Vecinos es su presidente Francisco Sánchez, obrero en una azucarera; también se han trasladado al barrio sor Barranco y sor Encarnación, como Antonio Lozano, con el puesto ambulante de los cajones de frutas y verduras para La Cuca; los movimientos cristianos de JOC y HOAC, con Mari Paz, Julián Blas... y algunos de los más importantes dirigentes sindicales y militantes comunistas, como Juan Gálvez, los hermanos Emilio y Luis Cervilla, Juan Verdejo... El sistema los había juntado allí otra vez a todos sin percatarse de que estaban alimentando lo que llamarían el mayor foco de subversión de la transición granadina, aunque, por desgracia, tendrían que pasar años, cuando se rebaje la tensión social y llegue la democracia, cuando se aparcó a un segundo plano a tantas familias modestas, que lucharon con toda su alma para rebelarse un día por una guardería, por una protesta laboral o por un servicio médico, cuando encumbraron a determinada gente a las listas de los vencedores en las elecciones democráticas, y su estrella se va apagando, hasta caer otra vez en la condición que el profesor Fernando Gutiérrez había vaticinado: el gueto del Polígono de Cartuja, el gueto de Almanjáyar... Indignante destino. Se quedaron en la estacada. Los dejamos en la estacada.

Los últimos maquis.
Eduardo Pons Prades, escritor libertario, casado con la escritora Antonina Rodrigo, preparaba su libro La Guerri-lla española... y vino de Barcelona a Granada a recopilar datos y, si podía, entrevistarse con algún superviviente de los hombres de la sierra o maquis. Aquel intento era un atrevimiento y todos los movimientos tenía que hacerlos con enorme sigilo, como había hecho en otras zonas de España, pero en Granada... Durante algunos días le sirvo de enlace al amigo Eduardo. El Salar es uno de los pueblos que más hombres aportó, 59 guerrilleros, de los que murieron casi la mitad. El más famoso de los maquis de este pueblo, encuadrado en la agrupación de Roberto, era El Chato del Salar, uno de los últimos guerrilleros que cayeron abatidos. El Salar se convirtió en un pueblo rebelde, muy castigado por el franquismo. En el pueblo dimos con el paradero de Josele (José Molina Cárdenas, conocido en la sierra por Moisés), hermano de El Chato y de otro guerrillero menor, Andrés, que se encuentra en Cataluña. Josele había salido de la cárcel muy cascado. Nos muestra las señales en las muñecas de haber estado atado durante los interrogatorios. Se encuentra ya muy apagado; pero transmite su testimonio a Eduardo, que queda impresionado por las historias que le cuenta.

En Alhama, encontramos al maquis Frasquito Medioquilo, que también había cumplido su condena y se dedicaba a cultivar una pequeña huerta. Medioquilo pertenecía a la partida que secuestró en 1951 a mi tío Adolfo Rivera, en el cortijo familiar de Las Ánimas, situado entre Alhama y Játar. Mi padre, Antonio Ramos Vargas, reúne, por el empeño de Eduardo, al secuestrador y al secuestrado en el mismo lugar. Se predica tanto la reconciliación, que ellos dos practican como ejemplo. En la charla, se refieren las circunstancias del rescate, sin conocimiento de la Guardia Civil. Recuer-dan a los siete leñadores que fueron matados y paseados encima de sus caballerías por las calles de Alhama para que sus muertes sirvieran de escarmiento. Es en ese momento cuando Frasquito baja la mirada, como recordamos más arriba, al preguntarle por Roberto. Frasquito se había echado al monte angustiado por la penuria económica. Y mi tío Adolfo se ofreció de rehén para evitar que se llevaran a su padre o algún hermano, dejando desolados a su mujer  y a sus hijos pequeños. Allí se vuelven a ver, como dos protagonistas sin rencor. Perdonando porque es gente de perdonar. Y Adolfo Rivera es de esa madera de hombres que saben perdonar. La Guardia Civil de Alhama se interesó después por la visita de Eduardo Pons Prades; y me tocó a mí ser interrogado en el cuartelillo. Querían saber de las andanzas del visitante libertario que, a esas horas, ya estaba con Antonina cantando Grândola, vila morena, de José Alfonso, por el Algarve portugués.

Aquellos recuerdos impregnan la memoria, por una u otra causa, de los niños de una generación. Juan Manuel García Maldonado fue uno de esos niños que contempló aterrorizado el paseo de los siete leñadores matados y echados como bultos encima de sus propias caballerías. Mucho años después, como consagrado pintor con el nombre de Brazam, expuso una magna muestra en La Madraza con ese tema. En Brazam había quedado la huella de la rebeldía, de su oposición al ejército, convirtiéndose en objetor cuando había que tener mucha valentía para seguir los dictados de la conciencia. Recuerdo sus palabras contemplando aquellos cuadros que referían el horror de una época ante la que se declaraba: “...rebelde  a las dictaduras políticas y religiosas que oprimen y machacan su dignidad... Desde que nací a la vida no he visto otra cosa que miseria humana por nuestro suelo, por todas partes,  y el mantenimiento de un poder al precio que sea. No. No acepto este maldito juego”.

Las Marianas. Antonina Rodrigo está entregada a la causa de Mariana de Pineda. Ha publicado su biografía, de la que se harían sucesivas reediciones. No será la primera vez que aparezca aquí la figura de Mariana, habrá más adelante otras referencias para resaltar la importancia de la figura de la heroína de la libertad. Trata Antonina de convertir la estatua de la plaza de Mariana en un personaje de carne y hueso, en una mujer actualizada como las que se necesitan en estos momentos de clandestinidad, cuando aparecen los primeros movimientos feministas, denostados y ridiculizados por el régimen. La liberación de la mujer ocupa muchos frentes, abordados con valentía y experiencias personales sobre homosexualidad, lesbianismo, divorcio, aborto... Son muchas las mujeres anatemizadas. Mujeres que aparecen en escena como Matilde Cantos, socialista de la República, que se viene a Granada en los últimos años de vida para pasear su ejemplo de mujer entregada a la actividad solidaria.

Mujeres que son avanzadilla, por el hecho de aportar su propia personalidad, como Elena Martín Vivaldi, exaltadora y defensora de la belleza poética de los árboles de Granada: “Para mí un  árbol es una criatura...” Ese amor por Granada, lleva a otras mujeres a luchar para evitar que se talen los árboles de la Avenida de Calvo Sotelo, entre las que figura Eulalia Dolores de la Higuera, poeta, admirable mujer, a la que recuerdo años más tarde entregando la bandera andaluza a la Diputación de Granada para que el presidente no tuviera excusas para colgarla del mástil del Palacio de Bibataubín.

Luchadoras de temple y genio. Hemos recordado ya a Francisca Puente García, la pastorera; y vimos cómo Piedad Guerrero Rodríguez tuvo que soportar que a su marido lo sacaran fuera de su casa la noche de Navidad para hartarlo de palos, siempre a su lado, inculcando a sus hijos el deber de su padre, cómo tenían que quererlo y estar orgulloso de su actividad. “Vamos a la cárcel a ver a mi padre. Pero mi padre no es ningún delincuente”, explicaba a su profesor el mayor de los Portillo, Francisco José, que hoy es policía municipal en Vélez-Málaga; el segundo de los tres hijos, Jorge, decía que “de mayor me gustaría ser bombero para derribar las cárceles y que salgan todos los presos”; y Alberto, el más pequeño, quedaría marcado cuando sus ojos ven por primera vez, con dos años, el espanto en una casa con la puerta derribada por la policía y luego soportar las idas y venidas a la comisaría y a la cárcel en brazos de su madre.

Hay muchos ejemplos y los más diversos modelos. Ahí está Angelina, santo y seña, como Carmen Perea, la casera de la Huerta de San Vicente, que vieron cómo le dieron un culatazo a don Federico la primera vez que fueron las escuadras negras a preguntar por su hijo. Ahí ha estado siempre, en el papel de la discreción, Isabel García Lorca, sufriendo en un segundo plano el peso de la historia. Y Encarnación Olmedo, entonces sor, desde la guardería, arriesgando el pellejo, siempre en la primera fila; como Fermina Puerta, tan frágil y tan enérgica para defender las causas en las que creía desde que había llegado desde el Gualchos de sus raíces. Y en el silencio activo de la clausura, Sor Clara Vinuesa, una clarisa valiente que tenía muy claro por quién tenía que rezar desde el fondo de su alma. Y las luchadoras de los partidos y de los sindicatos que surgen con el ardor de Mariana, desafiando, abriendo una voz, las mujeres de los parados, de los encarcelados, solas contra viento y marea, arriesgando el pellejo, sin olvidar que a mujeres como ellas se les rapaba al cero y se las paseaba por las calles, satanizadas, en los años más negros. Mujeres que se pasaban el testigo de la abuela, a la madre y de la madre a Hortensia Peñarroya Mingorance, la nieta y la hija. Y los nuevos ejemplos  que salen de la Universidad o su área de influencia: María Izquierdo, Fanny Rubio, Concha Félez, Emilia Barrios, Nati-vidad Bullejos Cáliz, Amparo Ferrer, Cándida Martínez, Margarita Birriel y su hermana Ivette, que militó en la CNT. De Ivette recuerdo su entrega y entusiasmo, sus ayudas solidarias a los presos, y aquel día que vino a mi casa para que recogiera el testimonio de un preso, que decía haberse fugado y en realidad era un infiltrado policial madrileño, que venía a tirarnos a todos de la lengua. Ivette murió pronto. Y a ella quiero dedicarle este ramillete de rosas de las marianas de Granada.

Las ruinas de Palmira. Fortalezas de mujer, marianas de Granada. Con esa madera nació Palmira Noguera Román, que no paró hasta encontrar su buzón y convertirse ella también en el buzón de los buzones de los socialistas granadinos. Palmira es hija del socialista Julián Noguera y de Federica Román, dos activos militantes de la época de Fernando de los Ríos y Alejandro Otero.

“Mi padre era socialista muy activo. Lo metió en la cárcel la dictadura de Primo de Rivera. Allí se convirtió al anarquismo. Pero luego, se pasó de nuevo al socialismo. A mi hermano, unos años mayor que yo, se lo llevaron los Niños de la Noche al frente, a combatir por la República. Y era un chiquillo. Cuando perdimos, y digo perdimos, a los dos me los metieron en la cárcel. Mi madre y yo nos quedamos solicas. Y más sola que me tendría que ver. A mi padre lo fusilaron dos años después, a mi madre la detuviero también, como venganza, que tenían muy mala leche. Así es que me vi con una tía mía. Yo soy Palmira. Mi padre eligió ese nombre por Las ruinas de Palmira, como si yo fuera a ser tan famosa. Pero estaba yo tan encantada con mi nombre. Como iba a la cárcel a ver a mi madre, las Damas Apostólicas, y la leche que les importaría a ellas, se enteraron que estaban sin bautizar. Me prometieron que si me bautizaba podría ver más a mi madre, incluso estar con ella. Yo tenía 12 añillos. A mi madre no le gusta la idea de que me bautizara, anda y que..., pero la convenció un  funcionario bueno, total que me bautizaron, me pusieron María Luisa Palmira, y me tuve que aprender el catecismo y todo eso. Y anda que tardé yo en quitarme ese estorbo de María Luisa. Si yo soy Palmira, coño, porque le dio la gana a mi padre, que encima me lo fusilaron; cómo iba yo a consentir que se manchara así su memoria. Pues cuando salió mi madre nos abrimos camino, como muchísimas familias, que no lo cuentan, pero que han pasado tantas y tantas calamidades. A mi hermano lo pusieron en libertad y lo volvieron a detener cuando el Congreso Eucarístico... Mira, yo me casé a los 16 años, y poco a poco, fuimos saliendo. Mi hermano se fue a Barcelona y ése sí sigue muy metido... Mi madre decía déjame que yo me entere, que parece que han venido a preguntar por los viejos socialistas, a ver si tuviéramos suerte. Ella fue la primera que conectó con Pedro Fornell y los mayores. Así es que figúrate las ganicas que tenía yo de ver a Alfonso Guerra, y con los más jóvenes, que somos como una familia, María Izquierdo, Ángel Díaz Sol, Mariló...  Y con Felipe y Alfonso, gloria bendita. Me llamaba Pedro Fornell y me decía: “Niña, tráete habillas y bacalao y te subes a Haza Grande”, porque venía  alguno de ellos, casi siempre Alfonso, a Alfonso lo quiero yo muchísimo; y yo me subía una buena tortilla, que no faltara de na. Entonces, mi marido, Rafael Villegas López, que era camionero, porque el pobre ya murió, se encargaba de traernos la propaganda que le daba mi hermano en Barcelona. Y así fuimos luchando. Pero qué larga se nos hacía la espera. Fíjate, que yo decía, ¡madre mía!, si se me va olvidar la Internacional y le cantaba a mis hijos y a mis nietos, se las cantaba como si fuera una nana... y se dormían. Vaya que si han sabido cantarla. Como nadie”. Palmira es una heroína anónima, siempre acompañada por Pepita, una mujer que procedía de la emigración y se enroló con auténtico espíritu de colaboración en las filas de la renovación socialista.
Sin ellas, sin sus ejemplos, y de otras muchas mujeres, con nombres propios, o anónimas, no podría entenderse que la libertad llevara nombre de mujer ni se reconstruyera este nuevo edificio de convivencia sobre Las ruinas de Palmira.

Noviciado andalucista de los boys scouts. Al variopinto mapa político de la izquierda, de familias por lo general mal avenidas, salvo en las emergencias, llega a sumarse la Alianza Socialista de Andalucía (ASA), que representa al nuevo andalucismo político, de izquierdas, aunque su ubicación política levanta suspicacias, más aún en el PSOE, por aparecer con la sigla socialista, y menos con los comunistas, que convierten al nuevo andalucismo en su aliado. ASA había surgido en Sevilla, como grupo de oposición, liderado por Alejandro Rojas Marcos, con el apoyo en sus orígenes de Manuel Clavero, aunque el rector de la Universidad de Sevilla apareciera después con su propia opción política; Luis Uruñuela, que procedía de los movimientos de Acción Católica, Diego de los Santos... ASA ficha después en Málaga al madrileño Miguel Ángel Arredonda, que, junto a Rojas Marcos y Uruñuela, serán la tripleta dirigente del andalucismo. En Córdoba, captan la atención de gran figura de la oposición, al doctor José Aumente, que sería el gran ideólogo del grupo, al que secundarían José María de los Santos y Enrique Iniesta. ASA descubre en su camino la figura de Blas Infante. Es el pensamiento del notario de Casares, fusilado en 1936 en Sevilla, el que permite a los jóvenes andalucistas forjarse un camino que tendrá sus mayores éxitos en rescatar del olvido El Ideal Andaluz, la bandera verdiblanca, el himno y el escudo, como señas de identidad. Se empezaba a hablar de autonomía, siempre con las reservas de los partidos mayoritarios de la oposición que recelaban de la aparición de un nuevo fenómeno, que podría crearle serios peligros. Por esas razones costaría tanto trabajo que las señas de identidad, como la personalidad de Blas Infante, tardarán en ser reconocidas.

En Granada, el andalucismo prende como fruto de la predicación clandestina, método que practican todos los partidos. Aquí hace de buzón andalucista, aunque él no lo fuera, el jesuita Luis García Rodríguez Quesada, pariente de Rojas Marcos. Los dos primeros militantes son los hermanos Helio y Eladio Fernández-Nieto, hijos de don Eladio, un vallisoletano bonachón, jefe de Tráfico, y la granadina doña Constanza, presidenta años más tarde de la editorial Aljibe, que tuvieron una nutrida prole al servicio, sin excepción, de la oposición al franquismo. Helio se había iniciado en la lucha antifranquista en la Universidad de Sevilla y Eladio, junto a los comunistas, y había sido detenido, para que sonara que era el hijo de un pez gordo, cuando no había cumplido la mayoría de edad, por repartir propaganda. Junto a ellos entra también Cristina Gallego (de la librería Alahija y Gallego), que no tardaría en pasarse a la militancia comunista. Y a continuación, se afilia todo un semillero de novicios para la causa andalucista: el Grupo 32 de los Boys Scots, que siguen el ejemplo de sus jefes. Y ahí están Ramón Aparicio, Joaquín Guijarro Arcas (le acompañaría algo después su hermano Fernando, Fefe, el periodista y dibujante que pintaba por las esquinas un muñequito haciéndole a Franco un corte de mangas), Manolo Cruz y Joaquín Fontboté (estos dos últimos también se pasan al comunismo). Entrarán más tarde, Nani López Rejón, Francisco Torres, Pili Arcas, Conchita Fernández-Píñar, Francisco Angulo, José María Rosales, Amparo García Cárdenas, Antonio Muñoz Molina (se iría a los pocos años), Sebastián de la Obra, Matilde Barón, Antonio Muñoz Ferry, Lucina Cano...; los obreros del Polígono, Francisco Sánchez y Antonio Lozano Heredia; y en una hornada posterior, el llamado grupo de los cristianos con Pedro Ruiz Morcillo, que hace otro fichaje de novicios, los llamados niños de sexto y COU (Amador, Huertas, Pili Oliva....), Justo Navarro (padre), que falleció poco después, José Postigo; en Alhama, Carlos Cubo, Alfonso Pinos, Ricardo Cortés... Colaboran económicamente a la causa, aunque creo que a más causas, dos convencidos demócratas que saben que hay alimentar la diversidad de la oposición: el abogado Jerónimo Páez y el arquitecto Luis Felipe Aparicio.

Los primeros andalucistas cuentan además con las simpatías y la afinidad en la causa de Solidaridad Andaluza, con José Godoy, José María Mauriño,  Fermina Puerta... Y está aún en la reserva, Arturo González Arcas. Arturo había sido un joven estudiante de la Facultad de Letras, que se había revelado como un líder natural del Movimiento Democrático de Estudiantes, con una capacidad dialéctica fuera de lo común; pero se había quitado de en medio y estaba, como suele decirse, bajo agua esperando una oportunidad, como Amparo Ferrer, y un grupo de jóvenes profesores que compartían inquietud y amistad con el que había sido el líder estudiantil: Manuel Sáenz Lorite, Francisco Gutiérrez,  J. M. Lozano. Y el ginecólogo Juan Ramos Maldonado, que recibió un golpe que le afectó gravemente al oído; se lo había propinado un policía, simplemente porque pasaba cerca de una manifestación.

Por aquellas fechas o quizá un año después, tengo la oportunidad de conectar en la casa del periodista Antonio Checa, ya introducido en el andalucismo, con Rojas Marcos, Uruñuela y Arredonda. Los mensajes de ASA calan con facilidad en muchos periodistas y escritores que se entregan a la causa de los problemas andaluces, con libros como Andalucía un hecho colonial, de Alfonso Grosso, o Andalucía ¿tercer mundo?, de Antonio Burgos, que invitan a seguir esos pasos. Por mi parte, encuentro en Ideal, que respalda, dentro de unos determinados márgenes, todos aquellos temas que plantearan cuestiones relacionadas con denuncias sobre el paro, la emigración, los desequilibrios, sobre reivindicaciones ciudadanas y sobre el uso denigrante que se hacía de la cultura andaluza, y tiro por ese camino, en el que coincidiría con el motor más importante que podía tener Andalucía en aquellos momentos para levantarle el ánimo: la voz y el testimonio de Carlos Cano.

Ahí está, simbólicamente, Carlos para que ni Granada ni Andalucía pierdan el tranvía de su historia.
   
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