Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
18 de marzo de 2026
 

 
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  1974
  Antonio Ramos Espejo
  Tambores lejanos, temblores cercanos
  Con la Revolución de los Claveles en el vecino Portugal, España es la única dictadura que queda en Europa. Esos tambores lejanos mezclados con el eco de la canción de José Afonso –Grandôla vila morena– traen los sonidos de la libertad a la oposición española y mete el miedo en el cuerpo a los incondicionales del régimen. En el pardo se oyen los temblores de Franco, que confiesa sus miedos al ministro Utrera Molina. En Málaga, un canónigo tiene que ir directamente de la Catedral a la comisaría y eso sí que es un signo evidente de la caída de un imperio abandonado, en parte, por la Iglesia. Sofico le estalla al gobierno en sus entrañas. En estos últimos coletazos del franquismo, la represión persigue a los elementos más activos. Pero la máscara de la clandestinidad se le ha caído ya a muchos dirigentes, entre ellos a Isidoro, el nuevo dirigente de los socialistas, que responde al nombre verdadero de Felipe González.

Franco se confiesa con Utrera
. Muerto Carrero Blanco, Carlos Arias Navarro, el fiscal de triste memoria en Málaga, jura el cargo de presidente del Gobierno, en el que Utrera Molina desaparece de la cartera de Vivienda para convertirse en el hombre del partido de este Gabinete. Como ministro en la Secretaría General del Movimiento, el político malagueño trata, en no pocos desencuentros con Arias, de preservar las esencias espirituales del franquismo, que ve peligrar a marchas forzadas para dolor y miseria de su Caudillo. El dictador, que empieza a ver fantasmas y nuevos masones hasta en los asientos del Consejo de Ministros, elige a Utrera como el confesor de sus secretos. “El otro de los ministros con el que Franco mantenía un estrecho contacto, aparte de Arias, era Utrera, con quien pronto estableció una relación fraternal”, escribe Paul Preston en Franco. El ministro del Movimiento, haciendo honor a su cargo, le comenta al octogenario general que está en sus planes hacer el rearme ideológico. Franco le contesta que en ocasiones han incurrido en el error de “bajar la guardia” y eso es lo que sospecha cuando Arias Navarro, influenciado por los ministros más aperturitas, que ya ven extinguido el ciclo de la dictadura, anuncia el “espíritu del 12 de febrero”. Sobre el asunto comenta Preston: “Franco, profundamente alarmado por la explicación que le dio, dijo que ‘si el régimen permite que se ataque a su sustancial doctrina y sus servidores no aciertan a defender lo fundamental, habrá que pensar en una cobarde voluntad de suicidio”.

Arias, con sus miedos y zozobras reflejados en un rostro triste y huidizo, quiere por un lado encarnar un ficticio espíritu de apertura; y por otra parte, se muestra implacable, más aún, que es decir, a la derecha del dictador. A finales de enero, Arias quiere expulsar de España a Monseñor Añoveros, el obispo de Bilbao, por defender en sus homilías los derechos de las minorías nacionalistas. Franco tiene que frenar la medida porque teme que, si se llega a ese punto, la Iglesia puede excomulgar a su primer ministro. Utrera es el que mantiene informado a Franco de todos los movimientos de Arias, a quien el malagueño le tiene declarada la guerra partidista con el apoyo de Girón y lo que más tarde se conocerá como el gironazo, aunque al ministro malagueño le molestan los modos y las formas del camarada más veterano. Después de una bronca telefónica entre Arias y su ministro, cuenta Paul Preston la reacción del ministro del Movimiento: “Utrera llevó a Franco documentos que revelaban los planes de Arias para disolver el Movimiento y grabaciones de Arias diciendo que ‘Franco es un viejo’ y ‘aquí no más más cojones que los míos’. Cuando Utrera le dijo ‘Arias es un traidor’, Franco se echó a llorar y sólo replicó: ‘Sí, sí, Arias es el traidor pero, pero que no se entere nadie. Hay que obrar con cautela’. La medicación de la enfermedad de Parkinson le había convertido en un hombre temeroso”. En este año del Watergate y la caída de Richard Nixon, los micrófonos, los confidentes, los dimes y diretes, la mala leche de unos contra otros, andan ya por El Pardo y los ministerios como Perico por su casa. La agonía del general entra en su recta final.

Desde entonces, Arias no cejará en su empeño de alejar de su entorno al ministro confesor y confidente de Franco. Es tal la fijación ideológica de Utrera que su integridad falangista la llevaría pegada ya de por vida, como el abrazo del Caudillo, como una camisa de fuerza o un hábito monacal. Ese mismo destino intelectual es el que había tomado Ángel Palomino, director del hotel Tres Carabelas (después Meliá Torremolinos), en los últimos años de la década de los sesenta, aunque con más éxito y rentabilidad que el ministro. Después de Torremolinos, Gran Hotel, Palomino –toledano, militar, periodista, escritor y hotelero– volcaría toda su ironía en cosechar éxitos editoriales con Planeta a base de títulos de exaltación de los valores franquistas y fustigar después el sistema democrático.
Para acabar con este dueto político en el escenario malagueño, valgan dos frases lapidarias de estos dos político. En la toma de posesión del nuevo gobernador civil, García Rodríguez-Acosta, resuenan con toda solemnidad estas palabras: “Málaga es el arquetipo de la España posible”. Lo dice Arias Navarro y se queda tan pancho, como lo podía haber dicho de Teruel. Y a Utrera Molina corresponden estas otras palabras, pronunciadas en la Delegación de Juventud: “Sin vosotros el Movimiento carecería de futuro”. Como efectivamente el ministro de la camisa única tendrá la oportunidad de comprobar pocos años después, cuando los jóvenes de España pasen de ser flechas y pelayos para representar a los hombres y mujeres del futuro.

En febrero, el presupuesto municipal asciende a 1.052 millones de pesetas, que habrá de administrar el alcalde con su nómina de concejales: Marcelo Arce Aviñó, José A. Bustos López, Antonio Elorza Sabando, José Luis Fernández Navarro, José García Castillo, Carlos García Hurtado, Rafael Guzmán García, Ramón Jiménez Sánchez Morales, Antonio López Portillo, Francisco Montañés Gutiérrez, José Sánchez Rosso y Juan Ramos Reina.
Paso a paso la Universidad de Málaga tiene ya 4.406 alumnos. Queda aprobado el convenio de la Construcción, que afecta a 55.000 trabajadores. El niño Pepito Serón de Baños –que será un hombre orgulloso de su comportamiento– salva a sus hermanos de morir entre las llamas en un incendio provocado en su vivienda. Quiebra la empresa Horizon Holiday, dejando agujeros negros por Marbella, Benalmádena, Torremolinos y Nerja. Viajar se pone más crudo porque sube la gasolina, aunque la política exterior fomenta sus relaciones con los países árabes –coincide, como reafirmación de esa voluntad, la visita a Andalucía de Saddam Hussein, vicepresidente del Consejo del Mando Revolucionario de la República de Irak– para obtener alguna que otra prebenda, como la que le llega de este país, que envía 35.000 toneladas de petróleo. Unas relaciones que favorecerán los intereses de la Costa del Sol, en la que los jeques árabes han puesto ya en Marbella la niña de sus ojos.

Un canónigo en comisaría. La recién creada Universidad será uno de los pilares en los que empieza a respirarse la libertad al margen del Movimiento Nacional. En 1973, se había aprobado la ampliación de la Universidad con la puesta en marcha de la Facultad de Filosofía y Letras. Precisamente, el presidente de la gestora universitaria, Antonio Gallego Morell, gana este año el Premio Nacional de Literatura. Poca literatura hay en la demolición del Málaga Cinema en la plaza de Uncibay. Los horrores y errores urbanísticos toman el centro de la ciudad para construir oficinas. En Madrid ETA-Militar coloca una bomba en la calle Correos, junto a la Dirección General de Seguridad del Estado: mueren once personas. A los pocos días, José María González Ruiz condena en una homilía en la catedral la violencia contra la autoridad y “desde la autoridad”. Canónigo lectoral, comprometido con los postulados de la Iglesia progresista y enfrentada al régimen, José María, como su hermano Manuel –ambos sacerdotes sevillanos, sobrinos de Manuel González, obispo de Palencia y fundador de las Nazarenas, beatificado por el Papa en 2001– destaca ya como un teólogo relevante no sólo para la Iglesia andaluza sino como uno de los hombres que ilustra con sus interpretaciones el Concilio Vaticano II. En el canónigo se ceban los gobernantes locales, siguiendo el modelo de represión que el Gobierno Arias había empleado para dar un escarmiento a monseñor García Añoveros.

González Ruiz es detenido, humillado al ser llevado a Comisaría y multado con 100.000 pesetas de sanción gubernativa. Cuando meses después, y tras cumplir su arresto domiciliario, Añoveros viaje a Málaga en misión pastoral expresará su solidaridad al canónigo represaliado. Ya son dos pesos pesados del clero español los que aparecen ante la opinión pública como símbolos de un modelo de Iglesia, abiertamente opuesto a la Iglesia oficial que no duda en desplegar sus palios para pasear al Caudillo, como el salvador de la patria católica. José María es irreductible, siguiendo las palabras de su admirado San Pablo: “Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente”.
Hombre de fe y de palabra rebelde, el canónigo adquiere cada vez más ascendencia sobre el clero malagueño, de manera más directa en la zona de Antequera, de la que es vicario episcopal. Para estos jóvenes sacerdotes, el comportamiento de José María, según su obispo Ramón Buixarrais, “fue como una respuesta a la gente muy inquieta y avanzada, que iba a sus misas para escuchar sus homilías, leía sus artículos, iba a su casa o le invitaba a sus reuniones. Un sector de la Iglesia malagueña, muy avanzado, se sentía apoyado, orientado y animado por él”.

Pionero de la teología de la liberación y del abrazo entre cristianos y marxistas, González Ruiz es uno de los teólogos más influyentes del Concilio Vaticano II. Al hacer balance de su muerte en enero de 2005, Juan González Bedoya recuerda que algunos de los prelados que asisten a esa cita histórica de la Iglesia cuentan con el canónigo andaluz “para comentar e interpretar los documentos, y se reunían en el convento de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia en el barrio de Carabanchel, mientras los obispos conservadores tuvieron una entrevista con Franco para convertirse en un flanco conservador a las tesis reformadoras.” (El País, 29 de enero de 2005). También, en ese momento de recapitulación y valoración de su figura, el teólogo Juan José Tamayo escribe el mismo día en el citado periódico: “González Ruiz ha sido testigo activo de un azaroso periodo de la historia de la Iglesia y de la sociedad española, que comprende la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la Guerra (incivil). La dictadura de Franco, la democracia, el Vaticano II y la involución posterior. En cada uno de ellos vivió su compromiso ético como ciudadano, intelectual y cristiano, en defensa de la libertad. Durante el franquismo denunció el nacional catolicismo y el atropello sistemático de los derechos humanos y apoyó, de pensamiento, palabra y obra, a las organizaciones políticas, sociales y sindicales clandestinas. Durante la democracia criticó las pretensiones neoconfesionales de los sectores cristianos conservadores e integristas, y defendió la secularización  de la sociedad así como la laicidad del Estado y sus instituciones”.

Aunque no es un hombre proclive a recibir homenajes –“fue un anarquista cristiano, quizás a veces demasiado ácrata, y otras, demasiado optimista. Un hombre sumamente dialogante, más que polémico. Y con mejor genio que su incomparable maestro San Pablo”, en palabras de José Manuel Vidal en El Mundo–, que sufre en sus carnes la represión y el odio de los gobernantes, incluidos los de su Iglesia, el canónigo rebelde se sentirá, más que por la entrega de la Medalla de Andalucía en sí, por el argumento que la Junta de Andalucía empleará para justificar sus méritos: “Es indiscutiblemente una de las figuras más decisivas del catolicismo español. Tanto en democracia como en etapas de carencia de libertades fue un referente en la defensa de la paz, la libertad y la justicia social”.

Vasos comunicantes.
Lo que se entiende por diálogo entre cristianos y marxistas –en el plano político se hablaba desde hacía años del compromiso histórico entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano, que acabó con el asesinato de Aldo Moro porque interpretaron que el líder cristiano había llevado demasiado lejos esos postulados– en esta Iglesia de Buixarrais, Comín y González Ruiz no es un brindis al sol, sino una práctica en la que ya aparecen implicados algunos sacerdotes, relacionados con sectores obreros, sociales y políticos. El gobernador pretende cortar de raíz esas “actividades subversivas” con medidas drásticas, que entre 1973 y 1975, según datos de Concepción Fernández Llaquet (‘La Iglesia en Málaga durante la Transición’, en Tiempo de cambio), afectan a Antonio Romero, sacerdote de Humilladero, al consiliario de la HOAC José Sánchez, detenido por pronunciar una homilía con motivo de la muerte de Carrero Blanco, al párroco de Casabermeja Andrés Alfambra Torcello, multado con 500.000 pesetas por difundir un escrito sobre las condenas de las últimas penas de muerte de Franco (27 de septiembre de 1975).

Por estas fechas, José Juárez es el presidente de la HOAC de Andalucía y en Málaga Antonio Burgos Guerrero es el máximo representante. Pasados los años, Burgos hará balance del significado de las aportaciones de la Iglesia a la formación de nuevos políticos y sindicalistas para la nueva etapa: “Una de las aportaciones más importantes que hizo la Iglesia de Málaga, entendida ésta como una globalidad, es decir, en su conjunto de obispos, sacerdotes y seglares, fue la formación de militantes antes y durante la Transición, dentro de la Iglesia y especialmente en los movimientos apostólicos. Unos siguieron en el seno de la Iglesia y otros muchos militantes abandonaron abriendo un coste muy grande para la Iglesia; pero en ambos casos contribuyeron a la construcción de la democracia (…) Podemos poner muchísimos ejemplos, como Paco Bustos, José Escalona, José Ignacio, y un largo etcétera”. La Iglesia aporta locales para reunirse, talleres para imprimir octavillas… Y añade Burgos: “Yo recuerdo, en la plaza de San Ignacio con el párroco Antonio Alarcón, con mis guantes de goma puestos, toda la noche haciendo octavillas para difundirlas al otro día. Otra experiencia la tuve en las parroquias de Coín, cuando estaban Barroso y Sebastián Díaz Sánchez. Allí se hacían y se publicaban todos los documentos que al otro día salían de Málaga, al precio de seis y siete duros durante varios años”.

Anselmo Ruiz dice también que “la Iglesia colaboró en formar gente, esa generación de jóvenes que son los que hoy veo en los sindicatos y en muchos sitios” y recuerda su propia experiencia, con 14 años, con los grupos que se forman con los jesuitas o con los hermanos de Foucalt, que actúan en el Nuevo San Andrés. Todas estas actividades se hacen siguiendo un modelo de vasos comunicantes entres cristianos y marxistas, y entre grupos que se mueven entre Granada y Málaga, por citar dos ciudades en las que no sólo hay una estrecha comunicación de vivencias y de trasvases humanos; también los gobiernos civiles de ambas provincias se intercambian información y a la hora de multar se fijan parámetros similares, aunque en la vecina Granada el escándalo por las víctimas de 1970, con el resultado de tres albañiles muertos, y las redadas que se saldan con detenciones y multas millonarias, rompen todos los parámetros represivos.

Caballito de mar, escorpión de tierra.
El creativo del logo que representa a un caballito de mar, saltando por los rascacielos de la Costa del Sol, como símbolo de Sofico, una gran sociedad inmobiliaria, no tenía en sus planes que un día no tan lejano su invento se le tornaría en un escorpión de tierra, símbolo de la corrupción amasada en las entrañas del régimen. Cuando se descubre el pastel es presidente de la sociedad Eugenio Peydró Salmerón y entre los implicados aparece el general Cabanillas. El desastre corre como la pólvora por los medios de comunicación, que no pueden ocultar el escándalo. La Sociedad Financiera Internacional de Construcciones presenta suspensión de pagos. Sofico Inversiones, Sofico Vacaciones y Sofico Servicios Turísticos van cayendo una a una. Las empresas implicadas habían logrado traer, principalmente a la Costa del sol, a pequeños inversores gracias a un descomunal despliegue publicitario. El gancho para los inversiones era comprar apartamentos, disfrutarlos durante un determinado tiempo del año, y el resto dejar a la empresa para su alquiler a cambio de alta rentabilidad. Ante la imposibilidad de rentabilizar el negocio, Sofico se derrumba, cayendo en un agujero negro de 2.783 millones de pesetas. Quedan en la estacada 7.500 inversores (pequeños ahorradores) y acreedores e igualmente se ven afectados directamente 1.500 empleados en Málaga. Éste es uno de los grandes escándalos económicos del franquismo, precedido de uno aún mayor, por su calado político: Matesa. Esta sociedad se dedicaba a la evasión de divisas a partir de una empresa de telares. El caso se descubre en una lucha fratricida entre facciones del Gobierno. Ante la influencia que el Opus Dei y sus tecnócratas adquieren en el entorno de Franco, los sectores más tradicionalistas y azules hacen estallar la bomba financiera: el dictador se ve obligado a cambiar a doce ministros. (Tanto el juicio sobre Matesa como el de Sofico se verán en los tribunales años después, ya en la etapa democrática. En el caso de Sofico se conoce la sentencia en 1987. En la misma toda la responsabilidad recae en Eugenio Peydró Salmerón y Enrique Salmerón Brillas; los políticos, militares y burócratas del régimen, que estaban en la cocina del escándalo, logran salir indemnes de la quema).
Sofico entra en la historia de la picaresca, el fraude y la corrupción política. Manuel Vázquez Montalbán le dedica esta pieza en su Crónica sentimental de la transición: “Un avispado ex catalanista, ex anarquista, ex falangista consiguió un consejo de administración por todo lo alto del estado mayor para explotar una sociedad destinada a la construcción de apartamentos alquilables. Eugenio Peydró Salmerón ofreció la inversión a miles de pequeños ahorradores que se fueron tras la estela del hipocampo de Sofico dando saltitos de alegría porque pocas casas alegran tanta el corazón como poner los ahorrillos a salvo del miedo de que se te mueran antes que tú. Para boquiabrir al inversionista, tras las espaldas del señor Peydró aparecía un presidente honorario apellidado nada más y nada menos que Nieto Antúnez, hermano del famoso almirante compañero de Franco en la pesca de tantos atunes y nonagenario que apenas se enteró del poco honor de la que presidía honorariamente. Y un teniente general del Estado Mayor retirado y un ex alto comisario español en Marruecos muerto en acto de servicio biológico, es decir, muerto de muerte natural, y un caballero de la Legión de Honor y un teniente coronel de intendencia y un vocal de la Federación Mundial de Agencias de Viaje y una secretaria general del Grupo Sindical Nacional de Agencias de Viaje y... y los famosos tres sultanes de Persia que aparecen siempre donde uno menos se lo espera, equis, i griega, zeta o Melchor, Gaspar y Baltasar. Las aparentemente sólidas construcciones de Sofico a la orilla de la Costa del Sol se quedaron a medio habitar, a medio construir, a medio pagar y en la miel quedaron prendidos miles de pequeños accionistas...”

Amparo Muñoz, Miss Universo.
Entre tantos sinsabores políticos y sociales, la malagueña Amparo Muñoz da la nota de color al culminar su periplo de belleza con la coronación como Miss Universo, después de haber ceñido las coronas de Miss Málaga y Miss España. El ayuntamiento de su ciudad le entrega, como recuerdo de sus paisanos, la reproducción de la estatua del cenachero para que la acompañe en la nueva carrera de actriz, que en adelante habría de emprender con desigual fortuna. Aparte de observar en las revistas y en los periódicos locales las portadas con las imágenes impresionantes de la guapa más guapa del mundo, los malagueños miran también al universo celestial para ver los ovnis (objetos voladores no identificados) que, según una fotografía de primera página del diario Sur, aparecen varios y en formación. Los ovnis empiezan a cruzar los cielos de la ciudad como por su casa y hasta se organizan unas jornadas científicas en las que interviene Jiménez del Oso, entonces tan en boga, y otros ufólogos, que se disponen a mantener aquel extraño fenómeno con la misma solvencia científica que los parasicólogos que determinaron como fenómeno paranormal aquellas caras de Bélmez de la Moraleda (Jaén), que aparecieron en la casa de María, a la que un par de avispados pusieron a vender fotos, iniciándose así un negocio de peregrinación, que duraría más de 30 años al determinase, ahora sí por científicos, que aquello era un camelo. Y ya en serio, lo que sí se ven por los cielos son los aviones de la primera línea Málaga-Nueva York de la compañía TWA. Y para pinturas ingenuas y auténticas, las de la entrañable Mari Pepa Estrada con su exposición naïf en la Galería Picasso.

Corren las aguas turbulentas por los círculos cofrades. Para escándalo de muchos malagueños, la Congregación de Mena decide procesionar al Cristo sin trono, llevado por legionarios, mientras que la Virgen de la Soledad lo hace en unas sencillas andas, a hombros de jóvenes cofrades, dando así un giro más evangélico, sin necesidad de establecer esa diferencia entre los costaleros de pago que van debajo y los señoritos cofrades que se lucen ante los tronos. El obispo Buxarrais apoya este gesto al ser decidido partidario de que las cofradías se desembaracen de todo su “barroquismo”, es decir, de todo lujo. Sin embargo, José Atencia García, presidente de la Agrupación de Cofradías, se queja de no haber sido informado. Y es que todos los cambios radicales se hacen, como norma, al margen del poder y, en este caso, del poder cofradiero.

En la vida cotidiana, el bolsillo de los malagueños se resiente por la acuciante crisis del petróleo y su repercusión en el precio de la gasolina. Un periódico ya vale siete pesetas, los domingos sube a ocho y ese precio coincide con el del café en el Cosmopolita, donde no pasa inadvertida la visita a la Costa de Carlos Arias Navarro, con el ministro de Asuntos Exteriores Pedro Cortina Mauri. Arias elige para tranquilizar sus sueños el Hotel Golf Marbella, que le garantiza un cierto alejamiento de las poblaciones de influencia Málaga o Fuengirola de sus nada fraternales colegas Girón de Velasco y Utrera Molina.

Mirando a Portugal. El 25 de abril un hecho histórico convulsiona al país fronterizo y de rechazo a su vecino peninsular. Los militares dan un golpe de Estado en Portugal, que será conocido como la Revolución de los Claveles. Los tambores lejanos se convierten en temblores cercanos. Cuanto ocurre en Portugal, el cómo y el porqué se acaba con una dictadura militar pone en remojo las barbas de los militares y políticos de España. Los temblores de Franco se aceleran. El espíritu del 12 de febrero se evapora, aunque más de un incauto falangista, de los que se consideran socialmente más avanzados, como Manuel Cantarero del Castillo, fundador de Reforma Social Española, o algún demócrata cristiano, entre dos aguas de la dictadura y la apertura hacia un nuevo sistema, caigan en esa ficción, por más que el régimen siga dando señales de dureza y no le tiemble la mano al dictador al firmar la ejecución el 2 de marzo del revolucionario Salvador Puig Antich en Barcelona. No será la última pena de muerte.

Sin embargo, España sí es la última dictadura que queda en Europa. El Consejo de Europa condena la última ejecución a muerte y el arresto domiciliario sufrido antes por monseñor Añoveros. Los falangistas más duros tratan de tapar cualquier signo de debilidad, como puede ser para ellos el Espíritu del 12 de Febrero o los reflejos del ruido de los tambores de Portugal, con el llamado golpe de efecto o gironazo del León de Fuengirola, que ruge en la selva: “Volveremos a tirarnos al monte si es necesario”. Ni que volviera el maquis por la Serranía de Ronda. Así está el personal de nervioso y fanfarrón. España no está para más bravatas, aunque ese estilo chulesco de la pintada y la amenaza no conoce límites entre los más revolucionados o asilvestrados del régimen. En el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York, el Guernica de Picasso sufre las consecuencias de una de esas locuras fascistas. La emblemática obra aparece manchada de rojo, con la pintada: “Muerte a todos los embusteros”. La oposición no piensa en otra cosa que no sea el cambio radical del régimen, con dos palabras que se repetirán una y otra vez: amnistía y libertad.

La flebitis alcanza al régimen. Por más que brame Girón de Velasco en su atalaya marinera, Franco no está para tirarse al monte. La flebitis que padece el general hace sonar todas las alarmas, aún más cuando en este mes de julio es hospitalizado. Aunque sean pocos días los que el enfermo pasa ingresado, el príncipe Juan Carlos asume provisionalmente la Jefatura del Estado. Una cadena de circunstancias que hacen pensar que la flebitis de Franco se ha contagiado al franquismo, es decir, a todo su cuerpo político en estado de hemorragia interna. Sin embargo, la oposición no las tiene todas consigo. Porque lo que ocurre es, de momento, sólo un síntoma de lo que puede ser el final más esperado.

El 29 de julio se constituye en París la Junta Democrática, en la que Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista de España, aparece como el firmante más destacado (los socialistas formarán después la Plataforma Democrática), junto a otros notables independientes –el abogado Antonio García Trevijano, el numerario del Opus Dei Rafael Calvo Serer...–, y una serie de formaciones minoritarias entre las que destaca la Alianza Socialista de Andalucía (ASA) con Alejandro Rojas Marcos, Luis Uruñuela y Miguel Ángel Arredonda, que por esas fechas dan a conocer el Manifiesto Fundacional de la organización, que después se convertirá en Partido Socialista de Andalucía.

Los jóvenes políticos de ASA descubrirán en su camino la figura de Blas Infante. Es el pensamiento del notario de Casares, fusilado en 1936 en Sevilla, el que permite a los nuevos andalucistas forjarse un camino que tendrá entre sus mayores éxitos rescatar del olvido El Ideal Andaluz, la bandera verdiblanca, el himno y el escudo, como señas de identidad. Se empieza a hablar de autonomía. En este trabajo de concienciación de la realidad andaluza desarrolla un papel destacado desde Málaga el profesor Juan Antonio Lacomba –como lo hace José Aumente desde Córdoba–, con series de artículos, como los que había publicado en marzo de este año sobre la ‘Imagen de España desde Andalucía’ en el diario Sol de España: “... Y España se presenta entonces como el mercado de trabajo para el andaluz; y Andalucía, desde España, se ve como la gran reserva de mano de obra. De esta manera, Andalucía vuelve a ser –como ya fue– un ‘mundo colonial’ para goce de foráneos y pesadumbre de propios. Luego, a partir de los años sesenta, más allá de España, en tierras frías, de grises cielos y húmedos días, tan lejos de su paisaje, van a recalar más andaluces, con sus recuerdos a cuestas, y sus sempiternas nostalgias. Van, otra vez, a ayudar al desarrollo extraño, ya que no pueden poner en marcha el suyo propio. Es triste dejarse los sudores y la vida en esos mundos tan alejados, tan extraños, tan indiferentes. En el fondo, se trata de un cambio en la explotación y en los explotadores. De nuevo los andaluces colaboran en el enriquecimiento ajeno, resignadamente, duramente”.
 
Obreros y estudiantes.
Con artículos como el del profesor Lacomba y otros que intelectuales, profesores de la Universidad, profesionales, políticos y sindicatos se atreven a publicar, cuando se les permite acceder a alguna tribuna de prensa o se resignan y arriesgan a hacerlo en publicaciones clandestinas, se hace camino al andar, se suman esfuerzos. Sin perder nunca de vista el papel que desempeñan estudiantes y obreros, que serán los que irán más tarde cediendo protagonismo a políticos más organizados o apegados al nuevo poder. Hilario López Luna, de UGT, recuerda ese papel de los trabajadores en la lucha antifranquista: “El protagonista sobre todo en la primera época fue el movimiento obrero. Su aportación durante el ‘Gobierno Arias’ fue trascendental. Si no hubiera sido por el movimiento obrero las cosas no hubieran transcurrido como sucedieron (…) El movimiento obrero se movilizó en primer lugar para conseguir mejoras económicas y sociales para los trabajadores, como era su obligación, pero el movimiento obrero en aquella época tenía una impronta política. Al margen de las reivindicaciones laborales en una época de enorme paro como el que había en Málaga, de la cantidad de expedientes de regulación de empleo, de hacer frente a una inflación galopante, el movimiento obrero nunca dejó de lado los problemas políticos, porque era consciente, sobre todo el encuadrado en centrales sindicales organizadas, de la necesidad de no separar nunca las reivindicaciones inmediatas de las de tipo político. Lo que el movimiento obrero quería en aquel momento era que la libertad volviera a España, es decir, que hubiera libertades políticas y sindicales. Ése fue un objetivo en el que no cejó nunca y, a mi juicio, fue lo que dio lugar a que el continuismo del Gobierno Arias no cumpliera sus objetivos”. (De Tiempo de cambio).

También José Antonio Ruiz Muñoz, de CC OO, se refiere a esos esfuerzos que van más allá de las simples reivindicaciones salariales, asumiendo riesgos personales como los de ser condenados a varios años de cárcel, sufrir redadas que mermaban considerablemente la capacidad operativa de esta organización. José A. Ruiz tiene la responsabilidad de reorganizar, después de varios años de persecuciones policiales, el sindicato afín al PCE: “En septiembre de 1974 se lanza una proclama en la que aparece una declaración de intenciones del futuro gobierno. Los partidos políticos se van situando y los trabajadores estamos expectantes, pues desde las fuerzas adictas al régimen querían hacer una reforma acomodada a sus intereses y sospechábamos que en esa reforma no se iba a promover una nueva ley sindical, ni recoger el derecho de huelga. Entonces forzamos la lucha para que se produjera la ruptura. Yo tengo que decir que además de ser los más interesados en el cambio, los trabajadores somos los que más hemos aportado, los que hemos sacrificado más militantes y quizás los que después, a la hora de la verdad, hemos sido más generosos con continuas cesiones”.

Los estudiantes presentan en este cuadro de oposición más frontal y arriesgada un balance elocuente, a la vista del dato que aporta Leopoldo del Prado: “En los últimos diez años de la época franquista, el 70% de la gente que está en las cárceles son estudiantes”. Una cifra incalculable de represaliados. Centenares de estudiantes, obreros, políticos, que pasan por estas fechas por las cárceles del franquismo, de las que en Málaga el ugetista Juan Alguera tendrá “el honor de ser el último preso político de Málaga, junto con otros dos socialistas…”

A la izquierda del padre. La militancia puede ser una cuestión de herencia ideológica, de izquierdas o de derechas, o en la mayoría de los casos una reacción de rebeldía contra el franquismo que se canaliza por los más diversos cauces. Felipe Pajares cuenta cómo deshojó la margarita entre el PCE y lo que le llevó al PTE: “Uno llegaba a estar en un partido o en otro porque sus amigos estaban allí. Y esa era la base ideológica fundamental. Y me acuerdo que a mí me llamó Alfredo Viñas para ir a una panfletada y para empezar a meterme en el PCE. Pero se le adelantó otro amigo mío, más amigo todavía, que era del bachillerato y pertenecía al PTE. Entonces me dijo, ‘no vayas que son unos revisionistas’, y no fui y me fui con los otros que eran los verdaderos marxistas leninistas”. Y como esta anécdota se pueden mencionar otras muchas sobre las formas de llegar a esos partidos a la izquierda del padre, que siempre fue el PCE para estas nuevas criaturas políticas, como el PTE –con sus líderes andaluces, como Eladio García Castro, Isidoro Moreno, Pina López Gay, Antonio Zoido... Con toda su parafernalia de la Joven Guardia Roja, las mujeres de la Asociación Mariana Pineda, la organización sindical CSUT, de donde saldrá en parte el Sindicato de Obreros del Campo–, y otras formaciones del estilo de la ORT, OIC, Bandera Roja o MCA... Todos ellos, estudiantes y jóvenes profesores en su mayoría, con algún que otro obrero que traspasa las fronteras de los grandes partidos de la izquierda, que se mueven por ambientes clandestinos, de aulas, pintadas, panfletos vietnamitas y nocturnidades, rebeldes con causas y arrepentidos hijos de papá, seminaristas expertos en marxismo, obreros y estudiantes revueltos en la misma causa, parejas de hecho y de derecho, civiles y canónicas, amores de clandestinidad. Colectivos a los que hay que sumar el de las mujeres que son avanzadilla, luchadoras de temple y genio.

Y entre los sindicatos, reaparecen los anarquistas de la CNT, organización que había quedado prácticamente aniquilada desde la Guerra Civil y espera esta ocasión para hacerse notar, siguiendo el espíritu ético y sobrio, aunque contundente, en sus actuaciones.

La huella de Fernando de los Ríos. El otro discreto encanto, además del de la burguesía industrial y sus destellos culturales, llega de Ronda, desde donde don Francisco Giner de los Ríos ha iniciado la saga de pensadores de la Institución Libre de Enseñanza, donde se ilustra Fernando de los Ríos, don Fernando, cuando ya es notable profesor de Derecho en Granada y un socialista aclamado por los obreros granadinos. Ministro de Instrucción Pública, don Fernando, que tendrá que salir hacia el exilio, donde vivirá la tragedia del desgarro junto a la familia García Lorca en Nueva York, se convierte en la referencia más simbólica de los socialistas andaluces. El testigo, que transmite la huella de su discreto encanto, será recogido al cabo de los años por otro andaluz, el sevillano Felipe González, que tiene ya en este año, desde el 29 de octubre de 1974, en Suresnes (Francia), la misión de dirigir el PSOE tras ser elegido secretario general, desplazando de la cúpula socialista al histórico Rodolfo Llopis. Comienza la andadura formal de Felipe González, acompañado en su aventura francesa por Luis Yáñez y Alfonso Guerra, al que se unirá más tarde en Málaga (en 1975) el profesor y poeta Rafael Ballesteros, que también había estado en Suresnes, procedente de Cataluña, donde se encontraba de profesor en el Instituto Eugenio D’Ors de Badalona.

Felipe González se pasea por Europa, recibido por los pesos pesados del socialismo europeo (François Miterrand, Mario Soares, Willy Brandt). El joven abogado, hijo de un vaquero de Bellavista (Dos Hermanas, Sevilla), entra en política por la vía de los sectores cristianos y, aunque su andadura en la clandestinidad se remonta al final de la década de los sesenta, su nombre es apenas conocido. “… Fueron unos perfectos desconocidos para la mayoría de los círculos antifranquistas más o menos organizados contra el régimen. Quince años después, hacia 1988, el que fuera gobernador civil franquista en Sevilla, José Utrera Molina, afirmó en una entrevista periodística: ´En Sevilla, jamás oí hablar de Felipe González ni de Alfonso Guerra`. Sin embargo, los miembros del grupo venían desarrollando una intensa actividad política clandestina desde finales de los años sesenta. Fue a partir de la elección de Felipe González en Suresnes, cuando alcanzaron la notoriedad pública” (Juan Teba, Crónica de un sueño, Sevilla). Y es que al hijo del vaquero, abogado laboralista, que comparte despacho en Sevilla con Rafael Escuredo, Ana María Ruiz Tagle y algo más tarde también con Manuel Chaves, se le conoce por un nombre de guerra, desvelado ya a la opinión pública en una entrevista publicada en El Correo de Andalucía el 13 de diciembre de 1974 y realizada por el periodista Juan Holgado Mejías: Felipe es el clandestino Isidoro. Aunque entrevistador y entrevistado tienen que soportar los rigores de una noche en las dependencias policiales de la Gavidia, la puesta en escena de Felipe González, consagrado líder de la oposición, es espectacular y ya imparable hasta que la fuerza de la voluntad popular en las urnas lo aúpen al poder 12 años más tarde.

En paralelo a la actividad política, no cesa el ritmo de los trabajadores, que se hacen notar en las grandes empresas. Aunque Intelhorce presume de conquistar el mercado nacional de productos acabados de lencería y confección y de haber pasado en poco tiempo de 2.600 a 3.100 puestos de trabajo, no cesan los conflictos y las huelgas. Inocencio Fernández recuerda: “En relación con los salarios de aquella época, mi contrato de trabajo en Siemens, en el año 1974 –empresa en la que duré seis meses pues me echaron a mí y a una serie de compañeros por promover una colecta para ayudar a los trabajadores de Intelhorce que estaban en huelga–, estipulaba un salario base de 194,5 pesetas, más 25,5 pesetas de plus de convenio. En relación con la diferencia salaria entre unas empresas y otras, en noviembre de 1974 me contratan en la Cros, última empresa donde trabajé, con un salario base de 275 pesetas pero sin plus de convenio. Había un complemento personal de calidad –muy americano eso–, que ascendía a 165 pesetas día. Los trabajadores de la Cross éramos un poco la aristocracia obrera. Se decía: ‘aquellas gentes ganan dinero’”. (De Tiempo de cambio).

Los personajes del régimen, por otra parte, llevan su ritmo. A Víctor Arroyo, gobernador civil desde 1970 a 1973, la Diputación lo nombra hijo predilecto de la provincia. Y aparece un nombre en la cancha política:  toma posesión de su cargo como subjefe provincial del Movimiento Francisco Cabeza López, cuyo nombre y su alias de Pancho darán, desgraciadamente, mucho que hablar.

Nunca más vio su mar.
Conservo como un recuerdo íntimo a Isabel García Lorca, en sus últimos años, bajando por la calle Carabeo de Nerja. Pasaba primero por el número 14, la casa de su hermano Francisco y Laura de los Ríos, luego se detenía en el número 22, sacaba la llave y abría la puerta verde de una pequeña casa con vistas al mar cerca del Balcón de Europa. Era la imagen de la tristeza que se perdía en mil nostalgias y recuerdos hasta donde el mar azul le aguantaba su mirada. Como la familia de don Francisco Giner de los Ríos, para los García Lorca, Nerja, como Málaga, son dos ciudades unidas a sus vidas antes y después de la gran tragedia familiar de Federico. De Granada, la familia se desplazaba todos los veranos, después de pasar unos días en Lanjarón, a Málaga, donde don Federico alquilaba durante un par de semanas tres habitaciones en el hotel Hernán Cortés (después se llamó Caleta Palace) en el Limonar. Isabel, la más pequeña, ve por primera vez el mar desde ese tren que la traslada a su universo marino. Recuerda a los amigos de sus hermanos –Emilio Prados, en su tienda de muebles con su hermana Inés, Manolo Altolaguirre, José María Hinojosa...– y la visita de la madre de Altolaguirre, a la que doña Vicenta le paró los pies porque la buena señora quería que Federico dejara tranquilo a su hijo “pues desde que habíamos llegado a Málaga estaba como trastornado en sus costumbres, y vivía totalmente arrastrado por Federico”. Doña Vicenta, herida en su dignidad, tuvo que decirle “que estaba segura de que Federico no le decía a Manolito lo que tenía o no tenía que hacer, que del comportamiento de Manolo sólo él era responsable y no había por qué culpar a terceros y menos a uno solo”. Isabel –en su libro de memorias Recuerdos míos– recuerda un presentimiento de su madre ligado al mar de Málaga: “Mi madre me contó que ella asociaba aquellos veranos malagueños con una pesadilla que se había repetido muchas veces a lo largo de su vida: Federico y yo nos metíamos en el agua y ella vigilaba nuestro baño desde la orilla. Pero sólo salí yo. ¡Cómo me impresionó que esta premonición de la muerte de Federico hubiera sido un sueño constante de mi madre! Entonces, Dios mío, ¿es verdad que el hombre está hecho de los tejidos de los sueños? Yo creo que sí: «To die, to skep. To skep perchance lo dream». Y lo pongo en inglés porque ese perchance no sé cómo traducirlo”.

Después del exilio, cuando siente en su corazón el retorno imposible de tantos transterrados, aquel tren que le llevó al mar de la infancia se había convertido en aquellos otros trenes tristes de los versos de Concha Méndez: “¡Oh, trenes de la noche/ que vais huyendo!/ –Mi corazón de sombra/ os va siguiendo–”. Todavía tiene la familia García Lorca, ya de vuelta a España –doña Vicenta con sus hijos; el padre, don Federico y don Fernando de los Ríos, habían quedado en un cementerio de Nueva York–, que soportar la idea de Franco de exhumar el cadáver de Federico, enterrado en un punto cercano a la fuente de Ainadamar, entre Víznar y Alfacar, para devolvérselo a la familia y enterrarlo en Nerja. Franco quiere lavar ese crimen que le remordería la conciencia hasta su muerte. La familia contesta al emisario del dictador con un rotundo no. Federico está donde está. Y punto. Marguerite Yourcenar, después de visitar aquellos parajes de la muerte, le escribe a Isabel García Lorca: “... Yo me volví para contemplar aquella montaña desnuda, aquel suelo árido, aquellos pinos jóvenes creciendo vigorosos en la soledad, aquellos grandes plegamientos perpendiculares del barranco por donde debieron de discurrir antaño los torrentes de la prehistoria, Sierra Nevada perfilándose majestuosa en el horizonte; y me dije a mí misma que un lugar como aquél hace vergonzante toda la pacotilla de mármol y de granito  que puebla nuestros cementerios, y que cabe envidiar a su hermano por haber comenzado su muerte en aquel paisaje de eternidad”.

La última vez que vi a Isabel, en su casa de Madrid, en una entrevista para recapitular recuerdos, me decía que, al volver del exilio, a “veranear nos íbamos a Galicia, bien lejos”. Su madre no estaba preparada para volver a sus mares del Sur. Aún así, sus hijos quisieron que doña Vicenta volviera e incluso pensaron en alquilar un hotel cerca de Málaga para regresar...

    –Al mar que ella conocía.
    –Su mar.
    –¿Y qué pasó?
    –Murió antes de verlo.

Nunca más doña Vicenta vio su mar de Málaga. Una historia más de éstas de la dictadura y la Transición que dejan  helado el corazón.
   
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