Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
19 de marzo de 2026
 

 
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  1975
  Juan José Téllez Rubio
  Franco ha muerto ¡Viva el Rey!
  Un francotirador mataba palomas desde la Plaza de la Catedral de Cádiz. Todo un símbolo del año que se avecinaba. Si la Navidad había terminado con tensiones en los astilleros, la normalidad en AESA sería plena para Reyes. Entre el 3 y el 4 de enero, se firmaban los acuerdos pertinentes para alcanzar un nuevo convenio colectivo.

Cádiz amanecía ese año, como buena parte del país, con las panaderías cerradas en domingo. La pertinaz sequía amenazaba al sector agropecuario y a la vid, los temporeros de las viñas eran otro erial que se tradujo en una manifestación frente al Ayuntamiento de Sanlúcar, a finales de mes. Y los estudiantes de Filosofía y Letras, Magisterio y Medicina no habían enterrado el hacha de guerra. De hecho, comenzaron el segundo trimestre con paros activos por diversos motivos, tanto académicos como políticos. Se seguía fraguando la necesidad de una Universidad propia, pero había ayuntamientos, como el de San Fernando, que luchaban contra el simple absentismo escolar, prometiendo sanciones por la no asistencia de niños a clase. Los abismos sociales del país seguían siendo insondables.

Días antes.
El Gobierno seguía erre que erre con su plan de asociacionismo que se le venía abajo a todas luces. El 15 de enero, se crea la comisión provincial de la Asociación Reforma Social Española, la más activa de dicho periodo en la demarcación gaditana. Sobre el papel, su programa se centraba “en contribuir a la unión de todos los españoles de buena fe, con una inquietud democrática y social, que aspiren a lograr una sociedad más justa a través de una exigente y ascendente reforma social”. Su líder, Manuel Cantarero del Castillo, visitaba la capital a comienzos de febrero y pronunciaba una conferencia en Chaminade, el colegio mayor de San Felipe Neri: “Los españoles estamos capacitados para vivir democráticamente”, proclamaba. Cantarero sabía que el marco del asociacionismo político era demasiado estrecho para lo que la sociedad española reclamaba, pero se plegaba a él: “Yo llamaría a las asociaciones partidos políticos constitucionales”, sugería como a media voz.

Entre los promotores gaditanos de Reforma Social Española, figuraban muchos miembros del Frente de Juventudes. Claro que, al mismo tiempo, los profesores de Educación Cívico-Social y Política, que también formaban parte de esa organización, trataron la problemática en la exposición del contenido de las leyes fundamentales al alumnado. Tal vez, a sabiendas de que en los institutos y colegios del país ya empezaban a abundar panfletos, bonos y pegatinas de la Unión de la Juventud Comunista de España, Juventudes Socialistas, Joven Guardia Roja, Federación Ibérica de Juventudes Libertarias y otras organizaciones que habrían de crear pronto el Frente Democrático de la Juventud o la Asociación Democrática Juvenil, entre otras plataformas que pretendían aunar fuerzas y, al mismo tiempo, captar simpatizantes que temieran afilarse a unas siglas concretas. Claro que entre los estudiantes gaditanos del momento tampoco faltaban suscriptores de la revista Fuerza Nueva.

En vísperas de la festividad de San Juan Bosco, un barco de Algeciras logró pescar un cerdo en mitad del Estrecho. Las crónicas cuentan que era de gran tamaño y llevaba nadando varios días. Pero por allí pasaba algo más que ganado porcino: el comercio clandestino de hachís –entonces se le llamaba, popularmente, grifa– experimentaba un cierto crecimiento y las autoridades decidieron reforzar las medidas de vigilancia en dicha aduana.
Ya se empezaba a fraguar el cierre al tránsito rodado de buena parte del casco viejo de Cádiz, pero de momento, a 5 de febrero se cerraba hasta el día 10 la Escuela Universitaria de Profesores de EGB “ante la situación de paro producido y las continuas alteraciones del orden académico...”.

“El anteproyecto de decreto que regula la plantilla de los Colegios Nacionales y el régimen de concursos, motivo del paro, quedó modificado sustancialmente y así lo supieron los alumnos”, informaba la prensa de la época, intentando poner paños calientes.
En la Escuela Oficial de Náutica, el 22 de febrero, se decidirá emprender un paro indefinido. Los alumnos protestan por el decreto sobre Titulaciones de la Marina Mercante y de Pesca, que les obliga realizar parte de las condiciones de embarque en buques nacionales. En abril, continuarán en paro y se ven obligados a publicar una carta en el Diario, en donde aclaran que no les guían motivos subversivos. A mediados de marzo, y a escala nacional, los estudiantes de Empresariales convierten en indefinido su paro activo, ante el silencio que la Administración brinda a sus reivindicaciones.

La cosa se estaba poniendo calentita. Ya lo estaba, por ejemplo, en los hornos de Acerinox, la factoría de acero inoxidable que radicaba en el Polígono de Palmones, en Los Barrios. Febrero había comenzado con una primera acción que habría de tener secuelas. Se trató, en principio, de una huelga de brazos caídos, motivada por reivindicaciones salariales. Pero fue a más, sobre todo a partir de que el día 10 la dirección dictase sanciones contra su personal.  En abril, el humo de la disconformidad se fumará entre los trabajadores de Tabacalera, ante la propuesta empresarial para el convenio colectivo, desfasada para el nivel de vida de la época, después de tres años sin modificarse un ápice.

14 de febrero, San Valentín
. Al día siguiente, en el Falla, los espectadores podían contemplar Hasta que el divorcio nos separe, de Marcello Fondato, “un film que –según su propaganda– echa por tierra los prejuicios sociales en materia de amor”. Entretanto, desde el Gobierno Civil y con la concurrencia de las asociaciones de amas de casa, se crea una comisión del Año Internacional de la Mujer. El 26 de abril, la Permanente Municipal de Cádiz estudia  la creación de una sección femenina de la Policía local, que se pone en marcha justo al mes siguiente.

“Andalucía es la región de Europa con más bajo nivel de vida en la actualidad”, denunciaba el sociólogo linense Salustiano del Campo, durante una conferencia impartida a comienzos de marzo en el Centro Cultural de la Caja de Ahorros de Cádiz. Conservador ma non troppo, sus declaraciones de entonces no tenían desperdicio: “Andalucía es una acusación silenciosa de los defectos de la planificación”, aseguraba. También sospechaba que “las asociaciones políticas parece que no cambian las estructuras que precisa el país” y, en tal contexto, recurría a la parábola: “Para aprender a montar en bicicleta es necesario que el padre suelte el sillín”.

Stuart, el Hombre Pájaro, vuela sobre Vejer y empieza a fraguarse la primera organización ecologista de la provincia, la Asociación Gaditana de Defensa de la Naturalez (Agaden). Luis Polanco ofrece versiones en Olvera de temas de Joan Manuel Serrat y Patxi Andión, al que se le iba a ver el trasero en El Libro del Buen Amor, la película que se estrenaría poco después en el Falla. Antonio López Canales inaugura un mural en Algeciras y, a comienzos de abril, se abre el Museo Cruz Herrera de La Línea. Chema Cobo, pintor expresionista tarifeño y uno de los referentes de la movida plástica del final de esa década, expone en Madrid. La Hermandad Mater Amabilis programa versos de Miguel Hernández, en la voz de Amparo Gordillo (Soledad Salinas).

“La profesión periodística exige libertad y objetividad, por lo cual es imprescindible un ordenamiento legal que garantice esos imperativos que reclama la sociedad, de la cual la información es su torrente sanguíneo”, clamaba Miguel Angel García Brera, entre periódicos arañados por las garras de la censura.
La lucha por la libertad de expresión se mascaba ya en varios ámbitos. El 18 de abril, el colegio mayor Chaminade recibe la visita del periodista Juan Luis Cebrián, futuro director de El País y subdirector, entonces, del diario Informaciones. Habló sobre Democracia y Prensa Libre.

Charlton Heston se alojaba en Isecotel, mientras barcos alemanes de la OTAN hacían parada y fonda en el puerto de Cádiz, pero Antonio León Manjón, procurador en Cortes, alertaba a mediados de marzo: “La base de Rota supone un indudable riesgo para la Bahía”. El Coloso en llamas, desde las pantallas del Teatro Andalucía, añadía calor a la temperatura política del país.
Los alumnos del Colegio Universitario de Filosofía y Letras deciden celebrar el 1 de mayo con una asamblea y el director, Luis Núñez Contreras, les echa llamando a la policía. Uno de ellos se llama Alfonso Perales, uno de los pilares del PSOE gaditano y el único que había viajado al congreso de Suresnes, celebrado el año anterior. A mediados de mes, tras la caída de sus compañeros del Campo de Gibraltar en manos de la policía, decide acudir en su ayuda hasta La Línea, pero es detenido nada más bajar del autobús de Comes que le lleva hasta allí. El día 12, varios estudiantes deciden encerrarse en la Caja de la Iglesia, en protesta por dicha detención y por el estado de excepción que se acababa de imponer en Vizcaya. Tras la mediación del obispo, quien les aseguró que podían abandonar la Casa sin ser molestados por la Policía, decidieron salir a las cuatro de la madrugada y varios de ellos resultaron detenidos. En principio, fueron 24, pero luego dejaron en libertad a 11. Así que, al día siguiente, hubo nuevos incidentes estudiantiles, suspendiéndose las clases en Medicina, donde los alumnos se reunieron en el patio de la Facultad: “O se van o la policía empezará a cargar", les amenazó uno de los vicerrectores de Sevilla, quien pretendía de forma tan insólita apagar el fuego de la protesta. Eran días de Fiestas Típicas y la presencia de agrupaciones carnavalescas alrededor de la Plaza del Falla, atraía a la muchedumbre. Así que los estudiantes aprovecharon tanto su cercanía como el bullicio para organizar una marcha improvisada por las calles colindantes, al tiempo que daban palmas, seguidos muy de cerca por los vehículos de la Policía Armada, que terminó protagonizando una carga para dispersar a los rebeldes.
“Antonio Gala y Paco de Lucía son los máximos exponentes del andalucismo”, opinaba Javier Loyola, director de la obra Anillos para una dama que, protagonizada por María Asquerino, se había estrenado en Cádiz a comienzos de ese mes.

Todo seguía aparentemente igual. La Diputación rinde homenaje a Pemán, con la presencia de Luis María Ansón y, en Algeciras, a 20 de mayo, comienza una semana dedicada a las Leyes Fundamentales, organizada por la Delegación Provincial de la Juventud, que pretendía venderlas ante la opinión pública española y mundial como una constitución democrática. Pero al día siguiente, en Cádiz, en la Peña El Mellizo se presentaba toda una constitución del nuevo flamenco, el libro Las mil y una historias de Pericón, obra de José Luis Ortiz Nuevo, en torno a la memoria coloquial del cantaor gaditano Juan Martínez Vilches. Aquel texto supuso también la recuperación de buena parte de las señas de identidad colectiva de una ciudad cuya idiosincrasia habían malbaratado como una casa en ruinas con muy buena fachada.

El miedo, la represión y la censura iban cediendo, aparentemente al impulso de los nuevos tiempos. En el Teatro Andalucía iba a proyectarse El Anticristo: “Gracias a las nuevas normas de censura cinematográfica, esta película se estrena al mismo tiempo que en todas las capitales europeas”, avisaba la prensa. Igual ocurriría meses más tarde con la segunda parte de El Padrino. Algo cambiaba para que nada cambiase y la libertad formal todavía quedase lejos.

Por primera vez, se celebraban elecciones sindicales, cuyos resultados iniciales se harían públicos el día 1 de julio, ratificando la participación del 88% de las plantillas. De 5.381 enlaces elegidos, 324 eran mujeres. Pero se aclara que la representación femenina subirá en cuanto se realicen las elecciones en Tabacalera (que estaba de vaciones) y Baltex (en expediente de crisis). Un poco antes, a 27 de junio y en la sede del Colegio de Arquitectos, que será uno de los escenarios alternativos al Cádiz oficial de aquel entonces, se procede a la presentación del libro Apostando a la Democracia, que recoge artículos aparecidos en la tercera página de El Correo de Andalucía, y que se debe a cinco jóvenes muy compenetrados con los problemas universitarios y sociales del país. Uno de ellos se llamaba José Rodríguez de la Borbolla, futuro presidente de la Junta de Andalucía.

Mientras el escritor José Luis Sampedro ejercía su otro oficio y hablaba en la Diputación sobre Perspectivas de la economía mundial, el río Guadalete agonizaba y se crea la primera Asociación Protectora de Animales y Plantas. Sin embargo, en determinados establecimientos públicos, como el bar Cánimo de la calle Arboleya gustaban otras hierbas que no eran las favoritas de la policía, que procedió al cierre del local.

Alcances, que traerá ese año a Cádiz un ciclo de cine social brasileño y la película El fantasma de la libertad, de Luis Buñuel, rinde memoria a Vittorio de Sica y a Fellini. La Feria del Libro honra a Fernán Caballero, mientras en Tarifa se localizan los restos arqueológicos que completarán el yacimiento de Baelo Claudia. Patxi Andión actúa en el cortijo Los Rosales, de Cádiz, el 6 de julio, un día antes de que 200 personas se manifiesten en Chipiona por la escasez de agua. Pablo Guerrero canta en Alcances y repite que tiene que llover, tiene que llover a cántaros. Según la crítica, Las hormigas de Jorge Díaz, que había sido estrenada en Cádiz, supone una metáfora de la represión ante la rebeldía.

Aquel verano, Caballero Bonald firma libros en Mignon, Antonio Luis Baena lee poemas en El Puerto y los poetas concretos Juan García Sánchez y Fernando Millán abren boca en Cádiz durante un recital titulado La escritura en libertad, en el que terminaron por tomar la palabra Jesús Fernández Palacios, José Ramón Ripoll, Antonio Hernández y Gabriel Celaya, quien se encontraba entre el público junto a su esposa, Amparo Gastón. Pero Ripoll, además de poeta, era músico y el 16 de julio estrenó en el Conservatorio, con el grupo de música gráfica y textual Glosa, su Ética formal para Madison Grand. De su piano, en alguna ocasión, salieron palomas para recordar a Julián Grimau. El arte de la época, sin ser descaradamente político, será casi siempre intencionado. En agosto, el pintor gaditano Lorenzo Cherbuy expondrá en Isecotel y arguye que sus cuadros hablan por sí solos. Uno de ellos representa a un enorme pie aplastando a un hombre minúsculo. Antonio Hernández hablaba de poesía en Arcos y Leopoldo de Luis lo hacía en Vejer, disertando en torno a la obra de Antonio Machado, cuyos versos serán recitados en Sanlúcar por Carmen Heymann y su marido, Servando Carballar, pocas semanas antes de declamar Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, en San Fernando.

A punto de la vendimia, el mes de agosto traería nuevas detenciones entre los jornaleros de Sanlúcar y Trebujena, que encontraban trabajo en la viticultura y que no tenían empacho en manifestarse en las plazas de sus pueblos o incluso cortar el tráfico en demanda de mejores condiciones laborales.

Entre Los Barrios y Algeciras, el plan de desarrollo industrial empieza a mostrar su rostro menos amable: el 6 de agosto se registra una enorme mortandad de peces en las márgenes del río Palmones. Pero cerca de allí, en Tarifa, era convocado el I Certamen de Música Folk del Estrecho, para los días 4, 5 y 6 de septiembre. Se tratará de uno de los acontecimientos culturales claves de la transición gaditana y que mantuvo su vigencia hasta finales de los años ochenta.

En esos días, un policía la emprende a bofetadas, sin ton ni son, con diversos transeúntes en Cádiz, mientras sube el peaje del Puente Carranza y el periodista isleño José Oneto –a la sazón, subdirector de Cambio 16, el célebre semanario de la transición que dirigiría luego– diserta, durante la Semana Cultural Lasaliana, sobre La prensa en España, hoy.  El día 13 de septiembre, la prensa de Cádiz confirma la detención de ocho presuntos miembros de la Joven Guardia Roja, la organización juvenil del PTE. Entre ellos, Paco Gómez Acosta, con tan sólo 16 años, y Francis Guzmán, de 17, estudiantes del instituto Columela. Se les acusa de propaganda subversiva, que iba en aumento en la capital y que crecería, por otra parte, en cuanto se conocieron las sentencias de muerte contra los cinco activistas de la ETA y el FRAP, ejecutadas el 27 de septiembre de ese año.  Mientras, José María Sánchez Casas, quien había sido director del grupo de teatro Quimera, ya fraguaba la creación del GRAPO, como brazo armado del Partido Comunista de España (Reconstituido). Y el moderado Serrats Urquiza presentaba en Cádiz otra asociación política, bajo el paraguas reformista de Arias Navarro. Se llamaba Anepa y pretendía crear una sección provincial en Cádiz para las elecciones que nunca llegaron a convocarse.

Jesucristo se vestía de payaso, con aire hippy, en la obra Godspell, que llegó al Teatro Falla a finales de septiembre, pero las últimas penas de muerte del franquismo iban a desatar una oleada de protestas, aunque la policía vigilara estrechamente a la oposición gaditana, en los días anteriores y posteriores al siniestro suceso. Ante las protestas internacionales, que habían llegado incluso desde el Vaticano, el Cádiz oficial se suma a la ola de manifestaciones de adhesión a Franco por la supuesta conjura en su contra. Al igual que ocurriese ese día, en la Plaza de Oriente y en numerosas localidades españolas, el alcalde Jerónimo Almagro Montes de Oca convoca una manifestación, el 1 de octubre, coincidiendo con el trigésimonoveno aniversario del nombramiento del general como Jefe de Estado. En Cádiz, la manifestación transcurrió en la Plaza de San Juan de Dios, a partir de las once y media de la mañana y concluyó con una marcha al Gobierno Civil, a fin de “manifestar nuestra repulsa por los crímenes cometidos a las fuerzas del orden, las ofensas extranjeras a España y decirle a nuestro jefe provincial y gobernador civil que haga llegar al Gobierno y al Caudillo de España que Cádiz, otra vez, está al lado de la verdad, de la justicia, de la unidad, de la grandeza y de la libertad de la Patria", según rezaba la proclama de la alcaldía, publicada por el Diario de Cádiz ese mismo día. La movilización fue promovida por el aparato del Movimiento, con el respaldo de un sector de la organización sindical y resultó multitudinaria. Paradójicamente, muchos de sus participantes y algunos de sus promotores abrigarían, más temprano que tarde, la causa democrática.

El día 9, Jerez congregaría a miles de asistentes en una manifestación que tenía como principal motivo el de rendir homenaje a las fuerzas de orden público. La provincia entera, en aquellos días, era un trasiego de telegramas de adhesión al régimen y de vietnamitas que imprimían octavillas en su contra, mientras la salud de Franco empeoraba por días, desde la flebitis a los partes del equipo médico habitual.

En pleno centenario de su nacimiento, la dirección general de Cultura Popular lleva el ciclo Antonio Machado y su teatro a siete localidades de la provincia, mientras el poeta recibe el homenaje jerezano de Pepe Marín, así como similares tributos en San Fernando, El Puerto, Puerto Real y Olvera. Cuando al profesor José Joya Ruiz le pregunten en Algeciras “a qué se debe esa especie de moda en que se ha convertido Antonio Machado, centenario aparte”, él responderá de inmediato: “Fundamentalmente a esa segunda orientación que tuvo en su madurez matizando su obra con cierta intención política”. La cultura nunca es inocente.  El grupo madrileño Ditirambo estrena Pasodoble, en Cádiz: la farsa de un matrimonio en la España del tardofranquismo.

Pero a Franco le quedaban dos días, como aquel que dice. En vísperas de su muerte, finalmente confirmada durante la madrugada del 20 de noviembre, tuvo lugar un acontecimiento de extraordinaria importancia internacional que habría de repercutir en la provincia de Cádiz. Se trata del freno al proceso de independencia del Sáhara Occidental, un territorio colonizado por España durante cien años pero que nunca había pertenecido a ninguna de las fórmulas soberanas previas a la independencia del reino de Marruecos en 1956. Sayed El Uali había fundado en 1973 el Frente Polisario, que se había presentado en sociedad con el ataque, en mayo de ese año, a un cuartel español.

Pero en octubre de 1975, se precipitaron los acontecimientos. El día 15, Franco sufría una primera crisis cardíaca y, al día siguiente, Hassan II destapaba el plan secreto que venía preparando desde mucho antes: “Se trataba de la Marcha Verde, el desplazamiento hacia el Sáhara Occidental de trescientos cincuenta mil civiles marroquíes armados tan sólo con su bandera nacional y el Corán. Iban a reclamar el territorio para Marruecos. Hassan II apostaba por que los soldados españoles no abrirían fuego”, refieren Javier Valenzuela y Alberto Masegosa, en su imprescindible obra La última frontera. Marruecos, el vecino inquietante.
Sólo les detuvo el temor a que España hubiera sembrado de minas la débil frontera con el Sáhara, a 13 kilómetros al sur del paralelo 17º 40’.

“El 6 de noviembre arrancó la Marcha Verde –relatan Valenzuela y Masegosa–. Franco agonizaba en Madrid y el príncipe Juan Carlos, quien cuatro días antes había visitado a las tropas españolas en el Sáhara, ejercía provisionalmente la Jefatura del Estado. Pero en realidad, en Madrid no mandaba nadie. La principal angustia de la cúpula franquista era garantizar la continuidad del régimen. Deseoso de desembarazarse del quebradero de cabeza del Sáhara, el Gobierno español firmó con Marruecos y Mauritania los Acuerdos Tripartitos de Madrid el 14 de noviembre. España traspasaba la administración de las dos terceras partes septentrionales de su colonia a Marruecos y el tercio meridional, a Mauritania. La soberanía del territorio seguía en suspenso hasta que la población saharaui ejerciera el derecho a la autodeterminación”.  Dicho derecho no han podido ejercerlo, al día de la fecha, tras una larga guerra y diversas resoluciones de Naciones Unidas. Pero durante aquel mes de noviembre del año 75, la opinión pública gaditana ignoraba todavía el alcance final de tales acontecimientos, la llegada a dicha provincia de numerosos españoles y saharauis residentes en la antigua colonia, que dejó de serlo de la noche a la mañana. Tampoco sabían que todo aquello habría de mover un vasto sentimiento de solidaridad hacia los saharauis finalmente exiliados en Tinduf o invadidos por la bandera, los colonos y el ejército marroquí.

Dos días antes de que expirase el que fuera el general más joven de España, el día 18, el BOE publicó una ley que facultaba al Ejecutivo para proceder a la descolonización de aquellos territorios. “Las primeras en ser evacuadas del Sáhara fueron las putas. ¿O decir prostitutas es lo políticamente correcto?”, pregunta con sorna el marinero gaditano Eulogio García Romero, quien tuvo que partir desde la base de Puntales rumbo a Canarias a bordo de una de las unidades del Mando Anfibio, en preparación de un hipotético operativo bélico: “Nos mandaron a Fuerteventura, unos días antes de la Marcha Verde, y ellas ya habían montado su tinglado allí”.

Como otros marinos de su quinta, el Lepanto andaluz del gaditano Eulogio García tuvo que ponerse en pie de guerra. Naves como el Velasco o el Aragón se dirigieron a las Canarias. En Fuerteventura, se acuartelaba ya una de las banderas de la Legión pero él evoca que “el clima en la isla no era muy pre bélico, nos dejaban salir mucho, pero tampoco había adónde ir”.

Aquélla, dicen, fue una guerra de nervios. Una guerra sin guerra. Antes, desde 1973, se habían sucedido las primeras acciones militares del Polisario contra los acuartelamientos españoles, como el ataque de El Uali al cuartel de El Janga. Sin embargo, algunos oficiales de nuestro país llegaron a entregar parte de sus armas a los rebeldes saharauis, en el momento de su inesperada retreta, para que hicieran frente a los invasores marroquíes.

Mohamed Salek vive actualmente en El Puerto de Santa María, pero en 1975 tenía 18 años y era responsable político del Frente Polisario.Ahora, acaba de terminar un libro que quiere publicar, sobre sus recuerdos de ese largo éxodo: “Escuchamos por la radio el inicio de La Marcha Verde. Teníamos mucha confianza en que España estaba con nosotros para defender la autodeterminación. La Marcha Verde, en realidad, fue un camuflaje a las acciones militares que Marruecos había venido emprendiendo desde el 31 de octubre.Desde entonces, estábamos en guerra”, declara.
La Asociación de Excombatientes de la Campaña de Ifni-Sáhara es la única organización específica que, en todo el país, agrupa a aquellos combatientes que vivieron largos días de tensión en los territorios que siguen queriendo para sí el Reino de Marruecos y la República Árabe Saharaui. Con sede en La Línea de la Concepción, la preside actualmente Antonio Santana, quien la promoviera a finales de los noventa: “Pienso que no hubo un trato en condiciones al saharaui, particularmente.En cierto sentido, hubo abandono”, opina a título personal, dado que él no participó en aquel pulso histórico con Marruecos, sino en el anterior, la guerra de Sidi-Ifni del año 57. Para los pobladores de aquel trozo de desierto rico en fosfatos y en bancos de pesca, en el 75, comenzaba una larga guerra con Marruecos.

Se movilizaron a las unidades que estaban más cerca, que provenían de regimientos de Sevilla, Cádiz y el Campo de Gibraltar: compañías mínimas que tuvieron que reorganizarse una vez llegadas a su destino y entre cuyas filas estaba Paco del Río. Nada fue lo mismo para él a partir de entonces. Quizá, por ello, escogió dos oficios arriesgados: el de hipnotizador y el de periodista.
También el gaditano Antonio Llaves, quien fue el último español en dejar el Sáhara, defiende aún la postura saharaui. “Desde que en noviembre se marcharon las tropas españolas y europeas, hasta que nos fuimos todos, pasaron tres meses. Yo era funcionario de Presidencia del Gobierno y arrié la última bandera española del Sáhara el 28 de febrero de 1976. Fuimos los últimos en salir. Quedábamos 16 españoles. La bandera la entregamos al gobernador general de Canarias”.

Cuarenta y ocho horas después de los acuerdos tripartitos, Rabat detuvo la Marcha Verde: “A los cuatro días murió Franco –refieren Valenzuela y Masegosa–. Obedeciendo una instrucción personal del Rey, Abdelatif Filali, embajador de Marruecos en Madrid, se apresuró a enviar una corona de flores a la capilla ardiente del general. Hassan II le había ordenado que la corona marroquí fuera la primera en llegar”.

El día que Cádiz enterró a Franco.
“Nuestra prensa ha hecho el papel de avanzadilla de las libertades de estos últimos tiempos”, proclamó Augusto Delkáder ante un público atento. Cuando el subdirector del Diario de Cádiz tomaba la palabra –un 18 de noviembre de 1975– en La Salle de Puerto Real, no imaginaba que 48 horas más tarde tendría que pasarse toda la noche entre la redacción y los talleres de la calle Ceballos sacando cinco ediciones especiales del periódico. Eso sí, buena parte de las reseñas hagiográficas estaban ya preparadas por si las moscas. Eran, recuerda Lalia González-Santiago, “largas galeradas de plomo que se conservaban en un rincón del taller desde la flebitis que el Jefe del Estado sufrió en 1974”.

El general Francisco Franco, quien había protagonizado la dictadura más larga de la historia española, llevaba tiempo tocado de muerte, a pesar de los desmentidos oficiales que propiciaron una curiosa portada del periódico francés Charlie Hebdo, bajo el titular: Franco en plena forma va al cementerio a pie. Lo cuenta el dibujante sanroqueño Andrés Vázquez de Sola quien, cinco meses antes del 20-N, había grabado un disco-libro titulado RIP. Francisco Paulino Hermenegildo Teodulo General Franquísimo, en el que vaticinaba, al ritmo del Dies Irae, que “el moribundísimo no es totalmente eterno”.

En la víspera de la muerte de Franco, las Cortes habían aprobado la Ley de Régimen Local y la polémica disolución del Sáhara.La profesora Dolores Granja supo pronto que iba a tener que retrasar el examen de Historia Contemporánea, previsto ese día para sus alumnos de COU del instituto Columela. Entre ellos, se encontraba Juan Carlos Otero, quien hoy es profesor y que, en vez de examinarse, tiró para el bar Tadeo, con algunos compañeros, a ver al presidente Carlos Arias Navarro confirmar la noticia por televisión, festejar el acontecimiento, los días sin clase y hacer cruces porque las libertades llegaran de veras al país a sus 17 años. Otro de los alumnos de ese centro se llamaba Francis Guzmán y, el día que murió Franco, seguía en la trena: “Me beneficié del indulto que dieron tras su muerte. Me tiré tres meses en prisión porque me pillaron con todo el aparato de propaganda provincial del Partido del Trabajo de España. Una noche, llegué a la casa de mis padres, me apuntaron con una pistola y pasaron adentro. Mis padres no sabían nada, pero tenía todo el material en mi cuarto”.

Su puesta en libertad tendría lugar a finales de noviembre, cuando más de 450 reclusos salieron de las cárceles de Cádiz y Ceuta, tras la aplicación del Decreto de Indulto. La mayoría cumplía condena por delitos contra la Salud Pública. Aunque no se conocen noticias precisas sobre los indultos por delitos políticos, el criterio general es que muchos penados por esta causa pudieron salir a la calle.

En Cádiz, el día que murió Franco, proyectaban French Conection 2 en el cine Avenida. En el Imperial, la controvertida ópera-rock Jesucristo Superstar, que había pasado un quinario con la censura, y en el cine Gaditano, una de Lola Gaos y Ovidi Montllor, titulada Furtivos, el filme de José Luis Borau que el día anterior había merecido el Hugo de Bronce en el Festival Internacional de Cine de Chicago. En vísperas de la muerte del Caudillo de todos los Ejércitos, el Cádiz CF había goleado al Granada por 3 a 1 en la Copa de Andalucía.

En el Gobierno Civil hubo una reunión de todos los delegados provinciales de los ministerios civiles con la presencia del jefe provincial de Policía, teniente coronel de la Guardia Civil y comandante de la Policía Armada. Antolín de Santiago, aquel cinéfilo que era gobernador, había reunido a las autoridades en su despacho y les recomendó calma y actitud vigilante, pero no hubo redadas de presuntos subversivos, ni indicios de revueltas, aunque los estudiantes anduviesen inquietos en el Colegio Universitario Gaditano, en la Facultad de Medicina o en la de Derecho de Jerez, que se había inaugurado el año anterior.

En octubre del 75, Juan Manuel Suárez Japón había llegado a Cádiz, procedente de Córdoba, para impartir clases de Geografía en el Colegio Universitario Gaditano: “Para hacer la mudanza, aproveché la semana que dieron de vacaciones por la muerte de Franco”.

“Los estudiantes de entonces me parecían menos jóvenes de lo que eran, pero en realidad el que era menos joven era yo. Me acuerdo mucho de aquella primera hornada, era gente muy preparada. El año que yo llegué era el grupo de gente de más edad, en torno a Isidoro Porticho, gente de gran preparación que me ayudaron mucho. En los años previos a mi llegada, había habido mucha convulsión. A Juan López, que era el jefe de estudios, siempre le oí contar las clásicas carreras de estudiantes y que tenía que proteger al colegio frente a la policía, para que no entraran los antidisturbios.  Cuando acabó el primer trimestre, en diciembre del 75, Antonio Barbadillo, que era presidente de la Diputación y un señor desde el punto de vista de su trato, nos dio una cena en El Faro a todos los profesores que estábamos allí dando clases. Acudió también el gobernador civil, Antolín de Santiago, y ambos fueron pasando ante nosotros, nos saludaban y nos daban la mano. Cuando llegó el turno de Juan López, él le dijo al gobernador: ‘Bueno, nosotros ya nos conocemos’. ‘Nos conocemos –le replicó–, pero no pierdo las ganas de detenerte’, o algo así. Juan se fue de la comida y no dimos con él en toda la noche”.

Antonio Barbadillo, presidente de la Diputación de Cádiz, conoció el óbito de Franco en Madrid. Y otro tanto ocurrió con Miguel Primo de Rivera, a quien, como consejero del Reino, le tocó guardia esa noche en el Palacio Real, por más que él también esperase una España distinta: “No nos íbamos a pegar un tiro porque hubiera fallecido Franco. Había que buscar un país diferente”. “A mí me tocó ser alcalde en la época de Franco, pero fui el único que no era jefe local del Movimiento y Franco lo aceptó –le declaró a Pilar Nieto, a quien explicó sus razones para deslindar ambos cargos–. Porque el Movimiento Nacional y la historia pasada yo la respetaba, pero pensaba que la España del futuro no podía sostenerse en una dictadura. Franco conmigo fue una persona que se portó estupendamente cuando fui alcalde, consejero del Reino, procurador en Cortes y consejero de libre designación, pero de ahí a que sea franquista...Tampoco soy antifranquista”.

En Cádiz, José María Pemán era el hombre de Estoril, el embajador de Don Juan. Pero, por encima de la disidencia monárquica con el régimen, le quedaba el afecto personal hacia el octogenario general fallecido: “Ya rota la armonía/ la voz callada y el amor disperso/ ¡Qué ocasión de escribir mi último verso/cuando ya apenas los escribía!/ Y de este modo resumir su suerte:/ hizo de aire tranquilo su palacio/ para la vida sin temblor del fuerte/ Vivió su plenitud. Murió despacio/ esa segunda vida que es la muerte”, despachó Pemán cuando el Diario de Cádiz le solicitó una colaboración con motivo de la generalísima muerte.

El suceso le pilló en su casa de San Antonio –contrito ya por la muerte de su yerno Gonzalo Aguirre– pero inmediatamente puso rumbo a Madrid,  donde durmió la noche del día 21, en su domicilio de la calle Felipe IV, número 5. Había sido invitado expresamente por José María Areilza, ministro de Asuntos Exteriores, al acto de la jura del Rey Juan Carlos: “Ya él había dicho en sus artículos que, llegado el día de la sucesión en la Jefatura del Estado, el Rey no sería coronado, sino proclamado ante las Cortes, y así se hizo”, evoca Antonio Llaves Villanueva, quien fuera secretario del escritor gaditano durante 24 años.

Y allí estaba Pemán, con su Parkinson y una larga emoción de décadas: “Se ha realizado el milagro que siempre pedí”, decía el presidente del consejo privado del Conde de Barcelona. En el Palacio de las Cortes, el 22 de noviembre, en el asiento que le reservaron en la tribuna de prensa, en el palco lateral derecho de la primera planta:  “Contó que una de las veces que el Rey miraba hacia arriba, él le hizo señas de gratitud y afecto con la mano”, indica Llaves, quien apunta que al día siguiente Abc decía en la crónica de la jura que “...En la primera fila de la tribuna de prensa estaba la figura venerable y popular de José María Pemán que, con emoción contenida, esperaba el magno acontecimiento histórico tan anhelado de ver a un Rey al frente de los destinos de España”. En la reseña de Blanco y Negro, se resaltaba que en el momento del juramento “... a José María Pemán, que lo miraba atento, se le saltaron las lágrimas”.

Algunas horas después de la defunción oficial de Franco, los falangistas preparaban la misa tradicional por el alma de otro Primo de Rivera, José Antonio. El fundador de Falange había sido ejecutado también un 20 de noviembre y sus partidarios gaditanos le recordaban cada año en la iglesia del Rosario, con ofrenda de coronas y las cinco rosas de su emblema, junto a la Cruz de los Caídos. Esta vez, se rogó por el dictador recién finado y se programaron los funerales en la Catedral Vieja, la corporación bajo mazas.

La Alcaldía de la capital era ocupada por Jerónimo Almagro Montes de Oca quien, de entrada, tuvo que aplazar su conferencia inaugural de un ciclo de actualidad política previsto por la comunidad cristiana de Santo Domingo: allí debía disertar, ese mismo día, sobre los tiras y aflojas del puente Carranza, cuya medalla de oro, por cierto, había recibido el llamado Caudillo, en octubre de 1970, durante una de sus visitas a Cádiz y a Jerez. Momo Montes de Oca era un “camisa vieja” (como se denominaba a los veteranos de Falange) y, de hecho, fue uno de los pocos diputados en Cortes que se negaría al harakiri de la llamada democracia orgánica, a partir del proyecto de Reforma Política que auspició Adolfo Suárez y que fue aprobado en el referéndum del 76: “Sí cuando es sí, no cuando es no”, sería su lema en las generales del 77, aludiendo a sus adhesiones inquebrantables y a esa única disidencia que había mostrado durante su etapa de parlamentario orgánico.

En noviembre de 1975, José Luis de Antolín era catedrático de Dibujo en el instituto Columela y presidente de la asociación de padres del Frente de Juventudes, una rama del Movimiento que trataba de educar a los jóvenes de entonces. Luego, ocuparía hasta 1995 la Jefatura Provincial del partido que fundara José Antonio Primo de Rivera: “Había mucha inquietud tras su muerte. Pero los responsables del Movimiento no esperaban que se produjera un cambio”, recuerda de aquella época en la que sus alumnos rumoreaban que, a falta de puertas de seguridad, solía usar varios cerrojos en casa para evitar que irrumpiesen en ella las hordas rojas.

A Francisco Delgado Moreno le pesaba demasiado la carabina Destroyer 6,35 que tenía encomendada como arma reglamentaria. Como policía armada, estaba destinado en la primera Compañía Móvil de Cádiz y le tocó hacer guardia en la puerta del cuartel, junto a las murallas: “Recuerdo especialmente la gran tranquilidad ciudadana que hubo ese día. Incluso nos dimos cuenta que el tráfico rodado era bastante menor que en otras jornadas. Algunos mandos intermedios sí tenían cierto miedo, pero la gran mayoría estábamos tranquilos. No hubo incidencias dignas de mención ni movilizaciones en ningún sitio –le refirió años más tarde al reportero Óscar Lobato–. Únicamente se prolongó el servicio hasta el mediodía. Esto hizo que me quedara a comer en el cuartel. Recuerdo perfectamente que el menú del día fue una berza completa con su pringá, que costaba 35 pesetas. Eso sí que fue memorable”.

“Tras su muerte, el futuro queda abierto ante nosotros los que seguimos viviendo. La muerte nos hace evidente que el hombre no es dueño de su vida, pero tampoco del futuro”. Estas últimas eran palabras de monseñor Antonio Dorado, obispo de Cádiz, durante la liturgia de la Catedral Vieja. Y, en buena medida, constituían una réplica sutil al “todo atado y bien atado” del testamento político del dictador. Dorado Soto apenas llevaba dos años al frente del Obispado de Cádiz y recuerda perfectamente  las fechas previas a la muerte de Francisco Franco y al oficio religioso que dio en la Santa Cruz, dado que la Catedral estaba cerrada por su mal estado de conservación: “Fue mucha gente a la misa funeral. En la homilía destaqué su labor y rezamos para que Dios le acogiese en Su Gloria como cristiano que era. La misa se desarrolló con gran fervor y recogimiento”.

Pero siempre se dijo que el obispo gaditano no simpatizaba con la dictadura franquista y, de hecho, no faltó quien asegurase que tenía el carné de la Unión Sindical Obrera. En su diócesis, abundaban los casos de sacerdotes que se implicaban abiertamente en la conquista de las libertades, lo que, desde su memoria, provocó “tensiones y conflictos muy fuertes. La policía llegó a acusar a varios sacerdotes y a encarcelarlos por actividades revolucionarias”.

En la prensa del día 21 ya se anunciaba que quedaban anuladas las multas pendientes de pago a diversos sacerdotes de las diócesis de Cádiz y de Jerez, que titulaba el obispo vicario Rafael Bellido. Se justificó dicha medida “en atención a la muerte de Franco y especialmente a ese su testamento ejemplar como católico”. Uno de aquellos curas fue el jerezano Julián Gutiérrez, párroco de los jesuitas, amenazado de sanción porque, en septiembre, había animado a su feligresía a rezar por los cinco activistas de la ETA y el FRAP que habrían de ser ejecutados por Franco. La sanción la paró el entonces alcalde de Jerez, Manuel Cantos, quien había asistido a aquella misa y había seguido la piadosa recomendación del sacerdote.

Aquella madrugada del 20 de noviembre de 1975, a Cantos le despertó el teléfono. El director de La Voz del Sur le llamaba para darle la noticia. El alcalde llamó a Mercajerez para ordenar que no se suspendiera el suministro a la población y se dirigió a su despacho para ponerse en contacto con el gobernador. Las tropas estaban acuarteladas, “aunque Carrero Blanco, antes de morir, lo había dejado todo planificado minuciosamente para cuando llegase el momento de la muerte de Franco. Hasta que los funerales se celebrasen todos a la misma hora”. Otro jesuita, Horacio Lara, vivía en un modesto piso de Puntales y ejercía como cura obrero en Astilleros, con el carné clandestino de Comisiones Obreras. Y, en la parroquia del Cerro del Moro, Juan Cejudo no imaginaba, quizá, que acabaría colgando los hábitos por amor y defendiendo el sacerdocio sin la obligación del celibato. Ni el cura Goyo López se soñaría gobernador civil de Córdoba, como asumiría durante el mandato del PSOE , ni su correligionario Jesús de Maeztu supondría que iba a ser adjunto al Defensor del Pueblo Andaluz. El actual titular de este cargo, José Chamizo, estudiaba Teología en Roma y asistía a entierros de otra índole: los de los grandes cineastas italianos, funerales llenos de glamour y de pamelas.

En 1975 se creaba en Cádiz el grupo Drago, que intervino en algunas campañas cívicas relacionadas especialmente con el urbanismo y el día que murió Franco, el sol reinaba sobre la Bahía. De hecho, a aquellas alturas del otoño, persistía la sequía y el día 19, en la iglesia jerezana de San Dionisio, se arbitraron rogativas por la lluvia ante la imagen del Santísimo Cristo de las Aguas. Quizá hacía tanto sol el 20-N como aquella última vez en que el general visitó la provincia, en 1974, invitado por José Ramón Mora-Figueroa a su finca de Las Lomas. Antes, el general había viajado a territorio gaditano en varias ocasiones. Muy a menudo, como soldado, durante las campañas de África y en los primeros momentos de la guerra civil.

Como jefe de Estado, su primer paseo por Cádiz tuvo lugar un 18 de abril de 1939, 17 días después de finalizada la contienda. Entonces, centró su atención en San Fernando, donde visitó la Escuela Naval, el Panteón de Marinos Ilustres y el Arsenal. El 26 de mayo de 1946, 25.000 devotos le recibieron en Cádiz y dos años después, en el aniversario de la Explosión, un 14 de octubre, embarcaba desde El Puerto en una lancha rápida hacia la capital. A Franco –por aquello del otoño del patriarca– debía gustarle contemplar la caída de la hoja en la Bahía, porque volvió a visitarla un 30 de octubre de 1950, cuando presidió la primera revista naval, a la que seguiría la del 14 de octubre del 52. El 26 de abril de 1961, visita Sanlúcar, El Puerto, la presa de Bornos, Guadalcacín, Puerto Real y San Fernando. Al día siguiente, emprende viaje a Barbate y Algeciras. Por fin, el 30 de octubre de 1970 sería recibido en Rota.

El día que murió Franco, Manuel Fraga estaba recién llegado de Londres, donde ejerció como embajador de España: un destierro de lujo para un ex ministro demasiado reformista para las apetencias del búnker ultra. Mientras, en Argentina, se mascaba ya la intentona golpista que habría de triunfar al año siguiente y el periodista Agustín Merello retrataba la vida cotidiana de Cádiz en su sección El ruido y las nueces. Otro periodista, Francisco Umbral, acababa de excusar su presencia en la presentación pública del Club Master 7, en Jerez. “¿Por qué y cómo ríen los españoles?” era el título de la charla que iba a protagonizar y que no se llevó a efecto, por “indisposición” del conferenciante. Le sustituyó, eso sí, Federico Roda, con una disertación bajo el raro epígrafe de Idea y técnica de un club a distancia.
A dicho acto no pudo asistir Miguel Arias Cañete, militante del Partido Popular y actual ministro de Trabajo. En aquel entonces, su domicilio no estaba en Jerez, sino en Ceuta, donde ejercía como abogado del Estado. Pero, el 20 de noviembre de 1975, Franco se le cruzó en el camino, ya que se encontraba cumpliendo el servicio militar en Madrid, como sargento de milicias. Tenía 25 años y tuvo que hacer guardia junto al féretro: “Estaba yo más quieto que un San Luis y viendo desfilar a la gente por delante del cadáver”. Entre ellos, según ha recordado con cierta malicia, muchos que luego se declararían antifranquistas y demócratas de toda la vida: “Yo, entonces, no tenía inquietud política alguna y sólo estaba deseando acabar la mili para volver a Ceuta, a mi trabajo”.

A Alfonso Perales también le cogió la noticia mientras cumplía el servicio militar. Al actual consejero de Gobernación de la Junta de Andalucía le habían anulado la prórroga de estudios como represalia por sus actividades políticas clandestinas, en las filas del PSOE: “Estaba haciendo el campamento en Córdoba, donde tenía noticias de que Franco se encontraba en el proceso terminal de su enfermedad. Recuerdo que nos concentraron a todos y nos dieron un discurso sobre las bondades del Caudillo. Nos sentíamos preocupados por la posibilidad de que entráramos en una guerra con Marruecos, donde se había iniciado la Marcha Verde hacia el Sáhara. Personalmente, temía la represalia que se daba a los soldados desafectos al régimen. A todo ello, unía un sentimiento de esperanza porque veía próxima la llegada de la normalización democrática”.

“Dio la casualidad de que la muerte de Franco me pilló en mi casa, donde en aquellos años no pasaba mucho tiempo”, evoca Jorge del Águila, responsable político del PCE en Algeciras durante la clandestinidad. De hecho, le llamaban Jordi Dinamita por su pericia y velocidad al eludir las redadas de la policía, que sólo logró echarle el guante por vender Mundo Obrero durante la Semana Santa del 77, en vísperas de la legalización de los comunistas: “A la una y media de esa madrugada me confirmaron desde Madrid que había espichado, y me sorprendí no sintiendo ni alegría ni tristeza. Luego, reaccioné y comprendí que subíamos el primer escalón para alcanzar la democracia en España, algo que aún no se ha logrado”.
Antonio Álvarez sería alcalde comunista de El Puerto de Santa María pero, por aquel entonces, acababa de salir de la cárcel y no recuerda si salió con un clavel a la calle, junto a su compañera, Isabel Oreni: “Lo que me sorprendió fue que entre los trabajadores de las bodegas hubiese tanta gente adicta al régimen. No tenía miedo de lo que podía pasar cuando se muriera Franco. Ya había vivido los tiempos del consejo de guerra de Burgos en la Prisión Provincial de Cádiz y fueron mucho más duros”.

Pero no recuerda qué estaba haciendo cuando se apagó la lucecita del Pardo: “Los hombres luchadores teníamos cincuenta mil cosas que hacer con las juntas democráticas, con decirle a los militares, a la Policía y al clero que había una salida honesta y sin traumas”.
Uno de sus predecesores en la alcaldía portuense, Fernando de Terry y Galarza, pensaba todo lo contrario: “Queríamos mucho al Caudillo. Fue como si hubiese fallecido alguien de nuestra familia. A finales de los sesenta y principios de los setenta venía a El Puerto de cacería de perdices. Dormía en casa de tío Fernando [Fernando A. de Terry, fundador de la bodega portuense]. Mi padre [Carlos J. de Terry], que iba mucho a África por su negocio de vinos, conocía muchísimo al Caudillo: tomaban copas juntos en Melilla y en Nador. El Caudillo llamaba a mi padre Carlitos y él le decía: ‘Qué hay Paco, ¿como estás?'. Siempre fue un hombre muy íntegro, con las ideas muy claras y severo consigo mismo”, se sinceró mucho después con Juan José Marqués.

“En las cacerías se servía un aperitivo. Un día tío Fernando llevó a Las Lomas a La Guachi, una marisquera muy viejecita, una institución en El Puerto. Empezó a repartir y, estando tío Fernando, papá y Carranza con el Caudillo, ella dijo: 'Don Fernando, éste, como buen gallego, poquito a poquito se come todo el marisco' [risas]. La Guachi le cayó en gracia al Caudillo (...). [Franco] era un hombre austero y poco hablador. Le gustaban los telediarios (...). Eran unos tiempos estupendos. Venía con doña Carmen con muchos consejeros. Los alojábamos en nuestras casas. También fue muy amigo del tío Valentín Galarza, que fue ministro de Gobernación. El Caudillo cayó gravemente enfermo un verano que don Luis Carrero Blanco estaba en El Puerto: se fue y no volvió en un mes (...) Luis Carrero era también un hombre muy íntegro, muy cabal, una gran persona con unos criterios amplísimos. A El Puerto le dio muchísimo”.

Terry aceptó al Rey porque le creía un hombre “muy preparado” y, además, había sido la elección de Franco: “Si Franco lo veía con buenos ojos, ¿por qué no lo iba a ver yo?. Era muy difícil que se equivocase. Fue un hombre providencial que sacó a España de la alpargata y la montó en seita en muy pocos años”. “La transición se hizo mucho mejor de lo que yo pensaba. Creía que de aquí íbamos a salir pim, pam, pum pero la cosa se fue aguantando y al final salió fenomenal (...). Pero no creí que fuese tan fácil, tanto es así que matan a Carrero y dije: 'Me voy', sin embargo aguanté hasta febrero de 1976. Para mí fue muy duro porque Luis Carrero era como mi padre”.

En su farmacia de Vejer, Antonio Morillo leía medio de extranjis Cuadernos para el diálogo y Triunfo. Cuando conoció las circunstancias de la muerte, de entrada, sintió pena por el martirio que habían sufrido los familiares del difunto: “Me sentí con responsabilidad propia y colectiva porque entendí que llegaba la hora de nuestra generación –ha dicho el primer alcalde democrático de esta localidad de La Janda–. Veía que el pueblo tenía miedo y desasosiego, lo que afirmaba más mi postura firme hacia un futuro por el que teníamos que luchar los que estábamos más concienciados”.

Horas antes de la muerte de Franco, la Guardia Civil detenía a los responsables de un robo en el supermercado gaditano Las Acacias. Recién llegados a Cádiz, a bordo del J.J. Sister, los primeros evacuados del antiguo Sáhara español se dieron de bruces con la defunción del general. Se llamaban Abdelahe Brahi, Miguel Latorre, Consuelo Socorro y Salvador Medina.

El día que murió Franco, en San Fernando se cumplían 24 años de la muerte de otro Franco: se llamaba José María y fue canónigo de la Catedral de Cádiz. En Jerez, en el Teatro Villamarta, se presentaba la revista Bésame esta noche, protagonizada por la supervedette Vicky Santel. Y el sábado, estaba prevista la celebración de un cinefórum con una película de título demasiado ambiguo para aquellos días: La ley del silencio, de Elia Kazan, una legendaria parábola de estibadores, a modo de justificación de las delaciones anticomunistas durante el macarthysmo. En El Puerto de Santa María acababa de oírse la guitarra de Fernando Polanco y de un grupo llamado Los Bled. Pero, esa misma noche, Chano Lobato triunfaba en las Noches de la Ribera, que promovía la Tertulia Flamenca: quizá cantó, entonces, lo de las hermanas Mirri que hicieron un camino de tanto ir a venir a El Puerto, aunque la letra oculte que iban al penal. Otro flamenco, Paco Cepero, estaba en Madrid y vio las colas ante el Palacio de Oriente, “pero yo nunca me he metido en un berenjenal de esos, yo sólo soy artista”, asegura cuando se le inquiere por aquellos momentos.

Su paisano José Manuel Caballero Bonald también estaba en Madrid y, por un momento, temió que aquel suceso supusiera una involución en el paulatino avance hacia las libertades. Pero, en general, aquella muerte le produjo “un profundo sentimiento de liberación”. “Lo primero que hice fue brindar por lo que parecía ser un aviso de la llegada de la libertad tras una férrea dictadura, se abría teóricamente un nuevo horizonte en la Historia de España. Claro que también existía la sospecha de que los viejos cancerberos del régimen se encargaran de mantenerlo todo atado y bien atado.En cualquier caso, la muerte del general supuso un primer dato favorable para la esperanza”.

En Algeciras, el día anterior, el alcalde Emilio Lledó asistió a la reunión de la Comisión Comarcal de Servicios Técnicos, que había aprobado proyectos superiores a 400 millones de pesetas. Pero la mayor tensión de esos días habría de estar en el Gobierno Militar del Campo de Gibraltar, cuyo titular era el general Carlos Oliete. La incertidumbre era mucha y los peligros, variopintos, desde Marruecos al Peñón. Lo que no sabrían, seguramente, es que la principal célula comunista se reunía justo en la trastienda del local en donde los oficiales encargaban sus trajes: la sastrería militar Caballero.

El día que murió Franco, TVE terminaba sus emisiones con el programa religioso Reflexión, pero aquella noche, la programación habitual se vio sustituida por la programación de una de hazañas bélicas: Objetivo Birmania, con Erroll Flynn como protagonista. La Caja de Ahorros de Jerez regalaba viajes a Canarias y, en dicha ciudad, en el cine Luz Lealas pasaban La gran evasión. Un título premonitorio de la suerte que iban a correr numerosos capitales crecidos al calor de la corrupción franquista.

Días después. Al solemne funeral en la Catedral Vieja, siguió el nombramiento de Franco como hijo adoptivo de Cádiz a título póstumo, al tiempo que se le concedía la Primera Medalla de Oro del municipio. Los actos de luto se solapaban con las ceremonias conmemorativas de José Antonio Primo de Rivera, fallecido en tal día como aquel, desde la Prioral de El Puerto de Santa María al Ayuntamiento de San Fernando, el de San Roque o la alcaldía de Algeciras que, junto con el Gobierno Militar del Campo de Gibraltar, despachó telegramas de pésame rumbo al palacio de El Pardo. El día 22, numerosos autobuses partían desde distintos puntos de la provincia rumbo a Madrid, para asistir a las exequias y a la coronación del Rey Juan Carlos.

“Las impresiones en Cádiz, tras conocerse el mensaje de Don Juan Carlos en su jura y proclamación como Rey en la tarde del día 22, fueron unánimes. Confianza y esperanza en el futuro de España fue el denominador común expresado por diversas personalidades de la vida gaditana”, escribe Antonio Castillo en su libro sobre La Transición en Cádiz (1975-1982).

Así, cita al periodista Agustín Merello que, en su sección habitual del Diario que aparecía bajo el título de El ruido y las nueces, insistía en “la llamada al deber que hizo el Monarca, lejos de toda adhesión y lealtad pasajeras”. Ramiro Noel, en cambio, desde su sección Calle Ancha, insistía en el origen de la monarquía española, “cuyos fundamentos están basados en todo lo que significan los cuarenta años que nos preceden, bajo el símbolo de Francisco Franco”. En esas fechas, Manuel Clavero Arévalo volvía a Cádiz para analizar, a juicio de Castillo, las dos preocupaciones fundamentales de los españoles de ese momento: “La esperanza, basada en el mensaje del Rey, y la preocupación de perder todo lo hasta ahora conseguido”

Merced al indulto general concedido por el primer Consejo de Ministros de la monarquía, salieron a la calle numerosos presos comunes, pero también políticos, entre quienes figuraban numerosos gaditanos. Pero el juancarlismo seguía siendo una duda en el horizonte del futuro español, mientras el Cine Club Universitario proyectaba To be or not to be, de Ernest Lubitsch.
Justo el mismo día del indulto real, se convocan elecciones para elegir representantes estudiantiles a la Universidad de Sevilla. El 4 de diciembre, los alumnos del Colegio Universitario celebrarían una mesa redonda en la que reclamaron mejores medios, la creación de un comedor universitario, de la Facultad de Letras y otros objetivos puntuales, pero también se manifestaron a favor de una gestión democrática de la Universidad como única vía para la solución de estos y de otros problemas. No quedó ahí, sino que, acto seguido, apostaron por las libertades democráticas, es decir, libertad de expresión, reunión y asociación, y reclamaron una amnistía para todos los presos políticos. Un chiste de Forges, en Cambio 16, supone una parábola de dicho indulto: un preso asoma un pie por un agujero abierto bajo los barrotes de su mazmorra.

El comité ejecutivo del Sindicato del Metal apostaba por reformas legislativas que evitaran los escollos que acechaban de continuo a los representantes obreros. La congelación de las reivindicaciones salariales, el pago de las horas extraordinarias y otras cuestiones, no sólo afligían a dicho sector, sino a los funcionarios municipales, cuyos portavoces se reunieron en Jerez a comienzos de diciembre. Se había abierto un hueco para que entrase la libertad. Casa por casa, centro de trabajo por centro de trabajo. El 9 de diciembre, se reunió el comité ejecutivo del Consejo de Trabajadores bajo la presidencia de Antonio Acevedo Rodríguez, que llegó a plantear “una solicitud de indulto en todas las sanciones y expedientes de carácter laboral, así como la prescripción de la misma y abolición de notas en los expedientes personales, producidas tres años antes del 22 de Noviembre pasado. Todo ello basado en el Decreto 2.940/75 por el cual Su Majestad el Rey Juan Carlos I otorga el derecho de gracia, y en base a ese espíritu de concordia nacional con el que el mismo ha sido dictado”.

A comienzos de ese mes, el joven pintor José Barroso expone con éxito en el Casino de Algeciras, apadrinado por los maestros Ramón Puyol y Rafael Argelés, recién llegados del exilio que respaldarán también la obra emergente de Rafael García Valdivia, quien mezcla el óleo con la pintura industrial. Por su parte, el escultor gaditano Pérez Castillo, quien ganó el Primer Premio de Escultura en la Exposición de Arte, montada por el Instituto de Estudios Gaditanos de la Diputación Provincial, acaba de ser galardonado con una medalla de bronce en la II Exposición Nacional de Pintura y Escultura del Movimiento, celebrada en Sevilla.

Diciembre pasaba el ecuador y mientras se llevan a cabo elecciones de representantes de Facultad en los diversos Centros Universitarios gaditanos,  se anuncia elecciones en Diputación y Ayuntamientos. Un total de 23 cargos habrían de someterse a elección, en el mes de enero próximo, en la provincia: “Grave responsabilidad –dice la prensa– para concejales y diputados, únicos con derecho a voto”. La mayor parte de los alcaldes deciden no presentarse a la reelección. Es el caso de Emilio Lledó, en Algeciras, o de Manuel Cantos, en Jerez, donde la policía efectúa varias detenciones “a raíz de la distribución de octavillas con contenido subversivo por varias zonas de la población”.
   
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