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1975 |
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Antonio Ramos Espejo |
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La agonía |
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Es el año de la lenta agonía. Franco muere y entonces sí que se despejan los grandes nubarrones. Pero antes, había que seguir en la brecha. Carlos Cano se echa a los caminos con su verdiblanca, los parados de Granada se encierran en la Curia y el gobernador, aquel terrible gobernador, responde con multas escandalosas y cárcel para los dirigentes sindicales y curas obreros más destacados y en España se despierta el interés público por la verdad sobre la muerte de Federico García Lorca.
El niño Gabriel Osorio Cepedo es el granadino 200.000. Hablar de estadísticas produce a veces sonrojo: Granada es la segunda provincia de España en número de chabolas. Una granadina de Deifontes, Francisca García, ha superado con éxito el primer experimento de parto sin dolor. Ya podemos ver la película Juan Ciudad, sobre la figura de San Juan de Dios; en cambio, los Hermanos Obreros de María están de luto porque ha muerto su fundador, el popular hermano Carlos Fernández. El Palacio de Carlos V es el escenario ideal para el triunfo de un director de orquesta en su ciudad: Gómez Martínez. En Galerías Preciados, que se ha colocado en la misma acera de la iglesia de la Virgen de las Angustias se ha formado un revuelo el día de su inauguración entre los granadinos que quieren sentir la sensación de estar en unos grandes almacenes, más grandes que los de los Vázquez, y los comerciantes que protestan porque el pez grande se comerá al chico. Pero Galerías ha pagado la nueva iluminación de la Carrerera y la Avenida José An-tonio. Y así cualquiera.
Nos encontramos ya recorriendo ese largo túnel del año de la agonía. Hay una España vestida de azul, condecorada y con patentes de corso, Soficos y Matesas, nacional católica, de Franco y de monseñor Escrivá de Balaguer, de Girón de Velasco y de Arias Navarro; otra España sueña con ver la luz y recuperar el tiempo perdido. Santiago Carrillo, desde Francia, al frente de la Junta Democrática, y Felipe González, el joven líder socialista, que ha trasladado su residencia de Sevilla, desde primeros de año, a un pisito de Madrid, donde despliega la tarea no sólo de organizar a viejos y nuevos socialistas, sino de participar en la creación de la Plataforma de Convergencia Democrática. La oposición tiene de su parte a la otra Iglesia que le abre los templos y cuenta en sus filas a miles de políticos, estudiantes, profesionales, sindicalistas, militares rebeldes, que están multados o en las cárceles. Como los que figuran en el sumario del “1.001”: Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius... y sus compañeros sevillanos en Carabanchel, Francisco Acosta, Fernando Soto y Eduardo Saborido. La oposición abrir dos brechas importantes: la primera con el éxito de la Unión Militar Democrática (UMD), que se extiende por los cuarteles con la llamada rebelión de los capitanes; y la segunda, la huelga convocada por los actores. Nada menos que la farándula, que para sorpresa del dictador también parece decantarse del otro lado de la frontera, como esos demonios comunistas y masones que agravan sus dolores flebíticos y cuestionan los poderes mágicos del brazo incorrupto de Santa Teresa, que guarda en la alcoba para que lo preserve del maligno. El 9 de febrero son detenidos los actores Tina Sainz, Rocío Dúrcal, Enriqueta Carballeira, José Carlos Plaza, Daniel Dicenta, Pedro Mari Sánchez... Algunos de ellos sufren pena de cárcel.
Zarpazos. Franco se empeña en ser él ese país y de amarrarlo con una supuesta apertura política en la que ni ha picado el patriota don Manuel Fraga Iribarne, en su retiro logístico de la Embajada de Londres. El profesor Luis Sánchez Agesta, el granadino que no pudo ser ministro porque le colaron a Franco de matute a Julio Rodríguez, estaba de catedrático en Madrid, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense y presidente del Consejo Nacional de Educación, cree entonces que las asociaciones “pueden ser una vía democrática” y dice de la situación política que “es de expectativa y riesgo, qué duda cabe que el político ha de tener una esperanza y una capacidad para afrontar estos riesgos” (Ideal, 8 de febrero de 1975). Aunque el Gobierno entra en crisis con la salida de Licinio de la Fuente, el enfermo se recupera a golpe de zarpazos. El 25 de marzo, El Correo de Andalucía aparece con una noticia a cinco columnas: “Destino, ¿Portugal?” “7.000 hombres desembarcaron en Rota”. Una noticia que no está contrastada, que no era cierta, el Gobierno reacciona encarcelando a su director, Federico Villagrán. Para la prensa es un año de afinidades o de choques. El Tribunal de Orden Público (TOP) del magistrado Rafael Gómez Chaparro hace estragos. Unos periodistas acaban en la cárcel, otros son multados; otros, como en el caso del sudamericano Joaquín Mejías, casado con la granadina Marifé Alberdi y padre de cuatro hijos, es expulsado de España porque a unos cacicones de Granada no les gusta la línea informativa de la revista Granada semanal. Dos veces había sido ya secuestrado el semanario por publicar una entrevista con Luis Rosales, en la que el poeta se refería a Federico García Lorca, y otra por difundir una entrevista con un objetor de conciencia. Un golpe bajo.
Cuando el TOP no actúa, los guerrilleros de Cristo Rey se toman la justicia por su mano, propinando una paliza de muerte en Madrid al periodista almeriense José Antonio Martínez Soler, director de la revista Doblón, que había osado publicar un reportaje sobre el Ejército. Para los fieles servidores de la cruz y la espada ni derecho de réplica, ni gaitas, arropados desde arriba, presumen de tatuaje en la piel y exhiben cadenas y pistolas como santo y seña de los nuevos chulos del régimen. Triunfo se lleva entonces la peor parte. La revista dirigida por José Ángel Ezcurra, varias veces sancionada, es el estandarte de la oposición contra el régimen con las firmas de Eduardo Haro Tecglen, Vázquez Montalbán, los andaluces Víctor Márquez Reviriego, Antonio Burgos... Y el psiquiatra y analista político, José Aumente, que publica el artículo “¿Estamos preparados para el cambio?” (Triunfo: num.656, 26 de abril). El régimen se dispone a darle una lección justiciera a la publicación hostil: secuestro de ese número y sumario abierto para depurar responsabilidades, que se saldarían con la máxima sanción de cuatro meses de suspensión de la publicación y dos severas multas, a José Aumente como autor, y a Ezcurra como director. Pepe Aumente, que comenzaba ya a liderar ideológicamente el nuevo andalucismo, se convierte en un referente nacional, como Carlos Castilla del Pino y Antonio Gala desde la Córdoba califal.
La Junta Democrática lanza su Manifiesto de la Reconciliación. Son mensajes que van calando en el tejido social de una población que permanece callada, que tiene miedo, pero que está muy atenta a los cambios. La reconciliación a la herida de las dos Españas tendrá necesariamente que imponerse. Sor Clara Vinuesa, que es la madre superiora del convento de San Diego, de Alhama de Granada, me abriría años después las rejas de la clausura para decirme: “En nuestro pueblo la transición se hizo pacíficamente gracias a Marín”. El portero del convento que era, a su vez, el secretario local del PCE. Ford no tiene en Madrid el recibimiento que se esperaba. Franco quiere más peaje por las bases americanas en España. En Rota y Morón de la Frontera campan por sus respetos los soldados yankis: “Yankis, no; bases, fuera”. Ya Alberti había formulado su poética protesta en “Rota, un pueblo para la muerte”. El poeta es una referencia en el Trastévere de Roma, desde donde espera llegar algún día a su Puerto de Santa María. En Roma muere este año de la agonía monseñor Escrivá de Balaguer.
En el nuevo cambio de Gobierno, sale el malagueño José Utrera Molina; entran Fernando Suárez y Herrero Tejedor, que promueve en su ministerio a toda una promesa política: Adolfo Suárez, como la joven guardia del Movimiento. Al poco tiempo, muere en accidente de tráfico Herrero y la figura de Suárez parece quedar, momentáneamente, huérfana. En sustitución del ministro desaparecido, entra, de nuevo en un Gabinete de Franco, José Solís, que acompaña a otro andaluz, el jiennense León Herrera y Esteban en Información y Turismo. Ni la sonrisa del régimen sirve ya para levantar el ánimo del Generalísimo en su última agonía. Desde Estoril, don Juan de Borbón juega sus propias cartas en la ofensiva que contra el régimen despliegan los comunistas de Carrillo y sus aliados, y un Felipe González, que se codea ya con Mitterrand, con Mario Soares y con Willy Brant, se encuentra sin pasaporte y no le faltará razón a uno de lo policías que interviene en una nueva detención del líder sevillano: “Me parece que dentro de poco nuestro trabajo dependerá probablemente de este señor”.
De Ronda vengo... Hacía diez años que el profesor granadino Francisco Murillo Ferrol había sentado cátedra de conciencia andaluza con una frase que mereció los honores de convertirse en cartel: “Si el andaluz acomodado piensa en Madrid y el andaluz pobre piensa en Barcelona, ¿quién piensa en Andalucía?” Como lluvia a cántaros después de una gran sequía, se recibían los mensajes que regaban la tierra lastimada por la distorsión y el silencio. Andalucía, Díalogos de urgencia, una serie de entrevistas que publicó en Ideal, sirve para transmitir los deseos de un cambio profundo en Andalucía. Murillo Ferrol, ya de catedrático en Madrid, dice: “Ahora sigo creyendo que alguien con poder tiene que pensar en Andalucía. Un alguien individual y colectivo (...) El campesino andaluz hoy, en edad de merecer, es con bastante probabilidad, un excelente tornero o fresador en una fábrica de Frankfurt, Zurich o Barcelona”.
El venerable historiador Antonio Domínguez Ortiz, profesor también emigrado a Madrid, habla de la emigración: “Al no crecer de forma adecuada la renta nacional, la emigración era la única forma de elevar el nivel de vida de la masa trabajadora. Ha sido una cura de urgencia dolorosa, un remedio temporal. Pero hay que poner coto a esta sangría. Una región que exporta hombres no es económicamente sana...”
Joaquín Bosque Maurell, catedrático de Geografía en la Universidad de Granada, se refiere a la reforma agraria: “Andalucía es la región española con más posibilidades agrarias, y una de las primeras de Europa y de todo el Mediterráneo”.
José Cazorla Pérez, que había publicado ya un extenso estudio sobre Estructura socio-económica de Andalucía Oriental, denuncia la situación económica: “Esa Andalucía de maceta y faralaes nos ha costado muy cara, porque a la hora de decidir la ubicación de industrias básicas se ha optado alegremente muchas veces por hacerlo en la mitad Norte –a menudo sin una infraestructura en su entorno superior a la andaluza–, basándose en el fácil argumento de que en Andalucía ya se vivía, porque los otros se habían ido o malvenían...” El cordobés Antonio María Calero Amor, uno de los estudiosos más solventes de nuestra tierra (murió desgraciadamente años después en accidente entre la carretera de Córdoba y Jaén), defiende la laboriosidad de los andaluces: “Aquello de los andaluces alegres o perezosos, los catalanes laboriosos, los gallegos sentimentales, los castellanos austeros, etcétera, me suena mucho a folkclore, cuando no a un cierto racismo”.
Pero desde Barcelona, precisamente, llega la voz de la solidaridad, la invitación a la denuncia y a la defensa también del trabajador del Sur: “¿Qué habría sido de la industria catalana sin los trabajadores andaluces y la del País Vasco y de Alemania, y de Holanda y de Suiza y de...? ¿Qué sería del mundo obrero español sin la inestimable entrega de los trabajadores andaluces? (...) Tan sólo deseo sumarme al trazo histórico que el pueblo andaluz dibuje en los próximos años. De él espero la palabra... y la acción”.
Carlos Cano, por su cuenta y riesgo, toma la palabra. Con el ligero bagaje de una guitarra, el muchacho rebelde del barrio del Realejo, que se fue de Granada a la emigración, que conoció las penalidades del camino, albañil con las manos encallecidas, pone el alma de pueblo en pueblo con la canción que se convierte en himno de transición. Se sabe ya, aunque poca gente, que hay una bandera andaluza; pero es Carlos el que sale a desplegarla como enseña de denuncia. La verde, blanca y verde de Carlos es una bandera de libertad, prohibida como la que había enseñado Blas Infante a cantar en el himno, negada durante un tiempo. Y sin desfallecer, el soñador granadino va y viene a Ronda y no se cansa de hacer ese viaje de esperanza: De Ronda vengo lo mío buscando: la flor del pueblo la flor de mayo, verde, blanca y verde
Carlos cronista, cantante, comprometido, peregrino, enciende las velas de la noche para componer las canciones, en las que se aprenden las cuatro reglas del drama andaluz, expresado con botes de alegría porque parecía que aquello se acababa, que venía también de Ronda y de todos los rincones con la Murga de los currelantes pidiendo autonomía, que es como pedir trabajo, el retorno de los emigrantes, la explotación de las tierras convertidas en coto del Marcelo de turno, del bribón de casino, del cacique pistolero. Nadie como Carlos Cano para levantar las conciencias.
El desafío de los curas andaluces. La primavera andaluza produce los grandes sarpullidos. Andalucía es un hervidero. Se intensifican las manifestaciones, las persecuciones de los policías contra estudiantes, profesores, obreros, todos preparados para correr los cien metros lisos y librarse de las porras, de las balas perdidas... Y se captan para su causa a los periodistas que se atreven ya a escribir entre líneas sobre un conflicto laboral o dar cuenta de una manifestación en la que la policía ha repartido palos y practicado detenciones, de las que la autoridad gubernativa informa siempre falseando la realidad. Y lo mismo los curas que entran en acción. Hay ya dos iglesias, la Marcelo González Martín, la del régimen y los guerrilleros de Cristo Rey; y la de Tarancón.... Elías Alcalde, en el Llano de Zafarraya; Rodríguez Quirantes, en la Alpujarra; J. Antonio Parra, en Arenas del Rey; y tantos otros que aparecen como aliados imprescindibles en la defensa de las libertades y de los derechos humanos.
Monseñor Bueno Monreal tiene revuelta su Iglesia en Sevilla. Las extravagancias folkclóricas y milagreras de la conjura de sacristanes, que encabeza Clemente en el Palmar de Troya, son una anécdota de la iglesia marginal, en comparación con la rebelión de curas que se asocian a los trabajadores en la protesta contra el paro. De la comarca de Osuna surge, entre otros sacerdotes, la figura del párroco de Los Corrales, Diamantino García, que destacaría como un auténtico apóstol obrero, emigrante en las vendimias, y pieza fundamental del movimiento jornalero del Sindicato de Obreros del Campo (SOC), fundado ese mismo año.
Pero el cura que más dolores de cabeza crea a su propio arzobispo y a la policía se llama José Antonio Casasola, malagueño de Alcaucín, que destaca en la eclosión del movimiento jornalero de Lebrija, junto al indomable Gonzalo Sánchez –uno de los muchos sindicalistas infiltrados en el Sindicato Vertical–, y después por su activismo en Sevilla, donde se convierte en carne de cañón de la policía por el número de veces que es multado, apaleado y encarcelado. Con Soto, Saborido y Acosta en la cárcel –este último sería el primero en salir en libertad–, el cura Casasola es la mosca cojonera, que trae en jaque a la policía sevillana. Un cura con un vespino es un peligro público y como tal hay que cazarlo para que deje de enredar en todos los conflictos y de forma aún más desafiante en el de la construcción de los últimos meses del año y primeras semanas del siguiente. Su testimonio es impresionante. Lo mismo recibe multas de casi un millón de pesetas, que le impacta una bala en el pie, que le abofetean al entrar en la comisaría, que lo encarcelan y, vuelta a empezar, se le propina una paliza histórica dentro de la iglesia sevillana de la Corza. Entre 1975 y 1976, Casasola es detenido nueve veces: una vida entre rejas, sometida al dolor de los golpes, a los temblores de las huelgas de hambre... Y en los claros que le dejan sus actividades revolucionarias, ganándose el pan a pico y pala e instruyendo, a su manera, eso sí, a los feligreses a interpretar el Evangelio en la Sevilla del paro y el señorío.
La represión en Andalucía sigue el modelo del castigo colonial. Esta Andalucía de 1975 no parece haber avanzado con respecto a aquella que encontraron Blasco Ibáñez, Leopoldo Alas (Clarín), Azorín, también en la trágica Lebrija, en las descripciones de Blas Infante, de Juan Díaz del Moral, de Gerald Brenan, de Jean Sermet, de Antonio Miguel Bernal, de Tuñón de Lara..., la que había encontrado Juan Goytisolo en los Campos de Níjar, en la Chanca, ésa de los Juan sin tierra, título de la novela que el franquismo le acaba de prohibir; esta Andalucía de los obreros agrícolas de Palma del Río que se declaran en huelga para pedir el aumento salarial de 455 pesetas a 700 de salario mínimo; ésta de los 20.000 albañiles de Cádiz en huelga, multados y detenidos; ésta de los 40.000 andaluces que se van, como cada año, a la vendimia francesa, y luego al espárrago de Navarra, a las frutas de Lérida, temporeros sin fortuna, que caminan cabizbajos como si se tratara otra vez de moriscos expulsados; los miles de emigrantes fijos ya en Cataluña, en el País Vasco, los “gasterbeiter”, o trabajadores invitados, que he conocido en las fábricas de Frankfurt, donde se organizan y esperan que pasen los años de la agonía, mientras recuerdan que llegaron con números en las espaldas, cruzando fronteras clandestinamente, o formando partidas de trenes especiales, como salió Luis Blas Infante, el hijo de la Patria andaluza, al que encontré de camarero en un bar de Amsterdam, andaluces que escaparon del hambre y de la dictadura, que no se resignaron a ser topos escondidos, republicanos, maquis, hijos de los derrotados, hijos simplemente de la España de la corrupción y el trapicheo, jornaleros de sol a sol, carne de cuartelillo.
Encierro, multas millonarias y cárcel. Como en un calco del estado de crispación que había provocado la manifestación y los sucesos de 1970, surge otro estallido de protestas. Esta siguiente. Su testimonio es impresionante. Lo mismo recibe multas de casi un millón de pesetas, que le impacta una bala en el pie, que le abofetean al entrar en la comisaría, que lo encarcelan y, vuelta a empezar, se le propina una paliza histórica dentro de la iglesia sevillana de la Corza. Entre 1975 y 1976, Casasola es detenido nueve veces: una vida entre rejas, sometida al dolor de los golpes, a los temblores de las huelgas de hambre... Y en los claros que le dejan sus actividades revolucionarias, ganándose el pan a pico y pala e instruyendo, a su manera, eso sí, a los feligreses a interpretar el Evangelio en la Sevilla del paro y el señorío.
La represión en Andalucía sigue el modelo del castigo colonial. Esta Andalucía de 1975 no parece haber avanzado con respecto a aquella que encontraron Blasco Ibáñez, Leopoldo Alas (Clarín), Azorín, también en la trágica Lebrija, en las descripciones de Blas Infante, de Juan Díaz del Moral, de Gerald Brenan, de Jean Sermet, de Antonio Miguel Bernal, de Tuñón de Lara..., la que había encontrado Juan Goytisolo en los Campos de Níjar, en la Chanca, ésa de los Juan sin tierra, título de la novela que el franquismo le acaba de prohibir; esta Andalucía de los obreros agrícolas de Palma del Río que se declaran en huelga para pedir el aumento salarial de 455 pesetas a 700 de salario mínimo; ésta de los 20.000 albañiles de Cádiz en huelga, multados y detenidos; ésta de los 40.000 andaluces que se van, como cada año, a la vendimia francesa, y luego al espárrago de Navarra, a las frutas de Lérida, temporeros sin fortuna, que caminan cabizbajos como si se tratara otra vez de moriscos expulsados; los miles de emigrantes fijos ya en Cataluña, en el País Vasco, los “gasterbeiter”, o trabajadores invitados, que he conocido en las fábricas de Frankfurt, donde se organizan y esperan que pasen los años de la agonía, mientras recuerdan que llegaron con números en las espaldas, cruzando fronteras clandestinamente, o formando partidas de trenes especiales, como salió Luis Blas Infante, el hijo de la Patria andaluza, al que encontré de camarero en un bar de Amsterdam, andaluces que escaparon del hambre y de la dictadura, que no se resignaron a ser topos escondidos, republicanos, maquis, hijos de los derrotados, hijos simplemente de la España de la corrupción y el trapicheo, jornaleros de sol a sol, carne de cuartelillo.
Encierro, multas millonarias y cárcel. Como en un calco del estado de crispación que había provocado la manifestación y los sucesos de 1970, surge otro estallido de protestas. Esta vez la chispa salta en el Polígono de Cartuja, con una renovada alianza entre las fuerzas políticas y sindicales de CC OO. y del PCE y los curas obreros de la HOAC y de Solidaridad Andaluza. El detonante es una encuesta sobre el paro en la barriada de La Paz (Polígono), que publica Ideal, firmada por Francisco Sánchez, en la que se aportan datos escalofriantes sobre índices de paro, una serie de carencias y, en general, los síntomas de pobreza y marginación que atenazan a la población: “...Pero aquí no acaban las cosas, porque, a la vez, están subiendo los precios de una manera desorbitada. Ha subido todo: la leche, el pan, el aceite, la luz, los autobuses... por citar los más básicos, porque con cualquier artículo de alimentación, o de limpieza, o de vestir, por insignificante que sea, cada día al entrar en la tienda nos llevábamos la sorpresa. Por eso aquí hay personas que no tienen luz eléctrica, por no haber podido pagar el contrato; que no toman leche, ni fruta, ni carne... eso es un artículo de lujo. Por eso constantemente se oye la frase: “Así no se puede tirar”... “ Se recoge en el escrito un comentario del columnista de Ideal, Rafael Martínez Miranda, nada sospechoso de ser ni de hacerle el juego a nadie, salvo a su propia conciencia, en el que dice: “Lo que sí se puede saber sin necesidad de gran sabiduría es que si un sistema económico, para funcionar bien, tiene que basarse en que los que menos tienen se aprieten el cinturón con frecuencia para que los que están mejor situados continúen en su prosperidad, es un sistema económico, que no es justo, que no es humano”.
Despreciados por las autoridades, cansados de hacer asambleas en la iglesia de La Paz, el día 29 de abril, los parados, acompañados de líderes sindicales y sociales, en total 90 personas, deciden llevar un nuevo escrito a la Casa Sindical. El delegado recibe una comisión, se lee el comunicado, y con gesto destemplado la autoridad sindical les responde que hemos terminado. Entonces los trabajadores deciden trasladarse a los alrededores del Palacio Arzobispal. De los 90 trabajadores que acuden, 35 se encierran en la Curia. Otros muchos lo hacen en la Catedral. Granada retorna a la escena conflictiva. Las autoridades dirigen otra vez la mirada para ejercer la máxima represión contra este compacto grupo de obreros, que los traen en jaque desde la huelga de los albañiles de cinco años atrás. Aquella misma tarde, desde un teléfono de la Curia, el cura Antonio Quitián, que figura entre los encerrados, nos hace llegar a los periodistas el mensaje de que están allí para que las autoridades granadinas presionen a las de Madrid y soliciten ayuda para esta provincia: “Estamos padeciendo una situación injusta”.
El arzobispo Emilio Benavent Escuín expresa su solidaridad a los encerrados y advierte de que la policía no puede entrar a desalojarlos. La policía reacciona impidiendo que entren alimentos en la Curia. En solidaridad con los encerrados, el día 1 de mayo amanece con dos encierros de apoyo: en la 0Catedral y en la iglesia de San Isidro (el diario Patria acusa a las 60 personas, que están en esta iglesia, de encerrarse con alimentos de calidad y con mantas, haciéndoles las cuentas falsas sobre el valor de los mismos). La Policía desaloja a los de San Isidro, pero los de la Catedral seguirán hasta el final. A los nueve días de reclusión y cuando los encerrados empiezan a dar síntomas de desnutrición, la Fuerza Pública, con la oposición de la autoridad eclesiástica, irrumpe en la Curia. Momentos antes, Paco Portillo, que había aparecido tácticamente por aquellos alrededores con un fajo de propaganda, es detenido. Los 35 trabajadores son esposados y puestos después a disposición judicial.
Esta vez no hay muertos; menos mal. Pero otra vez Granada da el campanazo: cárcel para todos y multas de medio millón de pesetas para Antonio Quitián y Francisco Portillo; para los demás (Luis Cervilla Alonso, Juan Gálvez Lozano, Ángel Aguado Fajardo, Emilio Cervilla Ruiz, Francisco Padilla Maldonado, José Antonio Ramírez Milena, Francisco Gutiérrez Bautista, José Godoy López...) se imponen sanciones de 350.000 a 450.000. Multas sólo al alcance de millonarios, como llegó a decir Luis Apostua en el YA. Los trabajadores son enviados a comisaría y luego a la cárcel. Los dos sacerdotes del Polígono, Antonio Quitián y Ángel Aguado, son trasladados aquella misma noche al Hospital Penitenciario de Carabanchel, sin permitir que se les entregara ni una bolsa de aseo (dos días después viajé a Madrid y les llevé a la cárcel dos pequeños maletines que me habían entregado sus familias). También Pope Godoy, fundador de Solidaridad Andaluza, después de pasar tres días en huelga de hambre en comisaría, junto a seis redentoristas, que habían caído en otra redada, es conducido igualmente a Madrid. Después, los tres sacerdotes, en virtud del Concordato, retornan a Granada para cumplir el arresto sustitutorio en la casa de las madres mercedarias de Cájar y en los Agustinos de Monachil. Pope Gody, haciendo honor a su filosofía de la no violencia, se declara en huelga de hambre hasta el extremo de poner en peligro su vida.
Son días tristes para Granada. Los despachos de los abogados no paran de hacer escritos, de hacer declaraciones de pobreza para eludir el pago de las multas; pero había que pagarlas en la cárcel y otras vez los llantos y la soledad de las madres, las mujeres, los hijos, las víctimas de la calle. Días antes del desalojo se había celebrado la procesión del Corpus en un ambiente de extrema tensión, que culminó con la detención y encarcelamiento de los jóvenes Mateo Revilla Uceda, Esteban Velázquez Guerra, Antonio Olivares Castillo, Manuel Sánchez Palomo y Juan Francisco Perdiguero López, que habían expresado su disconformidad a que la autoridad civil, responsable de que los parados estuvieran encerrados, figurara en la procesión.
Bajo ese control férreo no hay tregua: ni para la autoridad gubernativa para prohibir, sancionar, dar palos o encarcelar, ni para la oposición para seguir desplegando actividades y protestas que fueran debilitando el poder del régimen. En agosto es detenido y procesado Enrique Cobo, destacado profesor motrileño, dirigente del PTE, junto a Félix Soto y Juan Maldonado. Las caídas se recogen en las listas que registran los comites de solidaridad, el equipo de Miguel Bellón, Miguel Girela, Mariló García Cotarelo y el perseverante Bruno Alcaraz, de Aministía Internacional, con sus jóvenes Tomás Navarro, Enrique Cabrera, Fernando Herrera, Adolfo León... Y Juan Ferreras, el fotógrafo que surgió de la represión, que tenía el valor de enfocar la cámara al policía que le estaba disparando con el fusil de fogueo. A Bruno se le debe la documentación más amplia hecha sobre la etapa más intensa de represión. Al término de cada manifestación, los comités de solidaridad recaban datos sobre detenciones, otras cuestiones relacionadas con la situación y recaudan fondos. Ahí estaban estos comités para darles su apoyo humanitario. Bruno guardaba el dinero en el armario de la casa de su madre en la calle Las Tablas y de allí salía, escoltado por sus lugartenientes, en dirección a Plaza Nueva, con el dinero necesario para pagar las fianzas de los detenidos.
García Lorca, asesinado: toda la verdad. ¿Pero quién podía hablar de la verdad en el régimen de la mentira? Si ni en su tumba de Colliure dejan descansar a Antonio Machado, junto a su madre doña Ana Ruiz, en el día de su centenario –Sevilla, 1876–. Meses antes, Juan Rejano evocaba su figura en Triunfo, en la última imagen que recordaba del poeta: “Porque también nosotros sentimos el corazón de Antonio Machado: lo seguimos sintiendo entre esta brisa o, más bien, bruma de nostalgias y esperanzas que nos envuelve lejos de España”. Qué suerte la de los poetas andaluces. Lorca, fusilado; Machado, muerto en el exilio, como Luis Cernuda... Vicente Aleixandre, postrado en una cama con ventanales hacia el mar azul de Málaga y Rafael Alberti, en Roma, que espera el momento para cumplir la promesa que le ha hecho a su hermano Federico de conocer Granada. En febrero, Francisco García Lorca, que llevaba años instalado en Madrid, reacciona ante la polémica que se origina en Granada con el Proyecto del Plan Parcial Granada-Oeste, que afecta al entorno de la Huerta de San Vicente, abre su casa a los reporteros de Ideal para alzar su voz de denuncia, pero sólo quiere, de momento, hablar de ese asunto: “Espero que no se consume un atentado contra la memoria de mi hermano. La Huerta de San Vicente pertenece al patrimonio espiritual de Granada. Espero que ese Plan se modifique. El asunto lo hemos puesto en manos de nuestro abogado (...) En la Huerta de San Vicente compuso mi hermano parte del Romancero gitano, Bodas de sangre, que la escribió allí en muy pocos días; “Doña Rosita la soltera” y parte de otros escritos. Allí pasó, además Federico, los últimos días de su vida”. Aquel proyecto, que merece la protesta de numerosas universidades extranjeras en un escrito publicado en Triunfo, no toca finalmente el entorno sagrado; sí lo haría otro plan muchos años después de rodados los ayuntamientos democráticos con la autovía que pasa por encima de la Huerta como si aplastara a una paloma.
Y en Barcelona, el premio Espejo de España se le concede a la obra García Lorca, asesinado: toda la verdad, de Carlos Vila San Juan, para ofrecer una cierta versión que no dañara mucho la responsabilidad del régimen, mientras llevaban años prohibidos los libros donde se decía la verdad que se buscaba, los de Gerald Brenan, Claude Couffon... y más recientemente el de Ian Gibson. Tengo entonces la oportunidad de publicar en Ideal, con el riesgo asumido de mi director, Melchor Saiz-Pardo, una serie de entrevistas sobre la muerte del poeta. Al periódico le interesa romper su propio tabú: el ex diputado de la CEDA, Ramón Ruiz Alonso, el siniestro personaje que instigó para detener al poeta, había sido linotipista en esta casa, y el periódico pertenecía a la Editorial Católica. Además Ideal tiene enfrente a Patria, el periódico del Movimiento, cuyo director, Eduardo Molina Fajardo, defiende la tesis de que la muerte de García Lorca era responsabilidad de los cedistas. Todas esas razones pesan para que en Ideal se plantee por primera vez hablar sobre la muerte de Federico García Lorca. Hablan entonces Vila-San-Juan, Antonina Rodrigo, el joven periodista Eduardo Castro; pero no el prohibidísimo Gibson. Sin embargo, sí se permite la entrevista con Gerald Brenan, que, desde su casa de Alhaurín el Grande, dice que no descubrió toda la verdad en 1949, pero casi toda: “Yo buscaba el sitio donde murió. Y creo que más o menos acerté. Porque el cuerpo de Federico García Lorca está a trescientos metros más allá de donde yo dije, en Víznar. Ahora se sabe el lugar y más cosas también. Gibson pasó cuatro años en Granada y logró averiguar muchas cosas (...) A mí me había dicho, es lo que logré saber, que fueron jóvenes de la CEDA. Tenga en cuenta que entonces no era posible preguntar a mucha gente ni investigar, todo había que hacerlo con mucho cuidado. Incluso llegué a saber cosas que no se publicaron”.
La entrevista con Angelina Cordobilla, la criada que vio por última vez al poeta, causa sensación. Se refiere en esta ocasión al “dolor de vientre”, “dolor de madre” y “¡qué lastima de familia!”: “El señorito no quería comer. Un hombre recuerdo que me dijo: “Qué lástima de hijo, qué lástima de padre”. Yo le ponía las cosas encima de una mesa. Lo único que había era eso, una mesa, un tintero, papel y una pluma. Federico no escribía. Ni tenía ganas de comer. Estaba muy bien vestido, con un traje flamante (...) Fui durante dos días. El 17 y el 18. Al tercer día, cuando iba de nuevo a llevarle el cesto al señorito Federico, un hombre me paró para decirme: “Al que usted va a llevarle eso, ya no está allí”. Yo no sabía quién era ese hombre”.
La Junta Democrática y la Plataforma se unen en la Platajunta para hacer una oposición más efectiva. Monseñor Tarancón presenta peticiones de amnistía e indulto a Franco. El cerco se va cerrando. Ya dice doña Pilar Franco, la inefable hermanísima, que su hermano “se merece un descanso”.
La Expiración. Septiembre negro. Continúan los estados de excepción, los consejos de guerra, las tropelías de la extrema derecha, con frentes de oposición abiertos por todos los flancos. El régimen parece acorralado. Pero conserva las energías propias de los últimos estertores. El 27 de septiembre, no hay piedad, se cumplen las sentencias de muerte contra los miembros del FRAP y de ETA: José Humberto Baena, José Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Ángel Otaegui y Juan Paredes Manot el Txiki. De todas las voces que se alzan en contra, es la del Papa Pablo VI, la que más mella hace a los hombres que firmaron las sentencias de muerte. Granada no se escapa de la quema. Durante los meses de septiembre y octubre, siguen las caídas, con procesados y multados, entre los que destacan Manuel Monereo (500.000 pesetas), Amalia Tesoro (450.000), Domingo Díaz del Peral (450.000), Luis Moreno Aparicio (450.000)... A los sacerdotes que hacen referencias en sus homilías a las últimas penas de muerte: José Rodríguez Quirantes, Elías Alcalde Martín, José Antonio Rosillo Prados, con 400.000 pesetas a cada uno.... Por cierto que Rosillo, párroco de Albondón, escribió en su defensa una carta al gobernador civil en la que, entre otras cosas, le decía: “Que este conflicto parece haber tenido su origen en la falsa interpretación de una señora, que entendió “sangre inocente” donde se dijo “inútilmente”, a pesar de que algunos vecinos trataron de convencerla de que en ningún momento se pronunció la palabra “inocente”, Como única razón para defenderse, dicha señora me tachó públicamente de “comunista”. Sin duda alguna, ignoraba esta señora que soy hijo de un hombre que murió a manos de los “rojos” en nuestra guerra de liberación”. Y además, José Ubago Ruiz (300.000), Juan Quílez (100.000) y José Antonio Morales Maldonado (100.000). También caen los abogados laboralistas Miguel Medina Fernández-Aceytuno, Fernando Sena... Y se impone una multa de medio millón al profesor Juan Antonio Rivas López por hacer comentarios sobre la enfermedad del dictador.
La salud de Franco se agrava. En la TVE, el NODO y las emisoras retumban los ecos del “¡Franco, Franco, Franco”, en el homenaje que se organiza al enfermo el primero de octubre. Un acto de desagravio, en el que Franco, apenas ya sin poder levantar el brazo derecho, y con la voz apagada, responde con el clásico “Españoles: gracias por vuestra adhesión...” y la cantinela de siempre: “Todo lo que en España y en Europa se ha armado obedece a una conspiración masónica-izquierdista en la clase política, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social que, si a nosotros nos honra, a ellos les envilece”. Pero es también Hassan II el que entra en acción con la Marcha Verde, la invasión hacia el Sáhara. Franco no se lo puede creer; pero es verdad. El generalísimo se resigna a aceptar su última y definitiva derrota. Como si el destino le mostrara el final de su hoja de servicios: el general que se sirvió de África para lanzarse sobre la España de 1936 pierde su última batalla, humillado por el rey africano que hasta entonces había sido su protegido. ¿Qué está pasando? Los días del franquismo parecen contados. “Gobernaba Carlos Arias Navarro, ex ministro de Gobernación y conocido en la oposición como Carnicerito de Málaga por su afán fiscal durante la posguerra. Luis María Ansón, hoy director de ABC, ya oía entonces un ruido de ratas que abandonaban el barco. ETA seguía matando –16 víctimas mortales en 1975–, los GRAPOS se habían estrenado con cuatro miserables asesinatos (de ahí su nombre: Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre), y la oposición pasaba de la represión sin cuento –fusilamientos, torturas y cárcel (había en esos momentos 1.800 presos políticos)– a la perplejidad, y de la perplejidad, a la actividad frenética. Pero todavía tenían que pasar algunos días para que los españoles se enteraran de lo que sucedía en El Pardo, aquel destartalado palacio que desde 1940 fue más cuartel que casa de gobierno”. (José María Izquierdo, en Memoria de la Transición).
El viento frío trae las nubes que dé la gran tormenta. Franco cae gravemente enfermo. Ni sus médicos, ni sus familiares, ni sus herederos políticos parecen tener piedad con esta agónica sentencia de muerte, como si quisieran ganarle aún más tiempo a cuarenta años de dictadura. El enfermo suspira, se le oye decir “¡Qué duro es esto!”. Los partes médicos hablan de “heces fecales sangrientas en forma de melena...”, en comunicados que parecen redactados por sus peores enemigos. A las 5.20 de la madrugada del 20 de noviembre se consuma la vida del dictador. Ideal lanza una edición especial. A las portadas plañideras de los periódicos, a los días de luto, de celebraciones clandestinas siguen jornadas de incertidumbre. Franco yace en el Valle de los Caídos y Juan Carlos I es coronado Rey.
En el primer Gobierno de la Monarquía aparece de ministro el gran tapado, Adolfo Suárez, ante la perplejidad tanto de los huérfanos del régimen como de los artífices de la oposición. Pero ésa es ya la historia que continúa con las reformas, los indultos que producen los reencuentros de Soto y Saborido con su gente de Sevilla al salir de la cárcel de Jaén, los movimientos de nuevos estrategas políticos en una etapa que se abrirá a la reconciliación, la tesis que habrá de imponerse sobre cualquier intento de ruptura traumática. El cambio se avecina y como dice, desde Barcelona, el prestigioso jurista granadino, Manuel Jiménez de Parga “los viejos actores están gastados”. En Andalucía, como si nada hubiera ocurrido, retirados los hirientes crespones negros de las fachadas blancas, la vida sigue en toda su crudeza, con los trabajadores de la comarca del mármol de Macael, que, por primera vez, consiguen que algunas empresas les den veintidós días de vacaciones al año, aunque otras sólo están dispuestas a ceder una semana y las hay, incluso, que insisten en que los trabajadores no tienen derecho ni a un solo día de descanso; con la huelga que afecta a ocho mil familias del Marco de Jerez, la explotación colonial que sufren los mineros de Río Tinto, como ejemplos de lo que ocurre en los pueblos del Sur, castigados por la malavida, vacunados así para cualquier conato de rebeldía.
De este año de la expiración, me queda sentir todavía la despedida más triste. Pero antes tendré que recordar que cuando Manolo Fernández-Montesinos volvió a ver a Angelina, la mujer que vio por última vez a su padre y a su tío Federico, la criada fiel le preguntó si llevaba el reloj de su padre: “Mírelo”, dice que le contestó. Y ella me cuenta que suspiró de alivio: “Ya se puede imaginar lo que yo sentí. Ellos tuvieron que marcharse y yo continué mi vida con los míos”. La fecha de su despedida definitiva del registro de la vida, que no del alma de la crónica de la memoria, es el 14 de diciembre de 1975 en el Cerrillo de Maracena. Angelina. Con su nombre basta para saber que es la heroína anónima de este tiempo de silencio...
Noté que se apoyaba en un coche con la mano temblorosa y la mirada cansada. No había nacido para mártir, sino para jornalero o peón de la construcción, lo que constituía un martirologio, aún más grave que predicar en tierra de infieles y vérselas con jalifas y mandarines. Y sin embargo su carrera evolucionó hacia un sacrificio peor, que conllevaría malos tratos, multas y entradas y salidas de la cárcel. Me quedé observando, a cierta distancia, a aquel hombre de edad madura hasta comprobar que se trataba efectivamente de Paco Portillo. Su carrera volvía a ser como siempre, la de un asalariado en las escalas inferiores del mercado, de guardacoches del párking del Palacio de Exposiciones y Congresos de Granada. “Aquí me tienes”, me dice con una mueca de sonrisa nerviosa. Me recordó después nuestro primer encuentro. Fue antes de este año de la agonía interminable cuando entró en mi casa fingiendo ser vendedor de libros, su coartada, para sincerarse después y aclarar que era el secretario general del Partido Comunista de España en Granada, que le habían seguido hasta allí los de la brigada social, que lo sentía mucho pero que quería contactar conmigo como redactor de Ideal, para que el periódico de la Editorial Católica tuviera en cuenta la voz de los comunistas. Entonces me recordó la necesidad de salir de las catacumbas en aquella Granada de puño férreo. Recuerdo también que en aquel último encuentro, Paco Portillo, el líder que acabó de guardacoches, sin pasar más facturas que las recibidas en su cuerpo, heridas ya escondidas en los repliegues del alma, desde este sótano que nos impide sentir el aire fresco que llega de las cumbres de Sierra Nevada, se refirió al día después del año de la agonía: “Aquella noche soñé que era mentira”.
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