Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
18 de marzo de 2026
 

 
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  1975
  Pilar del Río
  Arrojo contra poder
  ¿Las cosas son como las cuentan los anuarios o como las guarda muestra la memoria?¿Fueron una sucesión de hechos ordenados, lógicos según un criterio superior, o son el batiburrillo en blanco y negro que se recuerda? ¿Se escribe para ordenar el caos o para sumergirse en él y sentir de nuevo la emoción y el tedio del pasado, la sangre revoloteando por las venas, la curiosidad y la esperanza de aquellos años jóvenes en que tuvimos que inventar un mundo? Descubrir es mejor que conservar. Revelar el fuego es mejor que mantener el frío, concebir la luz es mejor que vivir a oscuras, inventar la pulsación de un pasado cercano es mejor que preservar los titulares de los periódicos que nos servían de alimento y de tortura.

Un lento preámbulo.
Con esta pretensión abordo la tarea este año de 1975 en Sevilla, dispuesta a sumergirme en los sentimientos que anidan en el corazón plural y colectivo de una generación y de una época, porque por estas fechas apostamos en lo comunitario y nos creemos hombres y mujeres sólo cuando somos con otros y en ellos nos reconocemos. El mundo empieza en esos años porque agoniza un sistema y otro vislumbra ya con aires que parecen suficientes para que siguiéramos construyendo nuestras vidas. Impulsamos el aire y detenemos las brumas. No conseguimos hacerlo mejor, pero nos esforzamos y tal vez hoy sepamos contarlo. Eso, haberlo vivido y ahora poder decirlo desde los personales puntos de visión de cada uno, es cuanto basta para considerar afortunada a una generación. La mía.

Tampoco 1974 había sido el año de la muerte de Franco. ¿Será este de 1975? Cuando empieza se puede ya sospechar que el dictador se encuentra tan momificado como el cuerpo de Lenin, tan traído y llevado en los discursos oficiales franquistas, por cierto con un jolgorio impropio de quienes se consideran dirigentes supremos de un país “por la gracia de Dios”. Momificado creemos que está, sí, pero bien amparado por aparatos que le permiten aún mover el brazo de firmar penas de muerte y de poner y quitar al Príncipe de Asturias, varias veces humillado por los caprichos del dictador o de quien mueve los hilos que terminan en decretos anacrónicos y criminales.

Porque con Franco de cuerpo presente o con Franco definitivamente ausente en la cama del Pardo, se sigue reuniendo el Consejo de Ministros y se trata de dar aspecto de normalidad a la comedia bufa del dictador senil que todavía tiene mando en plaza, es decir, en treinta y ocho millones de españoles. Así, cuando Arias Navarro, presidente del Gobierno gracias a ETA, que en 1973 asesinó a Carrero Blanco, heredero natural del franquismo, anunciaba el “espíritu de febrero”, es decir, un tímido aperturismo político que ni Fraga aceptó, la gente que en Sevilla constituía la oposición se echó a reír y siguió trabajando en lo suyo, en la dura tarea de traer a la vida real, con todas sus manifestaciones, lo que en el resto de Europa era norma de obligado cumplimiento, es decir, libertad para pensar y decir, democracia para gobernarse y dotarse de leyes aceptadas por la mayoría. Pero para llegar a este estadio básico de la organización de un pueblo y de las relaciones de sus habitantes, antes hay que acabar con los restos del sistema que tan patéticamente agoniza. Y tan cruelmente.

Dos fuerzas de choque. En Sevilla se entrecruzan, como siempre, aunque después se dé por aceptado el correcto discurso democrático, distintas formas de entender la vida. Está la Sevilla oficial, que tiene sus instituciones y sus cortejos, sus fiestas, sus palmas y sus miedos. Es la Sevilla del Círculo de Labradores, o del Ateneo Hispalense, de la Academia de la Buenas Letras, de la Maestranza, del ABC como institución y de las cofradías, del tópico y de llenar la Plaza Nueva en las manifestaciones a favor de Franco. Ésa es la Sevilla que vota contenta para el tercio familiar de las Cortes de Franco y se siente protegida cuando la califican de laboriosa y silenciosa, dos adjetivos muy queridos en esta época. Y está la otra, la que hace lo posible por hacer oír su voz, su protestona y a la vez dulce voz, la que se reúne en torno a El Correo de Andalucía y a ciertos curas obreros, la que desde los Distritos Municipales hace trabajo de zapa contra el Ayuntamiento quejura los Principios del Movimiento y pretende que se cumplan, la Sevilla que desde los colegios profesionales defiende la sociedad que será democrática y diseña un plan urbanístico para todos, no para especuladores; la que toma el sindicato vertical para convertir las elecciones que el poder pretende que sean una farsa en auténticos refrendos de la reivindicación y la representación obrera.

Dos Sevillas se enfrentan y las dos son poderosas porque una tenía el poder y la otra tiene el arrojo y la necesidad de construir el futuro; una es monolítica, se enseñorea en el Gobierno Civil, el Ayuntamiento, el Arzobispado, la Capitanía General, la cúpula del sindicato vertical, la Comisaría de Policía. La otra es múltiple y variopinta, está diseminada por toda la ciudad, camuflada en grupos de teatro, asociaciones de vecinos, cinefórums, grupos de cristianos de base, sociedades culturales y recreativas, revistas más o menos efímeras, en fábricas y en escuelas, está infiltrada en los sindicatos, en los medios de comunicación, en las delegaciones ministeriales, de tal manera que la lucha entre ambas Sevillas no es tan desigual como pudiera parecer al principio, la prueba es que gana la que se ve menos, pero se mueve más; es decir, la que va hacia el futuro, no la que se satisface en el ayer de la guerra y el estraperlo posterior o en el esplendor de un pasado aristocrático y hueco.

Sí, hay un submundo lleno de ruido y de furia que la Sevilla oficial no controla aunque sigue detentando el poder. Los melenudos con trencas y gafas, que la Sevilla oficial ve ir y venir sin entenderlos, se preparan ya para gobernar. Tampoco entiende a los obreros revoltosos, ingratos, a ésos que mete una y otra vez en la cárcel sin comprender que de esa manera está amasando héroes que van creciendo hasta hacer de sus nombres la mejor bandera. Porque los héroes de estos años no son los toreros ni las bailaoras, tampoco los que cuando pase el tiempo serán conocidos y reconocidos, los héroes, decía, son los trabajadores que se enfrentaron al sistema a pecho descubierto y por ello sufren pena de prisión y todas las privaciones que nada ni nadie podrá restituir. Por aquella época unos universitarios se preparan, aunque de eso no tuvieran conciencia cierta, para sentarse en el consejo de ministros del futuro.

Son manifiestamente antifranquistas, lo hacen saber e incluso pueden decirlo, porque a algunos les protege el imponente paraguas del gobierno alemán, amén de otros gobiernos no menos importantes, pero a los trabajadores del metal, a los de cerámica Bellavista, a los del taxi o las cementeras, a los jornaleros del campo o a los de la banca o del transporte que hacen huelgas políticas y sindicales, a esos no los protege ni Dios. Por eso entran y salen de las cárceles una y otra vez, como los sevillanos del 1.001, Fernando Soto, Eduardo Saborido, Paco Acosta, héroes de un tiempo que no debería borrarse de la memoria. Porque si tal hacemos, si corriéramos el riesgo de olvidar el tiempo pasado, nos olvidaremos también de los hombres y las mujeres que hacen posibles estos días de normalidad más o menos activa en que vivimos y estamos instalados y nos convertiremos en desagradecidos sin perdón; mientras los otros, los verdaderos protagonistas del cambio, pueden acabar creyendo que sus desvelos y sufrimientos no merecieron la pena. Pues, al fin y al cabo, dieron años y vida para algo que el destino hubiera construido sin su concurso.

Y no es verdad. Los trabajadores, que son la avanzadilla social, los que con su acción sindical y cívica crean conciencia en unos e inestabilidad en otros, son imprescindibles para que se opere la transición a la democracia y el tiempo los ha convertido en los baluartes de la memoria que estamos contando. Ellos son los que descomponen el régimen, lo socavan, preparan una mentalidad capaz de interpretar los signos y los símbolos que hoy son normales. Por eso merecen el aplauso y el reconocimiento. Y un lugar en la ciudad, además de en nuestros corazones.

Firmas para Justicia y Paz. Hay hechos que merecen ser destacados, porque, al margen del bullir de unos y los temores de otros, se siguen firmando decretos y se suceden cosas en el mundo que en Sevilla se descodifican a su modo y manera. Así que mientras los del 1.001 están en la cárcel y en Acción Católica se discute si se solicita clemencia para ellos, Asunción Milá de Salinas y el cura Javierre, que ya no dirige el Correo y sí una publicación para niños, comienzan a recoger firmas pidiendo, en nombre de la asociación cristiana Justicia y Paz, una amnistía para los presos políticos de España, ésos que el régimen se niega a reconocer. También proponen la supresión de la pena de muerte que el régimen mantiene y usa, aunque, por estos días de enero del 74 hay sevillanos que se alegran de la pena capital que recae en Salvador Puig Antich, un anarquista acusado de asesinar al policía de la tierra Francisco Anguas Barragán. Salvador Puig Antich no sería el último ejecutado, como más adelante se verá.

Como hay también quien se alegra por los bares de Sevilla y en las tertulias más o menos políticas, más o menos camufladas, de los desvelos del todavía presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, que empieza a declarar por el asunto Watergate, un enredo de mentiras que le conducirá a la dimisión, unos meses más tarde, concretamente en agosto, no sin antes perder su credibilidad por el camino. Como se ha sabido que el obispo de Bilbao, monseñor Añoveros, se enfrenta al franquismo defendiendo los derechos del pueblo vasco. Los obispos andaluces lo apoyan, más tarde lo hace también la Conferencia Episcopal Española. Y Añoveros, por esas y otras presiones, no es expulsado de España, pese a que llega a haber un avión preparado para conducirlo al Vaticano y allí dejarlo para siempre. Otro avión le hubiera puesto el régimen al sobrino del obispo, el catedrático sevillano Jaime García Añoveros, si se llega a saber que el coche que lleva a las esposas de los presos políticos del 1.001 y de otros procesados, como José Hormigo, por ejemplo, hasta Carabanchel y otras cárceles en los escasos días de visita era suyo o por el catedrático está pagado. “Son cosas que no se dicen”, me comentó un día elegantemente el que sería ministro de Hacienda de Adolfo Suárez. No las dice él, otros tenemos obligación de contarlas para que luzca esta verdad histórica en la solapa de quien ya, muerto tan pronto, y tan innecesariamente, no podrá hablar y con esa pena nos quedamos.

Alberto Leyva Rey cumple un año de gobernador civil de Sevilla. Será el último gobernador de Franco, el que dispondrá de los efectivos necesarios para imponer los últimos estados de excepción decretados, el que disolverá manifestaciones, mandará detener a dirigentes políticos clandestinos, del Partido Comunista de España, del PTE, que todavía se llama Partido Comunista Internacional, de Bandera Roja y de cualquier grupo que no se atenga a la fe del que ellos llaman Caudillo. Leyva Rey es flaco, con cara de pocos amigos, frío y distante, un fiel servidor del régimen, hecho y modelado para la causa, no para los tiempos que se avecinan, quizá por eso dejamos de verlo cuando, con La Muerte, como tituló Cambio 16, también muere el ardor que sostienen sus patrióticas almas.

Pero antes de que llegue esa muerte, todo lo que huela a distinto, a multiplicidad, a apuesta libre, es rechazado, no gusta, es objeto de burla y de jocoso comentario en los círculos de los fieles y sus medios de comunicación. La prueba la vemos cuando alguien atenta contra el Guernica, en Nueva York, y ellos, sabios de pacotilla, hacen bromas y más bromas con el mamarracho más grande que es Picasso. Incluso, un mes más tarde, cuando en Portugal estalla la Revolución de Abril, también tratan de hacer bromas con el símbolo rojo del clavel; pero ahí la sonrisa está forzada, se nota que un cierto repelús cruza el ambiente y en los despachos donde se reúnen los pares del sistema, o en las tertulias de cafés de los cabales, se mira con recelo, con la cabeza ladeada, lo que pasa en el país vecino.

Y a falta de otra cosa, comienzan a vigilar a las personas que cruzan la frontera, otros grupos distintos de aquellos ordenados y cantarines que van de peregrinación a Fátima... Ahora es otra la misa y otro el sermón: de Portugal se traen carteles y respuestas, se traen energías redobladas y la policía, en su desesperación, un día le coloca al profesor de Antropología de la Universidad de Sevilla, Isidoro Moreno, un clavel rojo en la oreja, creyendo que con eso se mofa de él, sin poder presentir que casi 30 años después aquel gesto sería recordado como el símbolo de impotencia de quien lo puso y como señal de que el clavel portugués también es nuestra forma de reclamar otro orden, otra vida.

Un año después de creada la Junta Democrática de España, en Sevilla necesitamos poco más para ir poniendo en marcha Juntas Democráticas en barrios, fábricas, agrupaciones de toda índole, siempre que sean plurales y estén presididas por el deseo de un tiempo nuevo. Y los carlistas se unen a los comunistas, y los andalucistas del PSA, que todavía no saben que se llamarán así, van con los del PTE que tampoco tiene aún ese nombre, y gente progresista del Opus se junta con Cristianos para el Socialismo y con los socialistas de Tierno Galván y Raúl Morodo, cuyo partido tampoco se llama todavía Socialista Popular (PSP), y sí del Interior. Y todos y muchos más, bajo la presidencia del Marqués de Marchelina y acogidos a la protección del abogado Alfonso de Cossío, dos grandes hombres, decidimos ser militantes de una organización que es una idea y un proyecto.

Viejos y nuevos militantes. Y en Bellavista con Alonso Balosa, y en Torreblanca con Encarna Asa, y en el Cerro del Águila con Antonio Antúnez, y en el metal y en la construcción, y en la hostelería y en los medios de comunicación, y entre los escritores y los trabajadores de Hytasa, y en los colegios profesionales y también las empleadas de hogar y las asociaciones de padres de alumnos, en todas partes florecen Juntas Democráticas que son un hervidero de ideas y de discusiones, de anhelos de ruptura democrática, de un gobierno provisional y de un referéndum para decidir la forma que tendrá este estado llamado español, si sería república y quién la presidiría, si sería monarquía y nadie aventura ese camino, porque, aunque humillado, Juan Carlos es una imposición de Franco, y la Junta, en aquellos alegres días, no contempla ningún escenario que no haya salido de sus libérrimos sitios. El sevillano Alejandro Rojas Marcos ha estado en la reunión de París, ésa que tan nerviosamente nos cuenta la televisión gris de la época. Rojas Marcos permanece desterrado de Sevilla, pero transmite su entusiasmo desde los límites geográficos que la ley le impone. Y clandestinamente otros llegan de lejos, con nombres falsos y acalladas identidades, que más tarde reconoceríamos, como fue el caso de los hermanos Benítez Rufo, José y Manuel.

A José lo recibiríamos con pancartas y flores, tras la muerte de Franco, en la estación de Cádiz. Llega del largo exilio cuando la verdad es que meses antes ha estado en mi casa, cedida para una reunión de la cúpula del PCE en Andalucía y, por la puntualidad de unos, ellos, y la impuntualidad de otros, quien esto escribe y su familia, acabamos encontrándonos en el ascensor y algo hablamos, aunque él, José Benítez, y alguno más de los que le acompañan, se llame de otra forma, y nadie quiera saber más que el nombre con que se presentan. De modo que en los despachos laboralistas de Aurora León o de José Julio Ruiz, incluso en los salones de Soledad Becerril, donde conozco al muy clandestino Simón Sánchez Montero; o en otros más modestos, como ha quedado señalado, oímos hablar de política, de tácticas y de estrategias, y recogimos el testigo diciendo luego, en otras reuniones, en los medios donde trabajamos y vivimos. Con menos miedo, aunque los tiempos, ya digo, no son fáciles.

En estos primeros años sesenta es cuando nos enteramos de que algo se está preparando en el PSOE, partido que no se ha incorporado a la Junta Democrática, que no está todavía muy implantado en la sociedad ni entre los sectores más dinámicos de Sevilla, pero que cuenta con un núcleo de personas selectas, muy preparadas, algo distantes del resto de la oposición, pero con un caudal que luego se mostraría extraordinario. El caso es que en el despacho laboralista de Capitán Vigueras se observa ya más movimiento que de costumbre, los abogados están más atareados y no con juicios, las reuniones se prolongan noche adentro, los viajes se multiplican, Manuel del Valle, Felipe González, Ana María Ruiz Tagle y Rafael Escuredo, titulares del despacho entre otros, van y vienen, y Alfonso Guerra no para en la librería Antonio Machado, ni Josele Amores, ni Pablo Juliá, ni Isabel Pozuelo se dejan ver mucho, ni el ginecólogo Luis Yáñez está entonces tan localizado ni localizable, ni Manuel Chaves, ni José Antonio Barragán, ni otros cuyos nombres irán saliendo. Pero Felipe es ya el secretario general del PSOE y se convierte en el valedor a ultranza de no pactar con los comunistas y de no integrarse en la Junta Democrática.

El año definitivo. ¿A qué huele esta entrada del año 1975? Porque éste es el año definitivo y como tal lo recordamos, día a día, sin que se pierdan por las esquinas las fuerzas que van a ser tan necesarias. En Sevilla sigue sin llover y dicen los periódicos que es una de las mayores sequías del siglo. También crece el desempleo, la emigración no es tan fácil, la industria no se mueve, la vida oficial sigue enseñando su cara más mustia, el espíritu de Arias Navarro dura tan poco que ni ha florecido: tan sólo ha sido un decreto oficial, con el visto bueno del Consejo del Movimiento, ese órgano anacrónico incluso entonces, siempre atento a los gestos de los íntimos de El Pardo, siempre pendiente de cualquier indicio que confirmara y justificara su existencia. Poca vida le queda, tan poca como a Franco, aunque quizá estos senadores del régimen van a tener un final más digno que el dictador al que sirven y, por supuesto, del que esperamos, porque Adolfo Suárez los convence para que se retiren en silencio y dejen las puertas abiertas al tiempo que se avecina. Lo hacen y el hecho de irse es su mayor mérito. Empieza enero en Sevilla, insisto, con sequía y paro, dos constantes de aquellos años, y con problemas de censura en El Correo de Andalucía, y con la muerte del Marqués de Luca de Tena, y con noticias inquietantes que llegan de Portugal, donde la CIA y los EE UU no parecen ver con buenos ojos el nuevo gobierno surgido de la Revolución de Abril. Menos mal que el descubrimiento de la farsa de las caras de Bélmez nos da motivos de risa, tan necesaria en aquellos como en estos tiempos.

Voces contra el sistema. Luego, tras enero, llega febrero con el ministro de Desarrollo, quien afirma tajante en Sevilla: “Hay que saldar la deuda con Andalucía”. A continuación se va, y muchos, ante frase tan rotunda, todavía no consiguen cerrar la boca. Pero sí cierran la Universidad. No una facultad ni dos, toda la Universidad, porque el volumen de protestas alcanza a docentes y a no docentes. Son los estudiantes, sí, los que piden el cambio, y contra las tasas, y por una enseñanza mejor, y también los PNN, que buscan su lugar, y los numerarios, hasta reputados catedráticos, como Peñalver en Letras, o los Pérez Royo en Derecho, o Manuel Ramón Alarcón y Bartolomé Clavero, articulistas de la tercera de El Correo, o los hermanos José Luis y Ángel López, ambos llamados, en distintas épocas, a desempeñar papeles importantes, y tantos otros..., en Medicina, José María Bedoya, por sólo citar un ejemplo, de los que dejan oír su voz contra el sistema, el universitario y el general del país. Son protestas que se extienden por todo el territorio nacional, no afectan sólo a Sevilla, pero en Sevilla, y también en su Universidad, se están gestando fórmulas que luego irradiarán a todo el país y durante muchos años, o sea que pormenorizar en exceso no está mal, ya que de aquí, y de estos días, van a salir algunos de los máximos dirigentes políticos que nos acompañarán a lo largo de toda la Transición.

En febrero, los Príncipes de España visitan Sevilla, a los procesados del 1.001 el Tribunal Supremo les rebaja las penas, de modo que el sevillano Francisco Acosta es puesto en libertad y vamos a recibirlo a la estación, con su mujer, con sus amigos, cientos de sevillanos, en el primer acto de encuentro que pudimos festejar. Marzo entra con la misma crisis universitaria, con los mismos conflictos en el País Vasco, con una ofensiva más clara de la Junta Democrática y con la retirada del pasaporte a don Alfonso de Cossío, el abogado del 1.001 y el portavoz de la Junta Democrática, quien se ha reunido con el Parlamento Europeo y con Gil Robles, tratando de formar la Federación Popular Democrática. Este mes termina con el precio del azúcar a 32,50, de 22 pesetas que estaba el kilo, y con el salario mínimo a 280 pesetas. Hay choques en la calle entre obreros y policías. Viendo estas cifras no merece la pena explicar por qué los trabajadores van a la huelga, todavía ilegal, y por qué salen a la calle sin permiso gubernativo. 280 pesetas provocan mucha desesperación como para quedarse quietos, al sol. También muere Onassis y algunos, pocos, comentan que los ricos también mueren. “Pero con el cuerpo más descansado y lustroso”, responde alguien.

En abril meten en la cárcel al director de El Correo de Andalucía. Su delito: haber informado de maniobras norteamericanas en la base de Rota y concluir que las fuerzas aéreas se preparan para intervenir en Portugal, conclusión que parece lógica analizando los hechos con la perspectiva chilena, donde el Pentágono tanto ha tenido que ver en la destitución de Allende y la imposición de su fiel amigo Augusto Pinochet. Desde luego, los aviones están en Rota, y yo los veo sobrevolando las costas de Cádiz. Si se preparan o no para intervenir en Portugal todavía no podemos saberlo, porque los implicados norteamericanos no han desvelado los papeles oficiales con sus andanzas de aquellos días en el país vecino y quienes lo gobiernan, o mejor, quienes van a recibir ayuda para acabar con las supuestas veleidades del Consejo de la Revolución, es decir con las nacionalizaciones y la reforma agraria, mantienen silencio. La excusa de unos y otros, norteamericanos y portugueses socialdemócratas, ya se sabe, es la de impedir que el comunismo, al que le atribuían una utilización partidista del Consejo de la Revolución, tuviera baluartes en Europa. La publicación de la noticia a toda página y, sobre todo, adelantar intenciones, le vale a Villagrán dormir unos días en la cárcel, pero cuando sale se incorpora a su despacho, dice aquello de “decíamos ayer” y sigue trabajando con la frescura y el desacato que son su norma. Hasta la próxima vez, hasta que lo echen, hasta que Sevilla pierda a este periodista y, también, de alguna forma, una manera irreverente de hacer periodismo, tan necesaria en todos los tiempos, también en los que lo políticamente correcto se adueña de conciencias y de estilos.

González, por Europa.
En abril del 75 salen de Vietnam los últimos norteamericanos, y eso es una noticia local, porque estar atentos a lo que pasa en el mundo es una forma de mirar nuestra propia casa. Por eso, por esta forma de mirar, Willy Brandt recibe a Felipe González, lo que representa otro espaldarazo internacional para quien está llamado a interpretar grandes papeles; y los obispos, en carta pastoral, dicen el día 20 de abril: “Consideramos obligado que se garanticen los derechos de reunión, expresión y asociación; es preciso que los trabajadores puedan hacer valer sus derechos y participar, sin temor a represalias, en la defensa de sus intereses y justas aspiraciones”. Hasta lo dicen los obispos, pero no sólo ellos: Manuel Gerena, por ejemplo, el cantaor al que tantos recitales prohíben, porque acaba convirtiéndolos en mítines y por eso nos gusta, canta por las plazas “Ábreme la puerta, pueblo, que mi verso quiere entrar, para enterrar la mentira y defender la verdad”. La verdad es un objetivo que queremos alcanzar a golpe de poesía y de música, de subvertir la realidad, de mirar por detrás de las apariencias, debajo de la alfombra, tras los muebles que esconden las salidas que necesitamos. Y así, mientras unos mantienen huelgas o se prodigan en reuniones, o anuncian recitales que serán prohibidos; otros, como Felipe González, se enfrentan a la prensa internacional en París, a la que explica que España se mueve y está preparada para incorporarse al concierto europeo. Y la victoria de González, con pasaporte y audiencia, es un poco la victoria de todos, aunque en muchas reuniones hubiera quien se preguntara cuántas concesiones ha hecho el PSOE para tener, por parte del régimen, un trato distinto al de otras formaciones políticas, que cuenta con militantes en la cárcel o a los que sistemáticamente se les niega el pasaporte. Que también acaban retirándoselo a Felipe González en junio, mes, por cierto, en que se le niega la entrada en España al padre del Príncipe de Asturias y futuro Rey, es decir, al Conde de Barcelona.

La familia por excelencia.
El absurdo tiene muchos niveles y, en los últimos tiempos del franquismo, la camarilla que gobierna sube hasta el más alto. Dice Pilar Franco, y con razón, que ni Arias Navarro sabe cuándo se producirá la sucesión. Ni el propio Franco, de cuya lucidez se duda cada día. Quizá el Marqués de Villaverde anda manipulando, a base de máquinas, la vida del suegro, con la esperanza de alargarla lo más posible. Quizá. Sí sabemos, años después, que la última agonía del dictador se prolonga hasta extremos inhumanos y que ese tiempo se emplea para salvar, bien salvadas, joyas, bienes y muebles. La hija de Franco es detenida en el aeropuerto de Barajas cuando trata de sacar de España, con destino a Suiza, un maletín con diversas joyas y monedas. Las explicación de que los lleva para hacer un reloj provoca más risa que compasión, sobre todo teniendo en cuenta la afición de esa familia por las joyas. No olvidemos que a la esposa de Franco, hasta ahora no nombrada en esta crónica, aunque su peso tiene en la vida del país, le llama la voz popular, y también la otra, a quien nunca agradó su altivez, “Carmen Collares”. Es la familia por excelencia, la que sale en el NODO cuando nadie se atreve a sospechar que también la desmembración la alcanzaría e, incluso, la azotaría con cierta saña. Mientras tanto, el 22 de junio muchos celebramos en Sevilla el cumpleaños, 70 años, de Sartre, que sí era de los nuestros. Este mes también será nombrado alcalde de Sevilla Fernando Parias, el penúltimo presidente de la corporación franquista que mejor hubiera querido ser el primero de la democracia.

El crimen de Paradas.
Como siempre, los dueños del Boletín Oficial aprovechan el verano para subir los precios de los servicios. Por ejemplo, los de RENFE son escandalosos, pero la opinión pública está de vacaciones o entretenida con uno de los sucesos más sangrientos y misteriosos que jamás ha sucedido en Sevilla: el crimen de Paradas. Cinco personas asesinadas en una finca o alrededores, sin móvil aparente y sin sospechosos verosímiles. Mucho se habla y se escribe de aquel crimen, que hoy sigue sin aclararse aunque Alfonso Grosso, el gran novelista sevillano, se atreviera a adelantar una explicación en su novela Los invitados. Desgraciadamente, ese mes de julio, como antes y después, otra sangre sigue corriendo en España, sangre de policías y guardias civiles que ETA asesina en su implacable carrera de muerte y terror.

Los últimos fusilamientos.
La clandestina oposición trata de encontrar hueco en los medios de comunicación, y los periodistas desafectos intentando colar goles por esos huecos, cuando Huertas Clavería, periodista catalán, es condenado a dos años de prisión por connivencia con ETA. Las reuniones de la Asociación de la Prensa de Barcelona, que defiende siempre al periodista, son prohibidas y las muestras de solidaridad combatidas. Pese a ello, un grupo de periodistas sevillanos le hace llegar un mensaje de ánimo y también se solidarizan los representantes máximos de la Junta Democrática, que ya en agosto perfilan actuaciones para el otoño. La NASA anuncia que se aplaza indefinidamente el vuelo a Marte. Tendremos que seguir en la Tierra para vivir los meses que nos esperan.

La crónica de septiembre de 1975 es la crónica de los últimos fusilamientos de Franco. Desde el día 12 no dejan de conocerse noticias del Consejo de Guerra de El Goloso y todas pintan mal: en juicio sumarísimo, con expulsiones de los letrados, sin garantías ningunas, once procesados, del FRAP y de ETA, son condenados a muerte, aunque el día 27 seis de los once son indultados. Los otros cinco, los que no tienen suerte, porque de juicios como éstos todo cabe esperarse, menos que la justicia brille, son fusilados al alba del día 28 ante nuestra impotencia y nuestro horror. La madrugada de ese día 28 de septiembre, la más larga de todas, más incluso que aquellas en que parece que Franco va a morirse y no se muere. A través de las emisoras de radio internacionales conocemos las presiones que se realizan en Europa para que Franco indulte a los cinco condenados: Paredes, Otaegui, Baena, García Sanz y Sánchez Bravo. Oímos emocionados y de manos dadas, cómo se convoca a los demócratas en Milán, para protestar ante el Consulado, cómo llega a Radio France Internacional Jean Paul Sartre y cómo pide clemencia y movilizaciones, y también Louis Aragón, y Costa Gavras, e Yves Montand, y tantas personas que admiramos. Luego llega Santiago Carrillo a los estudios de la emisora francesa y se dirige al Príncipe y le dice que si aspira a ser rey tiene que intervenir esa noche para que no se consume el asesinato de las cinco personas condenadas... Y seguimos con los oídos pegados a la radio esperando un mensaje de Pablo VI que no llegamos a oír, pero sabemos que llama a Franco y éste no se pone, o no lo ponen, da igual, y en el éter se cruzan los mensajes mientras en la tierra esperamos no se sabe qué, porque al amanecer dan la noticia en la radio estatal, escuetamente, como un parte de una guerra que no ha terminado. Y entonces salen los periódicos, y en los quioscos hay algunas personas silenciosas comprándolos. Hay quien tira algunos a las papeleras cercanas porque, sin sensibilidad o con demasiadas órdenes, abren con noticias que no son la noticia. No es un buen día para las emisoras locales de Sevilla. Nos encontramos en estado de excepción, controlados y bien controlados, de modo que lo más que podemos hacer es no dar los buenos días en antena, ponernos malos, estar afónicos, programar melancólicamente, hacer de nuestra voz una señal de luto. Luego, cuando nos mandan a la Plaza Nueva para cubrir el homenaje a Franco en desagravio por la retirada de España de los embajadores europeos algunos nos negamos, no queremos ser transmisores de ese acontecimiento, altavoces de un régimen inmisericorde hasta las postrimerías.

Y ocurre que el régimen está tan descompuesto, su autoridad tan menoscabada, que el desplante, hasta hace unos días impensable, es aceptado y entendido, de tal manera que quienes así actuamos no sufrimos represalias; al contrario, ganamos cierto respeto ante la dirección, que hasta entonces nos ve como jóvenes díscolos, más o menos politizados, en cualquier caso restos del naufragio contestatario de los últimos sesenta. Estos fusilamientos son definitivos para que la oposición clandestina se haga más visible, salga con ira de las reuniones donde se prepara el cambio, se eche a la calle pese al estado de excepción, sin importar que cada día aumenten las detenciones, que cada día caiga un grupo, una célula, unos compañeros, que cada día cierren una nueva publicación, Triunfo, por ejemplo, tiene cuatro meses de suspensión –por un artículo del cordobés José Aumente, ¿Estamos preparados para el cambio?– pero nada nos detiene, ni siquiera un embarazo, ni una amenaza, ni el desempleo, ni la familia, y seguimos pidiendo amnistía y libertad, y ese mismo año, días después de la muerte de Franco, se oye en la radio de Sevilla que la amnistía también abarcará los delitos de sangre y el director de la radio donde eso se emitió, La Voz del Guadalquivir, defiende ante el gobernador el derecho del ciudadano a expresarse libremente y no despide a la periodista que había hecho la encuesta, como le pedía el delegado provincial de los sindicatos verticales, dueños de la radio.

Muerte con música clásica. Sabemos, por aquellos días de octubre, que varios sindicatos europeos han pedido el Premio Nobel de la Paz para Marcelino Camacho, secretario General de CC OO y sólo la noticia en sí misma es ya todo un premio. Luego se lo darían a Sajarov, y estuvo bien, como bien está la noticia de la recuperación de Camacho, que sufre complicaciones debido a la huelga de hambre que los presos políticos hacen como presión y solidaridad con los condenados a muerte. La huelga de hambre es la única forma que tienen para protestar contra esa barbarie, ya que les han quitado la calle.

Entonces no se sabe, pero son las últimas sentencias de muerte que se van a ejecutar, porque en octubre la salud de Franco entra en un aparatoso declive, quizá acelerado por su aparición en la Plaza de Oriente, ante el inefable millón de personas que siempre congrega su excelencia, quizá precipitado por la mala conciencia de saber que no ha atendido al Papa cuando le llama para pedir clemencia, porque el hecho de matar nunca hace temblar su mano. Sea como fuere, Franco está en las últimas, entre El Pardo y la clínica, entre su muerte y la crisis del Sáhara, entre la devoción y el desprecio, entre su final y el principio de una nueva historia. Cada hora, locutores apenados leen partes oficiales en la radio oficial. Cada hora, el equipo médico habitual comunica nuevas complicaciones. Cada hora es una hora menos que nos queda a todos, a él, a su familia, al régimen que agoniza, a nosotros, que nos vamos a librar, por fin, del ganador de la guerra del 36, casi cuarenta años después, es decir, toda una vida.

Y llega noviembre, y muere. Los periódicos sevillanos tienen ya hechas las páginas y recogidos los testimonios, falta poner las horas en los huecos dejados para eso. No hay rubor en el procedimiento. Ni emoción, ni piedad, sólo cierto malestar por si pasa más tiempo del previsto y se quedan vetustos los artículos, desfasados con el momento presente. Mientras, los partidos políticos engrasan sus maquinarias, o acaban de formarlas, como es el caso de los más nuevos. Se alquilan pisos en el centro de Sevilla con nombres diversos y actividades varias, que en realidad van a convertirse en las primeras sedes políticas. Así lo hacen el PSOE, el PCE, ASA, los carlistas y los Demócratas Cristianos de Gil Robles, los del PTE y los del PSP, aunque algunas sedes figuran como despachos de abogados, otras como centros de una cultura difusa y ecléctica, que es como se presenta la democracia de este tiempo. Y al salir de las reuniones, amigos de distintos partidos nos damos cita para oír la radio internacional, porque siempre pensamos que la noticia de la muerte la darían de noche y quizá la adelantara Radio France o la BBC, que tanto consuelo nos han dado.

Así que noche tras noche nos vemos los amigos, hasta que ya empezamos a perder las esperanzas, quizá las lágrimas y los rezos de los franquistas fervorosos han llegado hasta un Dios misericordioso con los dictadores que firman penas de muerte incluso cuando apenas pueden con la pluma. Pero no, este Dios, o no existe o tiene motivos para oír a los orantes: una noche que cansados de esperar nos fuimos a dormir, Arias Navarro anuncia que “la lucecita del Pardo ha dejado de iluminar”. Nos enteramos por los niños que juegan en la calle a horas inusuales: “¿Niños jugando a esta hora? Franco ha muerto”. Y sí, la música clásica de las emisoras de radio lo confirma, de modo que empezamos a preparar otra transición pequeñita, la del sucesor designado, y ya veremos qué nos depara el futuro.

Aviso de Rey. Y el Rey, ya proclamado por las instituciones franquistas, empieza su proceso de legalización ante los españoles diciendo: “Que nadie tema que su causa sea olvidada, que nadie espere una ventaja o un privilegio”. Y esas palabras son entendidas como un aviso a navegantes franquistas. Porque parece que los mismos van a seguir, pero no, hay un aire nuevo en la proclamación del Rey, aunque estén presentes los Cuarenta de Ayete y los ministros de Franco, altas personalidades europeas han venido a darle al monarca una primera confirmación, un espaldarazo para que le resulte más fácil la tarea. Luego sabremos que Juan Carlos, desde el principio, tiene claro que los partidos políticos deben ser legalizados cuanto antes, tiene un plan y unos nombres que por entonces todavía no nos son familiares, como Adolfo Suárez, por ejemplo, que no cuenta en nuestros mapas y sin embargo será un personaje definitivo. Como lo es la amnistía general que nos trae a tantos de los nuestros, tantos españoles que por haberlo sido en momentos inadecuados para las hermosas ideas están aún en la cárcel o en el exilio.

Cuando Concha Velasco protagoniza El beaterio de Santa María Egipciaca, que acaba con el ajusticiamiento de Mariana Pineda, cuando al final de la obra, en los saludos, la actriz se dirige al publico y dice que unos días después de esta muerte absurda se promulga en España una amnistía que le hubiera salvado la vida, cuando dice que ésa es la importancia política de la amnistía, el teatro en pleno se pone en pie pidiendo “Amnistía y Libertad”, que es, en ese momento, nuestro ideario y nuestro objetivo. Asistimos emocionados a la función. Creemos que, por haber estado en el teatro, ya lo sabemos todo, pero no, empezamos a saber de verdad, con un saber emocionado, participado y activo, cuando llegan los del 1.001; cuando Fernando Soto y Eduardo Saborido se bajan del tren y allí, esperando, entre tantos y tantos, está Paco Acosta, que ha salido antes de Carabanchel y ya tiene embarazada a su mujer, tan feliz ella como las otras esposas, las sufridas esposas cuyos nombres no figuran en los registros, pese a que son ellas quienes, por sostener la casa y la familia, permiten que su maridos se entreguen a causas por las que hoy los reconocemos y les damos las gracias. Vamos a la Estación de Cádiz, y vemos abrazos y nos abrazamos y sabemos que tenemos que seguir, que éste es el primer paso y queda todavía un largo trecho hasta que llegue Adolfo Suárez y su reforma, la que no queremos en ese momento, la que tendremos, y con eso vamos saliendo adelante.

Pero todavía quedan capítulos importantes, el PSOE se tiene que constituir en Plataforma Democrática con Movimiento Comunista (MC) entre otros, y luego pactar con la Junta y hacer la Platajunta, que ya no es una organización de personas sino de estructuras, que los ciudadanos observamos con respeto porque están negociando los diversos caminos que llevan al siguiente futuro. Es verdad que los diez puntos, el Decálogo de la Democracia que propone la Junta, se van reduciendo, que de la ruptura pasamos al concepto de reforma y por medio dejamos el de ruptura pactada, y no son juegos de palabras, son opciones serias de la generación del cambio. Luego aceptamos la Monarquía porque la Monarquía también acepta que unas Cortes Constituyentes elaboren una Constitución que la refrendase. Pero éstos son acontecimientos del futuro distante, de los años 76, 77 y 78 y ahora estamos en diciembre de 1975. Franco ya está en el Valle de los Caídos, bien enterrado, en la calle casi nadie lo nombra ya, son las cosas de la dictadura, parece que el dictador es eterno, y cuando se muere, sus partidarios, los millones de partidarios que antes le aclaman y le vitorean con encendido ardor, se transforman en un puñado de nostálgicos inmovilistas.

Un alivio para el futuro
. Así que vamos preparándonos para Navidad con las fuerzas que nos quedan. La muerte, todas las muertes del trimestre, las esperadas y las que nos asestan a traición, todas, nos han consumido tantas energías que algo dentro de nosotros, y también en la sociedad, pide un receso, un espacio en blanco para ensayar nuevos comportamientos, la espera ha sido demasiado larga; ahora hay que adaptarse. Es verdad que Franco no está y no hay vacío de dictador, tampoco Arias Navarro llora ya sus lagrimas por televisión, pero en las calles se palpa un desconcierto raro, como de no saber qué hacer, y entonces va la policía y detiene otra vez a Camacho, y otra vez tenemos que salir pidiendo su libertad, y, entre tanto, los precios suben y las revistas hablan de fugas de capitales, socialistas y comunistas parecen no querer entenderse y el blanco y negro de la televisión se empeña en ocultar el color de la vida, quizá por eso notamos el desfase violento del contraste...

Pese a todo, los estudiantes sevillanos salen a la calle pidiendo la readmisión en sus cátedras de Tierno Galván, de Aranguren y de García Calvo, expulsados por motivos que hoy da vergüenza recordar y escribir, muchos exiliados en México, en Estados Unidos, en Francia, en Italia, están a la espera para volver, pero algo los detiene: “¿Estás segura que ya ha sido el final?”, pregunta un padre a su hija, porque él juró no volver mientras estuviera Franco, y tiene dudas, no sabe si el franquismo sociológico dispone de fuerzas para mantener vivo, de alguna manera, el perfil del dictador. Algunos, sin embargo, ya han pedido pasaporte para entrar, como Rafael Alberti, que todavía tendrá que esperar en Roma casi un año, como el PCE, que sigue en la clandestinidad aunque Carrillo ya se prueba pelucas en París, y Paco Ibáñez sueña con dar un recital en Granada, con Alberti y Nuria Espert, los tres y Federico al fondo, pero son sueños, anhelos que se mezclan con otras caras de la vida, la del desempleo y la del salario mínimo, muy por debajo de las mínimas necesidades, la falta de agua, los barrios sin recibir por el ayuntamiento, la falta de planes de urbanización y de presupuestos, la desorientación, pero también están las personas que se levantan cada mañana y comprueban que no hay marcha atrás, que caminar no es fácil, pero se va avanzando, los medios de comunicación ensayan libertades ganadas a base de golpes, Fraga y Areílza entran en el gobierno de Arias Navarro y tratarán, ahora lo sabemos, de contener a los más feroces ultras, a los pistoleros sin ideología, a los ideólogos con pistola que tanto daño van a hacer todavía... Y, casi sin darnos cuenta, se nos viene encima la Navidad, esa extraña fiesta que siempre concita en las personas sentimientos encontrados y más en esta ocasión, cuando estamos algo aturdidos, algo perplejos, demasiado jóvenes para soportar el paso de una época a otra, para ser dique de contención entre el ayer que todavía se manifiesta y el mañana que tantea su nuevo rostro.

Entonces, cuando va a entrar el Año Nuevo, cuando tenemos las uvas preparadas para tomarlas y con ellas desearle a cada mes su parte de gozo y de alimento, cuando esperamos a que el reloj de la Puerta del Sol comience sus maniobras de confusión con los cuartos y las horas, cuando nos miramos a los ojos para empezar el año reflejado en los otros, entonces se oye algo distinto, algo nuevo que nos deja un instante sin respiración y luego nos llena de gozo y de risas y nos tomamos las uvas ya sin prisas y con la confianza, bendita confianza, de que estamos en el buen camino. Porque la antigua Radio Vida no emite campanadas, a Paco Herrera se le ocurre empezar el año con la canción que oímos sorprendidos, con el corazón latiendo muy de prisa, acompañando el estribillo con la fuerza del deseo y de la emoción desbordándose. La canción está grabada en Chile y Quilapayún decía: “El pueblo, unido, jamás será vencido”. Así entramos en 1976, ésta es la fe de aquellos Años de la Transición.
   
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