Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
19 de marzo de 2026
 

 
  botón inicio botón contacta botón mapa web
foto cabecera
titulo cabecera

 
 
menu
PROVINCIAS
MONOGRÁFICOS
- Adiós al Hollywood europeo
- A donde habite el olvido
- Alfonso Canales, cronista cultural de Málaga
- Alfonso Grosso, entre balas y merengues
- Almería en tres miradas
- Antonio Gala no ha sido asesinado en Murcia
- Antonio Mozo, el innovador
- Asunción Andaluza
-
TROFEOS DISPUTADOS ENTRE 1973 Y 1983

- Caídas y más que caídas
- Caídos sin nombre
- Campo de sangre
- Cántico de Córdoba
- Centenario del nacimiento de Juan Ramón Jiménez
- Cerrado ante la justicia, abierto ante la historia
- Del olvido a la gloria
- Deporte, de la jerarquía a la democracia
- Despiertan los medios de comunicación
- Domínguez Ortiz, cita con la historia
- "Donde se vive y se muere fuera"
- Eduardo Chinarro, el periodismo laboral
- El arte al alba
- El Centenario de Vázquez Díaz
- El Correo de Andalucía en Huelva
- El fin de los monopolios
- El flamenco en la Transición
- El islote de Saltés
- El nacimiento del Festival de Cine Iberoamericano
- El reportero Sebastián Cuevas
- El torero que revolucionó las masas
- En el nombre de Jarcha, libertad sin ira
- En homenaje al maestro Ladis
- Entrevista a Antonio Gala

Diálogo del desamor

- ¿Estamos preparados para el cambio?
- Huelva canta libertad
- Huelva y la música
- José Gálvez Manzano populariza el billar
- José Prieto Escaso, arquero olímpico
- Juan Diego borda su venganza
- La creación nunca duerme
- La década gloriosa del Trofeo colombino
- La esquina de Pepe Jiménez
- La herida de Federico Villagrán
- La mirada de Ricardo
- La princesa comunista
- La radio del transistor
- Las voces prohibidas
- La Transición acelera el reciclaje de los periodistas
- La Transición de los periodistas
- La Transición en las librerías malagueñas
- Los interrogantes de Antonio Burgos
- Medios: la renovación inconclusa
- Nadie sabía nada
- Noche de guardia
- Pedro y Pablo en la Tasca del Matías
- Picasso, principio y fin
- Pudo ser un sueño, pero fue realidad
- ¡Que vienen, que vienen!
- "Se hace talento al andar"
- Semblanza/ Manuel Benítez 'El Cordobés'

Un flequillo le leyenda en la España de los 'seìllas'

- Távora en esencia
- Tránsitos
- Una irrepetible complicidad
- Un festival "rojo" en el franquismo
- Un lienzo pendiente
- ¡Viva Andalucía viva!
CIUDADES RELEVANTES
 

INICIO > PROVINCIAS > > CRÓNICAS
 
botón introducción botón crónicas botón conversaciones botón artículos botón epílogo botón fotos  


1973 1974 1975 1976 1977 1978 1979 1980 1981 1982 1983  
  1977
  Juan José Téllez Rubio
  Urnas abierta, astilleros cerrados
  Ya se decía por aquel entonces que la pesca se hundía. La industria naval le vio las orejas al lobo durante aquel año en que emergieron las banderas blanquiverdes y en el que se desempolvaron las urnas de la democracia. Pero a pesar del aplastante respaldo a la reforma política, todavía quedaban en la España de 1977 conspiscuos adversarios de las libertades, como Juan Antonio Bardem reflejaría en su largometraje Siete días de enero.

Secuestros, violencia, detenciones. Del ingenioso rapto del teniente general Villaescusa al de Antonio María de Oriol y Urquijo, liberados felizmente en febrero, pasando por las muertes de jóvenes como Arturo Ruiz, un poeta en ciernes que era militante de la Joven Guardia Roja, asesinado a bocajarro por dos tipos que gritaron “¡Viva Cristo Rey!”, o de la estudiante de Sociología Mari Luz Nájera. En sólo una semana, se contabilizarían diez muertos: entre ellos, dos policías y un guardia civil asesinados por los GRAPO en represalia por la matanza de Atocha donde fueron acribillados cinco abogados del PCE. Entre ellos, numerosos gaditanos.

La matanza de Madrid motivó paros, manifestaciones y asambleas en las facultades gaditanas. El Colegio de Abogados de Cádiz llegará incluso a convocar una misa en sufragio por el alma de los letrados laboralistas asesinados en Atocha.  Numerosos escritos de protesta por los trágicos sucesos circularon bajo las firmas de UGT, SLMM, ORT,JJSS, JGR, Plataforma Democrática de Fuerzas Políticas Jóvenes; CC OO, PSOE, Comité Local del PC de El Puerto de Santa María, LCR,CNT, USO,PCE, PT, OPI, Comité Local del PC de Cádiz y Comité Federal de la USO de Cádiz. En ese clima enrarecido, dos activistas de la ORT, Ignacio Vallés Silva y José de la Rosa, eran detenidos por el simple hecho de pregonar el periódico Lucha, en la plaza de Topete, de la capital, a finales de ese mismo e intenso mes que abría un año cuajado de esperanzas y de incertidumbres.

Dos meses después, vuelven a detener a Ignacio Vallés, esta vez junto a María del Mar Merino y por una imputación similar, la de vocear el periódico En libertad, que ya contaba con depósito legal pero cuyos ejemplares les serían incautados al pasar por comisaría. En esa misma plaza de Topete, las Juventudes Socialistas recogerán firmas para reclamar la mayoría de edad a los 18 años, una conquista que no llegará hasta la Constitución del año siguiente. Incluso a finales del 77, la mano dura de la represión seguía encargando ataúdes. Los centros universitarios gaditanos guardaron un día de luto por los sucesos de la universidad tinerfeña de La Laguna, donde murió a manos de la Guardia Civil el estudiante José Fernández Trujillo durante una jornada de huelga general en protesta por la situación económica de la isla.

El sendero del 15-J. José Manuel Paredes Grosso, vicepresidente del Partido Demócrata Popular, propone que Cádiz rinda tributo internacional a los liberales de 1812. La Pepa seguía presente en la memoria de los nuevos y de los viejos partidarios de las libertades. El socialista Jaime Pérez Llorca, en una carta abierta, contestaría a Paredes, meses más tarde, cuando formaba parte de la candidatura de UCD: “No me parece justo que se adscriba al reformismo suarista a Mariana Pineda ni al Cádiz que tuvo un papel destacado en la revolución liberal de principios del XIX. Para mí es evidente que ambos están en el lugar, para mí glorioso, que les asignaba el franquismo histórico”.

El alcalde de Cádiz, Emilio Beltrami, terminaría por apuntarse al comité local de la Unión Regionalista Andaluza (URA), de Luis Jaúdenes, que se pateó la provincia durante los meses siguientes. Pero aquel proyecto político fracasó, como tantos otros de aquella derecha que andaba mal con los primeros zapatos de la democracia. Fernando Chueca, que participara con Dionisio Ridruejo en el núcleo fundacional de su partido socialdemócrata, la USDE, fue elegido presidente del Partido Demócrata Popular.
En tal contexto, Inocencio de León Cantero abanderaba el antiguo proyecto asociativo de Cantarero del Castillo, reconvertido finalmente en partido político: “Reforma Social Española es socialista y democrática”, declaraba a los medios, pero quizás ya nadie le hiciera demasiado caso porque otros socialistas más veteranos habían saltado ya a la arena política: “La historia del PSOE se confunde con la de la clase trabajadora”, anticipaban, sin ir más lejos, Pedro Jiménez y Ramón Vargas-Machuca, pertenecientes al comité provincial de los socialistas renovados y futuros candidatos al Congreso, aunque ni ellos mismos lo supieran todavía en el mes de febrero, cuando formularon tales declaraciones, poco antes de analizar en público las consecuencias del último congreso de su partido.

Algunos de los socialistas de aquella hora habrían de desaparecer, posteriormente, de la escena política de Cádiz. Ese fue el caso de  Jerónimo Sánchez Blanco, cuyo informe económico había sido apoyado por más congresistas del PSOE que el que presentara Miguel Boyer durante la última convención del partido. En aquel momento, era asesor económico de Felipe González y, durante años, iba a mantener una marcada influencia en el mundo del socialismo gaditano. En abril, tuvo lugar la presentación del PSOE en el Campo de Gibraltar, durante un acto público que se celebró en La Línea, de donde provenía uno de los veteranos de Juventudes Socialistas, Antonio Marmolejo.

A pesar de que se mantiene su situación de clandestinidad, Fernando Martín Mora, Antonio Álvarez Herrera y Manuel Espinar Galán dan la cara como comunistas y rebaten el principal obstáculo para su legalización, en base todavía a las modificaciones que el parlamento estableció el año anterior sobre el texto del Código Penal: “El PC es un partido nacional sin obediencias internacionales”, avisan poco antes de que Rafael Alberti envíe desde Roma un mensaje político al pueblo gaditano, al que anima a seguir defendiendo la causa de las libertades. Incluso antes de que dejaran de ser clandestinos, los comunistas gaditanos ya tenían decidido que Rafael Alberti encabezara la futura lista de candidatos al Congreso por  Cádiz. “En las calles de El Puerto, estos días, pegados a los ‘blancos muros de cal’ hay pósters con el rostro de Alberti escuchando una caracola –¿escuchando el mar de su bahía?–  y grandes letreros: ‘Alberti vuelve a España’... Pero aún continúa la espera mantenida durante todo su destierro. ¿Cuánto se demorará?”, escribía José Ignacio Buhigas el 24 de abril de aquel año. “Ven Alberti”, le pedía Pablo Guerrero, desde una canción. Y Alberti vino. Tras la histórica jornada del Sábado Santo, en la que se produce su legalización, las distintas organizaciones afines al partido salen a la calle, en especial en municipios tradicionalmente rojos, como el de Trebujena.

Sin embargo, cuando principiaba 1977, el PCE seguía siendo clandestino, pero la izquierda ya había destapado definitivamente sus cartas. El socialista Rafael Román, a la sazón militante de UGT, volvía a su ciudad natal, Chiclana, donde su padre había sido alcalde durante el franquismo, para impartir el 4 de enero una conferencia sobre Sindicalismo Libre.

Las elecciones legislativas que prometía la reforma aprobada en diciembre pusieron en marcha el engranaje de todos los partidos. Ya en enero, el PSA, por ejemplo, pretendía constituir un “bloque andaluz” y, para ello, mantenía conversaciones con otras formaciones políticas como el  PSP, PCE, PDA, Izquierda Democrática y el MC. Sólo con la primera de dichas formaciones alcanzaría finalmente un acuerdo, creándose incluso una comisión unitaria para plantear la estrategia electoral.
Cádiz era una provincia muy compleja y la clandestinidad obligatoria había conllevado una seria falta de vertebración de muchas organizaciones en todas las zonas del mapa gaditano. Ocurría, por ejemplo, que grupos como el Movimiento Socialista de Andalucía tenía predicamento en el Campo de Gibraltar, pero no así en la Bahía de Cádiz, a donde acudió a finales de febrero Primitivo de la Quintana, su secretario general, para anunciar que “España no podría existir sin Andalucía”. Ese espíritu, consolidado durante las elecciones de junio, conduciría hasta las multitudinarias manifestaciones andalucistas del 4 de diciembre de 1977.

Andalucía en pie.
A escala estatal, la comisión negociadora en materia de autonomías que había creado la oposición, todavía clandestina, apenas reivindicaba el pleno restablecimiento de los Estatutos de Autonomía ya aprobados antes de la guerra civil –el de Andalucía se había quedado en puertas– y “alternativamente, la inmediata creación, entre otros, de mecanismos institucionales tales como la Diputación General de Euskadi, la Xunta de Galicia y la Generalitat de Catalunya, con tradición histórica y arraigo popular, como medios para garantizar el proceso de recuperación plena de las autonomías”. De Andalucía, ni pío.

“El objetivo del PSA es el reconocimiento del pueblo andaluz”".
En aquel momento histórico, las banderas provocaban serias disputas en el escenario político de Cádiz. Como la que protagonizó Joaquín Ruiz Jiménez, el ex ministro rebelde de Franco que ahora representaba a Izquierda Democrática, cuando acudió a un mitin en el instituto Isla Verde de Algeciras y exigió que fuese retirada una de las dos banderas andaluzas que presidían el acto y que fuera sustituida por la española: “Me parece bien que haya una bandera representativa de la región, pero no puedo permitir que falte la del Estado”, se explicó.

Hasta el 11 de junio, el Ayuntamiento de Cádiz, por ejemplo, no aprobaría la colocación de la bandera blanquiverde. Y eso que su alcalde había abrazado la fe en un partido autodenominado Unión Regionalista Andaluza. También en Algeciras se exige desde comienzos de año que ondee la bandera verdiblanca junto a la rojigualda en los centros oficiales. Ésa es la demanda expresa por parte del PSOE, PSP y PSA, que se presentan ante la opinión pública como “las agrupaciones socialistas del Campo de Gibraltar”, con la omisión del MSA, cuyos portavoces protestaron por dicha exclusión y llegaron a presentar, en solitario, un proyecto de estatuto de autonomía para Andalucía. Incluso, el Partido Carlista, en plena canícula, plantea una iniciativa similar y anuncia que también publicará un proyecto de bases para un estatuto del mismo corte.

Curiosamente, la utopía andalucista llegó hasta la otra orilla del Estrecho, en Ceuta, donde dos tenientes de alcalde solicitaron que se enarbolase la bandera andaluza: “Nadie puede discutir que somos parte integrante de Andalucía”, manifestaban entonces, aunque la historia inmediatamente posterior habría de negarlo. Los parlamentarios de UCD por Ceuta y Melilla decidieron asistir, aquel verano, a una reunión de parlamentarios andaluces que tuvo lugar en San Fernando. Salvo dicha coalición, el resto de los grupos se oponía a su presencia porque no la creían pertinente, ya que ambas ciudades nunca habían formado parte de Andalucía.

Una semana después de las elecciones generales, el diputado Paredes había propuesto de hecho la creación de una Asamblea Parlamentaria Andaluza: “La finalidad de esta asamblea no puede ser ocasional sino para defender y determinar la autonomía de la región y llegar al imprescindible pacto andaluz”. El 19 de octubre, esa Asamblea de parlamentarios andaluces aprueba el texto preautonómico.

Antes, en el Teatro de las Cortes de San Fernando, el 5 de agosto, se había constituido la Junta de Parlamentarios Andaluces de la UCD, en la que hicieron pública una declaración por la que se declaraba de extrema urgencia  que se establezca legalmente la autonomía de Andalucía. Asistió a la reunión el presidente del Senado, Antonio Fontán: “Esta Cámara está llamada a ser la de las Regiones”, anunciaba ya entonces.

La Diputación de Cádiz junto con las otras siete de Andalucía crean, a finales de septiembre, un Ente Regional Andaluz y reclaman un régimen preautonómico similar al que tienen Cataluña y el País Vasco. De no ser así –declaran– Andalucía corre el riesgo de descolgarse del proceso autonómico. A mediados de octubre, más de un centenar de chiclaneros, convocados por el PTE, acudirá a una manifestación en pro de la autonomía andaluza.
Tras las elecciones legislativas y su fracasado intento de sumarse al carro andaluz, los nuevos parlamentarios de Ceuta y Melilla deciden tirar por su cuenta y plantean la potenciación política de ambas ciudades en el nuevo contexto democrático.

Había, desde luego, una derecha gaditana que abrazaba el andalucismo, bien por convicción o por intereses estratégicos. Uno de los principales referentes de esa corriente, sería el alcalde gaditano Emilio Beltrami, quien a pesar del fiasco electoral de la Unión Regional Andaluza, a la que representaba, seguía manteniendo a mediados de noviembre de aquel año que “la autonomía a la que aspiramos los andaluces ha de ser de defensa”.
Y había un camino suficientemente andado como para que la convocatoria de la manifestación andalucista del 4 de diciembre constituyera todo un éxito. Ese mismo día, en el dominical del Diario de Cádiz se incluyen por primera vez una serie de comunicados de los distintos partidos con presencia real en la provincia, en los que se pronuncian por el futuro andaluz que pretenden: “El PSOE propone una estructura federal del Estado con respecto a las autonomías de las nacionalidades y regiones”, proclamaban entonces los socialistas.

“Las manifestaciones del día 4 en la región deben ser la expresión popular de la voluntad de los andaluces de dotarse de órganos de autogobierno y de la conciencia de su propia identidad”, proponía el PCE. El Partido Socialista Popular también se mostraba “a favor de cualquier forma de autonomía que favorezca la emancipación de la clase trabajadora, reconociendo claramente que la autonomía política ha de ser acompañada por los necesarios recursos económicos para su desenvolvimiento”.

“El Partido Socialista de Andalucía sabe que con la autonomía no se van a solucionar los problemas tradicionales del pueblo andaluz, pero nadie bien intencionado puede negar que, a partir de ahí, vamos a conseguir los andaluces un importante salto cualitativo. Vamos a comenzar nuestro autogobierno y esto es positivo”.

Para el Partido del Trabajo de España, “la autonomía puede tener dos sentidos enormemente diferentes: por una parte, para los que significa descentralizar el aparato administrativo de Madrid a Sevilla, con lo cual les sería más cómodo tirar nuestras peticiones a la papelera; por otra, está la verdadera autonomía, que es aquella que significa que son los andaluces los que deciden sobre los problemas que exclusivamente les afectan y toman medida para su solución”.

Una de las posturas más belicosas ante dicha celebración fue la del Partido Carlista de Andalucía, “consciente de la pretensión del poder central de aprovechar el Día de Andalucía para orquestar la imposición del proyecto de régimen provisional elaborado por los parlamentarios”. Lo rechazaban, de hecho, por “antidemocrático, totalitario y centralista”. Ni siquiera la Organización Revolucionaria de Trabajadores parecía tan radical, sino que animaba a la puesta en vigor del proyecto de régimen preautonómico especial que se estaba fraguando: “Esto significaría un paso adelante en el camino hacia la consecución de la autonomía. Aunque, por otro lado, en este primer paso se ve la mano de UCD, puesto que el proyecto se enmarca dentro de lo que el Gobierno está concediendo en otros sitios. Es decir, está limitado por la imposición de la UCD de recortar al máximo las autonomías nacionales o regionales”.

Hasta la junta provincial de Alianza Popular se sumaba a la convocatoria de la manifestación del 4 de diciembre. Los seguidores gaditanos de Manuel Fraga y los llamados “siete magníficos” no habían participado en la elaboración del citado acuerdo parlamentario, pero apoyaban “plenamente los deseos de autodeterminación de nuestra región” y que aceptaban en toda su extención el alcance del proyecto provisional de autonomía para Andalucía que estaba sobre la mesa. Curiosamente, no hubo declaración expresa de la Unión de Centro Democrático, al frente del Gobierno español, sino que el periódico se limitó a reproducir unas manifestaciones de su diputado Fernando Portillo, formuladas en agosto: “Andalucía está en una situación tal que sólo con el esfuerzo unitario y de conjunto de sus representantes en el Congreso y en el Senado puede lograr la fuerza de gestión y aún de presión necesaria ante la Administración pública para lograr que ésta conceda a nuestra región, durante tanto tiempo marginada, un tratamiento especial que en ningún caso sería de favor, sino de simple justicia. Es muy necesaria la unidad”. Otro tanto, pero con anterior fecha incluso, ocurrió con la Democracia Cristiana Andaluza, cuyo secretario general había manifestado en agosto de 1976 lo siguiente: “El regionalismo andaluz es de reivindicación, de demanda de solidaridad y de exigencia de justicia frente al poder central y frente a las demás regiones y países del Estado español más favorecidos”. Otro sí ocurrió con la Unión Regional Andaluza, de la que se citan declaraciones de Luis Jaúdenes, en septiembre de 1976, insólito si se tiene en cuenta que, en aquellos momentos, la historia cambiaba de hora de un día para otro: “Somos decididamente partidarios de España como unidad, pero no estamos dispuestos que, al socaire de autonomías, se consagren situaciones de privilegio que para Andalucía serían necesariemente perjudiciales”.  “El pueblo andaluz es el único titular de la autonomía de Andalucía”, preconizaba la Unión Socialdemócrata de Andalucía.

En la capital gaditana, más  de 70.000 personas recorrían las calles y avenidas, desde San Juan de Dios a la plaza de toros, como un mar blanquiverde. Otro tanto ocurriría en Algeciras, con menor pero masiva afluencia de público y en donde un banderón enorme bajó desde el torreón del templo parroquial de La Palma, en el corazón de la Plaza Alta, también a rebosar. Muy cerca de allí, en Málaga, se oían disparos de muerte. Una bala traidora, como cantase Raza Mora, acabó con la vida de un joven, José Manuel García Caparrós, a quien el poeta gaditano José Ramón Ripoll dedicó una elegía.

Urnas en libertad.
“Las elecciones no son plenamente libres puesto que, entre otras cosas, no se garantiza la autonomía de las nacionalidades, que no han podido decidir cuál será su relación con el poder central. Tampoco se garantiza que las próximas Cortes sean Constituyentes”, denunciaba Jaime Pastor, de la Liga Comunista Revolucionaria. Los trotskistas contaban con un activo núcleo en Cádiz, en el que figuraba como coordinador Luis Miguel Urbán, impulsor a su vez de unas maratonianas sesiones de cine, teatro, música y literatura que tuvieron lugar ese mismo año y el anterior, en lo que todavía era la sede del Movimiento, en vías de extinción.

El Gobierno Civil prohibía inútilmente una manifestación convocada en la capital gaditana por la legalización de todos los partidos políticos. Tuvo lugar el 2 de abril, apenas asistió un centenar de manifestantes  y la policía se empleó a fondo, mediante una carga que corrió por la Cuesta de las Calesas y se dispersó por las calles del barrio de Santa María. Los partidos eran legalizados con cuentagotas. Al Partido Socialista Popular, que fue el primero de la izquierda en pasar por la ventanilla de los vistos buenos, no le tocó el turno hasta el mes de abril. En sus filas militaban José Manuel Duarte Cendán, Jaime Medina, Juan Bartual, Serafín Gutiérrez Castro, Pedro Vidal Abarca, Manuel Aguilar Olivencia, la abogada algecireña Julia Natera o sus paisanos, los hermanos Obispo. En el Campo de Gibraltar, el festejo por la legalización del PSP reunió a toda la izquierda en la venta de Los Cortijillos. Allí estuvo, entre otros, José Triviño, quien había acompañado desde Algeciras a Enrique Tierno Galván en su aventura del Partido Socialista del Interior (PSI). Sin embargo, no se incorporó a las nuevas siglas, sino a las del Partido del Trabajo de España, cuyos militantes fueron insultados y detenidos en Cádiz por pedir ser legales.
“La izquierda cuenta cada día con mayores posibilidades electorales”, anunciaría en abril Enrique Tierno Galván ante casi 4.000 gaditanos y, a su lado, José María Duarte, cordial pero enérgicamente no dejó títere con cabeza en cuanto a problemas provinciales: astilleros, “ejércitos de parados al servicio de la oligarquía”, abandono de la Sierra gaditana, Gibraltar y Rota, analfabetismo y falta de viviendas. Poco después, acordaban cerrar una candidatura conjunta con el PSA, en el territorio andaluz y la cercanía de las urnas pone sobre aviso a los partidos sobre la multiplicidad de siglas, por lo que la izquierda decide presentar una candidatura común al Senado, bajo el apellido de “independiente”, con la presencia de Alonso del Real, Duarte Cendán y Porcel Seoane.

A comienzos de junio, 100 reclusos del penal de El Puerto protagonizarán una huelga de brazos caídos por considerarse perjudicados en el último indulto.

Un caso singular en el amplio abanico político de la época, lo representaba el Partido Carlista, que tras la unificación franquista de la FET había hecho pervivir su espíritu a través de los Círculos Vázquez de Mella, que tuvieron sede en la capital gaditana. Desde las guerras decimonónicas, había partidarios del carlismo en la provincia, a pesar de que en aquel momento dos ramas de la misma familia estaban enfrentadas. La ultraderechista, cuya bandera enarbolaba Sixto de Borbón y que había protagonizado la violenta razzia de Montejurra, frente a la socialista, de Carlos Hugo de Borbón y Palma. A esta última se adscribía en aquella época el joven escritor gaditano Manuel Jesús Ruiz Torres, pero era liderada por Juan Enríquez Harana y José García Fernández-Palacios: “El Partido Carlista propugna un socialismo de autogestión global”, sostenían como ideario, aunque, como otras formaciones políticas, no habrían de ser legalizados hasta después del 15 de junio.
Había un cierto revisionismo histórico desde el ámbito que parecía personificar el franquismo. Por ejemplo, a comienzos de marzo tuvo lugar en El Puerto de Santa María una reunión de los Círculos José Antonio, con vistas a preparar el Congreso Nacional que se habría de celebrar en Madrid, presidido por su presidente nacional, Márquez Horrillo: “Hemos estado 40 años en silencio, porque, de los ministros de Franco, sólo siete procedían de Falange Española y de las JONS”. Blas Piñar, jefe nacional de Fuerza Nueva que se declararía dispuesto “a morir y a matar por España” durante un mitin en Bilbao,  protagonizó en marzo una conferencia en Algeciras: “Fuerza Nueva no está en posesión de la verdad pero la verdad de España nos posee”, proclamó desde dicha tribuna.

Andando el tiempo, tanto en el Campo de Gibraltar como en otras zonas de la provincia operaría un sindicato surgido a la sombra de dicha formación, Fuerza Nacional del Trabajo, así como grupos que no guardaban relación directa con ambas siglas, pero que contaron con cierta presencia en las calles de la Transición. El principal de ellos era el de los Guerrilleros de Cristo Rey, que protagonizaron ocasionales palizas, persecuciones y amenazas, como las que, ya en el umbral de los ochenta, sufrieron Basilio, el distribuidor de Mundo Obrero en Algeciras, o un joven agitador, prematuramente muerto, que escribía ripios y que se hacía llamar Moñiz El Poeta.
Entre los alcaldes de la provincia, José Ángel Cadelo no había entrado todavía en contacto con UCD, al menos oficialmente, aunque el linense Juan Blasco Quintana mantenía contactos con el llamado Partido Popular de aquella época, con Reforma Democrática y con el Grupo Parlamentario Independiente. A Laureano Barrera, el de Arcos, se le vio en una reunión con Manuel Fraga, celebrada en Arcos. Antonio Morillo Crespo, alcalde de Vejer, ya estaba políticamente comprometido con la Social Democracia de Fernández Ordóñez.  En su santoral político incluía a Alejandro Magno, Julio César, Jesucristo y Ché Guevara. A su juicio, el Partido Social Demócrata (PSD), al que él pertenecía y que estaba integrado en la UCD, no era “el PSP de las derechas”.

“Somos totalmente opuestos a la legalización del PC”, aseguraba Laureano López Rodó cuando presentó en Cádiz Acción Regional, quien definía a su partido como “agrario y defensor de un sano regionalismo”.  Se trataba de una formación integrada en Alianza Popular, cuya primera presidencia provincial asumiría José Pastoriza y que presentaría como candidata al Congreso a Francisca Gómez, a partir de un comité provincial de coordinación entre UDPE, Reforma Democrática, Acción Regional, ADE y el independiente Antonio León Manjón. Alianza Popular defendía en Cádiz “la unidad sagrada de la patria”, al tiempo que intentaba desprestigiar supuestamente a Felipe González y a Enrique Tierno Galván, llamándoles marxistas. Y El Puerto de Santa María servirá como sede de la asamblea regional del Partido Demócrata Popular, que se situaba “en el ala izquierda liberal”, en palabras de Carlos Roca. Los democristianos gaditanos se alinean en torno a Moncho Pérez Díaz-Alersi, que será su candidato final, Patricio Gutiérrez Cano, Daniel Ruiz y Francisco Fernández García-Figueras. Manuel Clavero Arévalo y Fernando Portillo Scharfhausen pasean por la provincia su Partido Social Liberal Andaluz: así, a mediados de marzo llegaron a Algeciras: “Por encima de las ideologías habrá que mantenerse unidos como andaluces”, afirmaban como centristas. Lograron implantarse, al menos, en 12 municipios de la provincia, cuyos representantes se reunieron en abril en El Puerto de Santa María. Poco a poco, iba fraguándose lo que iba a ser la Unión de Centro Democrático.

Entre Quiñones y Pemán.
De cara a los primeros comicios en libertad, buena parte de la sociedad gaditana iba perdiendo el miedo a definirse. El escritor Fernando Quiñones nunca lo tuvo. Y, ahora, creía que la idea “más próxima al buen camino” era el socialismo, “al que hay muchas maneras de entender. Yo lo entiendo sin autoritarismos, violencias, sin dogmatismos ni extorsiones, sobre una base de libertad y justicia, y en esta idea milito. La acumulación de bienes, materiales y culturales, es desde siempre el padre y la madre de las desgracias de este mundo”.
Pero tenía una cierta prevención ante las elecciones del 15 de junio: “Sobre todo que ganen ‘los equipos de antes’. Y si todo va bien, otro problema gordo, posterior: que quienes estuvieron abajo traten de subirse encima, de luchar por las insaciables comodidad y lujo burgueses, en vez de por una razonable igualdad”. A bordo de Alcances, ese año, Quiñones contará con el respaldo habitual de Juan Manuel Marchante –quien rodaba un cortometraje sobre la muerte de Neruda– y Servando Roa, a quienes se unirá Marina Bermúdez de Castro. Por su programación, discurrió una semana de cine soviético inédito en España o una emocionante lectura poética de Rafael Alberti, quien anunció que tardaría en escribir una nueva arboleda perdida. Incluso, se descentralizaron algunas de sus actividades, lo que permitió, por ejemplo, que el espectáculo Herramientas, de La Cuadra, pudiera estrenarse en Algeciras.
“Don Juan está cumpliendo de modo absoluto la palabra de rey que dio a los españoles de no pleitear nunca con su hijo –declaraba José María Pemán, quien fue presidente del consejo privado del conde de Barcelona, que con fecha 14 de mayo había puesto todos los derechos de sucesión y jefatura de la familia real en manos de su hijo, don Juan Carlos–. Conoce la realidad actual del mundo político en evolución, como muy pocos contemporáneos. Sus conversaciones con don Juan Carlos habrán sido muchas veces transmisión de sucesos o criterios absolutamente fecundos para un deseo de equilibrio”.

Un año más tarde, Pemán lo confirmaría: “No ha habido pleito entre el Rey y su padre”. Y añadiría, en una nueva entrevista:  “Dios está echando horas extras para arreglar España”. La postura política del creador de Lola la Piconera, en cambio, era plenamente conocida. O no del todo. Al cumplir 80 años aquel mismo mes de mayo de 1977, le refirió a Agustín Merello que había conocido a Suárez cuando era director de TVE, cuando escribía semanalmente sus episodios de El Séneca: “Suárez no ha desperdiciado palabra. Ha dicho muchas cosas sensatas –opinaba–. Tierno tuvo mucho interés en conocerme y acudió a un acto al que asistía. Hablamos mucho y recuerdo que me explicó que él no concebía una España que no fuese monárquica. A Alberti le conozco bastante. Sobre esto he escrito recientemente muchas páginas. Traté mucho a Rafael cuando leíamos nuestros versos en la azotea de la casa de Juan Ramón Jiménez. Una vez, cuando Pepe Bergamín tramitaba su regreso a España, hicimos una excursión de unas cuatro horas por el Sena, en París. Entonces me leyó las Baladas y canciones del Paraná,  que son como las canciones de la nostalgia, que mantenía como telón de fondo la silueta de El Puerto de Santa María, aunque el Paranía, el delta del Plata, no se parezca físicamente en nada a esta Bahía”.

“Cuando me recibió don Juan Carlos en La Zarzuela, no hace mucho, al terminar la audiencia seguí sentado. Entonces le dije a don Juan Carlos que si no me daba la mano y me ayudaba a levantarme me iba a encontrar a la hora del desayuno al día siguiente en el mismo lugar. Don Juan Carlos se echó a reír y me ayudó”.

La sedición campogibraltareña. Un artículo de Pemán, que nunca llegó a publicarse pero que circuló generosamente por mentideros políticos y antesalas del poder, fue una de las explicaciones de que a finales de los sesenta y a partir del cierre de la Verja no se crease una nueva provincia andaluza, con capital itinerante entre San Roque, Algeciras y La Línea, hasta que se recobrase la irredenta Gibraltar. Su territorio iba a abarcar desde Estepona a Ronda, pasando por Alcalá de los Gazules y Vejer de la Frontera, como fronteras últimas. La oposición de procuradores malagueños y gaditanos había impedido que Franco estampara su voto de calidad para un proyecto que estuvo a la firma en el Consejo de Ministros y que no llegó a consumarse.

En 1977, empieza a fraguarse una candidatura comarcalista en torno a la Casa del Campo de Gibraltar en Madrid, que en aquel momento publicaba una revista de prestigio llamada Carteya y animada por escritores como José Riquelme. En aquella aventura  política figuraron el imaginero sanroqueño Luis Ortega Bru y el presidente de la Casa, quien por aquel entonces era Manuel González Scott-Gwendolyn, un paisano suyo que inventó el Kanfort y que 25 años más tarde sería brutalmente asesinado, junto a su esposa, por un jardinero que decía estar poseído por los espíritus.

Este proyecto, que respaldará plenamente el sociólogo Salustiano del Campo, parte del abandono administrativo de dicha zona, cuyo crecimiento industrial y demográfico era evidente. Apenas unas cuantas delegaciones especiales iban paliando la falta de ventanillas burocráticas propias en dicha demarcación, que distaban más de cien kilómetros de la capital gaditana y cuya falta de recursos públicos resultaba escandalosa: “Siento temor por el futuro de nuestra comarca”, afirmaba Salustiano del Campo. Y en Cádiz sentían temor por el futuro de la capitalidad. El aparente segregacionismo campogibraltareño iba a formar parte fundamental de los debates electorales de aquella campaña.

Por ejemplo, el Partido Comunista de España se mostraba a favor de “establecer mancomunidades comarcales para aquellas zonas que así lo exijan”. En cambio, el presidente provincial de Alianza Popular, José Pastoriza, prefería nadar y guardar la ropa. Así que, de un lado, se mostraba partidario de apoyar al Campo de Gibraltar “con todos los recursos posibles hasta que se logre recobrar la perla que adornará tan rico collar: Gibraltar”. E incluso se pregunta si “no habrá ocurrido que el centralismo provincial no ha entendido como es debido a esas otras comarcas de la provincia”. Pero al mismo tiempo recordaba: “Cuando un día, por circunstancias determinadas, se planteó la posible creación de una nueva provincia, uno de los próceres de AP entonces en el Gobierno, Laureano López Rodó, se pronunció totalmente en contra de la escisión. Pese a ser autor y promotor del Plan de Desarrollo del Campo de Gibraltar y creador de la Comisión Comarcal de Servicios Técnicos”. ”Evidentemente –enumeraba Manuel Chaves, primer candidato socialista por Cádiz–, en la provincia existen cuatro zonas diferenciadas, económica y geográficamente. Cádiz y la bahía, Jerez y la campiña de la sierra, la Janda y el Campo de Gibraltar. A pesar de estas diferencias, no se debe romper la unidad provincial. Pero esta unidad no está en contra de la descentralización. Dentro de nuestra provincia se podía ir a la creación de entes comarcales autónomos, con sus propios órganos de gestión”.

La UCD, desde luego, no había barajado la desmembración provincial, “pero consideramos necesario que todas las comarcas naturales gocen de la adecuada autonomía para el desarrollo de su vida comunitaria”. Uno de sus líderes, Carlos Roca, llegaba a proponer la conversión del Campo de Gibraltar en zona franca, “para que así pudiera competir eficazmente con la propia ciudad de Gibraltar”. El Partido Socialista Popular propugnaba algo similar, que dicha comarca gozara “de un estatuto especial como zona diferenciada con características propias, que le dote de cierta autonomía, pero no creemos que sea necesario ni conveniente su segregación como nueva provincia”. “Creemos –apostaba Luis Miguel Urbán, primer candidato al Congreso por el fallido Frente por la Unidad de los Trabajadores– que si es verdad que las grandes distancias existentes en el interior de nuestra provincia dificultan las relaciones de todo tipo en su conjunto, también es verdad que su solución no pasa por crear una nueva provincia con capital en Algeciras, como apuntaba el plan Ullastres, sino por la creación no sólo en el Campo de Gibraltar sino en la sierra, Marco de Jerez..., de todo tipo de servicios que no hagan necesario el traslado de los pueblos a Cádiz: enseñanza, sanidad... de igual forma la descentralización administrativa es algo evidente aunque sólo sea por las distancias existentes”.

Claro que no era el único problema que la provincia tenía  a la hora de consolidar su vertebración. Por ejemplo, desde hacía décadas, los habitantes de Benalup de Sidonia, la  antigua Casas Viejas, acariciaban la idea de segregarse de la ciudad que dio nombre a un ducado. En Medina, precisamente el 28 de octubre de aquel año, ya se trató en un pleno municipal la posible segregación de aquella población. Pero tardaría mucho en llegar.

Las elecciones de Juan Panadero.
“Nuestra fuerza no está en los gritos sino en la razón”, proclamó Felipe González ante unas 7.000 personas que asistieron, el 18 de mayo, al mitin del PSOE en el pabellón polideportivo de la capital gaditana, en una eterna precampaña trufada de actos públicos. Catorce partidos presentaron papeletas al Congreso por la provincia de Cádiz, aunque en el último momento y, a petición propia, se retiró el Frente Unitario de los Trabajadores (FUT), que agrupaba a varias formaciones de izquierdas aún no legalizadas. Otro tanto ocurría con el Partido del Trabajo, presente en la Federación Democrática de Izquierdas. Para el Senado, concurrieron nueve candidaturas, las de Reforma Social Española, AP, Falange Española de las JONS, Por un Senado Democrático –los democristianos–, URA, UCD, ANEPA, Partido Andaluz Social Demócrata y la Candidatura Independiente, que respaldaba toda la izquierda.

La autoridad suspendería en El Puerto un ciclo de cine español de posguerra, programado por la asociación Medusa, el clima que iba a recibir a Rafael Alberti parecía crispado, por más que Juan Panadero vocease desde Roma: “Andaluces, gaditanos,/ los de la tierra y el mar,/ espumas, montes y llanos./ ¡Salud, pues ya se avecina/ el retorno del hermano/ que a vuestra luz se ilumina”.
Juan Panadero y Rafael Alberti volvieron juntos. El 27 de abril, el escritor portuense, acompañado por su esposa María Teresa León y por su hija Aitana. Había desembarcado en Barajas del avión que le traía de 38 años de exilio: “Salí con el puño cerrado porque era tiempo de guerra y vuelvo con la mano abierta para la fraternidad”, declaró ante decenas de periodistas. EL 23 de mayo de 1977, el poeta y su heterónimo viajaron en tren junto a su sobrino, el periodista Agustín Merello Alberti, rumbo al río del olvido: “Yo he sentido profundamente la lejanía”, le confesó.

A su llegada, un clamor le recibiría: “Sí, sí, sí, Alberti ya está aquí”. Era de madrugada, pero había música, pancartas y gritos: “He recorrido mi pueblo, una parte de ese Puerto antiguo, y lo he hallado verdaderamente hermoso, apenas echado a  perder. Aquí han tenido la inteligencia suficiente para conservar lo que de verdad merecía la pena conservarse. El Puerto es un pueblo tan maravilloso como el que yo tenía en el recuerdo”, evocará. Su sobrino tenía miedo de que la realidad con que iba a enfrentarse no fuera la misma que la que retenía su nostalgia de 50 años. Así se lo confió a Manolo Espinar, a Margarita Alexandre o a Diego Dorbán, con quien iba a retornar a lo vivido y a lo lejano.

“Cuando Rafael Alberti llegó a Madrid, escribió Umbral de lo distante que había encontrado al poeta –analizó Merello–. Esa misma sensación me produjo al encontrarlo y durante todo el trayecto en tren desde Madrid hasta Despeñaperros. Pero a medida que iba cayendo la noche al tiempo que nos adentrábamos más en Andalucía, Rafael Alberti fue haciéndose por momentos más y más cercano, en una relación directamente proporcional”. Lo dejó escrito en sus coplas: “Portuenses, coquineros,/ después de cincuenta años/ me maravillo de veros”. Alberti recorrerá la provincia compartiendo tribuna electoral con Francisco Cabral o con el dibujante sanroqueño Andrés Vázquez de Sola, recién llegado de su exilio en París. Junto a José Ramón Ripoll, leería poemas en el instituto Columela de Cádiz, antes de que aquel mismo verano lo hiciera también en la Facultad de Medicina, durante las jornadas de Alcances.

Los mítines y encuentros sectoriales se sucedían: “Ojalá el acuerdo alcanzado en Andalucía sirviese como estímulo para que el PSOE, a través de su federación andaluza, se integre al mismo”, proponía el andalucista Miguel Ángel Arredonda, como portavoz de la Unidad Socialista, que agrupaba al PSA y al PSP.

Socialistas, comunistas, andalucistas, democristianos, derechistas varios y centristas insistían en varias claves de campaña: el paro galopante, la crisis económica, la mejora de las carreteras, las viviendas sociales y la sanidad. Otro dos puntos de inflexión en torno a los que los partidos se definieron fueron los casos de Gibraltar y de la base de Rota. El MSA, tras una visita de sus líderes Manuel Calero y Primitivo de la Quintana al Peñón, reclamaba que fuera arriada la bandera inglesa e izada la andaluza. Manuel Chaves se pronunciaba a favor de la descolonización del Peñón, al tiempo que denunciaba las “medida demagógicas” adoptadas por el régimen franquista: “La base de Rota –añadía– la englobamos en la problemática general que representan los tratados con Estados Unidos, que son una servidumbre para España y que ha supuesto estar subordinados a los intereses estratégicos estadounidenses. El PSOE pretende una neutralidad efectiva entre los dos bloques, por lo que hay que revisar los tratados y, por tanto, impedir la existencia de bases; sobre todo, de bases nucleares como la de Rota. Había que crear puestos de trabajo para los españoles que, como consecuencia de estas bases, lo tienen en las mismas, a fin de que no se viesen perjudicados”.

Carlos Roca, de UCD, apostaba por la revisión del acuerdo con los Estados Unidos “y, como mínimo, exigir la desnuclearización de la misma”, objetivo que tan sólo parcialmente se lograría dos años más tarde con la desaparición de los Polaris. El resto de las formaciones oscilaba entre la compensación que debiera exigir el riesgo que corría la población local, extremos que compartían con matices el democristiano Moncho Pérez Díaz-Alersi y Esteban Caamaño, del PSP, o la pintoresca propuesta de José L. Kutz, de Falange Española, que sugería reconvertir la base, “en 24 horas, dada su valiosa infraestructura”, en lo que él denominaba “un emporio turístico de primer orden”. Por proponer, claro, que no quede. Jose Pastoriza, presidente de Alianza Popular, anunciaba que su partido tenía “trazada, escrita y programada una reforma agraria de gran envergadura”.

Cuando se abrieron las urnas, el 15 de junio, los gaditanos votaban en bañador y muchas algecireñas en traje de faralaes, al coincidir con la feria local. En el colegio electoral del Falla hubo dos colas, una para hombres y otra para mujeres. Y en el de San José, un elector llevaba consigo otros tres carnés para intentar votar por sus titulares. La afluencia, en cualquier caso, fue masiva, aunque hubo cortes de energía eléctrica en la sierra e interferencias durante todo el día en la señal televisiva.

Los sufragios supusieron una caja de sorpresas: UCD ganaba a escala estatal, pero en Andalucía y en Cádiz, el mayor número de votos lo acumulaba aquel joven PSOE: 153.329, el 36,73% de los sufragios, frente a 113.914 (27,29%), de UCD. Las siglas del PCE se conformaron con 42.254 papeletas, lo que suponía el 10,12% del total, mientras que Unidad  Socialista lograba 40.843 (9,78%). AP quedaba descolgada con 20.632.

“El resultado nos dejó un tanto sorprendidos”, asumía Manuel Chaves, quien ni siquiera había podido votar porque todavía no estaba incluido en el censo como elector. Nacido en Ceuta, el día de San Fermín de 1945, casado con una sanroqueña, Antoñita Iborra, había pasado su adolescencia en la capital gaditana, desde 1954 a 1959, donde estudió en el colegio de San Felipe, licenciándose en la Facultad de Derecho de Sevilla. Militaba en el PSOE, desde 1971 y, tras el 15-J, tenía claro que el PSOE no tenía una varita mágica y que había que forjar una constitución democrática y leyes eficientes para frenar el paro.

Entre los ocho diputados electos por Cádiz, figuraban otros tres más del PSOE: Jerónimo Sánchez Blanco, al que Felipe González felicitaría esa misma noche, el joven profesor Ramón Vargas-Machuca o el trabajador de la Bazán, Pedro Jiménez Galán.
La UCD gaditana tan sólo colocó a dos hombres en la Carrera de San Jerónimo: Fernando Portillo, que no creía que “los dos bloques triunfantes, UCD y PSOE” fueran radicalmente opuestos, y José Manuel Paredes, quien consideraba lógica la victoria del PSOE en la provincia, porque es aquí donde el aspecto reivindicativo cobra sentido por el retraso, el olvido, la ruina y la postergación en que se encuentra Cádiz”. Junto con el comunista Rafael Alberti, quien desmintió el rumor prematuro de que fuera a renunciar a su escaño, la tanda de diputados electos por esta demarcación la completaba su paisano portuense Esteban Caamaño, el único escaño que Unidad Socialista consiguió en toda Andalucía.

Como senadores resultaron electos los independientes José Manuel Duarte y Guillermo Alonso del Real Montes, militante del PSOE y director del INB Poeta García Gutiérrez, de Chiclana, así como su paisano Patricio Gutiérrez Cano, industrial bodeguero. Pero hubo más gaditanos en la Carrera de San Jerónimo y en la Plaza de la Marina Española de Madrid. Dos diputados de UCD, por ejemplo: Juan de Dios Ramírez Heredia, de Puerto Real pero candidato por Barcelona, quien había publicado el célebre ensayo Nosotros, los gitanos, y José Pedro Pérez Llora, de esa misma formación, que se incorpora rápidamente a la comisión parlamentaria que preparará la nueva Constitución. En el primer Gobierno democrático, Adolfo Suárez colocó al frente de la cartera de Comercio y Turismo a Antonio García Díez, quien, años más tarde, encabezaría las candidaturas centristas por la provincia gaditana.

Pero la libertad no resultaba gratis. Dos trabajadores que fueron candidatos al Congreso fueron despedidos en sus empresas. José Manuel Sanz Zamarano, del PCE, llevaba 11 años de profesor en el colegio salesiano Torres Silva de Jerez, y terminó de patitas en la calle por “incompatibilidad con el ideario del centro”. Y el segundo, Francisco Bustelo Salcedo, candidato por el Frente Unitario de los Trabajadores que trabajaba en la cafetería de La Camelia. Alberti, con una guayabera de colorines, presidió la primera mesa de edad de las Cortes libres. Pocos meses después, cedería su lugar en el hemiciclo a Francisco Cabral: “Cambio las Cortes Parlamentarias por las cortes de la calle que para mí son más importantes”, proclamaba Juan Panadero. Estudiantes, trabajadores del sector de hostelería, los marineros, los panaderos, el conflicto de la construcción, con encierros en La Palma y marchas multitudinarias desde San Fernando a la capital. Para colmo, huelga de gasolineras, cuatrocientos obreros agrícolas que piden trabajar a jornal fijo y que se declaran en huelga en Arcos, 1.500 marchan sobre  Sanlúcar y se multiplican las detenciones en Trebujena. Cádiz estaba que arde y cien presos de la vieja cárcel de Cádiz gritaban desde la azotea del penal: "Suárez, escucha, el pueblo está en la lucha". Huelga en el transporte de mercancías, en Renfe, en los autobuses. Medicina emprende una seria lucha por la readmisión de 75 alumnos, afectados por la abolición de convocatorias.

Desde su despacho del Gobierno Civil, el nuevo poncio José María Sanz Pastor, se definía como socialdemócrata convencido, católico y lejos del marxismo: “Para que la democracia se consolide debe contarse con la ayuda de las Fuerzas de Orden, porque si el sistema cae va a ser sustituido por uno de fuerza, no por otra democracia mejor –afirmaba en declaraciones a Lalia González-Santiago–. El mismo desorden puede producirse por una huelga que por un partido de fútbol. En ambos casos las Fuerzas del Orden deben actual restableciéndolo”.

“Un gobernador comprometido/ es, según la prensa,/ ese que nos ha correspondido/ sin saber por qué:/ pertenece al archiconocido/ centro de izquierdas./ Centro por nacido en Castilla/ y de izquierdas por tranvías,/ que volcó de chiquitín./ Aquí solamente ha demostrado/ que le gustan los safaris/ más que a un tonto un pirulí”.
Esa copla se la dedicó el coro de Los Camaleones, en el Carnaval siguiente, una vez que aplicase al pie de la letra su teoría sobre las fuerzas de orden público, durante un largo otoño caliente.

La crisis del petróleo hizo entrar en barrena a la construcción naval, cuyos trabajadores venían olfateando un posible cerrojazo desde años antes: “Puede ser una catástrofe mayor aún que la explosión de 1947”, vaticinaba el controvertido alcalde Emilio Beltrami.  Así que los obreros intentaron movilizarse para evitarlo: “En el pasado octubre –cantaría luego el coro de La guillotina–,/ una gran fiesta se preparaba,/ estábamos celebrando que a nuestra Bahía/ nos la cerraban”. Pañuelitos verdes colgados al cuello, los modernos antidisturbios de la policía, con sede en Córdoba, se dejaron caer por la capital gaditana para sofocar las previsibles revueltas.
Carreras en las calles, llamamientos a la unidad, palo y tentetieso, encuentros y desencuentros entre obreros y estudiantes: “Las  balas de goma,/ dan mal resultado,/ pelotas nos sobran a los gaditanos”, reseñaría el coro de Los Camaleones. Y Carlos Cano describiría aquella batalla campal: “Frigoríficos volando, la reconversión naval...”. Las neveras caían desde los pisos de Guillén Moreno sobre las lecheras de la policía, que multiplicó su saña desde el 8 de octubre, cuando se producen los primeros enfrentamientos con los trabajadores de Astilleros. El día 11, 100.000 gaditanos secundan una manifestación autorizada bajo el lema de “Cádiz en defensa de su bahía”, con sendos plenos extraordinarios del Ayuntamiento y de la Diputación. Fue el día 26, cuando se registraron los incidentes más violentos de aquella crisis, tras los encierros que se llevan a cabo en las factorías de Cádiz y Puerto Real y que, en algunos casos, llegó a rozar la guerrilla urbana, frente a aquellos antipáticos pañuelos verdes.

Mientras la izquierda, por boca de Eladio García Castro, secretario general del PTE, denunciaba en Puerto Real que todo aquello guardaba relación con los Pactos de la Moncloa, Chaves aseguraba que dicho acuerdo era la aplicación del programa de la UCD, “con algunas concesiones a la izquierda”. Los parlamentarios socialistas gaditanos llegaban a entrevistarse con Rodolfo Martín Villa, buscando un balón de oxígeno para la crisis, mientras los ayuntamientos afectados reprochaban al Gobierno Civil que no ofreciera detalles sobre las alternativas de futuro reales.

Siguieron nuevos encierros, asambleas masivas, sentadas, huelgas de hambre o incluso encadenamientos masivos a los accesos al Puente Carranza, como ocurrió el 2 de noviembre. Las decisiones asamblearias que adoptaba el sector naval provocaron fisuras entre los sindicatos. Marcelino Camacho, de CC OO y los portavoces de USO, llegaron a manter un curioso debate sobre la radicalización del conflicto, comparándolo a los sucesos de Casas Viejas de 1933: “Nuestra presencia mayoritaria en Astillero es consecuencia de una militancia activa desde 1962”, tuvieron que recordarle los de USO al veterano sindicalista. Todo ello no impedirá que, el 10 de noviembre, se sumen fuerzas nuevamente durante un mitin en el estadio Carranza, con portavoces de todas las centrales habidas y por haber. Pero fue un fracaso: falló el público y la megafonía.
El conflicto parecía que iba a curarse con cataplasma: 6.000 millones concedidos a AESA y acceso de los sindicatos a la comisión interministerial que iba a debatir la reestructuración del sector, hicieron templar gaitas y aliviar las tensiones. Pero la paz no duraría mucho.

La democracia saltó la Verja. La candidatura del Campo de Gibraltar ni siquiera rozó la un escaño. Francisco Mateos Becerra, de la UCD del Campo de Gibraltar, recoge el guante ese mismo verano y reclama en Madrid que se ejecuten las obras públicas necesarias para el definitivo despegue de la zona.

A 5 de julio, los parlamentarios gaditanos del PSOE piden ya al presidente Adolfo Suárez, la reapertura de la frontera con Gibraltar. "Dentro de la unidad de la provincia es posible la autonomía comarcal", plantearán esos mismos congresistas y senadores durante una conferencia de prensa que se celebra en otoño.

Desde su punto de vista, la Verja cerrada suponía una vulneración de los derechos civiles de los gibraltareños, con independencia de la exigencia española de retrocesión de la soberanía. Ese mismo 77, empezaba a barajarse la posibilidad de entablar conversaciones sobre Gibraltar: “Las restricciones marítimas, terrestres y comerciales serán temas de interés”, apuntaba sir Joshua Hassan, el carismático ministro principal del Peñón, que todavía tendría que aguardar siete años para sentarse en una mesa de negociaciones, dentro de la delegación británica.

En La Línea y en Gibraltar, el lunes 17 de octubre, se produce una manifestación al unísono, a ambos lados de la Verja fronteriza: “Que abran, que abran”, será la demanda unánime de una población dividida, que ya estaba harta de hablar a gritos a través de las distantes cancelas, cuando las líneas telefónicas estaban interrumpidas y la única forma de viajar a Gibraltar consistía en desviarse por vía marítima a través de Tánger.

Dos días más tarde, en Londres, Adolfo suárez y su ministro de Exteriores, Marcelino Oreja, propusieron lo que el diario El País denominó como “un plan de deshielo en las negociaciones sobre el Peñón de Gibraltar, basado en la filosofía de sustituir la aplicación estricta del artículo 10 del Tratado de Utrecht –en el que se basa la actual situación de La Roca– por la búsqueda de una solución negociada, a favor de la soberanía española sobre el territorio y de acuerdo con las resoluciones de las Naciones Unidas”. Claro que la clave de su reunión con el primer ministro Callaghan estribaba en la incorporación de España al Mercado Común. El Reino Unido apoyaba dicha solución, “a pesar del bloqueo que pesa sobre la colonia británica en la península”.

Lo cierto es que, al domingo siguiente, las fuerzas de seguridad abortaron una concentración masiva que se había convocado junto al recinto aduanero que gibraltareños y linenses llamaban Focona (Four corners, cuatro esquinas). El pacifista Gonzalo Arias hizo un  viaje de ida y vuelta al Peñón sin ningún incidente, que supondrá su primera acción efectiva contra la conversión de una frontera en los barrotes de una cárcel. Calumniado por los bienpensantes del momento, Arias no cejará en su empeño hasta la progresiva apertura del 82.

En cierta medida, seguía los pasos de otro activista llamado Francisco Cuervo, que también se había interesado por este contencioso humano cuya solución era mucho más urgente que la del contencioso de la soberanía. Por aquellas fechas, se creó en La Línea el comité pro-reconciliación entre Gibraltar y su Campo, formado por representantes de diversas organizaciones políticas.
La Línea, por otra parte,  apenas había notado los efectos del plan de desarrollo: los regadíos de El Zabal no dieron resultado, Confecciones Gibraltar resultó un fiasco y Crinavis, la vecina factoría de Campamento, en San Roque, terminó cerrando sus puertas. Un alto índice de paro y escasas perspectivas de futuro atribulaba a dicha localidad campogibraltareña donde, a comienzos de verano, un grupo de mujeres se manifestaba ante la alcaldía para que le dejasen instalar puestos de venta ambulantes. Y serían los propios parados, en el mes de octubre, quienes siguiesen ese mismo ejemplo: añoraban la época de las vacas gordas cuando la ciudad vivía de las sobras del Peñón mejor que todo el país de las sobras de la dictadura.

Otro litigio fronterizo era el de Marruecos, cuyo Rey Hassán II declaraba que “el Polisario es una creación de España y de Argelia”, quizá para atenuar el escándalo que había supuesto la trascendencia pública de las ventas de armas españolas a Rabat. Ahmed Osmán, que entonces era primer ministro marroquí, declaró a El País que su Gobierno insistía en el carácter marroquí de Ceuta y Melilla, pero sólo plantearía el problema “en el momento oportuno, según las circunstancias”. Con Marruecos, España había firmado, a 17 de febrero de 1977, un Acuerdo de Cooperación en Materia de Pesca Marítima y sus Industrias, que, a juicio de Domingo del Pino, “ya introducía un recorte en las estipulaciones sobre pesca de los anejos secretos del Acuerdo Tripartito de 1975, pero que por su contenido amplio se convertía, sin lugar a dudas, en el más importante concluido con Marruecos hasta entonces”. El acuerdo tripartito al que se refiere era el de la tocata y fuga del Sáhara. Y dicho texto, que levantaría polémica meses más tarde, obviaba mencionar ese espinoso asunto, disfrazándolo bajo una extraña división geografía de los bancos pesqueros, al sur o al norte de Cabo Nun.

La derrota del cangrejo.
Claro que hasta bien pasadas las elecciones del 15 de junio, casi un mes después, no se legaliza al PTE o a la ORT. A varios vehículos de la caravana que celebraba dicho suceso y que portaban banderas de ambas organizaciones, les interceptó la policía y les obligó a ocultar sus símbolos. Los partidos ya eran legales, pero la policía seguía manteniendo las costumbres de lo que se dio en llamar “antiguo régimen”. A veces, su alerta estaba justificada, sobre todo cuando se trataba de señuelos de artefactos explosivos. Así,  en julio, una bandera republicana junto con un paquete que infundían sospechas obligaron a la intervención de las fuerzas de la Policía Armada. “Pero los bultos resultaron inofensivos”.

Fuera de juego, tras los resultados del 15 de junio, habían quedado también otras formaciones con todos los papeles en regla: “Somos un partido de centro derecha, lo que no siempre ha sido bien explicado ni comprendido”, afirmará Cruz Martínez Esteruelas, tras el primer congreso provincial de Alianza Popular, celebrado en noviembre y en el que Ramón Moreno Gómez fue elegido presidente.

La izquierda le había visto las orejas al lobo y comprendía que la desunión y la multiplicación de siglas, le perjudicaba, bajo el sistema electoral. Por ello, se constituye a finales de agosto una asamblea democrática local ante las municipales para que desemboque en una candidatura unitaria. Fue en la sede del PSP y fueron PSA, MCA, LCR, PCT, PCA, ORT, PSP, PTE, CC OO, SU, UGT, SLMM, ADM y CCPA. El PCE termina desmintiendo su inicial inclusión en dicha plataforma, pero una de las primeras intervenciones de la Asamblea fue la de reclamar la liberación de los tres detenidos por colocar una bandera republicana en la Plaza de las Flores de la capital, el 27 de septiembre, durante una concentración en recuerdo de los últimos ejecutados por el franquismo, dos años atrás. Sin prisa pero sin pausa, el cangrejo –así se llamaba al yugo y las flechas que era el signo de Falange– comenzaba a desaparecer de la vida cotidiana de Cádiz.  En otoño, por ejemplo, se crearía la Coordinadora Provincial de Profesores de Educación Cívico Social. Se trata de la plataforma que reunía a los antiguos profesores de política, o de Formación del Espíritu Nacional (FEN), que solían compaginar dicha función con la de Educación Física y que habían transmitido a varias generaciones de españoles las consignas del franquismo, aunque en los últimos años atenuasen ese mensaje y liberalizaran su discurso. Lo cierto es que temían que 5.000 de ellos perdiesen su empleo.

El discreto encanto tecnócrata de la democracia sustituía progresivamente al yugo y las flechas. El 25 de abril,  la sede del antiguo sindicato vertical, en la avenida Ana de Viya, de Cádiz, pasa a ser ocupada por las oficinas adscritas a un nuevo rótulo en el que podía leerse: “Presidencia del Gobierno–Administración Institucional de Servicios Socioprofesionales (AISS)”. A comienzos de agosto, militantes de la UGT llegaron a tomar la sede de la AISS en San Roque.

La mayor parte de las centrales conmemoraron discretamente aquel 1 de mayo en libertad, tras su legalización. Fue una imposición del Ministerio de Relaciones Sindicales, que sólo desobedeció la CNT, cuyos militantes salieron a la calle, en lugar de reunirse en lugares cerrados, como el resto de los sindicatos. CC OO, UGT y USO se limitaron a protestar y a denunciar la paradoja que suponía la ratificación de convenios internacionales sobre derechos civiles y la limitación de “la expresión pacífica y madura del mundo del trabajo en un día tan señalado”.

Un inmigrante clandestino en la provincia del paro.
Mucho antes, en enero, el comité de obreros en paro de la CNT organiza una festival en el Gran Teatro Falla, que reúne a buena parte de los cantautores, grupos folks y algunos cantaores de la capital. En marzo, una comisión de la asamblea de parados se reunirá con el gobernador civil para intentar lo imposible. A final de febrero de 1977, 25.191 parados estaban censados en la provincia. De entre ellos, 3.015 eran mujeres. Por ello, se creaba en Cádiz una comisión de parados que protagonizó diversas asambleas.
Algunos de sus portavoces, José Corrales, Francisco Cornejo e Ignacio Vallés, se sinceraban ante el periodista Agustín Merello: “La solución está en nuestras manos. La solución está solamente en la unidad de los trabajadores en paro y entre los que hoy trabajan, pero que mañana pueden estar despedidos, sobre todo por las nuevas normas laborales, como la supresión del artículo 35 que, prácticamente, supone el despido libre”.

En agosto de ese año, una vez celebradas las elecciones y cuando un trabajador medio podía percibir en torno a 18.000 pesetas mensuales, el Ministerio de Trabajo concederá 11 millones a Cádiz para mitigar el indice creciente del desempleo. En noviembre, otras dos mil personas se manifiestan en Sanlúcar en protesta por el paro y la carestía de la vida.

Del 8 de febrero del 77, data la primera noticia sobre inmigrantes clandestinos en la costa gaditana. Precisamente en Sanlúcar, un marroquí había sido detenido por entrada ilegal en España a bordo de un pesquero. Claro que el periodista Ildefonso Sena acaba de datar, en fecha anterior, el primer naufragio de una patera, en las costas de Tarifa.

La pesca seguía varada a puerto. Cuando no eran las patrulleras marroquíes o incluso barcos del Polisario, tocaba temporal y los pescadores reclamaban el subsidio de paro a las cofradías. En El Puerto de Santa María, la Guardia Civil sofoca un intento de manifestación por parte de cientos de marineros en tierra y sin un duro en los bolsillos por culpa del centralismo burocrático de la Administración de entonces. La situación de los caladeros marroquíes, ante la falta de acuerdo, será uno de los primeros asuntos que afronten los parlamentarios gaditanos de la UCD triunfante en las elecciones del 15-J. Con más parches que soluciones reales, todo sea dicho.

El 15 de abril, al día siguiente de la conmemoración callada pero habitual de la segunda república de 1931, tocó jornada de lucha en toda la provincia, por la seguridad del puesto de trabajo y por la libertad sindical. A pesar de tales lemas,  al menos se produjeron tres detenciones, en Jerez. Otra trinchera clásica, la de los profesores no numerarios que secundan al 90% la huelga convocada a finales de enero.

Hasta los policías municipales de Cádiz entregaban pliegos de reivindicaciones a su alcalde y se enfrentaban públicamente al delegado municipal del que dependían. Incluso los carceleros se encierran de nuevo. Los de la prisión provincial lo harán en junio, junto con los de otras prisiones del país, en demanda de “un reglamento más acorde con la realidad actual de nuestra sociedad, nuevos edificios y una amnistía total”. Y, en octubre, los funcionarios de El Puerto protagonizan un nuevo encierro pero de corte bien distinto: en protesta por las agresiones que sufrían a manos de los internos. En dicha prisión, se encontraba recluido Eleuterio Sánchez, El Lute. Tras fugarse del penal, había vuelto a ser recluido allí y, desde comienzos de año, sus allegados intentaban gestionarle un indulto. Ya no era el animal acorralado e inculto cuya imagen había agigantado la prensa del franquismo para tapar otros sucesos de la vida española. Estaba estudiando y llegaría a licenciarse en Derecho. En su celda, redactaba sus memorias, que iba a empezar a publicar El País Semanal ese mismo año, aunque había tenido serias dificultades: “Las autoridades penitenciarias le retiraron la máquina de escribir que utilizaba para ello y la vista de El Lute comenzó a sufrir los rigores del encarcelamiento”, describía el periódico en donde iba a publicar, capítulo por capítulo, el millar de folios que constituía el almacén de sus recuerdos y que habrían de dar paso a un libro y a una película, El Lute, Camina o Revienta.
A la ronda de tensiones, se incorporarán los trabajadores de Tabacalera, que solicitan conflicto colectivo y terminan pidiéndole justicia al Rey, cuando algunos de ellos llevaban treinta y cinco años trabajando bajo la condición de eventuales. Hasta algunos médicos se suman a la oleada de protestas. Como los  del Hospital Mora, que inician a partir del 9 de marzo un paro indefinido en demanda de un hospital clínico, que motiva una Carta abierta, que llegó a ser distribuida por los alumnos de Medicina. Hasta los enfermos mostraron su respaldo por la causa que defendían los sanitarios, que no era otra que la de evitar el cierre de dicho centro. El paro indefinido no tardó en declararse junto al edificio de los árboles centenarios.

La huelga de Acerinox.
Pero el primero de los grandes conflictos del año será el de la factoría de Acerinox, en la barriada de Palmones, en Los Barrios. La huelga comienza el 2 de febrero, ante evidentes presiones de la empresa: “La parte económica promete no tomar represalias contra los que se incorporen hoy”, anunciaba al día siguiente el Diario de Cádiz. La de Acerinox fue una huelga larga, que conllevó un amplio respaldo por parte de la izquierda campogibraltareña y en cuyo transcurso se vivieron momentos de tensión importantes, como cuando los antidisturbios llegaron a irrumpir durante el mes de marzo, en la iglesia de La Palma, golpeando a medio mundo, desde el concejal de festejos Francisco Esteban, que era de CC OO y del PCE, al párroco del templo, el sacerdote Sebastián González Araujo.

En marzo, varios centenares de obreros ocuparon la sede de las oficinas de la empresa y fueron desalojados por la fuerza pública, mientras las negociaciones avanzaban a paso lento: de entrada, se había logrado un acuerdo en la valoración salarial de los peones, plus de cuatro turnos, comedor y pagas extras. Pero la empresa no quería comprometerse a no entablar represalias contra los supuestos agitadores sindicales e insistía en que se firmarían nuevos contratos, lo que venía a significar que podían revocar los anteriores. Las calderas de la controversia pública, alrededor de esta cuestión, se calientan en marzo cuando numerosas mujeres se manifiestan a la puerta de la fábrica en Palmones, contra los empleados que habían decidido volver al trabajo. La unidad parecía rota: el 9 de marzo, la fábrica abrió sus puertas al funcionar la acería, mientras los obreros despedidos interponían demandas contra la empresa. Si por las circunstancias que fuesen había de levantarse algún encierro de los trabajadores, sus mujeres les secundaban al día siguiente.

Lo cierto es que se llegó a buscar la mediación del obispo de Cádiz, Antonio Dorado Soto, justo cuando los trabajadores protagonizaban ya concentraciones de hasta doce horas en el polígono de Palmones. En abril, al termino de una conferencia de Ramón Tamames que fue seguida por unas 2.000 personas en la Escuela de Maestría de Algeciras, los obreros de Acerinox salieron a la calle y protagonizaron una manifestación espontánea que fue respondida con dureza por la policía.

La prolongada duración del conflicto iba minando el aguante de los directivos de la factoría que, a mediados de mes, llegaba a sugerir que la empresa estaba dispuesta a ir a la quiebra y al cierre definitivo si persistía la huelga. Dos ejecutivos denunciaron públicamente que habían sido agredidos por los sindicalistas. Pero, en cuanto a malos tratos físicos, los trabajadores perdían por goleada. Tras pasar algunos de los despedidos por Magistratura –dos habían sido dados de baja en la plantilla y otros dos se encontraban pendientes de juicio penal–, el conflicto de Acerinox se resuelve finalmente el 4 de mayo, reiniciándose la vuelta al trabajo.
Cuando pasara el vendaval de las elecciones generales, el magistrado de Trabajo Martín Rico, condenaría a la empresapor el  despido improcedente de 11 enlaces sindicales. Hubo 12 despidos, pero uno de ellos se libraría de quedarse en la calle al presentar un recurso. Incluso, se dio el caso de trabajadores con otros resortes económicos que se ofrecieron a ser canjeados por algunos de los empleados que habían sido incluidos en la fatídica lista negra. Atrás, quedaba una larga cicatriz de la que la plantilla de la fábrica iba a tardar en recobrarse. No así la empresa. A pesar de tan prolongado conflicto, las cuentas de Acerinox iban viento en popa.

El regreso de febrero.
Ya era definitivo: el Carnaval iba a celebrarse en febrero, le pesara a quien le pesase. Y a pesar de que no se conociera el programa. Del 19 al 27 de Febrero, era el calendario previsto, incluyendo previamente el  concurso en el Falla, disfraces y cabalgata. 27 agrupaciones participan en el certamen, que recibe el respaldo de algunas firmas gaditanas, como la librería Petrarca, que convoca un concurso de letras.

Algarabía en las calles, más disfraces que nunca, en época reciente, distintos modos de ver la celebración, que mantenía ciertos resabios de las fiestas típicas, pero en la que ya se apreciaban gestos rompedores, como cuando el coro de Los Dedócratas decidió cantar su popular estribillo –dedos aquí, dedos allᖠsobre la escalinata de la Facultad de Medicina, para todos los aficionados que llenaban la plaza Fragela, porque no tenían entrada para el Gran Teatro Falla. Los Dedócratas, precisamente, Los Mandingos y Los Nuevos Demócratas se harán acreedores a los primeros premios de aquel año. Blanca Estrada coronaba a la reina del Carnaval, que todavía no era ni diosa ni ninfa, pero era más libre.

1967 fue el año del traslado a mayo y 1977 la del retorno a febrero. Pedro Romero fletaba Nuestra Andalucía, con letras comprometidas que procuraban “denunciar no politizar”, bajo la firme creencia de que “el escribir de manera comprometida en estas fiestas ya se hacía 40 años atrás”. Su comparsa enarbolaba claramente la bandera andalucista, meses antes de que tuvieran lugar las grandes manifestaciones autonomistas del 4 de diciembre.
Pero aquel año, sobre todo, fue el año de Los Dedócratas, un coro joven que aunaba más de veinte voces: “Nosotros –declaraba Francisco Garrido, uno de sus integrantes– lo que venimos aquí es a cantar, a que se nos escuche. Y ya está. Nosotros somos el pueblo y con participar en el Carnaval nos basta”.

Bartolomé Llompart, que iba a asumir la presidencia de la Asociación de la Prensa, hablaba en Puerto Real sobre el Carnaval gaditano, pero, en Jerez, Francisco Bejarano y Juan Antonio Sánchez Quirós leían poemas: el portuense José Luis Tejada recibirá ese año el Premio Nacional de Poesía. También, se creaba el colectivo Jaramago, una pandilla de jóvenes que editaron una revista que se quería contracultural y que durante un par de años agitaron la vida gaditana con distintas propuestas literarias, musicales, teatrales y de todo tipo. Y la psicóloga Margarita Laviana afronta el feminismo en una conferencia organizada por la flamante Asociación Democrática de Mujeres Mariana Pineda.

Feministas y ecologistas.
En la sierra, los jóvenes parecían predestinados a emigrar, según escribía Gaby Cañas. Había pueblos como Benamahoma, en que no había ni médico ni botica, Ubrique empezaba a ser una fábrica de empleo aunque en la piscifactoría sólo hubiera trabajo para cuatro. De Arcos a Puerto Serrano, se perdían los olivares: “Lo que no hay derecho es que habiendo paro, se ha dejado pasar la aceituna. Aquí mismo, quedaron este año dos mil fanegas sin coger”. Y Antonio Morillo, alcalde de Vejer, protestaba: “Estimo que la agricultura es una de las víctimas propiciatorias de la Administración; por ejemplo, en estos pagos el problema de los precios de entrega de la remolacha y del algodón son graves pues, por su bajo nivel, se están reduciendo sus cultivos y ello supone una gran merma de jornales. Luego, habrá que importar azúcar cubana y algodón americano, que son mucho más caros, y pagarlos en divisas, pudiendo producirlo aquí con mano de obra nacional”. A mediados de febrero había entrado en vigor la nueva legislación sobre el juego, lo que lleva al cierre provisional de los bingos que operaban en la provincia: seis de ellos, en la capital.

La recién creada Asociación Gaditana de la Mujer reacciona ante el proceso seguido contra el director de El País, Juan Luis Cebrián, por una información sobre anticonceptivos, cuya liberalización exigen a través de la Seguridad Social. “El objetivo de nuestra lucha no es el hombre, como se cree, sino la estructura responsable de la opresión de la mujer. Lo que pasa es que esta estructura está en manos del hombre, que detenta el poder opresor”. Así se expresaban, en enero de 1977 y ante la periodista Lalia González Santiago, cinco militantes de la Asociación Democrática de la Mujer (ADM), que bajo la advocación de Mariana de Pineda comienza a dar sus pasos en Cádiz, San Fernando, Jerez, Chiclana, Puerto Real, El Puerto de Santa María, San Roque, Algeciras y La Línea.

Creían que “la implantación del divorcio pondría coto a la creciente ola de adulterio”, pero sus reivindicaciones también incluían “derecho al trabajo en igualdad de oportunidades y condiciones, en todo tipo de puestos, igual trato que el hombre, reconocimiento de los derechos de las trabajadoras para las empleadas del hogar, un departamento para la mujer en todos los sindicatos y derecho al trabajo para la mujer casada y la mujer soltera con hijos”.
Mientras expira lentamente  la asociación Medusa, de El Puerto de Santa María, que tan importante papel cultural y social asumió durante los últimos años del franquismo, a finales de julio, el abogado portuense Teodoro Lavilla se persona ante un juzgado de Jerez para presentar querellas contra las azucareras que realizaban vertidos al Guadalete. Respondía a la pulsión social que iba a servir como germen del ecologismo gaditano que iba a traducirse, ese mismo año, en la creación de la Asociación Gaditana para la Defensa de la Naturaleza (Agaden), que se sorprendía que apalearan buitres a las puertas del Ayuntamiento gaditano, o vendieran carne de delfín salada por las calles de El Puerto, mientras Dragados cobraba por dragar la bahía de Cádiz y sendas carreteras amenazaban al pinar de Las Canteras y a Doñana. Una de sus primeras victorias fue el traslado del gobernador civil, al que sustituyó Sanz Pastor y al que habían denunciado por cazar tórtolas en época de veda.

En el Pemán, el cantautor gaditano Juan Ramón cantaba poemas de Bertolt Brecht, el mismo día en que José María Sanz Pastor era designado como poncio de Cádiz. Pero las plantas azucareras que contaminaban el Guadalete no fueron clausuradas. Y prosiguió, con mucho, la polémica sobre la carretera Cádiz-Huelva: “Cuanto se dice de daños a las aves y dunas es totalmente falso”, aseguraban los 2.000 firmantes de un escrito promovido por el Partido Socialista Popular.

Mientras el PSP reclamaba una solución alternativa que resolviese la unión entre ambas provincias sin afectar dramáticamente al futuro Parque Nacional, las voces contrarias a tan escalofriante proyecto tampoco dejaron de oírse. Por ejemplo, la de la Asociación Averroes Estudio Andalusí, que calificó de demagógica la campaña de la formación que lideraba Enrique Tierno Galván: “Está defendiendo la opción capitalista de la que son partidarios los propietarios de una parte del Coto Doñana, los constructores, operarios y tours operators. La salida de Huelva  debería hacerse por Zafra. Si no, mataremos Doñana”. Pocas semanas más tarde, el PSP rectificará su posición y aceptará “defender el trazado que los ecólogos crean más conveniente”. Los ecólogos, que no los ecologistas.

Del buque de la tortura a los pesqueros del espionaje. La llegada al puerto de Cádiz del buque escuela Esmeralda, de la Armada chilena, motiva a finales de junio, una movilización popular, que alienta el PSOE, UGT, LCR, PSP, PSA, SUC, SLMM, CSUT de Puerto Real y la UJCE, junto con el Centro de Cultura Popular Andaluza: “Este buque-escuela sirvió, a raíz del golpe de Estado contra el presidente Allende y el pueblo chileno, como centro de encarcelamiento y tortura de numerosos demócratas chilenos, torturas que han sido certificadas por la Comisión Internacional de Derechos Humanos y por los interesados que pudieron salir del país”, afirman los socialistas.

El Esmeralda terminará repararando sus averías en la Bazán, lo que motiva un comunicado de cuatro centrales sindicales expresando su repulsa, mientras el agregado de prensa de la Embajada de Chile mentía: “Jamás, jamás se ha torturado en el Esmeralda: la campaña contra el Gobierno de mi país la organiza y dirige la URSS”.  Le replicaría Alfonso Ballenger, representante de la Central Unitaria de Trabajadores de Chile: “El Esmeralda fue un centro de tortura y prisión para cientos de personas. La solidaridad de los gaditanos ayuda extraordinariamente a nuestro pueblo”, aseguró tras numerosas movilizaciones, que incluyeron paros y huelgas en las citadas factorías, así como un multitudinario festival a favor del pueblo chileno, en el polideportivo. No pudo llegar a tiempo Carlos Lina, dirigente sindical chileno, quien aseguró sin paliativos, poco más tarde: “Yo fui torturado en el buque Esmeralda”.

Si los funcionarios de prisiones decidían encerrarse, los reclusos no le iban a la zaga. A 19 de julio, se produce un motín de presos comunes en la prisión de Cádiz, al tiempo que los incidentes de Carabanchel por la petición de amnistía se habían extendido ya a la prisión de El Puerto –cuyos internos incluían, entre sus reivindicaciones, la de un transistor–, junto con las de  Almería, Valencia, Valladolid y Zaragoza.

Mientras los partidos políticos gaditanos y las asociaciones que ya existían reclamaban, de nuevo, la nacionalización del puente, el movimiento vecinal sigue consolidándose en distintos municipios de la provincia, con el ejemplo pionero de La Piñera, en Algeciras. En la capital, en mayo, cerraban los puestos exteriores del mercado en protesta por la subida de impuestos y por otras cuestiones, al tiempo que se llevaba a cabo una asamblea y manifestación en la Barriada Guillén Moreno, en la que el vecindario reclamaba la dimisión del alcalde, más semáforos, pasarelas. Terminaron protagonizando una sentada en la plazoleta, ante la exigencia de la policía de que se disolvieran. Los vecinos del Cerro del Moro también saldrán a la calle, a finales de septiembre, para manifestarse a favor de zonas verdes, ambulatorio y mercado. En Santa María y El Pópulo, se fraguaban nuevas asociaciones y en noviembre, se crea finalmente una coordinadora. Mientras en la capital se protesta por el nuevo espigón de La Caleta, la flota soviética de pesca, decide suministrarse en la bahía de Algeciras, a partir de noviembre, lo que hubiera supuesto alrededor de 200 millones de pesetas anuales, de no haberse impedido tal proyecto, ante las sospechas, por parte de la OTAN y del Reino Unido, de que en realidad se tratase de una maniobra de espionaje: los pesqueros de la URSS, en numerosos casos, fueron dotados con enlaces del servicio de inteligencia y medios técnicos capaces de averiguar algunos de los secretos que ocultaban bases como la de Gibraltar o la de Rota. Pero, durante algún tiempo, por la ciudad pasearon sus tripulantes, entre los que llegaban a figurar mujeres. Eso sí, vigilados todos por la indiscreta pesquisa de un comisario político.
   
  pagina anterior pagina siguiente
 
 
   
 
  Inicio | contacto | mapa web   Transición