Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
18 de marzo de 2026
 

 
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  1979
  Pepe Fernández
  Vientos frescos
  Se acerca el final de la década más agitada del último medio siglo. Decir adiós al 79 supone, de alguna forma, dejar atrás para siempre cuarenta años del Régimen del 18 de julio y poner en marcha la democracia constitucional. Es una década en la que se verifican importantes acontecimientos que determinan el cambio de rumbo de un país, sometido a una dictadura militar desde 1939. ETA, con la denominada Operación Ogro, asesina al presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco, marino, miembro del Opus y delfín de Franco, un magnicidio que tiene un fuerte impacto en el entramado del Régimen y también en Sevilla, donde el Almirante tiene familia y además muy influyente, siendo Juan Borrero Hortal, uno de sus yernos, presidente de la Diputación. La ciudad, tras el asesinato, le puso una avenida junto a los terrenos de la nueva Feria de Abril en Los Remedios, la “Avenida Presidente Carrero Blanco”. En esa década muere Franco en una cama de hospital, accede al trono Juan Carlos I, aparece Adolfo Suárez en escena colgando la chaqueta blanca y camisa azul, se hace la reforma y hacemos nuestra una Constitución para todos. En 1979, el 3 de abril, los españoles votamos que entren vientos frescos en los primeros ayuntamientos democráticos tras la II República y también acudimos el 1 de marzo a las urnas para elegir congresistas y senadores para las Cortes Generales.

El guardián mudo.
En poco menos de un lustro, los primeros cuatro años tras la muerte del dictador, España empieza a cambiar y a asemejarse poco a poco, muy lentamente, a los países del entorno europeo. La travesía, no obstante, cuesta sangre sudor y lágrimas. Lágrimas por la muerte sistemática de compatriotas, abatidos por las balas de ETA, FRAP, GRAPO o por las que los Guerrilleros de Cristo Rey y un sin fin de grupos de extrema derecha disparan contra todo lo que se mueve pidiendo libertad. Son años de extrema dureza y violencia los de la transición política en España. Al fondo, a la derecha, está un Ejército creado a imagen y semejanza ideológica de un “Caudillo de España por la Gracia de Dios” tal y como dicen las monedas rubias de peseta. Las guarniciones están mandadas por los coroneles jóvenes de la guerra, la mayoría ideológicamente muy extremistas y reaccionarios. Los estados mayores de los ejércitos, por generales adictos y de probada lealtad a Franco.

El Ejército, más que defender al Estado de agresiones externas tal y como debió suceder cuando la Marcha Verde de Hassan II sobre el Sáhara, siendo colonia española, dedica sus esfuerzos a ser el guardián mudo de la Transición, utilizando ideólogos externos para hacer saber lo que opinaban los cuarteles en cada momento. Tribunas como El Alcázar, El Imparcial o Fuerza Nueva son convertidas en soflamas permanentes en favor de una intervención militar, del golpismo. En este contexto nacional hay que situar la Sevilla de finales de los setenta, donde comienza a visualizarse que existe “otro paisanaje” distinto al que rodea al Palacio Arzobispal, las cofradías, los palcos de la Real Maestranza y el listín interminable de títulos nobiliarios, tiesos la mayoría, sin un duro, pero todos presumiendo de Grandeza como Caballeros Maestrantes por herencia de cuna.

Sindicalistas.
Aparecen con rostro los luchadores sindicalistas, el mundo del trabajo organizado, personalizado en las figuras de Eduardo Saborido, Fernando Soto y Paco Acosta, tres represaliados por militar en CC OO durante el famoso Proceso 1.001 ante el temido TOP. Empresas como CASA, Hispano Aviación, ISA, HYTASA, Astilleros así como la municipal del transporte entre otras, han sido escuela de sindicalistas, cuna embrionaria de CC OO, el sindicato filocomunista donde se confunden sus dirigentes con los de un activo PCE.

El campo también se moviliza con sus jornaleros bajo los símbolos y las estrategias del SOC. Marinaleda, El Coronil, Lebrija, Pruna, El Rubio, Casariche y Lora del Río con María La Pasionaria de Lora, son puntos relevantes del mapa sevillano de lucha campesina. Irrumpen los primeros curas rojos como Diamantino García, y en la capital las asociaciones de vecinos, controladas por el PCE, son los más efectivos instrumentos para hacer llegar a las capas populares de la capital los nuevos aires de libertad y participación que se empiezan a respirar en la nueva Sevilla.

El año 79 arranca anunciándose reuniones para salvar el futuro de la textil HYTASA, malviviendo a cuenta de los créditos del Estado. El campo convoca huelga general una vez más y el Pabellón Mudéjar tiene que ser cerrado porque se cae a pedazos. El ministro de Transportes y Comunicaciones, Rafael Sánchez Terán, le promete activar el metro al alcalde  predemocrático de Sevilla, José Ramón Pérez de Lama. Arde el cine Avenida por culpa de una colilla mal apagada. Fallece doña Carmen Díaz, una de las mejores actrices del teatro quinteriano.

Ayuntamientos democráticos. Se preparan las elecciones municipales del 3 de abril y el 16 de febrero finaliza el plazo para la presentación de candidaturas. En Sevilla se presentan 16 partidos, 14 de ellos en la capital. El primer día de marzo, además, se celebran elecciones generales. España entera era un cartel. Gana el centro derecha en el ámbito estatal, pero en Sevilla el PSOE es el partido más votado con 202.616 votos frente a los 189.674 de UCD, los 110.569 del PCE y los 101.002 del PSA. Los diputados sevillanos que resultan elegidos en aquella legislatura son los siguientes: Por el PSOE: Alfonso Guerra González, Luis Yáñez Barnuevo, Rafael Escuredo Rodríguez y Alfonso Lazo Díaz. Por la UCD: Manuel Clavero Arévalo, Jaime García Añoveros, Soledad Becerril Bustamante, y Guillermo Medina González. Por el PCE: Fernando Soto Martín y Eduardo Saborido Gayán. Y por el PSA, la gran revelación andalucista: Luis Uruñuela Fernández y Emilio Pérez Ruiz. Los senadores elegidos por los sevillanos son Plácido Fernández Viagas, José Rodríguez de la Borbolla y Manuel del Valle Arévalo por el PSOE, siendo Manuel Fombuena el único senador centrista elegido por Sevilla.

Sigue la vida y el día a día de las cosas, de nuestras pequeñas o grandes cosas. El Real Betis sube a Primera División al final de la liga del 79; una mujer, Maribel Atiénzar, torea por vez primera en la Maestranza y sale a hombros en la Feria de San Miguel por haber cortado dos orejas; Sevilla reconoce a don Antonio Mairena como Hijo Adoptivo y a primeros de diciembre las calles son invadidas por miles de andaluces pidiendo la autonomía del 151. El termómetro llega marcar los cinco grados bajo cero en la calle. Se tambalea el Gobierno en Madrid acosado por el terrorismo, los nacionalismos, la crisis económica y el ruido de sables golpistas en los Cuartos de Banderas. Andalucía puede cambiar el guión autonómico de la transición española y de hecho lo cambia en esos momentos históricos. La clave está en la compleja vía constitucional elegida según la cual, en seis meses, más de las tres cuartas partes de los ayuntamientos andaluces deben apoyar la vía contemplada en el artículo 151 para acceder a una autonomía de primera como hacían vascos y catalanes dentro del joven marco constitucional. Entre el PSOE y la UCD controlan casi todos los municipios de Andalucía. En el caso de UCD, algunos alcaldes son caciques locales de extrema derecha. Cuesta la misma vida cumplir los plazos legales, pero se cumplen.

Dos nombres propios.
Se emplean a fondo dos personajes claves de la moderna historia de la autonomía andaluza: el entonces ministro Manuel Clavero y el presidente preautonómico Rafael Escuredo. Sevilla, en esta época, es un hervidero político de primer nivel. Nunca, salvo a finales de los setenta, ha tenido la capital andaluza a tanto paisano ilustre dedicado a la alta política, yendo y viniendo de Madrid. Sevilla sería desde entonces la tercera capital política española, tras Madrid y Barcelona, hasta la llegada al poder del Partido Popular en 1996 y la escasa influencia de andaluces en el Gobierno.

Este verano del 79 empiezan a hervir las ansias autonomistas de los andaluces. Sevilla, en efecto, es una platea de excepción en el gran teatro preautonómico donde a un puñado de jóvenes periodistas nos toca ser notarios y, a veces fiscales, en defensa del clamor colectivo de un pueblo que demanda “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”. A diario, los medios de comunicación dan cuenta de los pasos dados en Catalunya y Euskadi en la consecución de los estatutos de Sau y Guernica, respectivamente. Los nacionalismos históricos ya tienen autonomía de primera, se nos dice al resto. En la sociedad de finales de los setenta el equilibrio social es complejo, difícil y a veces con alta tensión, estando como están los coroneles y generales de Franco con sus entorchados de la campaña/cruzada 36-39 brillantes y en activo.

Acaba de llegar al Pabellón Real de la Plaza de América en Sevilla, en pleno Parque de María Luisa, un joven socialista con ambiciones y muy populista llamado Rafael Escuredo Rodríguez, Rafa para sus amigos. Casado con Ana María Ruiz Tagle, destacada dirigente socialista de la época, padres entonces de una niña llamada Patricia, Rafael Escuredo asume la presidencia de la Junta preautonómica en sustitución de Plácido Fernández Viagas. Ha protagonizado Escuredo, siendo consejero de Obras Públicas, una operación política interna en el PSOE junto a José Rodríguez de la Borbolla que, con el paso del tiempo, se convertiría en marchamo de la casa a la hora de relevar presidentes; “o te vas o te echamos” venía a decir la fórmula, empleada con más o menos crueldad en función de la resistencia del afectado. Fernández Viagas, hombre serio y honesto, fundador de Jueces para la Democracia y socialista convencido, tiene que apearse de la presidencia cinco minutos antes de que le echen los de su propio partido.

Alfonso y Felipe. La política sevillana y andaluza de los años setenta y ochenta no se comprende sin la influencia decisiva de dos personajes como Alfonso Guerra y Felipe González, por este orden, en la toma de decisiones relevantes dentro del socialismo andaluz y particularmente el sevillano, concretamente con Guerra (alias El Canijo) especializado en los fogones de la gran cocina política andaluza. En el haber de ambos hay asuntos como el impulso dado años después a la Expo 92 donde, al amparo de un compromiso del Rey Juan Carlos, Felipe González barre para su tierra, teniendo que soportar soterradas críticas surgidas en otras regiones, sobre todo dentro de su propio partido. Sin embargo, González nunca ejerció de andaluz ni de sevillano, siendo quizás esa ausencia meditada un debe en el test de sevillanía de aquel joven de familia humilde, criado en una vaquería la barriada de Bellavista, comprometido con la izquierda y alejado por tanto de la Sevilla tradicional en manos de castas y sectores muy distantes ideológicamente de él en aquella época.

El caso de Alfonso Guerra es bien distinto. A su favor puede anotarse su vinculación permanente con Sevilla y con una vida cultural alternativa y haber creado una maquinaria de poder llamada PSOE-A. En su contra el amparo y tolerancia de la corrupción dentro del partido, y no la que puede cometer su hermano Juan, asunto nimio para lo que llegaría después, si se tiene en cuenta el resultado absolutorio de macroprocesos judiciales y políticos, si no la realizada durante años por Aída Álvarez y los recaudadores del PSOE (FILESA) en las arcas públicas de la Junta de Andalucía. Pero uno y otro, González y Guerra, ejercerán un poder determinante en el PSOE, al que se le añade la A de Andalucía precisamente en este año de gracia de 1979. Ellos, y sólo ellos, decidirán en estos años quién y cuándo ocupará el mando delegado del PSOE-A, un partido que llevará camino de las tres décadas ejerciendo el poder en la región más meridional y más extensa de España.

Este verano del 79 florecen esperanzas en tonos blancos y verdes por las plazas de Andalucía. La Plaza de América, al atardecer de julio en Sevilla en el Parque de María Luisa, se convierte en el lugar idóneo para las confidencias entre políticos y periodistas. Sí, cultivamos cierta complicidad los políticos y los informadores. Empezamos juntos caminos paralelos en el mismo bando, con la democracia y la Constitución, y enfrente, la insoportable presión del estamento militar golpista, los fascistas de Fuerza Nueva, los Guerrilleros de Cristo Rey, la jerarquía preconciliar “sector Guerra Campos” y poderosos financieros que subvencionan aquella guerrilla urbana del yugo, las flechas y las pistolas de papá. No olvidando desde luego el papel de la Brigada Político-Social de la Policía durante la Transición, torturadores de la dictadura la mayoría de sus miembros, reconvertidos sobre la marcha en funcionarios garantes de la democracia y la libertad constitucional. Duro, sí señor, para los demócratas.

Encuentro autonómico.
En una de mis primeras tardes de confidencias con Rafael Escuredo junto al Pabellón Real, compartimos una fresca cerveza con el recién nombrado portavoz de la Junta,  Enrique García Gordillo, y José Luis Hernández, jefe de gabinete del presidente. Es cuando en verdad, la Junta entera cabe en un taxi. Está el presidente Escuredo muy preocupado esta primeriza tarde de julio del 79 por las noticias que le llegan desde Madrid. La iniciativa de la vía del 151, aprobada semanas antes como eje central de su línea de gobierno y consensuada políticamente con todas las fuerzas andaluzas en el llamado Pacto de Antequera, empieza a ser bombardeada en el seno de la UCD y cuestionada también por la dirección socialista de González y Guerra en Madrid. El asunto es, en este momento, muy confidencial y no estallaría con toda su crudeza hasta el último trimestre de la década de los setenta. “Esto debo hablarlo con el profesor, vamos que si hablo con don Manuel.... localízame al ministro Clavero”.

A los pocos minutos, Rafael Escuredo tiene en línea al ministro de Cultura, anterior titular del Ministerio para las Regiones y autor de la denominada “Tarta de quesos” o “Café para todos” en materia autonómica, política que nunca ha gustado a los nacionalistas catalanes y vascos y tampoco a influyentes personajes como el ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa, provincialista confeso y defensor a ultranza de ayuntamientos y diputaciones, junto a José Pedro Pérez Llorca, Rafael Arias Salgado, Íñigo Cavero, Antonio Fontán, Jaime García Añoveros o el mismísimo Fernando Abril Martorell. “Profesor buenas noches, me llegan noticias de frenazo en la UCD; me cuentan que habrá consignas para que los ayuntamientos centristas no ratifiquen en sus plenos la iniciativa autonómica del 151. Y me dicen, también, que en mi partido Felipe y Alfonso dan saltos de alegría. Ya ve Don Manuel, para echarse a llorar o cogérsela a cuadritos”.

Clavero le revela también su preocupación por lo que se respira en el gabinete de Adolfo Suárez a cuenta del referéndum andaluz. Quedan para verse en agosto, en Casares (Málaga), coincidiendo con el primer acto de homenaje a Blas Infante Pérez en su pueblo natal. Y en efecto, el 11 de agosto, Clavero baja de un helicóptero en las afueras de Casares, en mangas de camisa, flanqueado por Miguel Sánchez Montes de Oca y un joven ex alumno que promete llamado Javier Arenas Bocanegra, el mismo que le lleva el maletín y la agenda al ministro como su jefe de Gabinete. Es aquel un encuentro decisorio ya que el Compromiso de Casares supone un gran impulso político, el definitivo, para seguir adelante con la lucha andaluza por el 151 en los ayuntamientos. El de Los Corrales, en la provincia de Sevilla, es el primero de toda la región en ratificar la vía rápida a la autonomía de primera.

Escuredo se siente aliviado tras charlar aquella depresiva tarde noche con el que ha sido su profesor de Derecho Administrativo en las aulas de la antigua Real Fábrica de Tabacos. Nota en Manolo Clavero una postura firme, nada cambiante, dispuesto a pelear duro en favor del referéndum que ratifique legal y democráticamente la vía de acceso constitucional elegida para el autogobierno andaluz.

El presidente se viene arriba, llegando incluso a diseñar esta misma noche la estrategia política del inmediato futuro junto a un reducido grupo de colaboradores. Es la célebre noche en la que el abogado estepeño, flamante presidente de Andalucía, harto de que todo el mundo le llame “Señor Escudero”, sentencia ante los presentes, quizás para levantar el ánimo de victoria final: “Tranquilos, llegará un día en que, gracias a mí, a los que se llaman Escudero les acabarán llamando Escuredo”. Los años acabarán dándole la razón.

Sevilla empieza a convertirse en el rompeolas de Andalucía, siendo la clase política proveniente del resto de las provincias la que primero invade la capital. Con el paso de los años acabarán invadiendo Sevilla los manifestantes, los tíos del maletín, las huelgas, las caceroladas y tractoradas, que para eso es la capital política y administrativa de la comunidad. No en vano el Ayuntamiento de Sevilla, canjeado por los socialistas a los andalucistas a cambio de las alcaldías de Almería, Granada, Cádiz, Jaén y Huelva, se ha convertido en un escenario llamativo, explosivo, ruidoso y también curioso.

El primer alcalde. Las concesiones de Adolfo Suárez a Santiago Carrillo, admitiendo la reforma entonces de la Ley Electoral, propicia los pactos post electorales de la izquierda y la pérdida para el centro, que ha ganado numéricamente las elecciones de importantes alcaldías como la de Sevilla. Ser alcalde de Sevilla, se oye decir, es más importante que ser ministro de España. El abogado Luis Uruñuela Fernández es el primer alcalde que trajo la democracia a Sevilla pero no es su mandato un camino de rosas, presidiendo una compleja corporación en la que el más votado, Rafael López Palanco (UCD), es tercer teniente de alcalde, con delegación y jefe de la oposición. El segundo teniente de alcalde podría haber sido alcalde si su partido, el PSOE, no hubiese canjeado con el PSA y el PCE seis alcaldías andaluzas entregando Sevilla al PSA de Rojas Marcos, Uruñuela y Arredonda. Para Rodríguez Almodóvar resulta ese mercadeo, ese injusto sacrificio para él, un severo trauma personal y político que prácticamente le aparta, cuatro años después, de la política activa. Uruñuela se pasa la vida en el avión (entonces no hay AVE) camino de Madrid a buscar dinero. La caja del Ayuntamiento de Sevilla está vacía, seca, y la llegada de los primeros ayuntamientos democráticos ha levantado unas expectativas en la ciudadanía que los partidos implicados no pueden ni quieren defraudar.

Uruñuela va a Madrid a buscar dinero para pagar las nóminas de los funcionarios y, de paso, se acerca al ministerio correspondiente a reclamar el metro para Sevilla. Un viejo asunto, vieja fórmula por tanto, que practicó su antecesor José Ramón Pérez de Lama y así sucesivamente a lo largo del tiempo todos los alcaldes que Sevilla ha tenido. Madrid concede un metro a Sevilla por Ley y ese metropolitano no sólo no se hace nunca –hasta ahora–, sino que llega a estar apartado formalmente de los proyectos ciudadanos por Manuel del Valle Arévalo, primer alcalde socialista de la etapa democrática. Para aparcar el proyecto del metro el ayuntamiento presidido por Del Valle acuña una frase publicitaria muy efectiva: “ El metro, un túnel sin salida”. Sin un duro, sin salida, el metro se para y los escasos túneles construidos tuvieron que ser inundados.

Sevilla está gobernada por la izquierda y presidida por un alcalde que responde más a un perfil de hombre de centro, dialogante y de consenso. Socialistas, comunistas y andalucistas, solo tienen enfrente al diario ABC de Sevilla. Su director, Nicolás Jesús Salas, ante la debilidad y los vaivenes de la UCD, mantiene a raya desde el rotativo, que ese año cumplió su medio siglo de vida con su edición sevillana, al rojerío municipal, al que bautiza como nuevo Frente Popular.

Las críticas del “diario de pequeño formato” (eufemismo para quien no quiere citar expresamente al ABC) son continuas y de forma especial contra algunos concejales socialistas. Uno de los más asaeteados es Guillermo Gutiérrez Crespo, delegado de la Policía Local, que con el paso de los años llegará a ser consejero de Trabajo de la Junta. La leyenda local atribuye la dureza de la campaña de prensa a los problemas de un Luca de Tena con una grúa municipal. Resulta también especialmente llamativa y polémica una portada del diario en la que salen retratados Luis Uruñuela con sombrero de ala ancha junto a Amparo Rubiales, con traje de faralaes, en la selecta caseta municipal, tomada al asalto en la Feria de abril del 79 por el pueblo (“el populacho”, proclamaba la burguesía) que pide langostinos y cigalas como antaño los jerifaltes del Régimen.

El Ayuntamiento de izquierdas abre este año la caseta municipal a toda la ciudad, algo que molesta el concepto de cierta estética sevillana que tienen algunos ortodoxos de las tradiciones en la ciudad. Esta situación se corrige al año siguiente al implantarse las casetas de los distritos, los partidos, sindicatos etc. Aquel año, las casetas de rancio abolengo en la feria abrileña corren las cortinas de lona, escandalizadas ante la explosión de alegría de los vecinos que han votado un cambio de izquierdas y lo celebran por las calles con nombres de míticos toreros. Y en verdad resulta chocante ver al pueblo imitar los usos y costumbres de la burguesía rentista del bajo Guadalquivir, como por ejemplo aquellos jinetes en vaqueros, tocados con gorra y en jamelgos alquilados a mil pesetas la hora.

Ante la Sevilla eterna. En este primer Ayuntamiento democrático, donde los socialistas han tomado posesión sin corbata, con Amparo Rubiales trajeada de amarillo, pasa casi de todo. Desde polemizar sobre si los ediles deben usar chaqué en las procesiones a debatir mociones de apoyo al aborto libre y gratuito. La Sevilla eterna, tradicional, se pregunta “Santo cielo, ¿a dónde vamos a llegar?”. A falta de presupuesto que invertir y gastar, aquella primera corporación democrática agudiza el ingenio y opta por los gestos políticos. Presentes entre el público durante la constitución de aquel histórico ayuntamiento están dos concejales del consistorio republicano de 1936. El comunista Manuel Delicado y el socialista José Estrada. Ambos, al ser citados en su discurso por el portavoz socialista, Antonio Rodríguez Almodóvar, reciben una larga y cálida ovación de los invitados presentes. De los pocos asistentes que pueden acceder al Salón Colón del Ayuntamiento, ya que los técnicos aconsejan ese día limitar el acceso de público, en tanto la estructura del edificio no puede aguantar tanta carga.

El concejal comunista Alonso Balosa tiene que intervenir desde la escalinata principal para calmar los ánimos de los asistentes que quieren participar a toda costa en la simbólica toma de Palacio de la Plaza Nueva, infranqueable hasta hace poco para las asociaciones de vecinos, tan activas ahora bajo la tutela del PCE. Tienen que conformarse con el seguimiento sonoro desde la calle, a través de una megafonía de urgencia instalada en la Plaza Nueva.

En esta corporación hay bastantes nombres que luego fueron destacadas figuras en distintos ámbitos de la sociedad andaluza. Junto a los ya citados Uruñuela, López Palanco y Rubiales, están también Alonso Balosa García, Miguel Sánchez Montes de Oca, Guillermo Gutiérrez Crespo, José Luis Ortiz Nuevo, Manuel del Valle Arévalo, Miguel Ángel González de la Puente, Eugenio Alés, Benito Mateos Novados, Francisco Rodríguez Martín, Miguel Ángel Pino, José Manuel Cervera, Francisco Pavón Coloma, Víctor Pérez Escolano, Antonio Fontán Meana, Fermín Caballero, José Antonio Nieto Martínez, Manuel Laguna Rodríguez, Javier Sánchez-Palencia Dava, Javier Queraltó Dastis, Eugenio Alés Pérez, Vicente Sanz Cuesta, Sebastián Vázquez Risueño, José María Díaz Muñoz, Francisco Álvarez Rodríguez, Manuel Fernández Floranes, Eugenio López Sánchez, Francisco Pérez Sindreu y Mercedes Gamero Rojas, todos ellos integran el primer Ayuntamiento democrático de Sevilla. En las elecciones municipales del 3 de abril del 79 la UCD obtiene en Sevilla 65.725 votos, el PSOE 60.116, el PSA 56.957 y el PCE 44.704.

La sombra del crimen. En la primavera del 77 había llegado al Gobierno Civil de Sevilla un fraguista confeso que simboliza cierto reformismo frente a los sectores más inmovilistas, reformismo dentro de un orden, claro está. Se trata de Luis Fernández y Fernández-Madrid. Funcionario del Estado que llega tras ocupar en Barcelona la entonces poderosa delegación del Ministerio de Información y Turismo, una oficina siniestra para muchos demócratas donde, hasta mediados de los setenta, se ha practicado la censura en nombre de los Principios Fundamentales del Movimiento. De fuerte personalidad, Luis Fernández-Madrid, quien acabará su carrera política en los noventa como senador del PP por Sevilla, manda a la Policía Armada con energía y contundencia. Sin embargo, va adaptándose a los tiempos democráticos gracias a un desarrollado olfato entre las bambalinas del Régimen en el que Fernández-Madrid ha crecido y se ha formado políticamente. El gobernador tiene pocos medios, salvo unas delegaciones ministeriales en vías de extinción y una policía con unos medios técnicos y humanos que dejan mucho que desear en muchos aspectos.

El 7 de febrero del 79, una rueda de prensa celebrada en la Jefatura Superior de Policía en la Plaza de la Gavidia cuyo titular es el comisario García Valiño, provoca que se remuevan en sus tumbas los cadáveres de cinco jornaleros del campo, misteriosamente asesinados tres años antes, en un cortijo propiedad de los marqueses de Grañina, en la localidad  sevillana de Paradas. Se llamaban José Zapata, Juana Martín, Ramón Parrillas, Asunción Peralta y José González, todos ellos víctimas de la cruel masacre de Los Galindos. Ante la prensa y a preguntas de un reportero sobre las investigaciones policiales realizadas entorno al quíntuple crimen, la Policía responde por boca del comisario Antonio Gámez Rabaneda que “eso ya estaba claro desde hacía tiempo: fue el tractorista José González y lo hizo por resentimiento”.

Las explicaciones del comisario Gámez, último jefe que tuvo la célebre Brigada de Investigación Criminal sevillana, impactan a los periodistas que nunca antes, desde julio del 75, han escuchado tan nítida hipótesis que confirma la existencia de un autor conocido en el Crimen de Los Galindos. Curiosamente, la Guardia Civil, mandada entonces por el teniente coronel Antonio Cuadri, ha llegado a la misma conclusión que la Policía, pero nunca la ha hecho público. Esta hipótesis es fácilmente desmontada pocos años después tras las exhumaciones de los cinco cadáveres y la autopsia realizada por el catedrático de Medicina Legal Luis Frontela Carreras, a las órdenes del juez de Instrucción de Marchena Heriberto Asencio Cantisanz. –“Pepe González también fue asesinado”–, sentenció el juez tras las exhumaciones, que se prolongarían durante dos largas jornadas en el cementerio de Paradas.

Siglas terroristas
. La plantilla de la policía sevillana está controlada por veteranos comisarios a punto de la jubilación la mayoría, cansados de una muy dura y para ellos incomprensible Transición, veteranos de una época en la que lucharon contra El Lute o El Arriopero, investigadores del caso Escámez, (el gordo que nunca tocó), o conocedores como jóvenes funcionarios recién llegados al empleo del Crimen de las Estanqueras y del último ajusticiado a garrote vil en Sevilla, El Tarta; policías sin medios y con una novedosa zarpa terrorista azotándoles bajo las siglas del siniestro GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascistas Primero de Octubre)

El hecho de que esta organización terrorista, brazo armado del PCE-Reconstituido, escindido años antes en París del PCE de Santiago Carrillo y Dolores Ibarruri, La Pasionaria, haya contado entre sus filas desde su fundación, el 2 de agosto del 75, con numerosos militantes gaditanos, convierte a la Jefatura de Sevilla en una de las oficinas policiales españolas que más información manejan sobre el GRAPO y sus movimientos. El comisario José María Antúnez y sus compañeros policías de la Gavidia forman un eficaz grupo de información y acción que obtiene importantes servicios en contra de la acción terrorista del GRAPO, no sólo en Sevilla sino en todo el país. En la detención de la cúpula del GRAPO en Barcelona es fundamental la colaboración de los inspectores sevillanos que incluso se trasladan allí para participar en el operativo de la detención. Por estas fechas causan alarma en diversas instancias ciudadanas la lista de objetivos obtenida por la policía a activistas graposos detenidos.

Cerca de treinta nombres y apellidos de políticos, empresarios y periodistas aparecen en el siniestro papel incautado. Destacando entre todos ellos el nombre del presidente de la Confederación Empresarial Sevillana (CES), Rafael Padura, al que lograron asesinar en su oficina particular tiempo después. Ese día, a principios de la década de los ochenta, el objetivo del GRAPO no sería Padura, sino el empresario dueño del Hotel Inglaterra que llegará a ser presidente de la CEA, Manuel Otero Luna, al que una reunión fuera de su despacho habitual salvará la vida. El 8 de abril de este año 1979, el subcomisario jefe de la Brigada de Información, Francisco Beltrán Ortiz, resulta gravemente herido tras recibir a bocajarro el disparo de un miembro del GRAPO que había planeado atentar contra el policía en su propio domicilio. El 25 de mayo queda desarticulado un comando en Sevilla. En los enfrentamientos caen abatidos por las balas un policía y un joven de 18 años. Dos días después, el 27 de mayo, se celebra en Sevilla tal y como estaba previsto el desfile del Día de las Fuerzas Armadas, presidido por los Reyes de España en una tribuna ubicada en el Paseo de La Palmera y rodeados de un impresionante dispositivo de seguridad.

El acto castrense en Sevilla está precedido de una fuerte actividad terrorista. El 9 de mayo dos policía son ametrallados en la Plaza de Santa Cruz, uno de ellos cae muerto. Al PSA   le hacen estallar un potente artefacto con abundante metralla en su primera sede de la calle Sierpes, en los altos de Óptica Bovis. También atentan contra un cuartel en Ciudad Jardín. Hay verdadera psicosis ante la amenaza terrorista en Sevilla hasta que, tras muchas horas de trabajos y esfuerzos, la policía detiene al comando y la Justicia le manda a prisión. Uno de estos terroristas, Cuadrado Delabat, oriundo de Galicia, al que entrevistaría años después en la vieja cárcel de la Venta Ranilla (Sevilla 1), acabará confesando ante el micrófono de Radio Sevilla: “Si saliese de aquí, no dudaría en volver a empuñar una pistola”.

La sociedad se felicita de que las fuerzas de seguridad hayan quitado de enmedio a tan peligrosos y sanguinarios terroristas. Sevilla respira hondo, se relaja y los señalados como objetivos de la banda sienten por vez primera en su vida aquello de haber vivido peligrosamente, acechados por asesinos. La primera desarticulación terrorista en Sevilla es premonitoria: desde entonces, sea GRAPO, sea ETA, terrorista que pisa Sevilla, terrorista que cae detenido y puesto a disposición de la Audiencia Nacional. No obstante, el terrorismo ha conseguido que se derrame mucha sangre en esta ciudad, pero al final, y pese al execrable asesinato de muchos inocentes, siempre resultaron detenidos sus autores.


Entre Suárez y Escuredo.
El año 79 se va con grandes incertidumbres en la agenda política sevillana y andaluza. El presidente Escuredo declara el 3 de diciembre en la prensa: “Si el 28 de febrero no hay referéndum, me voy a casa”.

La UCD, con sus decisiones sobre Andalucía, empieza a redactar su acta de defunción electoral. En la caída de Adolfo Suárez no sólo los poderes fácticos del Ejército influyeron, es la decisión tomada a finales del 79 en relación con Andalucía la que marca para siempre el principio del fin de la UCD, la coalición de partidos que ha dirigido la transición española de la dictadura a la democracia. El arranque de 1980 será de órdago. El inicio de la nueva década no defraudará.
   
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