Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
18 de marzo de 2026
 

 
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  1981
  Mercedes de Pablo
  Intrigas en víseperas de mudanza
  “¿Es siempre lo más divulgado lo más auténtico?” Esa pregunta se la hacía José Manuel Caballero Bonald muchos años antes de ser nombrado Hijo Predilecto de Andalucía y en plena gestación del Estatuto andaluz. Y es que este año 1981, entre discursos y tensiones políticas sobre el techo, las competencias reales de la autonomía andaluza lo que se discute es la identidad misma de Andalucía, esa Andalucía cuya cara más simple ha servido al franquismo como mercancía de importación. En el imperio hacia Dios, a diferencia del aurresku o la sardana, caben las sevillanas y las coplas que tanto gustaban al dictador. Los polvos de 1980, esto es la emoción, el desgarro y la pasión verbal, traen los lodos de 1981, esto es, la dificultad de un consenso fácil sobre el contenido del texto de Carmona. El verano del 80 no ha servido para apaciguar los ánimos y muchos menos el otoño caliente y rumoroso que precede a ese 1981 que ha heredado una fecha histórica, el 28-F, y que aportaría una similar, el 23-F, de signo y protagonistas tan distintos.

La venganza de la Historia.
Las uvas de 1980 traen una noticia que desde Andalucía se interpreta como una venganza de la historia, y es que el Referéndum del 28 de febrero y la urgencia de los tiempos achican las miradas, ignoran los pasos de gigante de un país que hace tan poco tiempo era la vergüenza de Europa. Desde Andalucía la dimisión de Adolfo Suárez el 29 de enero se entiende como un tributo pagado a lo que los opositores y la prensa llaman ya el error andaluz.

Recuerdo una moción de censura vivida como yo sólo recuerdo, en la última infancia, la emoción de esos Festivales de Eurovisión. En casa de un periodista, tal vez de María Esperanza Sánchez y Joaquín Petit, tal vez de Lola Cintado o de Pilar del Río, nos reunimos un grupo de militantes de la prensa (porque militamos, a qué engañarnos, con una entrega casi religiosa a la profesión) y de militantes de partidos, y lloramos y reímos, y nos emocionamos como lo que suponemos un momento histórico. Cuánta fecha memorable para cuerpos tan jóvenes.

Mientras Suárez se despide con un discurso lleno de dignidad, los barones de su partido se enzarzan en una batalla política a la que poco puede calmar el rostro impávido, y triste apostillan malvados los adversarios, del candidato a sucederle, Leopoldo Calvo Sotelo.

Pero en la crónica íntima de Sevilla nos mentiríamos si ocultáramos que existe un cierto regocijo en el quinario que sufre el Gobierno, el Gobierno central, repetimos los periodistas, el Gobierno de Madrid. Cuánto epíteto, cuanto calificativo en aquellas crónicas tan próximas al nuevo periodismo, de puro subjetivas. De la misma manera, nos empeñamos en llamar a Rafael Escuredo presidente del pregobierno, viva el palabro, o a esos consejeros sin competencias, nombrarlos por la cara y por las ondas ministros andaluces. Desde la derecha de Clavero al alcalde de Marinaleda, Los Otros, prueban las hieles de una autonomía puesta a prueba, un proceso autonómico que ha sacado un 4, 5 en la asignatura de Almería. “Suárez, tus muertos ¿han votado...?” Dicen cuando el presidente en un discurso magnifico se despide, al dramatismo de sus últimas palabras como presidente se le anteponen agravios de novia estafada, no haber inflado el censo, no haber puesto a Lauren Postigo, que hace falta tener vista en una época en la que para oír a Juana Reina hay que explicarse. La noche de la despedida de Suárez es una noche de fiesta pero una fiesta incómoda porque la dignidad del adversario invita poco a la mofa.

Sed y no sólo de justicia. La política estos años no es cosa sólo de los políticos, aunque la vida, eso que nos sucede mientras hacemos planes, escribe su propio guión. El 81 es el año de la sequía que bautizamos, en plena euforia retórica, como la sequía del siglo. El 13 de enero se anuncian restricciones y el 1 de febrero comienzan. Son 350 días de horario restringido para el consumo humano y una repercusión atroz para el campo sevillano: las pérdidas agrícolas merecen el calificativo de catastróficas, los animales mueren en Doñana y algunas empresas, como la de Aznalcóllar, cierran temporalmente. Hambre y sed, decimos y en este caso no deja de ser una verdad. La falta de agua es la penúltima plaga, el recuerdo del subdesarrollo, la herida que no cura que acompaña los discursos, que define el estado de ánimo, la sensación de una tierra maldita y maldecida. Por eso cuando Antonio Gonzalo, el cineasta comunista de Logroño que más tarde triunfaría con thrillers rodados en Miami, viene a filmar aquella novela, Tierra de Rastrojos, nos echamos de bruces a sus brazos. Los teatreros de Sevilla se visten de negro y convierten Fuentes de Andalucía en la postal fija de la Sevilla que nos hierve en la memoria, jornaleros y luto, humillaciones.

Recuerdo el estreno de la película como todo un acontecimiento, como recuerdo, ese mismo año, la Carmen que el concejal-poeta José Luis Ortiz Nuevo monta en la Maestranza. Una Carmen de Tamayo (ése no es rojo) espectacular y polémica, ante la que muchos se preguntan perplejos, nos gusta o no nos gusta el mito de la Andalucía romántica. De un lado recelamos del tópico y de otro reivindicamos la identidad, todo eso en un año convulso que amanece con una dimisión, el castigo de Suárez, y se hizo de mañana con una amenaza, el 'tejerazo'.

El misterio de Capitanía aquel 23 F.
Mucho se ha escrito y más se ha especulado con lo ocurrido el 22 de febrero por la noche y el 23 durante todo el día en la Capitanía General de Sevilla. Los rumores que visten al entonces capitán general de legionario y le atribuyen un ardor golpista que es adormecido por algunos de sus subordinados, entonces nos parecieron ciertos y, aún veintidós años después, suenan a razonables. El caso es que los pormenores de aquellas dramáticas horas en Sevilla los conocen bien tanto el que es el segundo del capitán general Merry Gordon, Gustavo Urrutia, como el gobernador civil de UCD, Sanz Pastor. A Sanz, al que sacan los colores meses después por usar una piscina en el Gobierno Civil, mientras en Sevilla hay tres horas de agua, es uno de los responsables de la paz, de la quietud, de la nada que pasa en Sevilla y de los tanques que no salen al estilo de Valencia. Aquellas interminables horas que vivimos, con los dirigentes de los partidos secuestrados en el Congreso de los Diputados, y algunos pocos fontaneros recogiendo papeles en las sedes, aquellas horas se alimentan del tan tan, del boca a boca. La consigna a partir del día siguiente es cerrar las filas por la democracia y elogiar, hasta la lisonja, a las instituciones constitucionales.

Aquella noche es rica en anécdotas locales. Cuenta un veterano periodista, hoy en una corresponsalía fuera del país, que el director de una radio pública quiere tranquilizar a la inquieta redacción con un no se preocupen, eso pasa en Madrid y no afecta al local. Toda una invitación para tomarse el día libre. O las vueltas infructuosas que Pilar del Río y Juan Teba dan al Parque de María Luisa, en busca de un indicio, un movimiento, un gesto que les permita saber qué puñetas está pasando en Capitanía. O la extraña reedición de la Junta Democrática que se organiza en casa de una periodista con comunistas, socialistas y andalucistas pegados a un transistor, sin ganas de ir, con miedo de ir a casa. Mención aparte merece la fogosa actitud del entonces maoísta (del PTE) y aún hoy alcalde de Lebrija, Antonio Torres, que vela toda la noche por si fuera necesario defender la democracia como en el Chile de Allende.

La mañana siguiente es una mañana de teléfonos y urgencias. Los diputados sevillanos repiten que están bien, que ha ganado la democracia y que hay que salir a la calle para demostrarlo. La enorme entereza del presidente dimisionario y, muy especialmente, de su ministro de Defensa, eclipsa todo lo demás. El agravio a Andalucía se deja para más tarde, es más urgente defender la democracia.

La manifestación que se celebra en Sevilla, al mismo tiempo que en toda España, el 28 de febrero, precisamente,  significa un hito por muchas razones, algunas meramente gestuales. Se hace un ligero rodeo, para evitar la fachada del cuartel de la Puerta de la Carne, sede hoy de la Diputación Provincial, coinciden por primera vez desde el 28 de febrero anterior todo el arco parlamentario y se blande, ya para siempre, la roja y gualda española al lado de la bandera andaluza. Hasta los comunistas, republicanos de corazón pero disciplinados como nadie, cuelgan de sus balcones, al lado de la blanca y verde esa bandera que, tan sólo hace meses, sirve a los grupúsculos de niñatos fascistas para pintar de zona nacional algunas calles de Los Remedios.

Precisamente, un jovencísimo concejal comunista, hoy en el PSOE, cuenta cómo por primera vez va a comprar a la calle Francos la bandera española, cómo la toca y retoca hasta que se decide a colgarla junto a los tiestos de la terraza y cómo, por la mañana, cuando sale del portal siente en la nuca la presencia de un símbolo que hasta ese día ha sido patrimonio de su vecino de derechas. No tiene fuerzas para volverse y verla, allí en la terraza de su casa, llamativa y alegre, con dos colores que sólo desde ese momento puede soportar ver juntos.

El año del Estatuto es, curiosa o razonablemente, el año de la Constitución en Sevilla. Quien no la tiene la compra, la enseña, el librero Padilla la pone en el escaparate como si fuera el Quijote, el libro del mes, la consigna de la democracia.

Estatuto Andaluz. Y es que el Estatuto además nace con polémicas. El 3 de marzo la Asamblea de Parlamentarios andaluces aprueba el proyecto que debe ser enviado a las Cortes pero sin unanimidad, se oponen los andalucistas y el ex militante de UCD García Pérez. Con acusaciones mutuas de traición al espíritu de la autonomía los socialistas y los andalucistas se culpan de frenar el proceso autonómico y la voluntad del pueblo andaluz del 28 de febrero. El 11 de marzo, cuando el Estatuto es presentado en el Congreso de los Diputados, los andalucistas y los comunistas acusan al PSOE de pactar con la UCD un tijeretazo fulminante a la autonomía andaluza. Todo al calor de las negociaciones de la LOAPA, una ley que habría de rebajar el café para todos de Suárez y que, al final de año, es denunciada por el PCE y los nacionalistas catalanes y vascos. A la postre resultará una ley inaplicable que quedará en el olvido pero que responde a las claves de un año en el que el que se ha producido el golpe de Estado cuya imagen dio la vuelta al mundo, y un año en que la coalición del Gobierno va de una crisis a otra.

Si repasamos la cronología de este bienio, 1981 y 1982 resultan decisivos para las bases de la autonomía, para el futuro de la propia UCD, para el Estatuto y las primeras elecciones andaluzas. Los acontecimientos de estos dos años parecen tener su resultado en el 28 de octubre de 1982, con la victoria del PSOE, la caída en picado de UCD y el principio del fin del PCE. Ese otoño del 82, con un gobierno socialista, con la desaparición práctica del centrismo, con la dimisión de Carrillo pero también con la venida del Papa, con el fin de la sequía. En 1982 el PSOE anuncia un cambio y de hecho, hoy se ve como una fecha de inicio y de fin, casi es inevitable pensar que es, seguramente, el año en que es acabado el proceso de democratización del Estado. Pero de qué forma tan distinta se vive veinte años atrás ese cierre de ciclo, ese finiquito al pasado y la construcción, que hoy parece milagrosa, del futuro.

Ojeando antiguos periódicos, anuarios y algún libro, me llama la atención el énfasis que los partidos andaluces ponen en la defensa de la Constitución. Al cierre del año 1981 y después de la aprobación del Estatuto de Carmona, Rafael Escuredo escribe: Un pueblo puede encontrar las más altas cotas de su vocación autonómica con la Constitución y sólo con la Constitución en la mano”. Son señales para los nacionalistas pero más para los otros, que para los andaluces, está claro que desde Andalucía, desde Sevilla los socialistas ensayan su particular revolución de octubre y la toma del palacio de invierno.

Pero la Asamblea de Parlamentarios no tiene sede y el despacho del Pabellón Real del Parque de María Luisa apenas da lugar para el presidente y aquellos ocho consejeros sin cartera. Así que es el Ayuntamiento de Sevilla, fruto del Pacto de la Izquierda, el campo de la batalla política, el escenario de las deserciones, el zulo de los gargantas profundas. Para una democracia recién estrenada y unos medios de comunicación que están aprendiendo a informar de política, el Ayuntamiento de Luis Uruñuela es apasionante, por duro que le pareciera a más de uno.

Apenas nos sabemos los nombres de los consejeros, sobre todo de algunos que abandonan tempranamente la política, pero conocemos al dedillo la vida cotidiana del Ayuntamiento, la ironía de Rodríguez Almódovar, la seriedad de Víctor Pérez Escolano, la afabilidad de Guillermo Gutiérrez, la lírica entusiasta de Ortiz Nuevo, ese concejal poeta al que casi le pide el Ayuntamiento un millón de pesetas por haber avalado, sin recibo, el cobro de la comparsa de aquella Carmen del Maestranza. Y es que Ortiz no sabe de papeles pero recupera el Hotel Triana, recupera la calle Betis y la calle misma, trae a la Sala San Hermenegildo los grupos mas vanguardistas del mundo, ese Tadeus Kantor vigilando que sus pupilos no hicieran excesos con la manzanilla.

El 15 de enero el PSOE abre la veda contra el alcalde al que acusa de incapacidad de gestión. Mientras, Uruñuela está entretenido además con su propio partido, con la crisis que se dirime el 6 de junio en el Congreso y que viene precedida de algunas fugas como la del diputado Emilio Pérez Ruiz que abandona el escaño y el partido. Un annus horribilis para el PSA, ya que el nuevo reglamento del Congreso amenaza con llevarlos al grupo Mixto y hay que sacar las mesas a la misma puerta del Ayuntamiento para pedir firmas de solidaridad.

La melé política y sentimental. Recordando ese año, cuyo balance político se cierra con el Referéndum del Estatuto el 20 de octubre, y el social con el acuerdo entre la Junta y el Gobierno sobre el empleo comunitario, aparecen rostros y personajes que luego irán desapareciendo de la vida pública y que llegan a ser los protagonistas de la vida cotidiana en Sevilla. Centristas, andalucistas, comunistas, socialistas que estrenan gestión y que estrenan convivencia y hábitos democráticos. Tan inexpertos como apasionados, tan jóvenes como voluntariosos. Es difícil ahora pintar la raya entre la vida privada y la pública, algunos cambian el país mientras cambian de aspecto, de casa y de pareja. Y de oficio, algunos, al aceptar entonces un cargo no saben que están eligiendo una profesión de difícil vuelta atrás.

De todas las intrahistorias de aquellas instituciones de puertas abiertas y poca vigilancia, me enternece especialmente una historia de amor que no deja de tener una dosis de morbo político y hasta de desafío. Mientras las tensiones entre los socios andalucistas y socialistas son cada vez mayores, mientras las acusaciones mutuas de traición suben de tono, un socialista, alto cargo de la Diputación y por tanto concejal del Ayuntamiento de Sevilla y una concejal andalucista firmaron su propio y personal pacto por la autonomía. Lo que la política se esfuerza en unir lo hizo la naturaleza con toda la naturalidad del mundo. Es ingenuo saber ahora, con los cambios que todos hemos sufrido y hemos visto, la expectación y la ternura  que provoca la historia de amor de dos políticos cuyos dirigentes se tiran a dar. Ninguno de los dos está ya en la política de manera activa aunque uno de ellos siga siendo militante del PSOE. Eso sí, siguen juntos y tienen dos hijos.
Somos, son, somos tan ingenuamente sinceros que creemos sinceramente que las palabras abren abismos, y hasta nos esforzamos porque sea cierto. Las buenas relaciones entre antagonistas son algo que ha traído la democracia, como el tiempo ha curado algunas heridas y otras las ha convertido en insalvables.
En torno a la política local, el año del Estatuto, hubo brillantes políticos cuyos destinos han corrido distinta suerte. De hecho, un año antes de la victoria de Escuredo en las primeras elecciones andaluzas, el presidente va tejiendo relaciones que luego se concretarían en un Gobierno de mucho independiente o directamente evacuado de algún otro partido. Tanto el PCA como el PSA sirven de cantera para la gestión que se viene encima. Por lo pronto, en el bienio 81-82, renqueante y quebradizo el pacto municipal de la izquierda, resquebrajada la UCD, el PSOE va tomando instituciones, las locales primero, la autonómica luego y por último el Gobierno de la nación en el otoño de 1982.

El umbral del poder socialista. Son años de intensidad política y de preámbulo del Gobierno socialista, una hegemonía de catorce años, que se alimentaría, en buena parte, de las filas del PSOE sevillano. Aunque desde hace tiempo Felipe González vive en Madrid, su familia sigue viviendo en Sevilla, a su mujer Carmen Romero aún la recuerdan los alumnos del instituto y, claro, Alfonso. Alfonso Guerra y sus amigos del teatro y su librería Antonio Machado y sus conferencias sobre Juan de Mairena.

El 21 de abril de 1981 muere la madre de Felipe González y uno de los periódicos locales lleva la noticia a primera página con un titular tal vez excesivo («Sevilla llora a la madre de Felipe») pero fruto de la relación de González con su ciudad, la misma que le llama Felipe desde el principio, uno de los pocos políticos de la historia al que la ciudadanía ha apeado del apellido.

La crisis del Gobierno de UCD con el 28 de febrero y con Andalucía da exactamente más vuelo a ese PSOE andaluz que le ha echado un pulso al Gobierno y llevaba trazas de ganarlo. Los nombres de los políticos sevillanos se ponen de moda, por primera vez no es Madrid la que pone negritas en el Gottha de los más célebres, por primera vez los felipólogos no son exactamente de Madrid.

El campo se revuelve.
Pero en 1981, como digo, Sevilla se pone de moda por razones sociales de brutal impacto, especialmente mediático. La sequía viene a agravar la situación del campo andaluz, ese campo asociado a lo peor del pasado, los señoritos, los jornaleros, la estampa de la España más atrasada y la falta de entendimiento en las primeras negociaciones sobre el empleo comunitario hacen el resto. El sindicato de Obreros del Campo, el SOC, hasta ese momento no sólo minoritario sino casi desconocido, salta a los titulares con sus primeras tomas de fincas y sus primeras huelgas de hambre. A Cañamero, Casero o el cura Diamantino, que tienen una trayectoria en el sindicalismo y en la militancia local, se les une un maestro de pueblo cuya imagen se hace recurrente en toda la prensa del país: Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda.

Sanz Pastor tiene, sin duda, una agitada agenda en el Gobierno Civil de Sevilla. No es extraño que años después como cónsul en Perpignan asegure sentirse como una “reina madre”. Las detenciones de sindicalistas del campo son permanentes pero no sólo de afiliados a las Comisiones Obreras del Campo, entonces mayoritarias, a UGT o al SOC. A primeros de año es detenido el alcalde de Lebrija, Antonio Torres, con parte de la corporación y treinta trabajadores del pueblo, un mes más tarde se organiza en Osuna una reunión a la que asisten invitados de dos grupos radicales, los canarios del MPAIAC y los vascos de la coalición recién formada Herri Batasuna. El 24 de abril 400 jornaleros de Marinaleda secundan a su alcalde en la huelga de hambre más larga y más famosa de la historia reciente. Desde el Gobierno Civil, desde una UCD rebasada por los acontecimientos, se tacha de show la protesta.

En la Junta Rafael Escuredo recibe al secretario del SOC y urge al Gobierno central a buscar una solución inmediata al empleo comunitario. La ejecutiva Federal del PSOE se suma a las reivindicaciones, al fin, el presidente Calvo Sotelo convoca al presidente de la Junta de Andalucía y promete ayudas urgentes para el campo andaluz. El 3 de mayo los jornaleros acaban con la huelga.

En el glosario de siglas del bienio se repite una y otra vez el PUA, el Plan de Urgencia para Andalucía, el umbral de lo que más tarde, más de diez años después, vendría en llamarse la Deuda Histórica, la plusvalía que el Estado le debía a Andalucía. El PUA llega a formar parte de la jerga diaria de la actividad política y su repercusión en los medios. Con la pasión de entonces se habla de ese plan como el bálsamo de Fierabrás que, por cierto, representa el actor Juan Diego en esas fechas con el legendario grupo Esperpento.

El Sur también existe.
Felipe González, Alfonso Guerra, Rafael Escuredo, Alejandro Rojas Marcos (del que la en esta época locutora nocturna Encarna Sánchez queda prendada), Juan Manuel Sánchez Gordillo pero también Gala y Burgos y Cano y El Lebrijano, el gitano rubio que menta en sus cantes a Isabel La Católica, todos ellos empiezan a convertir el andaluz en algo más que la lengua oficial de los chistes de España. Algunos locutores como Joaquín Durán o Pilar del Río o Nina Salvatierra o Rafael Moreno dejan de meterse un lápiz en los dientes para vocalizar. Hasta en la muy eufónica Televisión Española, su director territorial Ignacio Romero de Solís, alienta a aquellas voces de esmerado castellano a que hablen andaluz, como se habla en la calle, como ya se habla en las mismísimas Cortes. Y todavía no han llegado a La Moncloa.

La que sí se sienta en el Gobierno, a finales del año 81, es la política sevillana Soledad Becerril, la primera ministra de la democracia recuperada, la primera mujer en el Ministerio de Cultura. Desde Federica Montseny no ha habido mujeres en los gobiernos españoles, todo un mérito para esta luchadora que le toca participar en un Gobierno complicado en unos tiempos complejos. Soledad es el referente del centro derecha liberal, tolerante y antifranquista que a duras penas se ha organizado en Sevilla en las postrimerías de la dictadura. Militante del partido de Joaquín Garrigues Walker, Soledad dirige La Ilustración Regional, revista en la que colaboran personas de la cultura, muchas de ellas en la órbita del Partido Comunista. Es un magnífico fichaje para el Gobierno de Calvo Sotelo poco antes de terminar el año, pero hay demasiados frentes abiertos como para que la UCD, de vez en cuando, se tome un respiro.

Aún cuando al Gobierno de Calvo Sotelo se le asocie con el golpe que marcó su investidura (golpe cuyos ejecutantes más obvios son juzgados en esa legislatura) y con la entrada en la OTAN, es una época de una actividad legislativa febril, de cambios profundos y radicales en la sociedad española. En el verano 1981, el 18 de agosto, tal vez buscando la atonía de las vacaciones, se presenta la primera demanda de divorcio en Sevilla. La ley de Fernández Ordoñez se había aprobado poco antes y se ha publicado en el BOE el 20 de julio.

¿Y la Iglesia? Si otras ciudades españolas se hacen famosas por la personalidad de sus obispos o arzobispos, lo cierto es que la figura del cardenal Bueno Monreal no da lugar a grandes tensiones entre la institución Católica y el Estado que la Constitución reconoce como laico. Personas próximas al cardenal cuentan innumerables anécdotas, algunas seguramente apócrifas, sobre la capacidad de Bueno de adaptarse a los nuevos tiempos y la mano izquierda con la que resolvía, por ejemplo, algún caso de cura casado o aún peor, de cura comunista.
   
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