Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
18 de marzo de 2026
 

 
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  1982
  Francisco Romacho
  Annus mirabilis
  Un novelista fullero, en un soberbio y último rapto, imaginó una bellísima tierra y lucubró vírgenes llorando sangre titanlux; cristos amanecidos en una papelera de colegio de un pueblo pequeñito; mítines como fiestas y  viejas palabras como navajas; ríos de gente entrando y saliendo de las urnas o las iglesias; un Papa que llegó de Roma en una alsina, como si viniera de Padul o Los Bérchules; un Dalai Lama, Buda reencarnado del Tibet en la Alpujarra; un Kirkpatrick pura sangre cuarta generación con sombrero cordobés y puro; un canciller judío embrujado por el plácido temblor del agua de los patios moros; un anciano poeta de blancas melenas en el laberinto callejero de su arboleda recobrada; coros y danzas en vez de policías en Fuente Vaqueros;  Almanjáyar es una enorme noria, los gitanos aparcan los coches;  Escuredo es la épica, Felipe su profeta y Jara el caballo que cruza la meta. Y en el último día, en la última página, se incendia el corazón de la ciudad con un arzobispo dentro. El editor se negó a publicar aquella macedonia sensacionalista. Pero ocurrió en Granada, de mayo a diciembre del año 82. El año admirable.

Adiós a las armas. Los miedos involucionistas, los brillos mortales de los uniformes, la  vieja Granada de las familias de la oligarquía fascista que habían hecho suyo el botín de la guerra civil se evaporaron para siempre la noche del 23 de mayo. Amalia Jiménez, número ocho de la lista del PSOE granadino se sentará en el novísimo Parlamento Andaluz. La victoria de los socialistas en toda la comunidad tiene en Granada un reflejo tan contundente como en el resto de las provincias y deja en evidencia la importancia de las encuestas previas, que apuntaban una tímida victoria y hasta posible alianzas para gobernar. La gente quiere olvidar cuanto antes los meses de zozobra previos, la inseguridad que contamina la crisis del partido en el poder y ha apostado abrumadoramente por los socialistas que han encontrado en Escuredo al líder capaz de aglutinar la vieja izquierda con el pujante andalucismo. Antonio Jara, alcalde creciente, encarna a la perfección la fortaleza de su liderazgo en la ciudad a la cabeza de la candidatura triunfadora. La nueva derecha que se ha inventado Antonio Hernández Mancha tiene en Díaz Berbel a la mejor imagen posible de su credo sin credo. Para muchos historiadores y analistas, estas elecciones cambiaron el curso de la historia contemporánea de España. Por primera vez desde la restauración democrática, un partido gana por mayoría absoluta y es el ensayo general de lo que vendría cinco meses después. En Granada el cambio había empezado en mayo.

La precampaña había sido tensa, trufada de enfrentamientos, denuncias cruzadas de agresiones y con  altas temperaturas de agitación política. En Alicún de Ortega el gobernador civil convierte en un salomónico reparto de multas de 250.000 pesetas de las de entonces lo que en realidad había sido una agresión del Frente Nacional a militantes comunistas. Las proclamas de los líderes y candidatos  definen a la perfección la textura de los tiempos que, vista hoy, resulta casi enternecedora: “Más eficacia y menos política necesita Andalucía” (H.Mancha); “UCD juega al voto del miedo” (Verstrynge); “Si vence la izquierda se abrirá un camino de incertidumbre para Andalucía” (Soledad Becerril); “Vamos a sacar tres diputados” (Antonio Ortega); “La Andalucía del futuro es nuestra” (Escuredo); “Juntos podemos” (Carrillo); “Juntos podemos tomar una copa” (Guerra).

La campaña  arrancó con destellos también de violencia. Dos militantes de Alianza Popular fueron apaleados en Churriana por simpatizantes centristas. Y el mismo día, en el Albaicín, la concejala centrista Eulalia Dolores de la Higuera fue agredida con una botella rota: “Me nombraron las cuatro letras a porrillo pero yo no les dije nada hasta que oí que nombraron a mi madre; entonces me volví y vi como alguien con un casco de botella quería rajarme el cuello”. Con una tirita en la frente y todo el valor del que era capaz, Eulalia salió fortalecida del terrible trance: “Cuando el hombre de la botella vino a rajarme el cuello la gente gritaba “a degollarla, a degollarla”; habían apostado unos dineros a ver quién era el primero que me señalaba la cara... luego me desmayé”. El móvil de la agresión, sin embargo,  tenía más que ver con las Cruces de Mayo que con la campaña electoral: algunos energúmenos albaicineros no habían encajado deportivamente la decisión del jurado, entre el que se contaba Eulalia, de darle el primer premio a la cruz de otro barrio. Eulalia, luchadora de imposibles y tilos moribundos, era por esas fechas además vicepresidenta de la Asociación de Amigos del Albaicín. Menos mal.

La televisión y su influencia en la decisión de los votantes  empezaba a ocupar un lugar de privilegio en la batalla electoral. La mejor televisión de España era un cañón de enormes proporciones que inundaba con su monopolio todos los hogares y hasta  los partidos anunciaban en los periódicos la hora de emisión de su carrete electoral del día. Los socialistas, con Escuredo a la cabeza, la emprendieron con Robles Piquer, director general a la sazón, y lo convirtieron en el malvado instigador de la manipulación partidista en televisión y en la caña al mono de los mítines. Herida de muerte desde el referéndum, UCD hubiera necesitado algo más que una televisión de la de entonces y cuatro plataformas digitales de las de ahora para evitar el naufragio. Más claro  que las encuestas, más que la televisión, más que los sociólogos, más que el olfato de algunos políticos con instinto salvaje, lo dijo Ana María Ruiz Tagle una tarde, creo, desde la terraza del Palace: “Van a ganar los socialistas porque lo he visto en los ojos de los andaluces”.

Y lo había visto bien. El PSOE ganó en 140 de los 166 municipios que tenía la provincia de Granada. Ganó en Huéscar o Lanjarón, localidades con alcaldes de UCD bastantes populares y barrió en el cinturón de la capital (Marecena, Albolote, Atarfe, Pinos) y en Iznalloz, considerados hasta entonces feudos inamovibles del Partido Comunista; la misma tónica en los Montes Orientales, el Valle de Lecrín, la Ribera del Genil, Guadix-Baza y por supuesto en la Costa.  En la ciudad los socialistas alcanzaban el 54%, y ganan en todos los barrios menos en el centro, por supuesto, donde resucita Alianza Popular. Los ojos de los andaluces de derechas prefirieron refugiarse de nuevo en la seguridad de los tirantes de Fraga, la modernidad del flequillo de Hernández Mancha y la simpatía de Díaz Berbel. Algo más de dos puntos de ventaja sobre la UCD le dieron el amable título de segunda fuerza más votada, imprescindible para la correcta organización de los debates políticos futuros y la  adecuada significación periodística del nuevo liderazgo conservador.

Candidato a su pesar, Sánchez Faba escenifica como pocos la profundidad del descalabro centrista, que no hace más que acelerar los síntomas de descomposición internos. Desconcertado, atraviesa los “peores días de su vida en política”, se acuerda del Suárez que hizo mutis por el foro en toda la campaña andaluza y granadina e intuye en un horizonte más o menos próximo el final de su excedencia como magistrado. Sólo, sin la fanfarria de ministros que amenizó la campaña, maldijo para sus adentros el día que Calvo Sotelo le llamó en persona para convertirlo en cabeza de lista de la UCD granadina mientras Jiménez Blanco, muñidor de almas y verdadero jefe provincial del centrismo, había encontrado “poderosas razones” para volver a Madrid pocas horas después de la catástrofe amparado en el gaseoso quehacer de la presidencia del Consejo de Estado.

La estrategia comunista también resultó un enorme fiasco y buena parte de sus votos se fueron, ya para casi siempre, a manos de los socialistas, encantados receptores del concepto de voto útil. La serena figura de Javier Terriente y los estrechos lazos de Santiago Carrillo con el núcleo de dirección del partido en Granada y sus continuas visitas no sirvieron para corregir una reacción mimética en toda la comunidad. En realidad, aquel “Juntos podemos” que sirvió de eslogan y base argumental para un hipotético gobierno de izquierdas fue traducido por los granadinos y andaluces tirando directamente por la calle de en medio.

Pero la mayor debacle, de largo, fue la del Partido Socialista de Andalucía, que en Granada alcanzó un penoso 2,8% de los votos. El desplome en la capital es tremendo: un 60% menos de los votos que recibió en las últimas generales y casi un 80% de lo que obtuvo en las municipales del 79 se había evaporado. De largo también, el peor resultado andalucista en la comunidad. Había suficientes razones para ello tras dos años de sangrías y la práctica inmolación de toda la dirección del partido granadino, irreversiblemente enfrentada a Rojas Marcos. Un jovencísimo Antonio Ortega, mandatado por el aparato, vivió seguramente también los peores meses de su vida política intentando, en absoluta soledad, remontar un proyecto político que ya nunca alcanzaría los momentos de gloria de los resultados de las municipales. Aquella durísima experiencia moldeó para siempre su carácter como político y sin duda le ayudó a sobrevivir las cíclicas travesías del desierto y las tremendas convulsiones internas que desde entonces aguardaban a su partido. Aquel 23 de mayo, en las primeras elecciones de la historia al Parlamento de Andalucía, los nacionalistas andaluces, en gran parte protagonistas directos de la autonomía política y su proyección institucional, lograron 3 (sic) escaños, un récord incluso susceptible de empeorar años más tarde. Los seis sillones vacíos de los concejales andalucistas en la Plaza del Carmen habían ganado su pírrica batalla después de muertos. Arzalluz, que pasaba por allí, tradujo aquel desastre como “la carencia de una vivencia autonómica en Andalucía”. Su razón tenía.

La casa encendida.
Siempre perseguido por la larga sombra de su amistad con Federico y el papel de su familia falangista en los días del ocultamiento en su casa y posterior detención, la imponente obra poética de Luis Rosales había parecido hasta entonces un asunto menor. La injusticia dejó de serlo con la concesión del Premio Cervantes, el nobel de la literatura de lengua castellana, como gustaba decir a los periodistas de entonces. La Casa encendida, su obra cenital, es un vasto tratado de la mejor poesía intimista, el mejor exponente del sui generis existencialismo que caracteriza su producción. Desde entonces hasta su muerte, a pesar todavía del eco de una cierta desazón por “lo de aquellos días”, Rosales encontró el hueco adecuado a su dimensión literaria en España y en Granada. A pesar de sus muchos años en Madrid, Rosales conservaba uno de los más cerrados acentos granadinos que jamás se hayan oído y, por cierto, los ojos azules más hermosos que recuerdo de una persona de su edad. En el otro extremo de la vida y la política, que no de la poesía, Luis García Montero ganó el premio Adonais y Francisco Javier Egea el Juan Ramón Jiménez por su inolvidable Paseo de los Tristes.

Como no podía ser de otra manera, el cinco a las cinco ya tiene un indefectible tufillo institucional, se ha ido encajando en el santoral de la joven democracia granadina. “Mucho calor y menos público que otras ocasiones”, escriben prudentemente los enviados especiales a Fuente Vaqueros. Este año el hermanamiento es con Falla y la sobrina del músico y la hermana del poeta sellan con su encuentro el recuerdo de la amistad de don Manuel y Federico. Los coros y danzas de Baza, la inauguración de una calle “Manuel de Falla” en el pueblo, la audición de un poema grabado por Nuria Espert, duelo poético a cargo del granadino Juan de Loxa y el gaditano Fernando Quiñones (“los dos estuvieron sobrios y limitados” apuntilla excelsamente un periodista ) y las actuaciones musicales de Raúl Alcover, Sabina-Crahe, Paco Ibáñez y José Menese sustituyen a las carreras, los grises, la represión y las reivindicaciones de aquel ya lejano 76. El consejero de Cultura, entonces Rafael Román, pocos días después confirmado en el cargo por Escuredo en su primer Gobierno “de verdad”, dijo lo que suelen decir los políticos: “Considero un gran acierto que se celebre esta fiesta laica en la cuna de Federico y que anualmente convoca a muchas familias granadinas”. O al menos eso es lo que dice la hemeroteca que dijo.

Alberti vuelve a entrar en Granada dos años después de aquel 24 de febrero. La suya será una relación intensa e íntima con la ciudad: el mito se perdió muchas veces después por las calles y los bares hasta hacerse paisaje. Alvaro Salvador le dedica una bienvenida de las de entonces: “Desde los cuatro puntos cardinales de la Ciudad Roja, desde la vida y la cultura te ofrecemos  la Granada, Rafael, escuderos todos del mejor caballero. ¡Salud, compañero! Bienveni-do”. Alberti ha venido en plena campaña, entristecido por lo que llama la “desunión de la izquierda” y advirtiendo del peligro de insolidaridad que pueden traer consigo las autonomías. Pero se esfuerza en alejarse de la política “suponiendo que lo político pueda dejarse a un lado siquiera por un momento en la vida de un ser humano consciente; si no fuera por esa maldita guerra en Las Malvinas ahora mismo me pondría a escribir poesías sobre las rosas de Granada”. Pasea, da conferencias sobre la pintura de su amigo Picasso, maldice a los especuladores que han “maltratado esta magnífica y soberbia ciudad” y hace una incursión nada despreciable en un debate irresoluble entre lo universal y lo cateto: “He apostado siempre por la universalidad, sin caer en sectarismos o estúpidas mezquindades. Hablo con acento andaluz, con acento de mi tierra gaditana, pero no lo fuerzo. Cuando intervengo en una lectura poética trato de pronuncia mi idioma, el español, de la manera más correcta posible; no creo que sea necesario representar a Shakespeare diciendo “zé o no zé. Ezta ez la cuestión. A mi estas actitudes me parece pura mierda, mediocre ropaje. Se debe ser originalmente andaluz conscientes de que nuestra cultura como pueblo se ha expresado siempre en  claves de universalidad sin caer en el sainete como norma”.

Manuel Ángeles Ortiz, el pintor jiennense cuyos albaicines se expanden por todos los museos del universo, recibió una mínima recompensa con el título de hijo adoptivo de la ciudad. Un largo aplauso de todos los concejales y un tópico reconocimiento de José Miguel Castillo Higueras (“lleva el nombre de la ciudad por el mundo entero a través de su pintura, que refleja su peculiar forma de ver y entender Granada”) emocionaron al artista, que apenas pudo agradecer el nombramiento, recordar sus juveniles años veinte con aquel grupo en el que estaban Barrios, Zuloaga, Falla y Lorca entre otros y dejar constancia de su militancia granadina: “Me ha dado algo que no ha sido difícil plasmarlo pero sí transmitirlo; he intentado plasmar la luz de la ciudad, el ladrido de los perros, lo cual ya forma parte de mí y de mi pintura”. El pintor “dulce y tercamente independiente” presentó pocos días después el boceto del monumento de la ciudad a García Lorca, que se levantaría en un futuro parque alrededor de la Huerta de San Vicente.

Después de su mítico Camelamos Naquerar, Pepe Heredia Maya presentó preso de los nervios  en el Manuel de Falla Macama jonda, “un grande éxito” a decir de los críticos de la prensa local. La boda entre un gitano andaluz y una joven de Tetuán sirve de excusa para crear un ambiente festivo en el que dos culturas que nacieron del mismo tronco se encuentren y desencuentren en sus costumbres y sus cantos. Desde entonces se nos hizo como de la familia el profesor Chekara, director de la Orquesta de Música Andalusí. En junio, Carlos Cano se sentó a la guitarra en el Generalife para estrenar el más interiorizado de sus trabajos. Carlos se metió en faena con la banda municipal y el coro de Juventudes Musicales para  dejar expedita una nueva senda en la experiencia de la música de los cantautores. Entre el público, el presidente Escuredo, vitalmente obsesionado por asociar su mandato a los símbolos del andalucismo, y toda la Granada oficial.

Del Salón a Almanjáyar. O el “más allá”,  el quinto pimiento, donde dios tiró el callao, así de lejos quedaba para los granadinos de entonces el ferial de ahora. La Granada del 82 vivió con fruncido mosqueo y ancestral malafollá el traslado al nuevo recinto ferial, por otra parte inevitable. “Los granadinos no tendrán necesidad de apretujarse ni recibir los innumerables pisotones; disfrutarán de un recinto espacioso y confortable”, sentenciaba César Valdeolmillos a modo de propaganda oficial, concejal centrista y simpar de entonces, injustamente barrido por el largo olvido de sus conciudadanos. El Ayun-tamiento no tenía ni terrenos ni consignación presupuestaria y todos los grupos políticos por unanimidad aceptaron la oferta del Ministerio de Obras Públicas de una parcela zona verde en el Polígono de Almanjáyar. Para salvar las dificultades legales derivadas de la catalogación de los terrenos, el proyecto se configuró como “una parcela con parque infantil permanente en la que unos cuantos días al año se instalará el ferial”. Maravilloso, increíble, hop.
El responsable de la efímera arquitectura es Eduardo Ortiz, un arquitecto con pinta de serlo  que se desenvolvía con natural desempeño en estos encargos. Y la cosa tenía su miga porque se trataba, a juicio de Ortiz, de “garantizar la unidad en el carácter propio de la feria de Granada (?) sin excluir las aportaciones espontáneas de las personas que intervienen en ella”. Valdeolmillos, al que las malas lenguas acusaban de correr a sentarse en el sillón de Jara en cuanto el alcalde salía del término municipal, insistía en publicitar el “ágil desenvolvimiento y plena libertad del ciudadano”, amén de una “red de saneamiento y electricidad que ya quisieran para sí algunos lugares de Granada”, afirmación que fue recibida con júbilo indescriptible en el Barranco del Abogado y la Bola de Oro. La cosa es que aún a riesgo serio de ser linchado siquiera verbalmente, nuestro concejal reconoció que los expertos y técnicos del proyecto había ido a asesorarse a... Sevilla. A las 12 de la noche del 5 de junio Antonio Jara pellizcó el botón de la luz y se hizo Almanjáyar, y una enorme noria como nunca jamás habíamos visto tomó posesión de una de las zonas más deprimidas de la ciudad. La asociación de vecinos por cierto desmintió categóricamente el rumor según el cual habría sido robado el motor de la noria. La retranca franquista  aún asomaba por las letrillas de las carocas: “No sé nada de partidos/y menos de sus querellas/yo tan sólo lo que mido/ es poder decir que vivo/ ¡ en Granada limpia y bella!. Y Eulalia Dolores de las Higuera, la marianitapineda de la UCD, echó de menos que La Tarasca de aquel año, deliciosamente hortera según los críticos, hubiera lucido una leve tirita en la frente y en su honor.

El marco incomparable, la ciudad objeto de deseo, obsesión de corazones peregrinos, nostalgia de reyes, muchos años después “efecto Clinton”, casi alcanza “overboking” de visitantes ilustres y en activo. Pierre Trudeau, primer ministro canadiense, viene en julio a enseñarle a su hijo Michel la Granada que conoció en 1946 cuando recorrió España en moto. Varios próceres de la UCD local, con el triste gobernador civil Siera Miguez a la cabeza, se encargaron de agasajarle con su cante y baile correspondiente. Aprovechando que el mundial del fútbol pasaba por aquí, Henry Kissinger, extraño espécimen de yankie judío y futbolero, no quiso resistirse a la tentación de La Alambra. El  diez de julio de 1982, como si el tiempo se hubiese detenido en esa zona del mundo, Kissinger responde sobre la situación de Oriente Próximo a un periodista avisadillo que le había robado tres preguntas y cuatro minutos: “La negociación es la única salida posible para la crisis de Oriente Próximo”. Hubo flamenco en el Sacromonte, compras en La Alcaicería y el Corral del Carbón, se mostró, dicen, impresionado por la Inmaculada de Alonso Cano y dejó alto el pabellón de las glosas: “Granada me parece uno de los sitios más impresionantes que he visto nunca; una combinación de cultura árabe y cultura occidental tan bella en un espacio tan reducido”. Kissinger, por cierto, se extrañó mucho de que con “ la turbulenta historia de España, se haya conservado una maravilla como Granada”. Seguro que fue un apunte de Fermín Camacho, que iba en la comitiva.

En octubre Tenzyn Gyatso, el decimocuarto Dalai Lama, el Buda-rey viviente, paseó por Granada la nostalgia de su expulsión tibetana. Venía a inaugurar un centro de retiro, Nagaryuna, en Bubión, como se sabe, capital del Tibet alpujarreño de entonces, y fue obsequiado con el recorrido turístico habitual ante la atónita mirada de los paisanos que  lo identificaron inmediatamente: era el maestro de Kun-Fu, el del pequeño saltamontes, el de la tele, si bien un poco más delgado y con gafas. A cambio Tenzyn Gyatso dejó unas de esas frases que se pueden enmarcar en el cielo o en el alicatado de los bares: “La sabiduría tiene que ir siempre acompañada de la ética y la moral”. El Dalai Lama habló incesantemente de paz, de acompasar la espiritualidad oriental con el materialismo occidental y dejó la semilla de su bondad, tanta que le nacería Osel, el mismísimo Buda reencarnado, como no podía ser de otra manera, en La Alpujarra.

En medio de las más espectaculares medidas de seguridad jamás tomadas en la ciudad se nos vino también en octubre el dictador indonesio Suharto, eso sí, en visita estrictamente privada. Un séquito interminable, policías y guardias civiles hasta en los tejados, colapso del tráfico en el centro, rifles con miras telescópicas y almuerzo en el parador de San Francisco. El papelón de cicerone, visita a La Alhambra y fiesta flamenca, le tocó a la por entonces vistosísima ministra de Cultura, doña Soledad Becerril. De aquello quedó para siempre en Granada, cuando se fue el dictador, que de aquella visita habían salido “suhartísimos”. Años luz más entrañable, Giovanni Sapadolini, entonces primer ministro italiano, oronda figura, sonrisa afable, terno oscuro, se dispone a bajar del avión que le ha traído de Madrid. Es la tarde del 3 de julio y el atardecer en la Vega es algo más fresco de lo normal, ligera llovizna incluida. Spadolini se dispone a bajar las escalerillas; le aguardan las autoridades civiles y militares. De pronto da media vuelta y desaparece en el interior del aparato. Las autoridades civiles y militares se cruzan miradas inquisitivas, nadie entiende nada. Un minuto después Spadolini vuelve a aparecer en la puerta, oronda figura, sonrisa afable... y una gabardina puesta que no llevaba antes. Aquellas dos fotos de Spadolini con gabardina y sin gabardina en la misma puerta del mismo avión y las mismas autoridades civiles y militares merecieron honor de portada de algún periódico local, sin duda, por su juventud, más propenso a la ternura. No muchos días después fue la alegría incontenible de Sandro Pertini la que se apoderó del corazón de la ciudad. Los italianos se las apañaron para eliminar a una selección de Brasil de fantasía y se plantaron en la final ante los rudos alemanes. El mundial de fútbol había sido un fiasco para  España, como se temía, maquillado por alguna ayudita arbitral (un penalti contra la entonces Yugoslavia) por su condición de anfitrión. Los granadinos, con una temporada más para olvidar en el cuerpo, con el equipo local en el pozo de la segunda B, se sentaron indiferentes ante el televisor hasta que Pertini comenzó a dar saltitos, a saltarse el protocolo, a abrazar al Rey cada vez que Italia marcaba un gol, que más bien los marcaba Pertini. Según se entra en la heladería de Los Italianos a la derecha, la táctica de la victoria está escrita en la pared: “L’amore non inveccia”. Los amores de Pertini no envejecieron nunca.

Venid y vamos todos.
  “Una multitud histérica y emocionada, curiosa y escéptica al mismo tiempo se agolpó ayer a las puertas de la basílica de San Juan de Dios para ver si era verdad que la Virgen lloraba sangre. El raro suceso ha convulsionado a toda la provincia y aunque las autoridades eclesiásticas han optado prudentemente por no pronunciarse hoy se espera una auténtica avalancha de público. El tráfico tuvo que ser cortado y la policía se las vio y se las deseó para contener la ansiedad de la gente. Un numerosísimo grupo de personas aguardó toda la noche en la puerta”. En plena campaña electoral de las autonómicas, la profunda Andalucía, la tierra de María Santísima, la Granada mariana y milagrera, ¡esa! mucha de nuestra gente que lo mismo le da un santo que un político, se fue de los mítines a la puerta de San Juan de Dios para ver un milagro. El 13 de mayo (naturalmente), a las ocho menos cuarto de la mañana el hermano Fernando, que ejercía por primera vez de sacristán tras la muerte del padre Florentino, fue a encender la lámpara de la capillita de la Virgen de las Lágrimas y cuando lo hizo descubrió que dos hilos carmesí resbalaban sobre los pómulos de madera de Nuestra Señora. Era la hora de la misa, había gente esperando y la iglesia abrió sus puertas. Así empezó todo. En realidad, el rostro de la Virgen está surcado por dos lágrimas a cada lado de su cara. La más larga sale de su ojo derecho y viene a difuminarse hasta la mejilla, apenas a un centímetro de la comisura de los labios. Nadie las ha visto moverse. Las primeras emisiones de radio hacen que la gente empiece a agolparse en la basílica. A las diez ha habido que cortar el tráfico y la policía ha tenido que montar un cordón de protección para ordenar la cada vez más larga cola donde se producen ataques de histeria, llantos, lipotimias y emociones por doquier. A las nueve de la noche, hora de cierre, las agencias de viajes organizan excursiones desde cualquier punto de España. La gente protesta. El arzobispo acude a la norma: “La iglesia no admite ningún tipo de intervención sobrenatural hasta que el hecho esté suficientemente probado” y llama a la “sabiduría cristiana” para entender el acontecimiento. Un especialista en hematología, el doctor Galdo, explica que es imposible saber si se trata de sangre humana o divina hasta que no se hagan pruebas. El teólogo José María del Castillo, más tajante, corta el rollo: “Este tipo de cosas se prestan al fraude”. Las encuestas anuncian un triunfo socialista y una fuerte subida de Alianza Popular, pero lo que sube de verdad es la proporción de curiosos que hacen cola el día siguiente para ver a la Virgen que amaneció “con la supuesta sangre algo más reseca”. Han desfilado más de 70.000 personas en poco más de día y medio; los negocios rápidos florecen: ya se venden fotos en color a 250 pelas de las de entonces. El profesor Sánchez Mesa, vicerrector de la Universidad, se aventura a una explicación científica: “En estas imágenes se solían colocar los ojos de cristal ahuecando las mascarillas por dentro; los materiales para fijar el ojo puede ser lacre u otras materias grasas que, frecuentemente, eran de color rojo y por alguna razón este material se ha licuado”. En la cola aumentan los enfermos, que  esperan  sanación  y  para  el  fin  de  semana  se  anuncia  una  auténtica invasión de los pueblos, amén de viajes organizados de otras provincias.

Seis días después, el arzobispo por fin asegura que no hay “indicio alguno de intervención sobrenatural” y que la imagen será retirada de la Basílica. El fraude ha conmovido los cimientos de una sociedad que tiene adosada a la piel la jerarquía de la Iglesia y puesto al descubierto el más débil de sus flancos. Monseñor Méndez Asensio se lleva doble ración de críticas por la tardanza en poner al descubierto un montaje tan burdo. Meses más tarde se sabría que tuvo serias resistencias de la Orden para acceder a la imagen; al parecer, las altas jerarquías preferían una “solución interna”. El hermano Fernando, sacristán, y el hermano Ernesto, superior, fueron trasladados; la mayoría de los hermanos estaban al día del milagro. De la mano de un restaurador de pacotilla y con la santa intención de financiar las obras del hospital de San Rafael, se habían confabulado para el negocio. La Virgen acabó en la Casa de los Pisas, donde la Orden de San Juan de Dios tiene su museo y el vértigo de la campaña de las autonómicas hizo que se esfumara en apenas horas la mayor movilización espontánea de la transición democrática en Granada.

Mayor esperpento si cabe pero menos ruido, inimitable prólogo en la víspera de las lágrimas de la Virgen, supuso la aparición de un cristo en la papelera del grupo escolar de La Malá (ahora, al parecer, Malahá), con alcalde comunista y por supuesto en pleno fregao electoral. “Ante la noticia de que un crucifijo había sido encontrado por una maestra en una papelera de las clases del grupo escolar, se celebró una misa de desagravio a las cuatro de la tarde en dicha localidad. Estuvo presente el gobernador civil y representantes de la prensa así como escaso público, entre ellos cincuenta y cinco adultos, la mayoría mujeres, y niños del centro escolar en compañía de los profesores. El párroco de la localidad invitó especialmente al perdón y a no desorbitar los hechos. Terminado el acto, el gobernador tuvo una entrevista con el alcalde, el director del grupo escolar y la maestra que descubrió el hecho... el gobernador insistió en su voluntad de esclarecer los hechos: “Se trata de un hecho intolerable”, dijo. La maravillosa crónica de Fernando Guijarro, que actúa de periodista y testigo, aclara con lujo de detalles lo sucedido: durante el fin de semana hubo mítines en el grupo escolar de socialistas y comunistas; la maestra, el lunes, se encuentra el cristo en la papelera y un fuerte olor a tabaco. Tabaco, socialistas, comunistas y mítines, blanco es y la gallina lo pone. Mira por donde en la posterior investigación se deduce que las limpiadoras del centro ya habían encontrado otras veces el Cristo en el suelo, figura por cierto de “baja calidad y escaso precio”; que la cruz está colgada en la pared a una altura que no es posible alcanzar con las sillas del local porque son de párvulos; que los comunistas han restaurado tres cruces que estaban en la plaza y repararon las campanas de la iglesia cuyo armazón se había podrido, dice el alcalde; que la papelera está colocada justo debajo del crucifijo; que bien podía haberse caído dentro. Guijarro sentencia inconmensurable: “Si algo hay que lamentar es que la imagen del Cristo que preside una clase esté hecha de material tan poco noble como el plástico de calidad más baja”. Muchos años después sigo sin  explicarme  qué  pintaba  el  gobernador  civil  en  una  misa  de  desagravio.

De los Kirkpatrick del Realejo.
Pocos, puestos a recordar, guardarán nítida en la memoria la corta aunque bien pesada estancia granadina de un bonancible político centrista llamado Íñigo Cavero. Secretario general de una UCD a punto de desaparecer, se jugó el tipo y lo perdió viniendo de cunero; lo pasearon  por los pubs de moda, se despistó en la Alpujarra en una noche tormentosa de mítines y plazas vacías y se volvió al Madrid de donde nunca tenía que haber salido. Nunca por cierto, cumplió la promesa de regresar.

La evocación de la figura gaseosamente anecdótica de Cavero ayuda a entender la catarsis del 23 de mayo. Las elecciones andaluzas han alterado el equilibrio inestable nacido en el 77. Granada es un perfecto espejo: dejan herida de muerte a la UCD, que se desangra en los meses posteriores y sólo alcanza las generales de octubre para certificar su defunción con el trago de tener a Suárez en frente; los comunistas anidan, precisamente en Granada, el huevo de la crisis que les condenará a cifras electorales de un dígito y los andalucistas, pierden para siempre, tal vez por culpa de Granada, la posibilidad de ocupar un espacio similar a convergentes catalanes o peneuvistas vascos. La cascada de reproches, dimisiones, fugas y tránsfugas es imparable. Y la antología de titulares merece parada y fonda. “UCD ha terminado como proyecto político” (Fdez. Ordóñez); “Me presento a la presidencia de UCD si Sánchez Faba se retira de la política (Arturo Moya);  “La salida del partido del señor Montañés es un acto de desvergüenza política” (Andrés Villalta); “El PSA está virtualmente en coma” (Francisco Torres); “Mi imagen estaba acribillada a balazos políticos” (Rojas Marcos).
     
Desde mayo a octubre sólo hay campaña electoral y navajazos de los “cocarnetarios”, que decía el vitriólico Pablo Castellanos. La UCD local se marca un ridículo espantoso y tras seis horas de debate se pronuncia a favor de una eventual coalición con Alianza Popular en las generales y ponerle así una colchoneta al batacazo. Tres días más tarde recibe una sonora desautorización de Madrid, que Sánchez Faba  acata con indisimulado malestar: “Era una cuestión estretégica, no ideológica”. En lo que fue el centro no hay tregua: Iglesias, Pipo y Mansilla se pasan al CDS de Suárez junto al triste gobernador Siera Miguez. Muy pocos recordarán que durante apenas tres meses el palacete de Gran Vía fue hospedado por un señor de ilustre apellido, Puente y Saínz de Baranda, que sin cortarse un pelo declaró en su toma de posesión una joya preclara del lenguaje políticamente correcto, que entonces para nada estaba de moda: “no vengo a Granada con sensación de interinidad”.

El proceso de elaboración de listas para las generales alcanza en el todavía partido en el poder tintes de sainete. Arturo Moya, que también había apostado por la alianza con la derecha, consigue una precaria nominación como cabeza de lista al Congreso por parte del comité provincial. Tan precaria que el secretario provincial Andrés Villalta, sin duda guiado por la mano inocente de Jiménez Blanco, se coge el avión a Madrid en busca de un pez gordo que le proporcione lustre a la pálida lista local. Por momentos parece que será José María de Areílza pero es el secretario general de UCD. Íñigo Cavero, un hombre efectivamente de peso, quien se pone el paracaídas para lanzarse sobre Granada y sobre el sufrido Moya, siempre blanco de las iras del aparato: “Moya no ha podido sobrevivir a sus contradicciones políticas y ello ha sido determinante para que no se tuviese en cuenta en Madrid la decisión del comité provincial”. Espléndidamente ñoña y cínica es la explicación de su granadizaje: “Mi  presencia aquí responde a la sensibilidad de mi partido por Andalucía y Granada (obsérvese el síndrome 28-F) y vengo a pedir la confianza de los votantes granadinos para defender sus intereses en el Parlamento”. Como se verá, los granadinos no se creyeron ni mijita. El caverazo sentó obviamente como un tiro en las huestes de Arturo Moya. Juan Santaella, su mano derecha, el hombre con el que venía compartiendo batallas, casi todas tan hermosas como perdidas desde los años setenta, se lanza a morder en los periódicos: “En la UCD de Granada no hay democracia interna; la actuación de la dirección del partido con Arturo Moya ha sido bochornosa”. Santaella se dio de baja y muy pronto reaparecería en escena como el hombre del PDP de Óscar Alzaga en la provincia. UCD se desangraba a borbotones mucho antes de que arrancara la campaña electoral.

Secretario general, militante universal, recadero casi de sí mismo  y otra vez candidato, Antonio Ortega se adentra en el desierto andalucista galopando en la épica de su soledad con una lista de respetabilísimos desconocidos y, tras la paliza de las autonómicas, con el cuerpo preparado para la escasez. Dimitido y casi desaparecido Alejandro Rojas Marcos y con todo el odio fraternal del viejo PSA granadino sobre su cogote, Ortega sabe que no son tiempos de pronósticos y encaja su discurso en la cosa doctrinal: “El andalucismo debe llevar al compromiso del voto nacionalista”. Los comunistas tienen también la crisis llamándole a la puerta pero, con esa admirable disciplina de inspiración soviética, presentan su lista antes que nadie. José Miguel Castillo Higueras le ha dicho tres veces no a Carrillo, excusando con unas oposiciones a cátedra el miedo a perder. El encantador abogado laboralista Rafael Fernández-Piñar y Afán de Ribera, una versión amable y nada radical, años luz de aquellos tipos duros de la clandestinidad y con apellidos profundamente enraizados en la más profunda Granada. Suárez vuelve a los ruedos con su CDS,  con el veterano Antonio Iglesias de cabeza de cartel y ningunas ganas de que le pregunten por el referéndum.

Ni los socialistas, enchufados a la gloria, se van a librar de serios contratiempos en la elaboración de sus listas. María Izquierdo hace mutis por el foro apenas horas antes de la presentación de la candidatura que estaba destinada a encabezar. Los esfuerzos por convencerla resultan tan inútiles como espectaculares. La lista aprobada por el comité provincial incluía a María Izquierdo con la curiosa coletilla  “sin previa aceptación personal”, una triquiñuela para ganar tiempo que tampoco dio resultado. El Comité Federal, con el mismísimo Felipe a la cabeza, aguardó hasta minutos antes del cierre de las candidaturas la decisión de María. Javier Torres Vela, secretario provincial, recibió en persona las reiteradas calabazas de la mujer de la “fragilidad de acero” del socialismo granadino. La decisión de María pudo estar inspirada  por un “soplo” de Guerra: iba a ser nombrada secretaria de Estado de Autonomías, cargo incompatible con el de diputada, como ciertamente fue. Aquella espantada provocó un efecto do-minó que tendría  consecuencias en la vida orgánica del socialismo granadino. Pedro Cerezo, un catedrático moderado y alejado de la militancia de primera línea, ocupó su lugar. Y el profesor Vida Soria apareció en el sexto puesto para “evitar el riesgo de resultar elegido”.

El mayor espectáculo de aquellas fechas, no obstante, correspondió a uno de los hombres de confianza de Fraga, próximo a la extrema derecha de su partido y acusado de ciertos devaneos con el neofascismo italiano. Guillermo Kirkpatrick tenía en principio reservada plaza cunera en Cádiz pero un golpe de viento de última hora le llevó ser paracaidista en Granada. Su presentación se hizo en un hotel de La Alhambra. Cuando subía por la Cuesta de Gomérez mandó parar al chófer y se compró un sombrero cordobés. Con un puro habano en la izquierda, el signo de victoria  con la derecha y el sombrero puesto, Kirkpatrick se presentó ante los medios de comunicación con un doble y reiterado mensaje: que el gran problema de Granada era la pesca (sic) y que su partido iba a sacar tres, tres, tres, al menos tres, querido, querido, vamos a ganar, tres diputados (también sic). Y así durante un buen rato. Los fotógrafos tiraban carretes y más carretes, aquél hombre era una mina. A sus compañeros de partido se les iban y venían los colores. Díaz Berbel, preso de un ataque ora de ira, ora de risa, se pellizcaba; Chiqui Cascón se tuvo que salir de la sala. Meses  después de resultar elegido y de protagonizar algunos esperpentos de otro tenor, desapareció por los desagües de la política. Willy Soria, en su viñeta del día siguiente, nos lo clavó en el alma: Guillermo Kirkpatrick... de los Kirkpatrick del Realejo.

La campaña oficial vuelve donde solía: Fraga se hace tres maratones pueblo a pueblo, escupe varios titulares y se marcha. Escuredo, ya de presidente, alterna su excelente oratoria mitinera con una casi forzada mesura institucional; Felipe, ya acogotado por la responsabilidad,  pide a una plaza de Bib-rambla abarrotada un esfuerzo solidario para superar la crisis. Un desconocido Landelino Lavilla, iluminado, empastillado, grita en los mítines para evitar que UCD se desplome sobre su cabeza. Carrillo, barruntando el fracaso que le hizo dimitir dos semanas después, quiere ser el guardián que evite la derechización socialista. Visiblemente cansado, con fiebre y sin desmayo, Suárez conquista a tres mil personas en el Palacio del Cine jurando que “defenderá la libertad a cualquier precio”.

El cambio del jueves 28 de octubre es la consumación de los resultados de mayo. El aumento de participación y el tirón de Felipe hace que el triunfo socialista en la mayoría de los municipios de la provincia de Granada supera el cincuenta por ciento de los votos. UCD gana en Carataunas, Lobres, Jete y Lújar; Alianza Popular experimenta una fuerte subida en la capital y logra la victoria en Calicasas, Ferreira, Murtas, Quéntar y Turón. El PCA sólo gana en Deifontes.  El PSA deja de ser fuerza electoral y pierde hasta en Alhama. Todos los demás municipios, unos 155, son de los socialistas. Feudos de UCD como Algarinejo o comarcas conservadoras como La Alpujarra se rinden al impulso socialista. Los pueblos de la Vega alcanzan tasas de participación espectaculares; Maracena supera el 87%. En la capital, los votos de UCD y del PSA se los lleva el PSOE, que obtiene 77.000 votos, 12.000 más que en las autonómicas. El CDS certifica su modesto nacimiento y nulo impacto en la vida granadina (que me quieran menos y me voten más, llegó a decir Suárez) y la extrema derecha, por fin, empieza a diluirse en Alianza Popular, que se lleva los “votos útiles” de los nostálgicos, somatenes y golpìstas. El PSOE había hecho lo propio con la extrema izquierda. Cinco diputados socialistas (Pedro Cerezo, Angel Díaz Sol, Curro Valls, Antonio García Olid y Enrique Gozalbes); tres senadores (Rafael Estrella, Ladrón de Guevara, Juan Cuenca); dos diputados aliancistas (Kikpatrick y José Torres) y un senador (Luis Casaseca) configuran la bipolarización que marcará el futuro político de Granada para los siguientes 20 años. De Cavero, por cierto, nunca más se supo.

Totus tuus.
El conductor de Alsina Antonio García Abarca, matrícula de Almería 3337-G, nacido en la parte de La Alpujarra,  nunca olvidará el día que llevó al Papa Wojtyla en su autobús 3337-G. Lo retrató Gloria Fernández: “De pronto vimos que el coche del santo padre empezó a echar humo. Yo iba un coche detrás del Papamóvil, con los cardenales que había recogido en el aeropuerto, en el séquito, cuando el coche de cristales del Papa empezó a echar humo o vapor. Supongo que se rompería un manguito de la refrigeración. En seguida los policías rodearon el coche del Papa para protegerlo, aunque todo de una forma muy tranquila, sin confusión. Él se bajó del coche y le trajeron el otro coche de repuesto, que digo yo que lo tiene previsto para estas cosas pero el Santo Padre lo rechazó y, ahí está lo bueno, le oí decir a un cardenal: “Me subo en el autobús, quiero ver a la gente y que la gente me vea”. Yo lo vi lógico. Antes de subir el Papa se quedó un poco con la gente. Una mujer que lloraba consiguió llegar hasta él; el Papa la besó y la acarició; fue muy emocionante contemplar la tranquilidad de este hombre en momentos, qué duda cabe, de cierto peligro... cuando subió al autocar ocurrió una cosa muy simpática: se quería sentar en el asiento del guía, que estaba echado hacia delante pero no sabía como bajarlo; me acerqué y le ayudé a sentarse; me puso la mano en la cabeza y me dijo varias veces “muchas gracias”... iba muy tranquilo durante el trayecto, con la mirada fija en la gente, sin sonreír demasiado; la gente le lanzaba flores y arroz y un cardenal del autobús le dijo que eso de lanzar arroz era muy típico de Andalucía... cuando llegamos a Isabel la Católica se bajó, le pedí que bendijera el crucifijo del autobús; lo hizo, me dio las gracias y se marchó...

El viernes 5 de noviembre, en plena resaca electoral, el rojo socialista dio paso al amarillo vaticano. Para no ser menos, Karol Wojtyla concentró más gente que nunca en la historia de Granada: la  ciudad se agolpó en las calles para comprobar, no sin estupor, que el Papa venía en la Alsina. 500.000 personas se concentraron en el impresionante montaje escénico del Polígono de Almanjáyar. Antes oró ante la patrona y recibió el saludo del alcalde Jara, que se marcó un suave gancho de izquierda: “Vuestro paso por Granada es un privilegio pero muchos granadinos también necesitan pensarlo y sentirlo como una esperanza”. El arzobispo Méndez Asensio no quiso ser menos y le pidió primero que bendijera “a los abandonados de la fortuna, a los gitanos, a los pobres”. Durante la celebración de la palabra, órdenes religiosas, colegios, niños y niñas de uniforme, gente de la calle y soldados sin graduación interrumpieron decenas de veces la misa para aclamar al Papa.

Salió de las tribunas cuando aquel inmenso espectáculo estaba a punto de terminarse; caía la noche de un precioso día de otoño sobre Almanjáyar y en uno de esos raros momentos de silencio una voz clara gritó: “Viva la madre del Papa”, la de aquí, la de la tierra, la que lo trajo al mundo. Entre tanto latín, las coplas de Roberto Carlos Tú eres mi hermano del alma/realmente mi amigo, las tortillas de papas para la larga espera y aquel viva a la madre de Wojtyla pusieron alegría, naturalmente católica, a tanta emoción contenida y salvación de almas. A la espalda de aquella inmensa multitud, a lo lejos, ante la cansada vista papal, dos enormes pancartas cubrían buena parte de la fachada de bloques de viviendas recién terminadas. Allí se podía leer: “Viva el Papa. Venta de Pisos y locales comerciales”. Eso se llama visión comercial, naturalmente católica.

Al arzobispo jamás se le olvidará el año 82. Por la Virgen de las Lágrimas, por el crucifijo de La Malá, por la fastuosa y emocionante visita papal. Pero, sobre todas las cosas, por el incendio de La Curia y el Palacio Arzobispal que casi le cuesta la vida. Una  caseta navideña de Plaza Bib-rambla  adosada al edificio del Palacio arzobispal, comenzó a arder a las seis de la madrugada del último día del año; el fuego se propagó rápidamente. A las siete, el centro de la ciudad era un trasiego de sirenas, coches de bomberos, policías, ambulancias; en un ejemplar ejercicio de coordinación, la operación de rescate combinada logró salvar la mayoría de las obras de arte, que fueron depositados en la puerta de la Catedral y custodiados por un grupo de agentes de las fuerzas de seguridad del Estado para evitar pillajes. Tricornios de civiles, gorras de plato de policías locales, cascos de policías nacionales, uniformes de la Cruz Roja, entraban y salían del Palacio en llamas para poner a buen recaudo cuadros de Alonso Cano, Valdés Leal y Cotán  entre otros. A pesar del siniestro, una de las más bellas estampas de “uniformes salvadores” que puede presentar la memoria de la transición de Granada, algunos de aquellos uniformes que apenas un año y medio antes habían metido, de nuevo, tanto miedo en el cuerpo de la gente con miedo. Jara hizo un bando agradeciendo la eficaz labor de rescate, especialmente de los bomberos y lamentó el doloroso siniestro que afectó sobremanera al Patrimonio Histórico y cultural de la ciudad.

Los habitantes de Palacio, monseñor Méndez Asensio y unas cuentas monjitas, salieron por su propio pie. Con bastante peligro. Fue el propio arzobispo el que avisó a las monjas, que no se habían percatado de la magnitud del incendio. Al intentar abrir una de las ventanas, el arzobispo se hirió la mano con un cristal. El grupo de religiosas y monseñor Asensio se metieron en el ascensor, bajaron y alcanzaron la puerta de la calle; despertaron a la portera y salieron. Fue después cuando cayeron en la cuenta de que un corte de fluido eléctrico podría haberles atrapado en el ascensor y de que sus vidas pendieron de un hilo. No contento con ello, un intrépido reportero televisivo intentó convencer al arzobispo para que entrara de nuevo en el Palacio y la cámara pudiera filmar su salida entre llamas. La prudente y razonable negativa de monseñor a hacer de actor en su propio incendio privó a la historia del periodismo televisivo andaluz de un documento excepcional. Como excepcional fue el trabajo de un grupo de jóvenes periodistas que, contra toda tradición, sacaron a la calle la primera y única edición vespertina de Diario de Granada, dedicada monográficamente al incendio, con unas fotos lamentablemente espectaculares y un titular que no olvidarían nunca: “Arde el corazón de Granada”. Aquel periódico, un romántico proyecto virado a la izquierda, fue el sueño de muchos profesionales granadinos y, durante un intenso espejismo de cuatro años, pareció como que cambiaba la piel de la ciudad. Aquel periódico sólo pudo nacer en el 82, el año sin medida, el año de todos los votos, de todos los milagros, de todos los cambios.
   
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