Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
18 de marzo de 2026
 

 
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  1983
  Francisco Romacho
  Bienvenidos a la movida
  Ni siquiera en aquellos momentos, con toda la ciudad a sus pies, se dejaba arrastrar por las emociones. Había siempre una distancia, pequeña o sideral, entre su ego formidable, motor de innumerables virtudes, y los demás. Y puede que su extraordinaria firmeza alcanzara, en algunos momentos, evidentes rasgos de tozudez. Pero tenía la raza de los políticos de raza; la energía, el talento, la brillantez dialéctica para encarnar con una profundidad hasta entonces desconocida el papel de alcalde. La centralidad de su liderazgo hizo que durante mucho tiempo Granada gravitara sobre su eje  y el municipalismo fuera una hermosa quimera, foro de debate, instrumento real de gestión y dolor de cabeza para consejeros y directores generales, piezas codiciadas por la artillería del alcalde, sobre todo si eran, como no podía ser de otra manera en el 83, compañeros de partido. Antonio Jara Andreu, Granada y más allá.

El pueblo está contigo.
La espuma de la victoria socialista en las autonómicas y las generales alcanzará generosa la playa de las municipales del 8 de mayo con, además de  Jara como nuevo gran patrimonio político, Diego Hurtado, Manuel Martín y Enrique Cobo sellando largos liderazgos en Baza, Loja y Motril, y copando casi todo el poder político de la provincia. En la campaña, el único enemigo real de los socialistas fue su tremenda bronca orgánica a la que, curiosamente, los electores hicieron caso omiso, tanta era la abundancia. Desaparecida UCD, con los andalucistas en respiración asistida y los comunistas en plena y ya interminable crisis de identidad, los candidatos socialistas son elegidos casi por aclamación, con resultados técnicamente búlgaros en algunos municipios. La nueva derecha de Hernández Mancha se acomoda sin complejos en su papel de segunda fuerza, dejando que el tiempo se encargue del resto.

Jara ha recorrido la ciudad palmo a palmo en una  exhibición de fortaleza, 18 mítines ante más de 15.000 personas y un discurso centrado en la ciudad de carne y hueso. No tiene rivales; excepto Juan Mata, los demás alcanzan con sobresaliente la condición de ilustres desconocidos. Alianza Popular se fijo en Manuel Vizcaíno, un buen ingeniero y mejor persona con serias dificultades dialécticas para el ejercicio de la política. Ramiro Pérez de la Blanca, un chaval encantador, era el alcaldable del CDS (en realidad, el CDS granadino no era otra cosa que Antonio Iglesias, entrañable gruñón que se dejó la piel en UCD hasta que se fue con Suárez); el florido Manuel Orozco se presentó en la siglas de un partido fugaz (PDL); Fernández-Aceytuno, en la extrema izquierda laboralista, probó la flauta del 79 de nuevo, y Antonio Ortega, en un regate malicioso que apuntaba ya maneras de veteranía  política, coloco al frente de su lista a Rogelio Rodríguez, por si el fantasma del híper se le aparecía a Jara por las noches. La lista de Jara presentaba además notables presentes y futuros (Torres Vela, Antonio María Claret García, –siempre atento, siempre discreto, siempre demoledor, siempre fiel a los suyos–  Jesús Quero, Mariló) y tenía como guinda del pastel a José Miguel Castillo Higueras, hasta entonces concejal de protocolos, ringorrangos y colgajos. José Miguel Cas-tillo había decidido dejar de ser el niño rico del Partido Comunista para poder seguir siendo concejal independiente con los socialistas. Y aunque confesó en público que tal decisión supuso uno de los mo-mentos más dolorosos de su vida, es obligado reconocerle olfato político, adelantándose a la larga procesión que vendría detrás.

El domingo 8 de mayo, cuando anochecía, Jara entró a hombros en el Ayuntamiento, con la solemne promesa de audacia, eficacia y democracia como bases de su gestión. A hombros y aclamado por un gentío sedicentemente socialista (Jara, amigo, el pueblo está contigo) que abarrotaba la plaza del Carmen. Nunca antes ni después ocurrió tal cosa: 18 concejales, casi 60.000 votos. Alianza Popular se ha quedado por debajo de sus resultados en las generales de octubre, que le hubieran proporcionado un concejal más. El resto fue naufragio, desaparición, tiempos de silencio. Cuatro años después de ser la fuerza de izquierdas más votada, por delante de socialistas y comunistas, los andalucistas habían sido barridos de la faz de la ciudad. Investido de una fortaleza electoral sin precedentes, Jara se presenta ante los medios con un discurso moderado en contra de las mayorías mecánicas y con un plan plurianual de inversiones y el PGOU como instrumentos para su gestión. Una reiterada tendencia a la provisionalidad en sus equipos de confianza y un paulatino aislamiento político, tras serios choques con la Junta, marcarían años después serios contrastes con aquella noche de vino y rosas y con su propia trayectoria política, entonces absolutamente imparable.

En Motril, los resultados de Enrique Cobo son todavía más espectaculares. Con algunos de sus chicos,  que acaban  de llegar desde las orillas de la izquierda radical a la casa común socialista, se lleva dieciséis de los veintiún escaños y la obligación de darle cancha al proyecto de mancomunidad de los municipios costeros. Con esa tropical espontaneidad con que la gente de Motril suelta  las cosas, Enrique le dijo a los periodistas que esa noche iba a “pillar una buena pea”. Tiene buenas razones. Las obras del hospital parecen definitivamente desbloqueadas; en poco más de un año, 300 camas pueden entrar en funcionamiento. Y por delante le queda, nada menos, que “terminar de hacer” Motril, una ciudad que crece, que necesita peatonalizar parte del centro, erradicar el chabolismo, crear equipamientos escolares y abrir a la oferta turística la explotación de las playas de Poniente y Carchuna depurando las aguas que vierte al mar. Cobo, además, resulta un adelantado de la pomposamente llamada ahora sociedad de la información y quiere la general utilización de los medios audiovisuales para la información al ciudadano: “Me parece el medio más directo y cómodo para la gente”.

En Baza, Diego Hurtado, hombre clave en el juego de equilibrios, de sumas y restas que tradicionalmente ha caracterizado la vida orgánica del socialismo granadino, alcanza 15 de los 21 concejales. A Hurtado le preocupan con razón los brotes de intolerancia que observa en su ciudad y quiere que el espejo del Ayuntamiento sirva para ir conjurándolos. Hurtado lucha contra la tradicional incomunicación bastetana, su escasa relación física con la propia provincia a la que pertenece, que  ha ido provocando una cultura del aislamiento: “La incomunicación hay que superarla desde el conocimiento de los problemas mutuos”. El Hospital, que traerá más problemas con Guadix que el Cascamorras,  y los servicios mancomunados se configuran como los dos grandes ejes de su impulso como alcalde, en un tiempo en el que tendrá que desdoblarse  políticamente hasta por razones familiares.

Manolo Martín certifica también su incontestable presencia en Loja, con 13 de los 17 concejales en la mochila socialista. Martín es también una pieza maestra en el entramado provincial socialista, profundamente respetado por su talante. Está obsesionado con la cultura: “Quiero convertir la cultura en un auténtico servicio público; promover demanda cultural por parte de los ciudadanos”, y por promover iniciativas que  atajen la sangría del paro. El Ayuntamiento creará un polígono agroganadero de 165.000 metros cuadrados,  la Escuela de Formación Agropecuaria para laboratorio de futuras cooperativas. Está indignado con la “cacicada” de la segregación de Zagra y mantiene en su discurso un inequívoco sello del socialismo cristiano: “Somos utópicos y ello no debemos abandonarlo jamás puesto que la utopía se transforma en una actitud continua de voluntad”. Hermosos discursos de los difíciles tiempos.

En Guadix la gran noticia es la desaparición, por fin, de los dos concejales de Fuerza Nueva que habían logrado asiento en el 79. Salustiano Pérez Moya, con 14 de los 21 concejales, estrena cómoda mayoría absoluta tras el abandono de Emilio Pérez Saldaña, que no quiso repetir. Pérez, ferroviario de profesión y hombre de interior, cederá ante el descarado impulso de un joven incansable, que aparece en el número 11 de la lista socialista: se llama José Luis Hernández, Chelu para los amigos, y va a protagonizar los siguientes quinquenios de la vida accitana. Ya por aquellas fechas, el anciano alcalde socialista de Benalúa de Guadix, Eloy Martínez, agradece la combativa presencia del joven Hernández en la batalla remolachera, nombrándole hijo adoptivo del pueblo. El hospital, que traerá días de barricadas y serias tensiones a la ciudad, es el primer e imposible hasta hoy  gran sueño del nuevo alcalde.
 
Un morbo especial tienen los resultados de Almuñécar. Juan Carlos Benavides, secretario general, se presenta a la alcaldía sexitana en plena bronca con la ejecutiva regional y federal y después de un conato de veto por parte de la ejecutiva federal a su candidatura. Benavides obtiene once de los 17 concejales y aprovecha para dejar el recado: “Los compañeros que pensaban que la lista de Almuñécar encabezada por mí no era la idónea desconocían la realidad política de la ciudad. Los resultados obtenidos allí deben ser motivo de satisfacción tanto para ellos como para nosotros”.       

En el resto de las comarcas  alcanza enorme mérito la victoria de un veterano de ácido humor comunista, Antonio García Larios, en Montefrío, hasta entonces en manos de la derecha. José Ávila hace lo mismo en Íllora para los socialistas y Pepe Cuevas, alcalde perpetuo desde Franco en Villanueva de Mesía, vuelve a ganar en su pueblo esta vez con Alianza Popular, que también se lleva la alcaldía de Huéscar, gracias a José Pablo Serrano (“en UCD yo pertenecía al ala de la derecha”, declaró el hombre tras cambiarse la chaqueta), y la de Algarinejo. En la Vega, los comunistas consiguen mantenerse en Maracena, Albolote y Peligros, pero pierden Atarfe y Pinos a manos de los socialistas.  Paco Ríos, que luego tendrá una amplia presencia en la vida provincial, le arrebata a la derecha la alcaldía de Armilla y el bueno de Antonio Callejas consigue la reelección socialista en Santa Fe. Sin duda el más llamativo de todos  es Antonio Ernesto Molina, hombre de ebulliciones ideológicas pintorescas, emocional y dado a aparecer en los periódicos. Ernesto tenía lo que ahora se llama buen rollo con su pueblo, Huétor Vega, donde arrasa con los socialistas. Emocionado por la victoria, con lágrimas en los ojos, proclama que Huétor “está por delante de mis hijos y mi familia”. En Los Montes, los socialistas se quedaban con la banca menos en Iznalloz y Alicún de Ortega, que rescata los votos que perdió en las autonómicas para el PCA. En la Alpujarra, el cuadro es casi idéntico menos en Lanjarón,  donde la gente vota igualmente a Paco Vega, antes con UCD, ahora con AP.

Las municipales han cerrado un ciclo endiablado que en menos de un año ha tenido a la sociedad en campaña permanente. Desde el 23 de mayo del 82 al 8 de mayo del 83, la gente apenas ha podido hacer otra cosa, entre milagro, mundial y visita papal, que embotarse de mítines y retóricas de aquellos días de agitación y aquellos políticos a pelo que se nos parecían tanto. Y votar. Unas votaciones que, como en el resto de Andalucía y buena parte de España, cambiaron para muchos decenios el mapa político de Granada, certificaron su papel clave en el equilibrio del proceso autonómico, y fueron tal vez la gran oportunidad perdida para haber exigido (y ganado a pulso) mayor peso político y económico en la nueva Andalucía.

La Alhambra es mía.
La frenética carrera del presidente Escuredo por acelerar el traspaso de competencias va a encontrar en La Alhambra una excelente piedra de toque para medir su influencia en el reluciente y vanidoso gobierno de los 10.000.000 de votos de Felipe González. El Domingo de Ramos, Escuredo anuncia que está dispuesto a llegar al tribunal Constitucional para conseguir la titularidad de La Alambra. Las amables y conmilitantes reuniones, tres o cuatro, sostenidas con el señor ministro de Cultura, don Javier Solana, para pedirle el cumplimiento del Estatuto de Autonomía, habían arrojado sin embargo resultados nada conniventes, “a pesar de que este tipo de transferencias han sido efectuadas sin problemas a catalanes y vascos”. El más puro estilo Escuredo, con su arsenal de agravios en flor, se despliega a manos de José Miguel Castillo Higueras, que le ha caído en gracia al presidente y le hace simultanear la tenencia de alcaldía con la jefatura de protocolo de la Junta, nada menos.

La campaña de Castillo contra el Patronato es demoledora: es rancio, está lleno de patronos y vocales que raras veces asisten y en vez de crear una dinámica cultural intensiva en torno al monumento, lleva a cabo una gestión anquilosada “con una más que discutible utilización del monumento”. Castillo se va derecho a por Gallego Morell, rector de la Universidad todavía y presidente del Patronato: “Los criterios de gestión obsoletos del señor Gallego Morell están muy claros y lo prueban las verdaderas barbaridades que ha cometido en La Alhambra. El museo es un auténtico horror urbanístico; se trata de un edificio estéticamente inaceptable en ese marco, construido  sin licencia en terreno no edificable y ha costado un capitalazo; se trata de un verdadero atentado contra La Alhambra”.  El catálogo de  desmanes de Gallego por voz de José Miguel, alcanza también a los leones, presuntamente a punto de ser sustituidos por réplicas y a la jardinería, con experiencias en el recinto “absolutamente ridículas e incultas”. El repaso alcanza a los técnicos de Bellas Artes, que se desplazan a su antojo y con desgana y al gasto que supone desplazarse a Madrid para solucionar, cualquier mínimo problema.

Un mes después, Rafael Román, consejero de Cultura, vuelve a la carga, moderadamente eso sí, contra el Gobierno central, disfrazándolo de Estado no vaya a enfadarse el compañero Solana: “El Estado se ha refugiado en lo que es su propiedad para hacer un último esfuerzo de resistencia como si de un propietario particular se tratara”. Con un optimismo que empequeñece al alcoyanismo integrista, Román asegura que “si no hubieran surgido problemas, lo normal es que hubiera quedado solucionado a primero de mes, para que en junio se cumpliera el calendario en cuanto a las transferencias de temas patrimoniales que tenemos que asumir”. Javier Tusell, que venía de ser director general de Bellas Artes de la UCD y terció contra el traspaso, se llevó doble ración: “No tiene ni velas ni palmatorias en este entierro y es un reaccionario”, lo puso de limpio Román, toda vez que resultaba harto complicado hacer lo propio y en público con los compañeros de Madrid. La amenaza de Escuredo con el Tribunal Constitucional fue perdiendo consistencia en la misma medida que sus reclamaciones de competencias encontraban por respuesta un desesperante goteo desde Madrid. La incómoda presencia de Andalucía en el club de las nacionalidades históricas para el Gobierno central contrastaba con la vehemencia casi épica de Escuredo, instalado en el discurso de la plenitud de transferencias a cualquier precio. Este fracaso, convenientemente engrasado por un aparato que nunca controló, le fue agotando, dejándolo vacío, de dimisión en dimisión hasta la dimisión final. Pasó Escuredo, pasó Pepote, seguramente pasará Chaves a lo largo de este siglo; habrá nuevos consejeros y consejeras de Cultura, nuevos ministros y ministras de Cultura, de derecha o socialdemócratas, y La Alhambra será la hermosa excusa del batallar de sus egos a golpes de titular.

Sin noticias de Porta.
Demasiado lejanos en el tiempo, demasiado cercanos en la memoria: Porta, Barrios, Vicente, Lasa, De la Cruz, Ñito, Barrenechea, Izcoa, Aguirre Suárez, Fernández, Rafa Jaén... aquellos futbolistas que habían hecho de Los Cármenes una fortaleza. “Es como ir a la guerra”, decían las figuras del Madrid y del Barce-lona, acostumbrados a dejarse los dos puntos. Definitivamente maldito por aquella “cornada” de Fernández a Amancio, el Granada se hunde en las divisiones menores después de una brillante y larga etapa, la mayor de su historia, en primera división. La transición, tan bendita para abrir las ventanas, ventilar los miedos y ganar la calle, trajo sin embargo malas noticias para el fútbol de élite, del que el Granada desapareció y sigue desaparecido en nuestros días. Pero el 15 de mayo, domingo, en El Mirador del Algeciras, un empate a cero goles previamente pactado entre los dos clubes (también ascendía el equipo campogibraltareño) devolvió al Granada a la segunda división, un lugar más apropiado para la historia bien que ahora parezca una quimera imposible. Dos chavales que no pudieron triunfar en el Real Madrid, Vitoria y Macanás, eran las figuras de un equipo en el que el central canterano Lina aportaba el todavía entonces imprescindible “orgullo local”. Ruiz Sosa, un sevillista que trataba el diccionario con los mismos pies con los que había sido un aceptable futbolista, era el entrenador y Candi, el eterno Candi, presidente de los presidentes, la mano que mece la cuna. El domingo siguiente, después de un tedioso partido con el Ibiza y con las tribunas a reventar, la ceremonia del ascenso cobró todo su esplendor: una hora y media tardó la caravana desde Los Cármenes a la Basílica de la Virgen de las Angustias, donde se produjo el reglamentario ofrecimiento del ascenso a la Patrona que, en palabras del padre Torres Quirantes, recibía el ascenso “con absoluta alegría”, como no podía ser menos. Una salve y un ramo de flores que Candi depositó ante el altar dieron por finalizado el programa religioso. El otro acabó en una discoteca, con el amanecer despuntando por el Veleta y con Miguel Ríos, que había hecho 12 horas antes el saque de honor, dejándose empapar por la admiración de los futbolistas que, algo anticuados en el repertorio, le dedicaron un tan emocionante como desafinado Himno a la alegría a una incierta hora de la madrugada. Es obligado reseñar también que mientras los aficionados colmaban las calles y vitoreaban el nombre del presidente, éste, que iba en el autobús con los jugadores, sentenció para la historia: “Si supieran las letras que tengo que pagar mañana”.
           
La gallegada de Candi tenía su fundamento. En la noche de Reyes, Cándido Gómez y Nicolás Osuna sellaron la compra-venta de Los Cármenes por 425 millones de pesetas. Unos dineros que sacaban de la bancarrota al club por una parte y que le proporcionaban a Inonsa  un espléndido solar en una de las mejores zonas de la ciudad. Nicolás Osuna, singularmente reacio a aparecer en los periódicos, se fue por la senda del corazón: “Tengo la satisfacción de haber hecho un buen regalo de Reyes a un grupo de amigos y a una ciudad que yo quiero tanto como es Granada”. Pero la foto de Candi y Osuna brindando con champán por la venta del Estadio escoció en el Ayuntamiento. Los 20.000 metros cuadrados que el presidente le había vendido al constructor tenían otro destino en la cabeza del equipo de la Oficina del Pan de Urbanismo que justo por entonces se estaba redactando. Candi, que se barruntaba el celo proteccionista de los cerebros del PGOU, intentó hábilmente trasladar el problema del club al Ayuntamiento a la espera de que la “presión popular” hiciera el resto. No hubo tal. Jara, a tres meses de las municipales (tómese nota) se mantuvo granítico: el estadio sería recalificado y considerado como zona de equipamiento, por lo que la densidad de construcción será muy baja. Ubicado el zona de servicios (hospitales, facultad de Medicina, cuarteles, parque de bomberos), el nuevo plan no prevé la construcción de más de 100 viviendas mientras que el acuerdo con Osuna superaba las 400. El adiós a la operación fue conducido con maestría por el propio Nicolás Osuna: “No sabía que la revisión de PGOU afectaba a la zona; era la compra más cara y menos comercial de la historia de Granada; hicimos la operación ante la insistencia de la directiva del Granada; nosotros somos una empresa al servicio del mercado inmobiliario granadino”. Jara se adorna con una verdad como un puño –“el Ayuntamiento no puede ser responsable de las dificultades de un club privado”– que todos los que vinieron después, en Granada o cualquier otro punto del orbe patrio, se pasaron por el arco del triunfo.

Como quiera que, Sabina forever, llueve sobre mojado, aquel año tuvimos también ensoñación olímpica. En realidad fue un juego malabar de Jara para evitar que el señor Escámez, a la sazón presidente del Banco Central, cerrara Sierra Nevada, harto de perder dineros con aquellos remontes que se caían a pedazos. De Jara y de Escuredo, que tuvo el valor (como siempre por otra parte) de comprarle la estación al banco. Con el salón de actos del Ayuntamiento abarrotado se presentó formalmente en diciembre la candidatura de Granada a los Juegos Olímpicos de Invierno de 1992. Dossieres, informes pormenorizados de ingresos y gastos, olimpiada cultural (habrá muestras de artesanía de barro y tejidos populares, amén de recorridos gastronómicos y monumentales) y Miguel Arias, nada que ver con el ministro, al frente del tinglado como delegado ejecutivo, que, por aquel entonces ya ha gastado nada menos que 15 millones en la preparación de la candidatura. El peso histórico de Granada en los fastos del 92 (“a nadie se le oculte el lugar histórico de Granada en esa celebración nacional”, proclama Jara), su condición universitaria y cultural, forman parte indisoluble del tocho argumental de la candidatura. Como un puro sarcasmo hay que tomarse la vehemencia del alcalde contra la descalificación pública de otras ciudades también candidatas (“nadie está autorizado para hacerlo en nombre de la ciudad”). La cosa es que, por supuesto, se refería a Jaca. El Comité Olímpico Español, en una decisión tan coherente como previsible, tumbó las pretensiones blancas de granadinos y jacetanos a favor de Barcelona, que aspiraba a organizar las de verdad. Romá Cuyás, un secretario de Estado de difícil olvido, se llevó las iras populares y más juramentos que el Diamante Rubio. Pero la Sierra se había salvado.

Pasión cateta. La dimisión de María Izquierdo como presidenta de los socialistas había dejado al secretario general, Javier Torres Vela, en unas condiciones de fragilidad difícilmente soportables. Desde el 28 congreso de Almuñécar, la estrategia de una dirección ejecutiva integrada por todos los sectores había logrado justo lo contrario. A pesar de llevar de cola el viento electoral o tal vez por eso, a pesar de los éxitos de mayo y octubre, los socialistas granadinos se disponían a vivir la batalla más cruenta de su vida orgánica, tradicionalmente cainita. Desde el verano, el sector crítico, amparado en la respetada figura de Manuel Martín y dinamizado por la incesante actividad del ambicioso diputado provincial Juan Carlos Benavides, prepara con precisión su desembarco en el poder. Torres Vela dimite precipitadamente al decir de sus críticos y abre la puerta a un congreso extraordinario que elija una nueva dirección provincial. Díaz Sol, empujado por Vida Soria, Rafael Estrella y  Antonio Jara, hace amago de presentar candidatura, pero se retira en las vísperas tras constatar que no tiene ninguna posibilidad de conseguir la victoria, no sin  antes dejar un recado: “El otro sector ha conseguido apoyos prometiendo cargos y haciendo demagogia fácil”.

El domingo 9 de enero en Santa Fe la rebelión de los catetos se había consumado. Juan Carlos Benavides es el nuevo secretario provincial con casi el 70 % de los votos. La fórmula tenía todos los ingredientes necesarios para el éxito. Manuel Martín, Antonio Ernesto Molina y el propio Benavides se alineaban en Granada con el ala izquierdista del partido que representaban Gómez Llorente y Pablo Castellanos y cuyo peso orgánico en la provincia nunca había superado el 25 %. Desde esa plataforma y con un discurso agresivo, marcado por el agravio, aglutinan a los descontentos por el “síndrome del penene”, que no es otra cosa que la “a su juicio” abusiva presencia de los socialistas universitarios de la capital en los mejores puestos de las listas electorales desde el 77 y en la dirección del partido. Un sólido discurso en defensa de la democracia interna y el poder de las bases frente a la oligarquía del aparato y la cercanía de las municipales, con la Diputación como claro objeto de deseo, ayudaron a engrosar las fuerzas catetas, ante el desconcierto de los dirigentes históricos (Rojo Izquierdo, Vida Soria, Torres Vela, Estrella, Díaz Sol, Valls) vapuleados dialécticamente en los debates internos y en los periódicos: “Sólo son un movimiento de defensa de cargos públicos”, proclamó sonoramente Benavides. La incorporación de Juan Hurtado, diputado provincial y hermano del alcalde de Baza, Diego Hurtado, fue sin duda la pieza clave de la victoria. Curiosamente, las relaciones de Hurtado y Benavides en la Diputación provincial habían sido poco amistosas. Benavides le reprochaba a Hurtado su condición de socialdemócrata y sus pasteleos con el presidente, el centrista Sánchez Faba. La extraña alianza Benavides-Hurtado resultó claramente beneficiosa para ambos: el primero logró la secretaría provincial; el segundo, contra viento y marea, la presidencia de la Diputación. Nada de ello hubiera podido suceder sin, al menos, la callada aquiescencia de Diego Hurtado, verdadero líder de la comarca (convenció a Antonio Arcos para que Los Montes también se sumara), que fue aupado a la presidencia más en la historia del socialismo granadino.
        
Si las distancias ideológicas y hasta formales ya presagiaban una difícil convivencia entre la nueva dirección y la vieja guardia, la denuncia por parte de Jerónimo Páez de graves irregularidades urbanísticas en Almuñécar, donde era primer teniente de alcalde y delegado de Urbanismo el propio Benavides, y en Salobreña, actúa como una mina explosiva dentro y fuera de la organización. Páez, indignado por el trato que recibe su cliente Ávila Rojas por parte del Ayuntamiento de Salobreña, decide investigar primero y hacer públicas después las andanzas de José Millán, arquitecto municipal de Salobreña y director de la revisión del planeamiento de ambos municipios.

Millán, en un espectacular ejercicio de usura profesional consentida, es propietario y administrador único de dos sociedades que promueven y comercializan viviendas en los dos municipios. Para adornarlo, los terrenos que poseen las sociedades de Millán en los dos pueblos obtienen, en el planeamiento que dirige en propio arquitecto, golosos volúmenes de edificabilidad. El chollo de Juan Palomo.

En unas delirantes declaraciones, Millán confiesa, aturdido, no ser consciente de la manifiesta incompatibilidad de sus cargos públicos y sus negocios privados. Cuando parecía de cajón el cese fulminante de Millán (el alcalde de Salobreña, Manuel Pérez Cobos también se ha sumado a la mayoría cateta), Benavides opta por atacar duramente a Páez, a quien acusa de ser el brazo ejecutor de una “operación de acoso y derribo”  contra la nueva ejecutiva provincial. Sin embargo los nuevos datos de la Costa traen malas noticias para Benavides: Luis Daza, abogado del Ayuntamiento de Almuñécar y uno de los hombres fuertes, junto a Joaquín Higueras, de la ejecutiva, es el asesor jurídico de Millán y su cuñado. Las evidencias de las conexiones son tan fuertes que el bloque institucional, con Jara a la cabeza, exige una investigación que depure todas las responsabilidades. Hasta el PCA, que estuvo en el origen de las denuncias, se suma a la fiesta y Terriente le pide a Benavides que se explique. Éste insiste en que se trata de un montaje para desestabilizar la dirección. La ejecutiva regional le responde suspendiendo de militancia ocho meses a Luis Daza. Benavides se traslada a Sevilla para pedir un voto de censura contra el mismísimo secretario general de Andalucía, Rodríguez de la Borbolla. El principio de acción/reacción acababa de instalarse. Sus resultados fueron devastadores.
    
El viernes 4 de marzo, apenas dos meses después de resultar elegido, Diego Hurtado se libera del apoyo a su hermano y presenta su dimisión como presidente del partido. Califica la situación de insostenible, culpa “a todos” del terrible grado de crispación, llama a la generosidad para superar la crisis y achaca a la ejecutiva su belicosa condición, el descuido de las tareas de dirección  y de perder el norte ante “la población granadina, que contempla atónita nuestros enfrentamientos”. “Ingenua y desafortunada” son los calificativos más amables que Benavides dedica a la dimisión de Hurtado, que considera un claro factor de desestabilización interna. En un intento de salvar la situación “por arriba”, Benavides y Manuel Martín ofrecen la presidencia al catedrático Pedro Cerezo, inesperado número uno de la lista del Congreso. Cerezo, poco dado a las batallas y menos todavía a las internas, rehúsa, viéndolas venir, amablemente la invitación.

La inminencia de las municipales avecina una tensa calma, no exenta de una amenaza de dimisión de Manuel Martín. Pero sobre la mesa está planteada la batalla final, que no será otra que la Diputación Provincial, curiosamente principio y fin de la rebelión. La ejecutiva regional, ajustándose a sus atribuciones estatutarias, ha decidido que el candidato a la presidencia sea Javier Torres Vela, que desde ese preciso instante se convierte en la diana de los resonantes ataques catetos. Torres ofrece la vicepresidencia a Juan Hurtado, en un intento de encontrar vías de salida antes de las elecciones. La oferta es rechazada por Benavides, que se aferra, con una dureza dialéctica inusitada, a la agarradera de la democracia interna para imponer a su candidato.. Y así sería. El miércoles 1 de junio, la lista encabezada por Torres Vela, bendecida por el comité federal, pierde por escaso margen (131 frente a 146). El coste político y personal para Javier Torres Vela, un hombre de largo recorrido y enorme solidez intelectual,  en aquella tremenda operación fue compensado por Borbolla meses después, nombrándole consejero de Cultura. El jueves 9 de junio Juan Hurtado, en segundo votación, es elegido presidente. El proceso de sanciones disciplinarias y expulsiones culmina con la disolución de la agrupación provincial y la creación de una gestora presidida por Curro Valls hasta el congreso de Maracena, en el que Ángel Díaz Sol se hace cargo de la secretaría general. Para muchos, con Benavides y Hurtado a la cabeza, fue el final de su militancia socialista. El arquitecto José Millán, por cierto, fue expedientado por el Colegio de Arquitectos y rescindido su contrato en los dos municipios. Durante los cuatro años siguientes, la rebelión de los catetos fue languideciendo en los pasillos de la Diputación y se consumió en la mismidad de sus cargos. La gestión de la mayoría de los diputados rebeldes tuvo poco que ver con los generosos principios que supuestamente la inspiraron.

Pero no serán sólo los socialistas los que atraviesen serios problemas orgánicos. En Granada, en esos años y los posteriores, ningún partido se libra de haber protagonizado los conflictos más radicales de Andalucía. Con más intensidad que en otras provincias, el naufragio centrista alcanza tintes de esperpento. En mayo del 82, UCD contaba con una cómoda mayoría en los municipios de la provincia, dominaba generosamente en la Diputación, tenía tres diputados en el Congreso (Arturo Moya, García Romanillos y Julio de Castro), dos senadores (Antonio Iglesias y Pedro Montañés), amén de una importante estructura provincial, con amplia base de militantes y sedes locales y comarcales. Apenas 10 meses después, todo se ha desmoronado. Fieles a su tradición, morirán matando: Sánchez Faba decide volver a la magistratura (Audiencia provincial de Toledo); el capitidisminuido comité provincial elige a Antonio Pipó para sustituirle al frente de la Diputación. A pesar de que faltan escasos meses para unas municipales que barruntaban traca socialista y que casi se trata de una presidencia interina, la batalla está servida. Sánchez Faba maniobra contra su partido y con una mayoría de diputados afines logra sentar en la presidencia al motrileño Gerardo Esteva de la Torre, elección que Andrés Villalta, todavía secretario provincial y sin cortarse un pelo, califica como “la última cacicada de Sánchez Faba”. Julio de Castro, un moderado político y gran persona, fue el encargado de “apagar la luz”.

Los andalucistas entran en Granada en esa espiral sin límites de crisis internas que les ha marcado en los últimos 20 años. El fracaso de las municipales del 83 contrasta espectacularmente con el deslumbrante éxito del 79 y certifica la defunción, hasta el momento, del andalucismo como alternativa de poder no sólo ya en Granada sino en el resto de las provincias orientales. Carrillo, que durante la transición se ha dejado caer con asiduidad por Granada, encontrará en Javier Terriente, José Luis Insausti y un puñado de veteranos camaradas comunistas, el primer cuerpo de guardia del carrillismo, una versión personalizada del eurocomunismo que acabaría encontrando razonable acomodo tiempo después en las siglas socialistas.
 
Poetas para todo. Parejas al debate del intelectual y su compromiso político a la usanza entonces  (Maldigo la poesía del que no toma partido/partido hasta mancharse), algunas de las conclusiones del Segundo Encuentro de Poetas Andaluces (y posiblemente el último) resultan ruidosamente llamativas. Vistas desde la cosa de ahora, casi delirantes. El caso es que  se reunieron en Granada todos los que son: Alberti, García Baena, Quiñones, Antonio Gala, Rafael Montesinos, Vicente Núñez y una larga lista de jóvenes promesas, en encuentro sectorial que sólo era posible en aquel ambiente de la mística militante y activista que representaba casi divinamente Alberti. El congreso fue saludado por una primorosa carta de Vicente Aleixandre y entre lecturas, juegos. enlaces gastronómicos, noches de lírica y alcohol, un emocionantísimo homenaje a Elena Martín Vivaldi, llegó el día de las conclusiones. La primera y principal, unánimemente aclamada, la “participación imprescindible del poeta en todos los órganos de gestión cultural”. En mayo del 83 lo que cantaban los poetas andaluces de entonces era petición a todos las instituciones públicas, empezando, por el Gobierno de Escuredo y en presencia del consejero Román, para colocarse  de gestores, “no ya de los literarios o poéticos sino también aquellos relativos a la protección y desarrollo cultural de nuestro pueblo”.

Por fortuna para sus carreras y la de sus lectores, incluido Gala, las instituciones  hicieran maldito caso de tan sindical  petición y durante los años siguientes los poetas andaluces emplearon sus dotes creativas y su talento en los folios y los teclados, sean de las viejas portátiles o de los incipientes ordenadores. Sin duda, la poesía, por un lado y el patrimonio monumental, musical, artístico, floclórico, histórico y musical, por el suyo, salieron ganando. Lo que no quita que la petición, tierna y peligrosa a un tiempo, conmueva al más pintado.

El más pintado en esa época era sobremanera Alberti. Se había hecho a la piel de la ciudad, venerablemente conducido por sobre todos Luis García Montero, y su presencia pertenecía, especialmente aquel año, al mejor de los decorados imaginables. Su melena es una ola que ha invadido el corazón de los andaluces, especialmente los granadinos. Cuando el lunes 14 de noviembre se anuncia la concesión por fin del Cervantes, tras un proceso de apoyo de las  instituciones y una controvertida presentación (fuera de plazo y por la Academia de Colombia), Granada lo hace suyo.
47 Años después de la sangre derramada “del mejor hermano”, los pueblos de la vida y la muerte de Federico García Lorca, Fuente Vaqueros, Víznar y Alfacar, se hermanaron y homenajearon , en el barranco de Víznar, a Lorca y los cuatro mil fusilados en los pavorosos meses de la represión franquista. El 19 de agosto, ante 2.000 personas que permanecieron en silencio y emocionadas, los alcaldes hicieron una ofrenda floral. Un Juan de Loxa tembloroso llamó a construir un lugar de luz y de cultura en aquel lugar “fuente del dolor abierta a la esperanza”. Juan Jesús Hernández rescata, en una entrevista excepcional, el testimonio de José Roldán, el motorista que supuestamente llegó tarde con la orden de libertad del Gobierno Militar que había cedido a las presiones: “Los vimos claramente, eran guardias de asalto que se escondieron entre la maleza. Debajo del olivo de la Fuente Grande, en la parte derecha, estaba la fosa alargada y estrecha que se acababa de cerrar; la tierra estaba removida y no hacía ni 15 minutos que Lorca y las otras víctimas habían sido enterradas allí”.

Jornaleros altivos.
Escuredo anuncia en mayo su decidida voluntad de llevar al Parlamento un proyecto de reforma agraria y abre la fosa del precipicio que terminará, en pocos meses, con su carrera política. El impacto emocional sobre los andaluces es tremendo; el campo andaluz es un polvorín de encierros, manifestaciones, huelgas, que reivindica soluciones que palien las enormes bolsas de paro y pobreza jornalera, que contrastan espectacularmente con las grandes fincas en pocas manos concentradas. El sólo anuncio de posible reparto de tierras dio una ocasión de oro a la izquierda comunista, vapuleada electoralmente, para movilizarse y dejar patentes las primeras confrontaciones graves con el socialismo gobernante. La marcha de Comisiones Obreras del Campo por la Reforma Agraria Integral entró en Granada el 20 de septiembre, encabezada por el novísimo Gerardo Iglesias, secretario general del PCE , Javier Terriente y el interminable Felipe Alcaraz, con los dirigentes sindicales en segundo plano. En la Plaza Del Carmen, donde se quedaron a dormir “por la actitud insolidaria del alcalde Antonio Jara”, se oyeron las primeras consignas (“Felipe, Guerra, queremos nuestra tierra”), contra los socialistas y quedaron claras las diferencias: “Los socialistas hacen más caso a Alianza Popular que a los trabajadores y a los jornaleros”, se estrenó Iglesias en su afán de reencontrar la senda de los votos perdidos. Una actitud que provocaría, dos días después, la dimisión del lider de Comisiones Obreras de Andalucía, Eduardo Saborido, que no compartía el enfoque de hostigamiento al Gobierno que había alcanzado la marcha ni el papel de dependencia del sindicato frente a los dirigentes del PCE.

La estructura de la propiedad de la tierra en Granada, claramente minifundista hizo que el debate de la reforma agraria tuviera menos peso entre los posibles afectados que entre políticos, periodistas e intelectuales, emocionalmente enganchados a un proyecto cuya concreción jurídica (apoyada en una ley centrista sobre fincas manifiestamente mejorables) y puesta en marcha nada tenía que ver que las viejas proclamas de la tierra de los hombres sin tierra. Excepto algunas ocupaciones pacíficas para salir en los periódicos que se acababan cuando llegaba el fotógrafo y escasos efectos colaterales, la reforma agraria se fue muriendo en Granada antes incluso de que el propio Miguel Manaute, consejero de Agricultura, se convenciera de su inviabilidad como instrumento para la modernización del campo andaluz.

No será sólo la tierra el origen de las tensiones. La renegociación de los convenios colectivos viene cargada de huelgas, manifestaciones y algún que otro serio momento de tensión. El metal y la construcción movilizan a  millares de trabajadores, que toman el centro de la ciudad y protagonizan, a lo largo de abril y mayo, conatos de choque con la policía. Una policía en la que todavía anidan mandos nostálgicos de otros cercanos tiempos y más expeditivos medios. El jueves 11 de mayo las violentas cargas de la policía contra los albañiles en plena Gran Vía alcanzan momentos muy delicados. José Cid de la Rosa, secretario general de Comisiones Obreras, y Juan Gálvez, del comité de huelga, tienen que dirigirse a sus compañeros desde una furgoneta de la policía para calmar los ánimos. Hubo muchos palos y algunas detenciones, incluida la de Juan Ferreras que, como buen fotógrafo, estaba en todos los fregaos. Hasta los ciegos de la ONCE, quién lo diría hoy, se encerraron unos cuantos días para exigir el pago en metálico (tocar para ver) de sus atrasos. La tensión laboral había convivido con la campaña de las municipales, lo que hacía aún más eléctrico el ambiente. Son, también, los primeros síntomas de la incapacidad del nuevo gobernador socialista, José Guirao, para garantizar la seguridad sin menoscabar la libertad. A sus notables cualidades personales no le acompañaron las políticas. En la provincia, el conflicto de la azucarera de Benalúa de Guadix sigue, por su duración en el tiempo y la intensidad de la lucha de la comarca afectada, concentrando el protagonismo de la profunda crisis de la industria agroalimentaria granadina, en un contexto generalizado de cierres, suspensiones de pagos e inflación galopante. El 11 de febrero, el mismo día que los trabajadores de la azucarera se encierran en la catedral de Guadix, se anuncia el cierre de Patria, el antiguo periódico del Movimiento, con unas ventas de 1.300 ejemplares y unas pérdidas anuales de algo más de 100.000.000 de pesetas. En los últimos años, el periódico, junto a la mayoría de la antigua cadena de la dictadura, había pasado a manos del Estado, lo que alivió el destino de los trabajadores, que pudieron salvar su puesto de trabajo integrándose en la Administración. Dada su condición de diario público, Patria se convirtió en el espacio abierto de todos los partidos políticos y casi producía vértigo leer largas arengas protorevolucionarias del MCA o de la LCR en el mismo espacio en el que, pocos años antes, se enseñoreaba la censura y se  ensalzaba la represión. Algunos de sus redactores, entrenados a escribir entrelíneas, alcanzarían poco tiempo después tareas de responsabilidad en otros medios y actividades. José Luis Codina, Juan Bustos, Guillermo Soria, José Luis Kastiyo, Pedro Barrionuevo, Nono Hidalgo, José Antonio Lacárcel, Pepe Martín... enseñaron sus mejores oficios a muchos jóvenes polluelos del periodismo que pasaron por allí y que para siempre tendrán como primera marca curricular la de sus primeros pinitos en un periódico del Movimiento Otro granadino que lo pasaba mal, aún ganando dinero, seguramente mucho dinero,  era Matías Cortés, abogado entonces de Ruiz Mateos. Boyer había expropiado Rumasa un 23 de febrero, por si acaso. En una raras, por lo inusuales, confesiones al mejor periodista/investigador de la ciudad, José Luis Masegosa, Matías Cortés cuanta con cierta amargura que sus dos o tres “contactos informales” con Felipe no han servido para otra cosa que para cerciorarse de la granítica posición gubernamental frente a su defendido: “Lo único que he recibido del Gobierno son palos”, dijo, sintetizando con precisión la escuela de pensamiento de su cliente. No hay verano, sería inimaginable, sin la avioneta de Rumasa en nuestra playas y con ella, la memoria ciertamente oronda de la figura del abogado.       
Julio Rodríguez, primer consejero “de verdad” de Economía de la Junta, aún en su parquedad, granadino de ida y vuelta por Madrid-Pozuelo, convocó a los empresarios y a la prensa extranjera en el Alhambra Palace  para esbozar las ventajas de invertir en Andalucía. Los indicadores de nuestro potencial desarrollo estaban estrangulados por el déficit de comunicaciones pero no la voluntad de afirmarlos, ante tan, por entonces, inusitada concurrencia Como quiera que 20 años no son nada, Rodríguez ya entonces se apuntaba a la posibilidad de “programación conjunta de préstamos”, o sea, la madre de la madre de la caja de cajas de ahorros, que tanta tinta y tanta gente se está llevando por delante ahora. En la Caja General de entonces reinaba Alfonso Medina y gobernaba Julio Abad, que tenía el mejor contrato de la época en la ciudad y buena mano para fabricarse imagen. Tanta que, en un delirio histórico, Tamames llegó a publicarle, en un periódico de tirada nacional, un elogio (“El maquinista de La General”) cuyo recorte Abad llevaba siempre en cartera.

Sigan a ese hombre.
La noche del 9 de julio Miguel Ríos congregó a más de 20.000 personas en el césped y las gradas de Los Cármenes que querían ver cómo su “Rock de una noche de verano” venía arrasando el todo el país. En plenitud física, personal y artística, Miguel es mucho más que un rockero de éxito. Es certeza de que el futuro ha llegado, de que el pasado ha muerto, de que no hay vuelta atrás. Miguel contagia su energía plaza a plaza, multitud a multitud y toda su música, incluida la romántica emoción de sus baladas, es un acto de compromiso con la libertad; no ya aquella que perseguíamos entre pancartas, carreras y miedos, sino la libertad explícita, cotidiana y vital. Miguel es su profeta y cuando canta y grita y atruena (¡¡¡bienvenidos, bienvenidos!!!), todos nosotros, aliados de la nocheeee, como él; hijos del rock&roll como él, sabemos por fin que la pesadilla se ha terminado. Y además, en Granada; allí donde los granadinos medulares habían fortificado la envidia desde las sayas de la Reina Católica hasta los tirantes del último gobernador fascista; allí, precisamente allí, en su tierra, más que nunca era Miguel, Blues del autobús, cada día amanezco/en distinta habitación, viajero hacia lugares que ya nos están esperando. “Me maravillaba –cito a Miguel– del milagro que sucedía todas las noches de aquel verano del 83: padres e hijos caminando juntos. Habían pasado de esa especie de relación emocional de corriente alterna en la que habitualmente nos desenvolvemos los humanos al enchufe de la corriente continua que se genera después de compartir algo en común. Definitivamente este país había cambiado”. Habíamos cambiado con Miguel.

La muerte de don Antonio Mairena mitificó su propio ciclo vital y artístico y le colocó, con toda justicia, más allá de toda consideración terrena. Mairena se convirtió en cita obligada de los intelectuales, que revisaban con urgencia los manuales del flamenco. Morente, siempre cerca de la raya de la incomprensión, se había atrevido a incursiones arriesgadas con letras de Hernández, Lorca, Machado y hasta Juan de la Cruz en busca de la pureza. Pero quien se había metido en la piel de los jóvenes y convertido en fenómeno que desbordaba su enfermiza figura era José Monge, Camarón de la Isla, una vida breve y una obra de leyenda. Camarón sonaba en las chabolas y en los estudios de gustos refinados y significaba en sí mismo una aportación, anclada en las raíces del flamenco más jondo, de los nuevos tiempos.

El año, como si se supiera protagonista del final de una época, traía noticias de cohetazos populistas. Cansados de adjetivar y administrar tantas dosis de épica, hasta los periodistas del corralito político salieron a respirar y las portadas empezaron a ser de nuevo de Paquirri y Pantoja, de Lolita, cuyas bodas con escasa diferencia y relaciones previas y entrecruzadas dieron kilómetros de palique a la parroquia, mucho más atentos a los 70.000.000 en joyas que llevaba la hija de La Faraona que a los paseos de Tejero por el patio de su cárcel militar. Los otros inmortales (Bertín, Massiel, Rocío Jurado, Pedro Carrasco, El Cordobés) recobraron su protagonismo. Un aparato diabólico que puede sujetar el tiempo, adelantarlo y hasta retrasarlo, el vídeo, amenaza con dejar vacías las salas de cine. Las jóvenes parejas se lo compran a plazos en Sánchez, donde muere el Darro, y en Galerías Preciados, al lado de la Virgen de las Angustias, el primer gran almacén de la ciudad cuyos eficientes empleados, recién expropiados por el Gobierno, no saben si su jefe volverá a ser Ruiz Mateos o la moda de otoño-invierno vendrá recomendada directamente por Boyer o Solchaga. La aprobación de la Ley del Aborto, con rechinar de dientes de la Granada eterna, que parecía imposible en el escenario de no muchos meses atrás, despenaliza la tragedia de muchas jóvenes y desenmascara a parte de una sociedad que prefería mirar a otro lado y pagar el viaje a Londres de sus descocadas criaturas. La aparición en Venta Micena, cerca de Orce, por la parte de Baza, de restos de un supuesto homínido de hace 1,6 millones de años convulsiona las bases de la paleontología establecida y da para cientos de chascarrillos populares y para hacer más famoso que a un futbolista al profesor Gibert, ciertamente más preocupado por salir en los periódicos que por demostrarle a sus envidiosos colegas que el homínido era un homínido y no la quijada de un burro como sostenían muchos de sus colegas, siempre dispuestos a echar una mano... al cuello si hace falta. Y como la gente ya andaba en otros rollos, para estricto consumo interno quedó el enésimo milagro de la temporada de primavera: justo al año de la Virgen de las Lágrimas, en la Puebla de don Fadrique, cerquita de Orce, niños y mayores juran haber visto al Cristo Nazareno de la iglesia parroquial mover los dedos y los ojos. Pero el negocio, tal vez por exceso de oferta, no funcionó.

El milagro, en realidad, se había producido en las entrañas de la gente, a fuerza de no mirar atrás, a golpes del deseo, absolutamente político, de ser dueños de sus opiniones y sus vidas. En las entrañas de la ciudad, la noche ya no es patrimonio de barbudos con jersey de cuello vuelto que se saben a Celaya y las mil y una letras de los cantautores, la mayoría a punto de ingresar las listas del paro por culpa de la aburrida cotidianeidad. El Sacromonte ha muerto. Gran Capitán, Emperatriz Eugenia, Pedro Antonio de Alarcón, los alrededores de la legendaria Machaco, conforman el epicentro de la movida, un concepto en la que encaja como un  guante una generación descarada y pasota que no quiere que le cobren el recibo de la transición. Aquella noche de julio con Miguel Ríos en Los Cármenes, una vez se hizo  el silencio de los miles de vatios y el ciego de los cientos de neones, la gente supo en sus adentros que seguramente aquel lugar seguía siendo Granada pero algo para siempre había cambiado. Hijos del rock&roll, bienvenidos.
   
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