| |
|
|
|
INICIO > PROVINCIAS > > CRÓNICAS |
| |
1983 |
| |
Ignacio Camacho |
| |
Sequía de lluvias, riada de votos |
| |
El PSOE consolida su hegemonía con una arrasadora victoria en las municipales, mientras la ciudad padece angustiosas restricciones de agua y se convierte en la capital europea del paro. En el Gran Poder, la Pantoja y Paquirri reviven la tradición novecentista de cupletistas y toreros; y nace el mito del jugador número doce con la goleada de España a Malta en el Benito Villamarín.
Nubes en el horizonte. A principios de noviembre de 1983, el gerente de la empresa municipal de aguas, Emasesa, mira el cielo desde la ventana de su despacho con la preocupación de un agricultor arruinado. Las nubes que se arremolinan en el horizonte parecen tan prometedoras como los últimos partes meteorológicos, que pronostican la inminencia de un frente tormentoso. Pero durante todo el año, esos pronósticos han acabado deshaciéndose ante la evidencia de una sequía bíblica que ha dejado los pantanos a menos del 13% de su capacidad, lo que en la práctica significa el escenario de una catástrofe.
No se trata, estadísticas en mano, de la peor sequía del siglo, aunque está dejando secuelas importantes en el sector agrario, ni sería de hecho la más larga del último cuarto de siglo. Pero los recursos hídricos de la ciudad son bastante limitados, y la población ha crecido considerablemente. Además, los años anteriores han sido de baja pluviometría, por lo que las reservas se hallan muy menguadas y su escasez emboca a Sevilla a un panorama de severa inquietud.
José Luis Prats Vila, el veterano gerente de Emasesa, es uno de los hombres más respetados en el Ayuntamiento hispalense. Serio, solvente y minucioso, vive en aquellas fechas sus momentos más críticos desde que dirige el consorcio de aguas que abastece a la capital y su entorno metropolitano. Años después, ya jubilado, Prats sería conocido en la ciudad por ser el suegro de Isidoro Beneroso Dávila, polémico presidente de El Monte de Piedad que protagoniza a principios del siglo XXI un sonado enfrentamiento político con su propio partido, el PSOE. Pero en aquellos momentos, Beneroso, quien trabaja como jefe de gabinete del alcalde Manuel del Valle, es sólo el joven yerno del hombre más consultado de la ciudad.
Como una bendición. El 2 de noviembre, el alcalde Del Valle decreta una nueva vuelta de tuerca en las restricciones que estrangulan desde mediados de junio la vida de los sevillanos. Los cortes de suministro, que habían afectado sólo a la madrugada, se extienden durante doce horas, de seis de la tarde a seis de la mañana. La estampa de muchos trabajadores abandonando sus puestos a media mañana para ducharse la ducha sustituye así a la práctica tradicional del desayuno se hace tan popular como el llenado de bañeras a mediodía y las inspecciones nocturnas de los técnicos de Emasesa que, provistos de sondas acústicas, pinchan las tuberías para asegurarse bajo amenaza de fuertes multas de que ningún vecino insolidario hace funcionar los aljibes.
La sequía del 83 amenaza proporciones bíblicas. Envuelto en la precampaña electoral, el alcalde Luis Uruñuela se niega a decretar las impopulares restricciones alegando que existen razonables reservas de consumo hasta la temporada de otoño. Tras las elecciones del 8 de mayo, el nuevo alcalde, el socialista Manuel del Valle, se ampara en su flamante mayoría absoluta para abordar por las bravas una política de cortes de suministro, que se van ampliando a medida que las reservas disminuyen y las lluvias se retrasan. Las tomas de emergencia del río Ribera de Huelva apenas palian la crítica situación. Nadie lo dice entonces, pero esta mañana en que Prats contempla las nubes de su despacho hay un proyecto de plan de evacuación de la ciudad en los cajones reservados de la Alcaldía y la Delegación de Gobierno.
La noche del 3 de noviembre, de repente, todo cambia. El cielo se abre de golpe sobre Sevilla y una tromba de agua descarga como una bendición sobre los tejados. Noventa litros por metro cuadrado siembran la esperanza de los sevillanos, que se asoman de madrugada a los balcones para contemplar con sus propios ojos la tormenta salvadora. El péndulo, sin embargo, da pronto la vuelta y el temporal provoca inundaciones que, entre el 4 y el 11 de noviembre, siembran la catástrofe en el Aljarafe y Camas, zonas de vaguada en las que el agua y el barro corren a sus anchas por las urbanizaciones de cota más baja, mientras el río Guadalquivir crece en proporciones inesperadas. El 10 de noviembre, el alcalde regala dos horas más de suministro, y el 18 decreta el fin de las restricciones, ante la sorpresiva crecida de los pantanos. El fantasma de la sequía desaparece por ensalmo del horizonte colectivo, aunque continuaría de modo recurrente asomando por los recovecos del fin de siglo, sobre todo a principios de los años noventa.
No es, sin embargo, el del agua el único problema que ensombrece Sevilla el año 1983. Sacudida por una crisis económica de grandes proporciones, la provincia alcanza ese año el dudoso honor de encabezar el ránking nacional del desempleo, que llega a alcanzar en octubre el 38 por ciento de la población activa. Casi 160.000 parados, la mitad en el depauperado sector de la construcción, constituyen una verdadera hecatombe social, que provoca la alarma de los poderes públicos, representados por un Partido Socialista que ha alcanzado el apogeo de su crédito tras la victoria en las elecciones generales de octubre de 1982, ratificada luego con unos arrasadores resultados en las municipales de mayo.
La crecida socialista. La mayoría absoluta lograda en el Ayuntamiento por Manuel del Valle, hasta entonces presidente de la Diputación, bate un récord histórico: 19 de 31 concejales. Alianza Popular saca diez, y el Partido Comunista dos, engullido por la crecida socialista. El PSA, denominación del actual Partido Andalucista, bate una marca negativa: pasa de ostentar la Alcaldía a desaparecer de la Corporación, y de ocho concejales con los que ha encabezado en el 79 una coalición tripartita junto a PSOE y PCA, a ninguno. Luis Uruñuela, el histórico primer alcalde democrático tras el franquismo, ni siquiera se presenta a la reelección, agobiado por los problemas internos y el acoso mediático de los sectores más conservadores de la ciudad.
El PSOE triunfa también de manera devastadora en la mayoría de los grandes municipios de la provincia, en especial los de las grandes poblaciones metropolitanas, como Dos Hermanas y Alcalá de Guadaíra, asegurándose el control de la Diputación, para la que es nombrado presidente el joven Miguel Ángel Pino Menchén, pese a su edad veterano dirigente de obediencia guerrista. En las filas de Alianza Popular, diluido en un pequeño partido democratacristiano que acude en coalición con el partido fraguista, sale elegido en el número tres de la lista municipal por Sevilla, que encabeza el médico Pedro Albert, un prometedor político de 25 años llamado a altas responsabilidades en la última década del siglo XX: Javier Arenas Bocanegra.
El año comienza entre fuertes tensiones, derivadas de la reciente victoria socialista en las generales de octubre, que viene a cerrar el proceso histórico de la transición democrática. Nuevas esperanzas, nuevas expectativas, nuevas reglas de juego. La ciudad emblema de la nueva generación del PSOE, la del clan de la tortilla, se convierte en una especie de buque insignia del poder en Andalucía. De hecho, por primera vez, todo el horizonte político de Sevilla queda bajo las mismas manos. En mayo de 1983, el Gobierno de la nación, el de la Junta de Andalucía, el de la provincia y el de la ciudad están bajo el control del Partido Socialista, al igual que en la mayoría de las capitales andaluzas, sacudidas por el huracán renovador del felipismo.
El huerto del asistente. Tanto el alcalde, Manuel del Valle, como el presidente de la Diputación, Miguel Ángel Pino, forman parte de la histórica foto de la tortilla, tomada por el propio Del Valle en los pinares de Isla Mayor: el retrato de la generación del cambio. Su presencia al frente de las instituciones locales encarna significativamente la renovación política tras la transición, tras la convulsa etapa sobrevenida a raíz de la constitución de los primeros ayuntamientos democráticos. En aquellas fechas, el PSOE copa las instituciones con mayorías inéditas, y su hegemonía es tan unánime que pronto empezarían a surgir los primeros síntomas de abuso de poder que acabarían tumbando el proyecto una década y media más tarde. De hecho, a principios de 1983, numerosos ciudadanos de la capital hacen ya cola ante un despacho de la Delegación del Gobierno que se haría tristemente famoso: el huerto del asistente del conseguidor Juan Guerra.
El gran proyecto pendiente. Desde octubre del 82, la nueva correlación de fuerzas ha dejado en claro entredicho la composición del Ayuntamiento tripartito, que comienza a hacer aguas en vísperas de las elecciones locales, y minimiza claramente la representación política de una derecha que, sin embargo, conserva numerosos resortes de poder económico y social. El debate sobre la despenalización del aborto, un proyecto rápidamente puesto en marcha por el Gobierno de Felipe González, genera un potente enfrentamiento ideológico que se hace patente cuando los grupos conservadores movilizan el 19 de febrero a unas cincuenta mil personas en una manifestación contra los planes gubernamentales. En marzo, la presión combinada de algunas fuerzas sociales provoca otra polémica de gran calado ciudadano: la de la supresión de las obras del Metro, solicitada por el Ayuntamiento tras la aparición de algunas grietas en un edificio de la céntrica Puerta de Jerez.
El Metro quedaría desde entonces como el gran proyecto pendiente de Sevilla. El comienzo de la excavación de los túneles en la avenida de Eduardo Dato y, sobre todo, en las proximidades de la Catedral, abre un debate público que se prolongará durante años, dejando cicatrices palpables en la piel urbana. A partir de que el alcalde socialista, Manuel del Valle, decida en 1986 su paralización definitiva, el Metro se convierte en la reivindicación permanente de la oposición, y posteriormente del alcalde Alejandro Rojas Marcos, que logra en 1999, ya fuera de la Alcaldía, la reactivación del proyecto con el apoyo de la Junta de Andalucía, como parte de su alianza con el Partido Socialista.
Pero, en 1983, la suspensión de las obras supone una verdadera convulsión. Desde marzo, en que aparecen las primeras grietas, hasta el 28 de junio, en que se decide la paralización provisional, numerosos colectivos ciudadanos protagonizan un intenso debate de opinión pública. El resultado final, fruto de la evidencia de importantes problemas en el avance de los túneles por el centro histórico, es presentado por algunos sectores como un éxito de la presión conservadora, pero lo cierto es que las obras abren grietas considerables en algunos edificios emblemáticos y provocan problemas sensibles en la arteria nervionense de Eduardo Dato. Manuel del Valle, un hombre dado a eliminar problemas antes que solucionarlos, opta por el aplazamiento sine die del proyecto, a la espera de un clima social distinto que permitiese encontrar una salida.
Como en tierra de rastrojos. Más complejo es el problema social. La sequía, las lacras estructurales del campo y la falta de industrialización convierten Sevilla en la cenicienta del desempleo. En junio, con un 37,8% (se ha llegado a superar el 38%), más de 150.000 personas, Sevilla es la zona con más paro de Europa, y los índices doblan la media nacional. Al día siguiente de conocerse el dato, cinco mil agricultores desesperados por la falta de lluvias se manifiestan por la capital en demanda de ayudas contra la catástrofe.
El verano es una época especialmente caliente en las zonas rurales. A finales de agosto, el SOC comienza su habitual campaña de ocupaciones de fincas en el secarral de la Sierra Sur, feudo de las gentes de Sánchez Gordillo, el ya célebre alcalde de Marinaleda. La invasión de El Garrotal, en el término de El Coronil, provoca serios incidentes, cuando la Guardia Civil vuela con explosivos la puerta del Ayuntamiento de la localidad, donde se están encerrados unos jornaleros. Las escenas de tensión son patentes en la tierra de rastrojos narrada por Antonio García Cano. No sólo arden los rastrojales; el clima de conflictividad social incendia las relaciones entre el Gobierno socialista, obligado a mantener el orden, y los agitadores campesinos, con el Plan de Empleo Rural como telón de fondo. El mismo presidente del Gobierno, Felipe González, llegaría a terciar en la polémica con unas declaraciones en las que afirma que sabía de jornaleros que se han comprado automóviles Mercedes con el dinero de las peonadas. En septiembre, el día 5, Comisiones Obreras inicia en Sevilla su Marcha por la Reforma Agraria, que durante semanas recorrería a pie las carreteras y caminos de Andalucía, mientras la Junta hace frente a un fuerte debate social y político provocado por el proyecto legislativo de Rafael Escuredo y Miguel Manaute.
Boda en el Gran Poder. En el plano social y artístico, el año se lleva por delante algunas personalidades de la cultura y el arte andaluz. La principal, el cantaor Antonio Mairena, que fallece de un infarto el 5 de septiembre, llevándose consigo la simbólica llave de oro del cante jondo. El entierro, en una calurosa, implacable tarde de los Alcores bajo un sol de fuego, por decirlo con palabras de Antonio Machado, congrega en Mairena a la nomenclatura política andaluza, encabezada por su presidente, Rafael Escuredo. Dos meses antes, en julio, muere en Madrid Estrellita Castro; mientras marzo se lleva al imaginero Francisco Buiza, autor de numerosas figuras de la renovada Semana Santa sevillana.
En el denso panorama de incertidumbre social, los acontecimientos deportivos o sentimentales sirven de clara válvula de escape. El 30 de abril, Sevilla vive un episodio folklórico de primer orden que remite a la tradición novecentista de cupletistas y toreros: Isabel Pantoja y Francisco Rivera Paquirri se casan en la basílica del Gran Poder, en medio de una sonada expectación popular ajena a la tragedia que tendría lugar año y medio después en Pozoblanco. En el mismo plano taurino, aunque en un sentido estrictamente artístico, el maestro Manolo Vázquez sale por la puerta del Príncipe de la Maestranza en la muy simbólica fecha del 12 de octubre, tras la corrida de su retirada de los ruedos, mano a mano con el madrileño Antoñete.
Apoteosis televisada. Pero la verdadera explosión de júbilo popular del año vendrá ya cercanas las navidades. Juegan en el Benito Villamarín España y Malta un partido valedero para la Eurocopa de fútbol, y la selección necesita más de nueve goles de ventaja para clasificarse para la fase final de Francia-84. Marca doce, en medio de una apoteosis televisada, que desata la euforia en la ciudad y la marca para siempre como principal sede del equipo nacional. El mito del jugador número doce queda consagrado en aquel extraño partido en que los goles caen en una secuencia interminable. Es el 21 de diciembre, y la imagen del seleccionador Miguel Muñoz con los brazos en alto da la vuelta al mundo tras la goleada.
Pero los sevillanos bajarían pronto a la tierra. El 30 de diciembre, apenas 24 horas antes de la Nochevieja, el Ayuntamiento aprueba un recargo del 7% en la cuota líquida del IRPF, como medida urgente para sanear las Haciendas Locales. El asunto desata una formidable polémica, que incluye la salida de los concejales de Alianza Popular con los brazos en alto, identificándose como víctimas de un atraco. La impopular medida, recurrida ante el Tribunal Constitucional, jamás se llevaría a efecto. |
| |
|
|
|
|