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21 de junio de 2011 |
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Mercedes de Pablo |
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Alfonso Guerra. Marcado por la leyenda |
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Hijo de la posguerra, nace en la Sevilla de 1940. Cursa estudios de Ingeniería antes de licenciarse en Filosofía y Letras. Se afilia a las Juventudes Socialistas en 1960 y al PSOE en 1962. Elegido secretario de Información y Prensa del partido en el Congreso de Suresnes ocupa la vicesecretaría general desde el Congreso Extraordinario de 1979. Desde 1982 a 1991 es vicepresidente del Gobierno de Felipe González. Diputado por Sevilla ha sido presidente de la Fundación Pablo Iglesias y en la actualidad coordina una serie documental sobre el exilio. Está considerado como uno de los intelectuales de la izquierda del PSOE. Su dimisión estuvo relacionada con la actividad de su hermano Juan y con acusaciones de las que fue absuelto.
En segundo plano. El Canijo aparece en una fotografía de Pablo Juliá justo detrás de Felipe González, enjuto, pálido, de melena lacia y nariz judía. Un recién llegado a la política nacional en esa foto (la misma política era una recién llegada) y un viejo conocido en la cultura de Sevilla. A Alfonso Guerra la leyenda de fiero se le hace tan grande que apenas tiene que mirar para imponer. Una leyenda de mordaz, lengua larga y táctica matemática que ha cultivado desde la Universidad y, sobre todo, desde su relación con el grupo de teatro Esperpento. De entre las muchas anécdotas que se cuentan de su rapidez de reflejos y su inmisericorde juicio crítico hay una, apócrifa tal vez, pero que sin duda è ben trovata. Uno de los actores comenta con el grupo una película que ve la noche anterior, no de las de culto, un simple western, un clasicazo que le ha gustado mucho. Llega Alfonso y pregunta como con asombro ¿qué te ha gustado esa película? El tono obliga al aludido a tartamudear excusas sobre si bien no se trata de un hito en la historia del cine el filme en cuestión ayuda a pasar el rato. Deja Guerra que el interpelado se explique como pueda y cuando termina espeta en una sola frase: es una de las joyas de la historia del cine. Verdad o no, detalles como éste refuerzan la leyenda. A Alfonso Guerra no le gusta ni halagar ni que le halaguen. Detesta a los débiles, le gusta medirse. Es una aureola que nace de la intrahistoria, de la clandestinidad siempre contada a medias. Para cuando el que sería vicepresidente del Gobierno de Felipe González empieza a ser conocido fuera de Sevilla ya tiene el traje acoplado a sus hechuras, el papel que gustosamente juega de controlador implacable, látigo de la derecha y enderezador de conductas no gratas. Ha empezado a militar en las Juventudes Socialistas en 1960 y es uno de los estrategas fundamentales de la crisis de Suresnes. Mientras, se ha licenciado en Filosofía y Letras y ha abierto junto con su mujer, la misteriosa e inteligente Carmen Reina, una librería, la Antonio Machado. Precisamente, el poeta de Sevilla sirve a Alfonso Guerra, en los primeros años de la normalidad democrática, para desintoxicarse de la vida política y de partido. Celebérrimas son las conferencias sobre Machado que da Alfonso para regocijo de muchos e indignación de otros. Incluso cuando su vida política está ya enraizada en Madrid, aún antes de ganar las elecciones de 1982, aunque su quehacer profesional ya es exclusivamente la política pocas veces deja Guerra de asistir a invitaciones de sus antiguos compañeros de teatro o de literatura. Allí está él con aquel Juan de Mairena que encarnara Juan Manuel Padilla.
Cal y arena. Sus encendidos discursos, populistas y cultos, mordaces y divertidos convierten cada uno de sus mítines en un acontecimiento en la ciudad. Por mucho que el PSOE contratara a Rocío Jurado, al mismísimo Camarón, la tropa admiradora acude para ver a El Canijo, con él basta y sobra. La derecha nos desprecia por no saber usar la pala del pescado, clama quien ya se ha sentado con los líderes más importantes de Europa, quien frecuenta los salones de cinco tenedores pero quien, justo es recordarlo, siempre es frugal en las comidas con la sola excepción de los postres. Los militantes de base le quieren y los demás le temen. En el tándem con González él pone la cal y Felipe la arena, desde la armonía, desde una amistad que nunca nadie ha creído que se terminaría. Toma tantas decisiones como cadáveres va dejando en las cunetas, arremete con los primeros lujos del poder socialista, con la nueva corte de guapos y famosos que trae 1983 con la victoria. Se trabaja la imagen de la izquierda, del socialismo más puro e incluso cuando las acusaciones de corrupción salpican a su entorno siempre se habla de recaudaciones ilícitas, de favores a militantes, nunca de enriquecimientos, pelotazos o roldanes. El que tiene retiene. Hace muchos años que Alfonso Guerra vive una vida casi al margen de la actividad del partido en Andalucía. |
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