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24 de septiembre de 2008 |
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José Luis Masegosa Requena |
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Don Marino, eterna voz de solidaridad |
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Habla con voz enérgica, sin dejarse llevar por tonos impositivos. Los años de púlpito y sacristía condujeron su conciencia al compromiso social, a la solidaridad con los más débiles, a la lucha contra toda injusticia. La merma del calendario comenzó a hacer mella en este octogenario hace muy poco tiempo y aún así mantiene una indisimulada fortaleza física. Nacido junto al río Pisuerga, en Salinas, que también toma el nombre del mismo río, en la provincia de Palencia, Marino Álvarez Mínguez vivió su infancia junto a la 'dureza terrible, terrible', del trabajo de su padre y hermanos en el carbón de Reinosa. Precisamente su futuro estaría determinado por este municipio, donde la familia de don Marino compartía vecindad y entrañable amistad con la de Carlos Jiménez Díaz, eminente médico e investigador, cuyo legado quedaría perpetuado en la hoy Fundación Jiménez Díaz.
El joven Marino emprendió niño aún su andadura formativa. Ingresó en La Salle de Madrid, donde cursó sus estudios elementales. La contienda civil le lleva a recorrer durante tres años las cárceles de Madrid, pero este joven palentino del Sur de recia estirpe y mejor condición, no sucumbió ante tanta tragedia. Concluida la guerra, el hijo del carbonero decide dedicarse al sacerdocio y tras superar los cursos correspondientes recibe la orden ministerial, con el padrinazgo de su paisano, Carlos Jiménez Díaz, quien pretende inútilmente que también abrazara la Medicina, como él. Almería acoge ya a este nuevo vecino que dedicaba su tiempo a impartir Literatura en el colegio de la Salle. Marino Álvarez no anduvo la senda galena, pero sí adquirió una extraordinaria sensibilidad con los más desfavorecidos, "con los más pobres de los pobres", en aquellas duras asistencias del Pozo del Tío Raimundo, junto a su padrino, en el Madrid de postguerra.
Forjado en la dura realidad de la misera del barrio madrileño, este bisoño cura recibe la encomienda de aliviar los efectos nocivos de pequeños revuelos pueblerinos, faldas por medio, donde anduvieron incursos algunos de sus antecesores. Roquetas de Mar, en el Poniente, y Oria, en el Norte de la provincia almeriense, albergaron a este consecuente ciudadano, a quien los jóvenes recibieron con el soniquete 'Marino, marrano, Marino, marrano....'. Las adversidades le crecían y pronto recompuso la situación, al tiempo que comenzó su ingente labor social. La parroquia de San Roque, en el barrio de Pescadería y junto a la Chanca, fue su último y definitivo destino que ha durado medio siglo, hasta su jubilación, hace muy pocos años, y donde es muy querido por todos los vecinos. Coherente con sus ideales, "y porque tenía dignidad elemental", este cura llamado comunista por sus colegas, enarboló la bandera de la reivindicación de los pescadores y se enfrentó en varias ocasiones a los armadores "que lo querían matar y hubo de estar escondido varios días", apostilla Teresita, la incansable religiosa que atiende el pequeño piso que don Marino habita, pared con pared con la parroquia marinera. Su dedicación, el trabajo y la entrega en los arrabales marineros almerienses no han sido baldíos: reconstrucción de la Chanca, planes de viviendas en Pescadería y un barrio entero, en el Zapillo, con las 'Quinientas viviendas'. Doctor en Psicología, cinco licenciaturas universitarias, una amplísima formación y "la cruz de los pobres a cuestas" han otorgado a este almeriense palentino numerosos reconocimientos. Pero él ha querido reconocer a sus vecinos, a la Chanca, y les ha dedicado su vetusta tesis doctoral sobre Toxicomanía en Almería, porque "ellos son lo primero", al igual que "el último pobre más pobre". |
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