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28 de junio de 2011 |
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Antonio Ramos Espejo |
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La esquina de Pepe Jiménez |
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Al margen o por encima de los medios de comunicación convencionales, otros focos de atracción informativa se configuran con crédito en algún lugar clandestino o abierto en ciudades y pueblos. La clandestinidad fue especialmente propicia para estas reuniones de rebotica, para citas que se establecían por señales instintivas. Esos lugares de esquinas, trastiendas, sacristías, barberías, zapaterías, cumplieron su cometido y continuaron excepción hecha de aquellos en los que las reuniones entrañaban riesgos más serios, que se perseguían drásticamente de oficio, cumplieron también su simbólico papel ciudadano, político o cultural en los años de la Transición. La esquina de Pepe Jiménez ocupa un lugar emblemático en ese tipo de foros de noticia callejera.
El personaje. Pepe Jiménez Poyato reinaba en su esquina, entre Ronda de los Tejares y Cruz Conde, con la complicidad y apoyo de Angelina, su mujer, y después de sus hijos. En ese estratégico lugar, comerciante y fotógrafo, de retratos profundos e imágenes extraordinarias de la Córdoba en blanco y negro, periodista a su manera, informador callejero, Pepe contaba con su tienda de fotografía, una sala de exposiciones de pintura, su gran apuesta cultural, y un bar de vecino, el Siroco. Un complejo único para las tertulias en las que, como recuerda aquí también Manuel Nieto Cumplido, se soñaba con la libertad, se hablaba sin tapujos y se criticaba todo lo que se ponía de por medio. Como regidor de tertulianos, a Pepe no le hacía falta imprimir un boletín de noticias, pues la información volaba de boca en boca. Se hablaba de los temores, las censuras, en un conglomerado de gentes diversas que no tenían muy definidas sus fronteras ideológicas. Pero allí sentado, o dentro del estudio, con el pretexto cultural de una exposición, era fijo Juan Bernier, que tenía su propia historia clandestina, que fue escribiendo pacientemente, siempre tan lleno de miedos y reservas, unas memorias tan atrevidas como deliciosas, que permanecen aún inéditas. Por allí desfilaban intelectuales con los libros bajo el brazo, que adquirían en la cercana Librería Luque. Allí se acercaba Antonio Gala en sus primeros tiempos. Por allí pasaba Paco Zueras, escritor y crítico, en defensa siempre de los intelectuales del exilio; o el extraordinario Ángel López Obrero, recordando las figuras republicanas de Antonio Jaén, Fernando Vázquez Ocaña, Enrique Moreno... Subía hasta la galería Carlos Castilla del Pino, con su halo de libertad, el inconformista Joaquín Martínez Bjorkman, el abogado Carmelo Casaño, incansable defensor de la causa liberal; el magistrado Diego Palacios, rememorando sus anécdotas de Espejo, recreadas con su sugerente voz; una sucesión de personajes, que han contribuido a la historia de la cultura, de la política, de las artes, como el académico Juan Gómez Crespo, Juana Castro, Feliciano Delgado, Antonio Bujalance, Eduardo Lara, Tomás Egea, Carlos Clementson, Mercedes Valverde y, entre otros muchos, el sabio José María Ortiz Juárez, hilando siempre la memoria de Góngora.
Manuel Medina. En esta esquina tuve la fortuna de conocer a Manuel Medina, el veterano periodista del Córdoba. Qué ejemplo de hombre, con la humanidad grabada en los ojos y la rebeldía en la melena blanca. Había pasado Manolo por todas las vicisitudes del periodista rojo refugiado en el periódico del Movimiento. Escribía sin desfallecer, con la ilusión de un principiante. Admiraba su valentía y su modestia, valoraba sus consejos profesionales. Por esas y otras muchas razones del alma sentí su muerte y le dediqué unas líneas de despedida, que quiero reproducir aquí como homenaje a un hombre sencillo y singular: Entonces me explicabas sin rencor, aunque con mucha amargura, cómo un periodista represaliado sobrevive, sin hacerse notar más de lo necesario, profundizando en los silencios, equilibrando las palabras, burlando con la inteligencia al censor de turno. Me mirabas con los ojos todavía pícaros esos ojos que siempre fueron tu mejor expresión de libertad para hablarme, a pesar de todo, del orgullo de ser periodista. Todavía te rechinaban los dientes cuando recordabas algún episodio desagradable, cuando alguien te recordaba que eras un periodista de los vencidos; pero enseguida se te iluminaba el rostro al sentir entre tus manos la integridad de la pluma del mensajero. Cerraste los ojos casi al mismo tiempo que rugía ya la rotativa sin tu artículo en la edición del dominical. Nunca dejó de temblarte el pulso ni de traicionarte la razón. En las últimas semanas se te había apagado la luz de tus ojos. Ya no podías escribir. Yo creo que te has ido de pena el mismo día del santo patrón de los periodistas porque no le encontrarías ya sentido a la vida sin comunicarte con los lectores de tu Córdoba (...)
Había otros focos informativos en Córdoba, como la cafetería Benítez, de los hermanos Peña, donde Juan se mostraba como el más fiel y leal admirador de Adolfo Suárez y su espíritu centrista. La cafetería Moka de Eduardo Rodríguez Pina, foco de propaganda socialista. Allí conocí al entrañable y bohemio, Manolo Carreño (guía de García Lorca por la ciudad), que me llevó a conocer los encantos de Casa Chaleco, borrada desgraciadamente del mapa tabernario de Córdoba.
El Tuta. Este arte de la comunicación de reboticas y tabernas se extiende por toda la provincia. El Tuta, situado en la plaza octogonal de Aguilar de la Frontera, estará siempre asociado al arte de vivir de Vicente Núñez. Una taberna por la que han desfilado intelectuales, políticos, ciudadanos normales y corrientes, para ver a Vicente sentado en su cátedra, impartiendo sus clases magistrales ante Carmen Romero, Castilla del Pino o los más jóvenes poetas de cada época. El día de su muerte nos bebimos allí, en su mesa, una copa de despedida, con Rosa Luque y el director del Córdoba, Alfonso S. Palomares. De Vicente ha quedado su obra, su lugar en el Tuta y el olor a azahar que sigue perfumando su hermana María en la casa familiar. De la admiración que he sentido por este hombre libre, traigo estas palabras:
Nunca una cepa le fue tan fiel al terruño. Bebe y escribe, y jamás deja de escribir y de beber. En Ipagro siempre suenan las campanas. Vicente Núñez nunca dejó de ser niño trasgresor en su propia viña. Libre, más que recluido, se ha construido su recinto sagrado, el templo que llaman Tuta, donde llega el oleaje de sus mares, donde siempre es día y noche, amanecer y crepúsculo, vendimia y orgía de sueños, coronado de pámpanos y de yedra, como el nuevo Dioniso de la Campiña. El Ipagrense bebe como los ángeles para escribir como los dioses en su propio templo.
Dignos de mención en esta ronda informativa por la provincia, serían otros muchos rincones, con sus personajes y sus pequeñas y grandes historias. Pero no debo pasar por alto el templo del libro en que en se convirtió el estudio de Ruquel, donde Manuel Ruiz Luque sigue siendo foco de atención de generaciones de montillanos, y amigos de todas partes, que saben valorar su contribución a la cultura andaluza. También Florián Valentín, desde sus años mozos de artesano libertario hasta el final de sus días, ha sido un sabio popular, que ha dejado su impronta en Cabra, como lo han hecho otros impresores admirables de Priego, Lucena, Puente Genil o las ediciones Demófilo de Fernán Núñez, con nombres propios para cultura andaluza como Andrés Raya o Miguel Ángel Toledano. Y he dejado para el cierre de esta conexión informativa a un hombre sencillo: Paco Fernández, el barbero de Villaralto. Como tantos represaliados, fieles a sus ideales, cerraba las puertas del negocio para entaentablar la comunicación clandestina. En voz baja, pero firme, mirando por las rendijas de la ventana para garantizarse que, ni por asomo, serían otra vez sorprendidos y enviados al frío de la cárcel de El Dueso.
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